Teología de la política, una aproximación
(El curso del imperio: Destrucción. 1936, Thomas Cole)
Por Aníbal Germán Torres (*)
"Ustedes saben que los jefes de las naciones dominan sobre ellas y los poderosos les hacen sentir su autoridad. Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero, que se haga su esclavo; como el Hijo del hombre, que no vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos"
(Jesús de Nazaret)
Introducción:
el espejismo de la secularización en la modernidad tardía
La tesis del “desencantamiento del mundo” (Entzauberung
der Welt) acuñada por Max Weber en su célebre conferencia La ciencia como vocación (Wissenschaft als Beruf) de 1917 en la Universidad de Múnich, postulaba que el
avance inexorable de la racionalidad instrumental, la burocratización estatal y
el desarrollo científico arrastrarían consigo la disolución progresiva de lo
sagrado en la esfera pública. Bajo esta premisa sociológica, la religión
quedaría confinada, de manera irreversible, al reducto de la conciencia privada
o a la nostalgia comunitaria. La modernidad liberal se autoproclamó como un
espacio aséptico, un terreno neutral fundado en la pura inmanencia jurídica y
procedimental, donde las pasiones teológicas habrían sido finalmente
domesticadas por el contrato social.
Sin embargo, los albores del siglo XXI pusieron en
entredicho este espejismo secularista. El filósofo Jürgen Habermas se vio obligado
a reformular sus propios postulados para introducir la categoría de “sociedad
post-secular” (formulada por vez primera en 2001), reconociendo que las
comunidades religiosas no solo persisten, sino que continúan articulando
semánticas de justicia, solidaridad y resistencia que la fría razón liberal es
incapaz de generar. Lo que la modernidad interpretó como una “desaparición” de
lo sagrado fue más bien un proceso de transmutación y desplazamiento.
Despojadas en cierta manera de sus altares tradicionales, las categorías
teológicas colonizaron las estructuras laicas del Estado, los mercados y las
identidades colectivas.
La teología de la política, al menos como yo la
entiendo, deconstruye estas dinámicas. ¿En qué sentido? No se trata de un
intento de restauración teocrática ni de una apología confesional, sino de un área
de estudio que requiere el diálogo, al menos, con la filosofía política. Así, su
premisa fundamental es que las arquitecturas del poder contemporáneo no pueden
comprenderse cabalmente sin cuestionar los cimientos metafísicos e idolátricos
que las sostienen. Por eso, considero epistemológicamente pertinente precisar,
antes de iniciar nuestro recorrido, que la teología de la política no es
equivalente a la teología política. Mientras que esta última (asociada
históricamente a corrientes que van desde el decisionismo schmittiano hasta las
teologías civiles justificadoras del poder establecido) tiende a utilizar
categorías teológicas para legitimar, sacralizar o estructurar formalmente las
arquitecturas del Estado y la soberanía jurídica, la teología de la política
remite a una perspectiva teológica acerca del análisis de la política,
aspirando incluso a la iluminación y el discernimiento de la acción política
concreta a la luz de la fe y la ética trascendente, desmitificando el poder
secular y orientando la praxis histórica hacia el servicio, la justicia social
y la humanización de las estructuras temporales. Si bien en este texto los
lectores y las lectoras encontrarán referencias a ambas denominaciones, es
importante no olvidar la diferencia profunda que hay entre tales expresiones.
No está de más recordar que cuando la política
contemporánea se vacía de horizontes éticos, deviene en mera administración
tecnocrática del capital o en un decisionismo descarnado. El retorno de lo
sagrado a la arena pública (ya sea bajo la forma de mesianismos inmanentes,
populismos identitarios o la emergencia de un magisterio social global centrado
en el cuidado y la defensa de la dignidad humana) supone, a mi entender, ensayar
una revisión genealógica de los autores clave que de alguna manera ayudan a pensar
esta delicada cuestión, iluminando las encrucijadas del presente. A esto me
dedicaré en las secciones siguientes.
Desde el cristianismo primitivo hasta el siglo XIX
La intersección entre el orden divino y el poder
temporal no es una invención del siglo XX, sino el sustrato mismo sobre el cual,
en cierta forma, se edificó Occidente. En este sentido, el surgimiento del
cristianismo fracturó el monismo político del Imperio Romano, donde el César
concentraba la jefatura política y el carácter sagrado. Al pronunciar la máxima
evangélica “Den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, Jesucristo
de Nazaret introdujo, al menos, una dualidad inédita: el poder político quedaba
desprovisto de su carácter absoluto y subordinado a un juicio metafísico
superior.
Esta tensión teológico-política primitiva fue
sistematizada por Agustín de Hipona en el siglo V en su monumental obra La
Ciudad de Dios. En pleno colapso del Imperio Romano, San Agustín aspiró a desmantelar
la teología civil pagana y formuló la coexistencia de dos ciudades: la Civitas
Dei (fundada en el amor a Dios hasta el desprecio de uno mismo) y la Civitas
terrena (fundada en el amor propio hasta el desprecio de Dios). Para el Obispo
de Hipona, ningún Estado terrenal (ni siquiera uno formalmente cristiano) podía
identificarse plenamente con el Reino de Dios. En su perspectiva, la política
era una necesidad debida a la naturaleza caída del hombre (peccatum)
pero también ella misma atravesada, como la historia humana, por la ambigüedad.
Así, la política venía a ser una estructura providencial para contener el caos
pero quedaba desprovista de una capacidad redentora intrínseca.
Me parece importante advertir que esta formulación de
una teología de la política posee una especificidad propia en el
cristianismo, distanciándose de la configuración del poder en otras tradiciones
espirituales. Mientras que en el islam tradicional la revelación coránica
prefigura una imbricación orgánica entre ley religiosa y ordenamiento estatal a
través de la sharía (donde la comunidad de creyentes o umma
tiende normativamente a la unificación de las jefaturas espiritual y jurídica),
y en el judaísmo histórico la alianza se sella indisolublemente con la promesa
de una tierra, una dinastía davídica y una teocracia nacional, el cristianismo
introdujo, en cierta manera, una cuña de perenne tensión asimétrica al vaciar al
Estado de su capacidad de salvación última. A diferencia de las religiones
orientales como el hinduismo o el budismo, donde el orden cósmico (dharma)
y el ciclo del karma dictaminan la estratificación social y los deberes
políticos como un reflejo cíclico de la armonía universal que en esa cosmovisión
tiende a la disolución del sujeto, la teología de la política de raíz
cristiana se asienta sobre la historicidad lineal, la encarnación y la dignidad
inalienable de la persona humana (en tanto imago Dei), erigiéndose como
una instancia de juicio profético permanente contra las pretensiones de
divinización o totalización de cualquier soberano temporal.
Durante la época medieval, esta dualidad se
reconfiguró mediante la tensión entre el Papado y el Imperio. Santo Tomás de
Aquino, en el siglo XIII, introdujo un giro fundamental, basado sobre todo en
la filosofía de Aristóteles. A diferencia del pesimismo agustiniano, en su Suma
Teológica el Doctor angélico rehabilitó la política como una
actividad natural y buena, orientada al bien común. La ley humana debía
reflejar la ley natural, la cual a su vez participaba de la ley eterna divina.
El poder temporal adquirió así una autonomía legítima, pero
estrechamente ligada a la justicia distributiva y a la virtud moral.
El verdadero quiebre de este paradigma teocéntrico
ocurrió con el advenimiento de la Reforma Protestante en el siglo XVI y las
subsecuentes Guerras de Religión. Según una extendida interpretación, la
ruptura de la unidad de la fe forzó la emergencia del Estado moderno
absolutista como el único garante de la paz civil. Thomas Hobbes, en su Leviatán
(1651), operó una audaz mutación teológico-política: tomó la figura bíblica
del monstruo del libro de Job para designar al Estado soberano, un “dios mortal”
(deus mortalis) encargado de salvar a los hombres del estado de
naturaleza, inmersos en una guerra de todos contra todos. De esta forma, la
legitimidad ya no descendía entonces de Dios a través de la Iglesia, sino que
se construía horizontalmente mediante el contrato social, aunque el soberano
hobbesiano seguía ostentando un poder omnímodo calcado de los atributos del
Dios absoluto.
El siglo XVIII y la Ilustración profundizaron este
proceso de secularización, pero sin lograr extirpar el sustrato teológico.
Jean-Jacques Rousseau, en El contrato social (1762), comprendió que
ninguna sociedad puede sostenerse puramente sobre contratos jurídicos asépticos
y propuso la creación de una “religión civil”, un conjunto de dogmas laicos (una
suerte de santidad del contrato social, la existencia de la divinidad y la
justicia futura) necesarios para garantizar la fidelidad del ciudadano hacia la
patria. Así, de alguna forma la soberanía divina se transmutó en la “voluntad general”.
Finalmente, el siglo XIX representó la consagración y,
a la vez, la crisis de estas transmutaciones. G.W.F. Hegel elevó el Estado a
una categoría teológica explícita en su Filosofía del Derecho (1821),
definiéndolo como “el paso de Dios por el mundo”, es decir, la encarnación de
la razón y el espíritu absoluto en la historia inmanente. Esta deificación del
Estado provocó la reacción de los pensadores de la sospecha, según la célebre denominación
de Paul Ricoeur. Fue el caso de Karl Marx, quien radicalizando la crítica a la
religión de Ludwig Feuerbach, denunció en La cuestión judía (1844) que
los derechos del hombre y el Estado liberal no eran más que la transposición
celestial de las alienaciones materiales del capitalismo burgués. Para Marx, la
emancipación política formal seguía siendo una estructura teológica encubierta
que enmascaraba la dominación de clases, abriendo el camino para las
discusiones totalitarias y emancipatorias que sacudirían las bases del siglo posterior.
Decisionismo,
mesianismo profano y humanismo integral
La formulación moderna de la teología política (diferente
a la concepción de la antigüedad clásica) encontró su punto de partida
inevitable y polémico en la figura del jurista alemán Carl Schmitt. En su
célebre tratado Teología política (1922), el autor arrojó una tesis que buscaba
reconfigurar la teoría del derecho. Su sentencia es conocida: “Todos los
conceptos significativos de la moderna teoría del Estado son conceptos
teológicos secularizados”. Para Schmitt, esta transposición no es meramente
histórica, sino estructural. El caso más evidente es la analogía entre la
figura de Dios en la teología dogmática y la figura del soberano en la teoría
constitucional. Es decir, así como Dios interviene en el orden natural mediante
el milagro, suspendiendo las leyes de la física para manifestar su
omnipotencia, el soberano interviene en el orden jurídico mediante la
declaración del estado de excepción, suspendiendo la norma legal vigente para
salvaguardar la existencia misma del Estado.
Desde su peculiar postura, Schmitt dirigió una crítica
contra el constitucionalismo liberal y el positivismo jurídico del jurista
vienés Hans Kelsen. Aquel sostenía que el liberalismo, en su afán por reducir
la política a un debate parlamentario perpetuo y a un entramado de puras reglas
procedimentales, es incapaz de gestionar la crisis. La norma, para Schmitt, no
se aplica a sí misma; requiere de una decisión previa que instituya el orden y
la normalidad. En tal sentido recordemos otra de sus famosas sentencias: “Soberano
es quien decide sobre el estado de excepción”. Para este autor, entonces, el
fundamento último del derecho no es una norma fundamental abstracta, como
planteaba Kelsen, sino un acto originario de poder, una voluntad decisionista
que discrimina entre el amigo y el enemigo, el criterio político por antonomasia,
según Schmitt.
Asimismo, el autor introdujo en su obra El nomos de la Tierra en el
derecho de gentes del Jus Publicum Europaeum (1950) otra
categoría teológico-política fundamental tomada de la Segunda Carta de San
Pablo a los Tesalonicenses: el katechon. Con este término se alude a
aquella fuerza histórica o institucional que “retiene”, en el sentido de
retrasar, la llegada del Anticristo y, por ende, el fin de la historia. En la
economía teológica schmittiana, el Estado centralizado y el ordenamiento
internacional interestatal funcionaron históricamente como el katechon,
conteniendo el caos apocalíptico de la guerra civil total y la disolución del
orden social en la anarquía. La pérdida de esta función retenedora o
retardataria en la modernidad tardía desata, según su perspectiva, las fuerzas
descontroladas del nihilismo técnico y la despolitización global.
Ahora bien, en las antípodas ideológicas de Schmitt,
pero compartiendo una idéntica fascinación por el sustrato teológico de la
política, se puede ubicar a Walter Benjamin. Frente al decisionismo schmittiano
que busca conservar el orden estatal a toda costa, Benjamin propuso una teología
política de la emancipación y la interrupción radical. En sus fragmentos
póstumos conocidos como Tesis sobre la historia (1940), Benjamin
subvierte la noción lineal y progresiva del tiempo histórico propia de la
burguesía y del marxismo mecanicista de la socialdemocracia.
Para este autor, la idea de un progreso ininterrumpido
e inevitable es una forma de adormecimiento social que legitima el triunfo de
los opresores. El tiempo de la dominación es un tiempo homogéneo y vacío, donde
cada presente se limita a acumular las ruinas del pasado. Frente a esto,
Benjamin introduce la categoría de “Jetztzeit” (“tiempo-ahora” o tiempo
presente cargado de características mesiánicas). Cada generación posee, según
el autor, una “débil fuerza mesiánica” que le ha sido conferida no para
perfeccionar el futuro, sino para vengar y rescatar a los vencidos del pasado.
Podemos decir que la teología política de
Benjamin es un mesianismo profano. Aquí el Mesías no llega al final de una
larga cadena de evolución histórica, sino que más bien rompe la cadena, pues entra
por la pequeña puerta del instante para detener la maquinaria del progreso, la
cual es identificada por Benjamin como la verdadera catástrofe. La revolución
no es entonces el motor de la historia, sino el acto de la humanidad por el cual
pueda evitar ser arrastrada por el progreso. De manera que la redención
mesiánica se traduce así en una praxis política de la interrupción: el estado
de excepción ya no es la herramienta del soberano para salvar al Estado (como
quería Schmitt), sino la estrategia de los oprimidos para hacer saltar por los
aires la opresión indefinida.
Pero mientras Schmitt y Benjamin exploraban las
tensiones de los extremos, podemos pensar en un enfoque alternativo, como el del
filósofo francés Jacques Maritain. Este autor emprendió la tarea de reconstruir
el centro democrático occidental mediante una reinterpretación del pensamiento
tomista. En su obra fundacional Humanismo integral (1936), Maritain
reaccionó enérgicamente tanto contra los totalitarismos fascistas y comunistas
como contra las deficiencias del individualismo liberal burgués, al que acusaba
de haber desvinculado al hombre de su dimensión trascendente.
Además, este autor formuló la distinción ontológica
fundamental entre “individuo” y “persona”. A saber: el individuo es la
dimensión material, centrada en el egoísmo y la fragmentación social; la
persona, en cambio, es una totalidad espiritual abierta a la trascendencia, que
solo se realiza plenamente a través de la relación comunitaria y la donación
hacia los demás. A partir de esta premisa, Maritain retomó la noción tomista de
bien común y avanzó en su formulación. Así, en su perspectiva, éste no es la
mera suma matemática de los intereses individuales, sino el conjunto de
condiciones sociales que permiten el desarrollo integral de todas las
personas en su dignidad intrínseca.
Sobre la base de lo dicho anteriormente, la teología
de la política en Maritain se traduce en una democracia de inspiración
cristiana, de carácter pluralista y personalista. Sostiene que los valores de
la libertad, la igualdad y la fraternidad, proclamados por la Revolución
Francesa de manera laica, tienen en realidad un origen y una savia evangélica. Es
de señalar que Maritain influyó en la redacción de la Declaración Universal de
los Derechos Humanos de 1948 y en el nacimiento de la Democracia Cristiana
europea y latinoamericana, demostrando que es posible articular una teoría de
los derechos civiles y el pluralismo político partiendo de una metafísica
teocéntrica.
La interrupción crítica en Europa
En el corazón mismo de la crisis de entreguerras en
Alemania, el historiador y teólogo (convertido al catolicismo) Erik Peterson
asestó un golpe a las pretensiones de sacralización del poder político que
Schmitt intentaba justificar, según vimos en el apartado anterior. En su célebre
trabajo El monoteísmo como problema político (1935), Peterson demostró
analíticamente que la teología política, en tanto doctrina que busca
homologar el orden estatal con el orden de la divinidad, es una imposibilidad
teológica dentro del cristianismo.
En su opúsculo, Peterson realizó un recorrido
histórico exhaustivo para probar que las concepciones monoteístas puras de la
antigüedad (como la teología civil providencialista de Eusebio de Cesarea, que
pretendía legitimar el Imperio de Constantino bajo el lema de “un solo Dios, un
solo Emperador”) quedaron definitivamente sepultadas y clausuradas por el
desarrollo dogmático del misterio de la Trinidad. En este sentido, el Dios
cristiano no es un monarca solitario reflejado en un autócrata terrenal, sino
una comunión subsistente de tres Personas (hipóstasis) en un solo Dios,
un misterio de alteridad y amor que rompe de raíz cualquier analogía con una
monarquía política o un Estado centralizado. Al afirmar que “el dogma
trinitario carece de toda analogía política”, Peterson liberó a la fe de ser
reducida a un instrumento ideológico de justificación de regímenes
autoritarios, sentando las bases para una teología de la política
intrínsecamente crítica e insumisa frente a las tentaciones totalitarias del
Estado.
Mientras Peterson clausuraba el debate teórico, el
pastor y teólogo luterano Dietrich Bonhoeffer encarnó una de las respuestas de teología
de la política más lúcidas y dramáticas frente a la barbarie del Tercer Reich.
Rompiendo con la lectura pasiva e institucionalizada de la tradicional doctrina
luterana de los “dos reinos” (que frecuentemente paralizaba a la Iglesia
alemana ante los abusos del poder civil), Bonhoeffer reformuló los deberes del
cristiano desde una perspectiva profundamente existencial y crística en obras
como Ética (1949, póstumo) y El precio de la gracia (1937).
Cabe hacer notar que para Bonhoeffer el Estado posee
un mandato divino estrictamente limitado: preservar el orden y la justicia en
un mundo caído. Si el Estado subvierte sistemáticamente el derecho y se
convierte en el verdugo de los inocentes, la Iglesia no puede limitarse a
vendar a las víctimas bajo las ruedas de la maquinaria pública, pues tiene la
obligación teológica y moral de “meter un palo en los radios de la rueda misma
del Estado”. Esta convicción llevó a Bonhoeffer a participar activamente en la
resistencia clandestina y en una conspiración contra Adolf Hitler. Su
pensamiento denuncia implacablemente la “gracia barata” (aquella fe
complaciente y aburguesada que busca el consuelo religioso sin asumir los
costos del seguimiento histórico de Jesús) y reivindica la “gracia costosa”,
que exige arriesgar la vida civil y la propia reputación en aras de la
justicia, demostrando que una auténtica teología de la política se sella
con el testimonio ético radical frente a la idolatría del poder estatal
absoluto.
No obstante lo visto hasta aquí, es imposible trazar
una genealogía de la teología de la política sin confrontar la mirada laica
pero profundamente sensible a lo sagrado de Hannah Arendt. En su obra Sobre
la revolución (1963), Arendt somete a examen el gran problema de la
modernidad política: el de la legitimidad y la fundación de un cuerpo político
nuevo tras la caída de los absolutismos sancionados por Dios. La filósofa (cuya
tesis doctoral estuvo dedicada a reflexionar sobre el concepto de amor en San
Agustín), advierte que el gran peligro de las revoluciones modernas fue el
intento de transponer la figura del Dios legislador absoluto al marco
republicano, convirtiendo la soberanía popular o la voluntad de la nación en un
nuevo absoluto, de carácter cuasirreligioso, que terminó por justificar el
terror.
Para Arendt, el verdadero milagro de la política no
proviene de una soberanía vertical que decide el estado de excepción (como
pretendía Schmitt, según vimos), sino de una categoría netamente existencial:
la natalidad. La capacidad humana de iniciar algo nuevo, de irrumpir en el
automatismo del mundo a través de la acción y la palabra compartidas en el
espacio público, constituye una de las categorías centrales de su pensamiento
político. Aunque Arendt desconfía profundamente de la institucionalización de
la religión como herramienta de control estatal o como “religión civil”,
reconoce que el concepto cristiano del perdón y el cumplimiento de las promesas
son los únicos mecanismos capaces de liberar a la acción política de su
imprevisibilidad y de la fatalidad de sus consecuencias.
Frente a la teología clásica que privatizaba el
mensaje evangélico y frente a la vieja teología política schmittiana que
legitimaba las estructuras autocráticas del poder central, el teólogo católico alemán
Johann Baptist Metz fundó en la Europa de la posguerra la denominada Nueva
Teología Política. Marcado por el mal radical de Auschwitz, Metz consideraba
que toda teología que pretendiera hablar de Dios ignorando el sufrimiento de
las víctimas era una hipocresía metafísica o pura complicidad con los
opresores.
Uno de sus aportes conceptuales es la categoría de memoria
passionis (memoria del sufrimiento). Con ello buscó comprender que la
memoria de las víctimas no es un mero recuerdo nostálgico o un archivo
histórico pasivo, pues más bien se trata de una memoria subversiva, una fuerza
peligrosa que interrumpe la complacencia de los vencedores y cuestiona los
consensos políticos del presente. Metz rescató el carácter público, crítico y
eminentemente social del Evangelio. En su perspectiva, la Iglesia no debe ser
el soporte sagrado del orden civil existente (katechon), sino una
instancia de crítica profética universal y un espacio de resistencia que
mantenga viva la expectativa escatológica de una justicia absoluta para los
muertos y los desposeídos de la historia.
Dando un paso más en este esbozo genealógico, veamos
ahora algunas implicancias de la obra de Simone Weil para la teología de la
política. Su texto El enraizamiento (escrito en Londres en 1943 por
encargo de la Francia Libre de Charles De Gaulle) constituye acaso uno de los
documentos más profundos sobre la crisis civilizatoria de Occidente. Es de
notar que Weil subvierte la lógica jurídica moderna al postular que la noción
de “derecho” es subordinada y secundaria frente a la noción de “obligación”. Así,
el derecho es una categoría comercial y litigiosa, ligada a la reivindicación
personal, pero la obligación, en cambio, se sitúa en un plano eterno, absoluto
y preexistente a cualquier convención humana.
Para esta autora, la necesidad más profunda e ignorada
del alma humana es el enraizamiento. El ser humano se enraíza mediante su participación
real, activa y natural en la existencia de una colectividad que conserva vivos
ciertos tesoros del pasado y ciertos presentimientos de futuro. Las raíces se
hunden en entornos vitales específicos: la familia, la lengua, la cultura
local, el oficio y la tierra. La gran tragedia de la modernidad, según Weil, es
el desarraigo, un mal espiritual provocado por el dinero (que todo lo disuelve
en relaciones mercantiles), el imperialismo colonial (que destruye las culturas
locales) y el Estado centralizado moderno.
Weil recurre a la filosofía platónica para edificar su
crítica teológico-política a la masificación y al estatismo. En La República
de Platón (Libro VI) se describe a la colectividad social como “el gran animal”,
una bestia inmensa cuyas reacciones físicas, rugidos y apetitos son adorados
por los sofistas como si fueran criterios de justicia y verdad. Pero la autora
adopta esta metáfora para denunciar la idolatría del Estado moderno.
Cuando una sociedad se desarraiga y pierde su conexión
con el orden trascendente de la verdad y el bien, el Estado llena ese vacío
hipertrofiándose. Se convierte en un fin en sí mismo, en una maquinaria
burocrática ciega que exige sacrificios absolutos a sus ciudadanos. El
patriotismo moderno, desvinculado de la tierra y la comunidad concreta, se
transforma en una religión civil idólatra del aparato estatal. Weil advierte entonces
que el totalitarismo no es una anomalía histórica, sino la consecuencia lógica
de la adoración del “gran animal” colectivista, donde el individuo es despojado
de su capacidad de atención interior para ser devorado por la masa uniforme.
Notemos que la teología de la política de Weil
no se escribió desde la comodidad del escritorio académico, sino, podríamos
decir, en la carne. Su decisión de abandonar la docencia filosófica para
trabajar como operaria en las fábricas Renault entre 1934 y 1935 marcó su
pensamiento. En su texto La condición obrera, Weil analiza el trabajo
industrial moderno no bajo las categorías económicas del marxismo clásico
(plusvalía, propiedad de los medios de producción, etc.), sino bajo categorías
espirituales: la degradación de la atención, el despojo de la dignidad y la
opresión de la fuerza. En este sentido, la fábrica fordista somete al ser
humano al imperio de la materia y de la velocidad ciega, destruyendo la
relación sagrada entre el pensamiento del trabajador y el objeto creado. El
obrero es transformado en una pieza más del engranaje (como lo mostró Charles
Chaplin en el film “Tiempos modernos”) desprovisto de raíces y de palabra.
Ante esta realidad, Weil propone una teología de la kénosis
(es decir, del vaciamiento). Así como Dios se vació de su omnipotencia para
dejar existir al mundo por amor, el compromiso con la justicia exige un acto de
vaciamiento personal de las estructuras de poder y dominación. El dolor y el
sufrimiento de los oprimidos no son una variable estadística para la
planificación estatal, sino el lugar teológico y místico donde se revela la
verdadera grieta de la modernidad y la necesidad de una compasión como motor de
la acción política.
El giro latinoamericano
A finales de la década de 1960, la teología de la
política experimentó una mutación no menor con la toma de conciencia de la
realidad sufriente de América Latina, sobre todo tras la Conferencia General del
Episcopado Latinoamericano en Medellín (1968), que realizó la recepción
regional de los lineamientos renovadores del Concilio Vaticano II (1962-1965). En
ese contexto de cambio para la teología y la pastoral católica, el sacerdote
peruano Gustavo Gutiérrez, con su obra fundamental Teología de la
liberación: Perspectivas (1971), inauguró una corriente que subvirtió el
método teológico tradicional, situando a la praxis histórica y al compromiso
con los pobres como el “acto primero”, dejando a la reflexión teórica como el “acto
segundo”.
Además, Gutiérrez introdujo una categoría que rompió
con la concepción más bien individualista de la moral cristiana: el pecado
estructural. Con esto se quiso expresar que el pecado no se agota en las faltas
morales subjetivas de una persona, pues se encarna y se petrifica en las
instituciones, en las estructuras económicas injustas y en los sistemas
políticos que generan exclusión y miseria planificada, impuestas mediante la
violencia institucional. Por eso mismo, la pobreza en América Latina no es el
resultado de una fatalidad de la naturaleza o del atraso técnico, sino la
consecuencia directa de un orden internacional y local signado por la opresión.
La respuesta teológico-política ante esta realidad fue
(y es) la opción preferencial por (y con) los pobres. Es de advertir que no se
trata de una opción exclusivista ni de un odio de clases de corte estrictamente
marxista, sino de una exigencia de fidelidad al Dios de la Biblia, quien toma
partido históricamente por los huérfanos, las viudas y los extranjeros.
Gutiérrez redefinió el concepto de “salvación” ya no como una realidad
meramente ultraterrena y desencarnada, sino como un proceso de liberación integral
que abarca al menos tres dimensiones indisolubles: la liberación política y
social del yugo de la opresión, la liberación interior del ser humano frente a
sus propios egoísmos y apegos, y la comunión definitiva con Dios.
En el contexto argentino de los años 60’ y 70’, surgió
una vertiente específica y diferenciada dentro de la amplia constelación de la teología
liberacionista: la llamada Teología del Pueblo, que tuvo en el filósofo jesuita
Juan Carlos Scannone a uno de sus arquitectos teóricos más lúcidos. A
diferencia de las corrientes de la liberación que utilizaban el análisis
marxista de las clases sociales como mediación socioanalítica, la Teología del
Pueblo adoptó como categoría central al pueblo y su ethos cultural.
En este sentido, en obras como Teología de la liberación y
praxis popular, Scannone definió al “pueblo” como una comunidad
histórica y cultural unida por un destino compartido y, fundamentalmente, por
una sabiduría popular de raigambre mayoritariamente creyente. Esta sabiduría se
encuentra expresada en la piedad popular, en las formas solidarias de
subsistencia y en un hondo sentido de la justicia que resiste el individualismo
fragmentador de la modernidad burguesa.
En sintonía metodológica y teológica, pero desde la
realidad de las Comunidades Eclesiales de Base (CEBs) de Brasil, el teólogo
jesuita Juan Bautista Libanio enriqueció sustancialmente este giro en textos como
Formación de la conciencia
crítica y religión, Libanio aportó un rigor pedagógico y hermenéutico
indispensable al estructurar el método teológico en tres momentos claros: el
ver (el análisis socio-analítico de la opresión), el juzgar (la iluminación
teológica a partir de la Escritura) y el actuar (la praxis política
liberadora). Su enfoque nos ayuda a pensar la teología de la política no
como un discurso elitista dictado por intelectuales de escritorio, sino como un
proceso de discernimiento popular o concientización comunitaria, donde los
propios marginados se constituyeran en sujetos históricos activos y soberanos
de su propio destino individual y comunitario.
Desde el no menos convulso escenario centroamericano,
el filósofo y teólogo hispano-salvadoreño Ignacio Ellacuría hizo aportes que
para la teología de la política contienen una radicalidad metafísica y
práctica. Su pensamiento, truncado trágicamente por su martirio en 1989, giraba
en torno a la necesidad imperiosa de realizar una historización de los
conceptos teológicos. Ellacuría (1990) sostenía que categorías como “salvación”,
“Reino de Dios” o “justicia” no podían quedar flotando en la abstracción
celestial, pues debían medirse por sus efectos reales, carnales y verificables
en la historia concreta de los pueblos dominados. Así, para este autor, la
realidad histórica de los oprimidos no era un mero dato sociológico, sino el
verdadero lugar teológico donde se revelaba el Crucificado. A Ellacuría le
debemos haber formulado la honda categoría de los “pueblos crucificados”,
afirmando que los sectores populares despojados de su dignidad por la violencia
estructural e institucional del capitalismo periférico eran la continuación
histórica del Siervo de Yahvé del que hablaba el profeta Isaías.
De esta manera, la tarea fundamental que debía (y
debe) asumir la teología de la política era (y es), por consiguiente, “bajar
a los pobres de la cruz”. Esta exigencia ética y metafísica se estructuraba
bajo lo que denominó el “principio-misericordia”, concebido no como un
sentimiento de lástima burguesa o asistencia social vertical, sino como una
fuerza política y una praxis transformadora de la realidad estructural. La
misericordia ellacuriana exigía asumir el dolor de las víctimas, cargar con el
peso de la realidad social injusta y encargarse críticamente de ella hasta las
últimas consecuencias.
La maduración de esta vertiente centroamericana
encontró en el teólogo jesuita Juan Hernández Pico una de sus voces
epistemológicamente más finas en la deconstrucción de las patologías
estructurales. A través de densos ensayos sobre la articulación entre fe,
esperanza y estructuras institucionales, Hernández Pico (2010) erigió un
andamiaje teórico que confrontaba de manera directa y explícita la noción de teología
política de Carl Schmitt. Para el pensador jesuita, la sacralización del
poder mundano y la justificación metafísica de los regímenes dictatoriales,
como los padecidos por y en América Latina, constituyen una perversión
idolátrica del mensaje de Jesús de Nazaret.
Hernández Pico propuso entonces una formulación
rigurosa del “poder servicial”, sosteniendo que el núcleo de una teología de
la política no radica en validar teológicamente la soberanía del Estado o
la coacción institucional, sino en desmontar el poder opresor mediante una
praxis de descentralización y servicio radical cimentada en el Evangelio. Su
obra insiste en analizar críticamente los fenómenos contemporáneos de la
exclusión social (como la proliferación de la violencia civil, las redes del
narcotráfico y la corrupción sistémica en las democracias latinoamericanas) no
como meras fallas administrativas de la modernidad técnica, sino como desgarros
ético-metafísicos que exigen una responsabilidad histórica ineludible por parte
de los creyentes. La esperanza cristiana opera aquí, entonces, como una virtud
política activa, un carisma que moviliza al sujeto comunitario para transformar
las estructuras de opresión desde abajo, rechazando toda lógica de dominación
vertical; ya que como decía el también jesuita Víctor Codina desde su trabajo
intelectual y pastoral en Bolivia, el Espíritu de Dios sopla “desde abajo”.
Renovación conceptual en lo que va del siglo XXI
Cuando los regímenes autoritarios llegaron a su agotamiento,
sobre todo en Europa y América Latina, se volvió necesario renovar el
pensamiento sobre el poder y la democracia en un nuevo contexto geopolítico,
signado también por el colapso soviético y la expansión acrítica de la economía
de mercado.
En este marco el pensamiento europeo presenció una de
las defensas más profundas y sofisticadas de la racionalidad política frente al
relativismo posmoderno en la figura del teólogo y cardenal Joseph Ratzinger
(luego Papa Benedicto XVI). A lo largo de sus densos ensayos políticos,
compilados en obras como Verdad, valores, poder, Ratzinger entabló un
diálogo crítico directo con las premisas de la Ilustración liberal y la teoría
del derecho moderno.
Su tesis central chocaba de frente tanto con el decisionismo
schmittiano como con el mesianismo revolucionario: la política no es el lugar
de la salvación definitiva ni de la redención absoluta del hombre. Ratzinger
advertía con insistencia profética que cuando la política pretende convertirse
en la vía para instaurar el paraíso terrenal o una sociedad perfecta e
impecable, deviene inevitablemente en totalitarismo. El intento de forzar el
Reino de Dios mediante las estructuras coactivas del Estado es la tentación
idólatra por excelencia. Así, la verdadera teología de la política en
Ratzinger opera como una fuerza de desmitologización del Estado: el poder
político es penúltimo, limitado y temporal, encargado de mantener la paz, la
justicia civil y el ordenamiento jurídico, pero incapaz de colmar el anhelo de
trascendencia del alma humana.
Sin embargo,
Ratzinger no defendía un laicismo agnóstico o aséptico. En su célebre debate
público con el filósofo Jürgen Habermas en la Academia de Baviera (2004), el
teólogo alemán demostró que la democracia liberal padece de una vulnerabilidad
constitucional interna intrínseca: el Estado democrático moderno no puede
generar por sí mismo las convicciones morales y los fundamentos éticos últimos
que necesita para sostener el derecho y la convivencia pacífica. Si la ley
civil pasa a depender exclusivamente de los consensos procedimentales de las
mayorías parlamentarias móviles, la sociedad corre el riesgo latente de
deslizarse hacia lo que denominó con sagacidad la “dictadura del relativismo”,
donde la dignidad del ser humano y los derechos fundamentales quedan a merced
del utilitarismo técnico o del interés económico del mercado. En esta
arquitectura conceptual, la fe cristiana y la revelación operan como una fuerza
purificadora de la razón política, protegiéndola de sus propias patologías
autodestructivas y asegurando que las leyes del Estado permanezcan ancladas en
la ley natural y en la verdad inalienable del ser humano.
Del otro lado del Atlántico, el teólogo estadounidense
William T. Cavanaugh ha realizado una de las revisiones críticas más potentes
de los mitos fundacionales del orden liberal global. En su obra El mito de
la violencia religiosa (2009), Cavanaugh deconstruye el relato histórico
oficial que afirma que el Estado moderno nació en Europa tras las Guerras de
Religión de los siglos XVI y XVII como un salvador neutral encargado de
pacificar a las facciones fanáticas creyentes.
Así, Cavanaugh demuestra, con un minucioso análisis
histórico, que la creación del Estado centralizado no fue la solución a las
guerras, sino una de sus causas principales. El Estado moderno confiscó el
poder eclesiástico y comunitario local para construir una nueva religión civil,
donde el ciudadano ya no ofrece su vida por la fe, sino por la bandera nacional
en guerras estatales de una escala de destrucción nunca antes vista. Lo que el
liberalismo denomina “esfera secular” es, en rigor, un espacio saturado de
nuevas mitologías teológicas.
En otra de sus obras, Liturgias de la globalización
(2002), Cavanaugh analiza el funcionamiento del libre mercado capitalista
tardío no como una maquinaria puramente económica y racional, sino como un entramado
complejo de liturgias y devociones profanas. El consumismo opera como una
parodia de la liturgia religiosa: produce un estado de insatisfacción perpetua
que imita la búsqueda de la infinitud espiritual. El mercado se sacraliza, sus
leyes se proclaman inmutables e incuestionables (como dogmas de fe) y el
capital exige sacrificios humanos reales bajo la forma de la exclusión social
de poblaciones enteras en aras de la estabilidad macroeconómica. La teología
de la política de Cavanaugh llama a redescubrir la comunidad local y los
lazos de reciprocidad concreta como la única resistencia real frente a la
idolatría combinada del Estado laicista y el mercado global.
También es de mencionar el aporte del historiador y politólogo
italiano Massimo Faggioli al debate del siglo XXI, desde una mirada centrada en
las transformaciones institucionales de la Iglesia Católica y su impacto
directo en las dinámicas de la geopolítica contemporánea. En textos como The Liminal Papacy of Pope
Francis: Moving Toward Global Catholicity, Faggioli (2020) analiza cómo el
desplazamiento del centro de gravedad de la Iglesia desde Europa hacia el Sur
Global altera las coordenadas del pensamiento político internacional.
Para Faggioli, la teológica sobre la Iglesia (su
eclesiología) funciona históricamente como un espejo y un laboratorio de las
crisis estatales. Los debates contemporáneos del catolicismo en torno a la
sinodalidad (entendida como una forma de gobernanza basada en la escucha mutua,
la descentralización y la participación de las periferias) no son meras
reformas administrativas eclesiásticas, pues tienen una inmensa carga
teológico-política. De este modo, representan una alternativa de gobernanza
multilateral y comunitaria en un momento histórico signado por el colapso del
multilateralismo liberal de la posguerra, el resurgimiento de nacionalismos
autoritarios y la fragmentación hiperindividualista de la sociedad digital.
La conducción pastoral de Jorge Mario Bergoglio, ejercida
entre 2013 y 2025 al frente de la Iglesia Católica, condensó y proyectó a
escala global las ricas corrientes de la teología de la política
latinoamericana desarrolladas en las décadas precedentes. El magisterio social
del Papa Francisco no puede interpretarse de manera cabal con las
simplificaciones tradicionales de la polarización partidaria, puesto que
constituye, en cambio, una crítica estructural integral a las raíces mismas de
la crisis civilizatoria actual, como lo expresó en Laudato Si’ (2015).
El Papa rescató el sustantivo “pueblo” y el adjetivo “popular”
(Cf. Fratelli Tutti, Capítulo 5), en sintonía directa con la herencia
teórica de Juan Carlos Scannone (2017), defendiendo estos términos frente a los
reduccionismos de los populismos excluyentes y los liberalismos tecnocráticos.
En el pensamiento y el magisterio de Francisco el pueblo es una categoría
abierta, una unidad plural, un “poliedro” donde cada pueblo-nación con su cultura
conserva su particularidad dentro de una unidad mayor. La amistad y la fraternidad
social son la praxis de construir puentes desde las periferias de la historia,
priorizando el encuentro real cara a cara y la reciprocidad comunitaria por
sobre las abstracciones virtuales y los contratos asépticos del mercado
financiero.
Sin embargo, la gran innovación metodológica que
Francisco introdujo en la teología de la política contemporánea es el
uso del discernimiento espiritual situado como herramienta para la acción
evangélica y ética colectiva. Inspirado sobre todo en los Ejercicios
Espirituales de San Ignacio de Loyola, el discernimiento no consiste en la
aplicación deductiva y rígida de un manual de normas inmutables a los casos
particulares, sino en un proceso dinámico de lectura atenta de los “signos de
los tiempos”, a los efectos de crecer (como personas miembros de un pueblo), en
compasión, libertad, justicia y paz.
El discernimiento ético-político exige entonces habitar
la tensión, tolerar la contradicción y escuchar activamente las voces de los “descartados”
del sistema para descubrir cuáles son las vías reales y posibles de
transformación de una coyuntura histórica específica. En este sentido, se trata
de un método que renuncia a las recetas mágicas de las ideologías cerradas y
apuesta por la gestación de procesos históricos de largo aliento, ya que “el
tiempo es superior al espacio”, como enseñaba Francisco (Cf. Evangelii
gaudium), resumiendo una ética de la política que prefiere iniciar
dinámicas comunitarias de transformación profunda antes que ocupar
obsesivamente los espacios de poder burocrático e institucional directos.
El necesario diálogo entre la razón y la teología
La revisión genealógica de la teología de la
política que traté de esbozar en este trabajo demuestra que el intento
moderno por extirpar de raíz lo sagrado de las estructuras públicas al menos no
ha sido del todo exitoso, pero de la misma manera revela que la teología no
puede clausurar unilateralmente el debate con la filosofía política secular
contemporánea. En este punto de inflexión histórica, debe quedar claro que es
absolutamente inconducente una condena total de la modernidad liberal, puesto
que, en su lugar, más bien propongo un balance abierto sustentado en el
reconocimiento mutuo de límites y necesidades entre la razón procedimental y la
apertura a la trascendencia.
Por un lado, la teología de la política se
erige entonces como un correctivo semántico indispensable frente a las
patologías de la pura racionalidad instrumental. Cuando las instituciones de la
democracia liberal, los flujos económicos mundiales y las dinámicas partidarias
se vacían por completo de un fundamento ético profundo, de una metafísica
comunitaria o de un horizonte de alteridad, el espacio público es colonizado de
inmediato por nuevas e implacables formas de idolatría profana: el utilitarismo
técnico absoluto, el fetichismo del capital financiero ciego y el decisionismo
soberano descarnado. Frente a esta deshumanización tecnocrática, el arsenal
conceptual recorrido (desde el humanismo integral de Maritain, la memoria de
las víctimas de J.B. Metz y la radicalidad mártir de Bonhoeffer, hasta la
opción estructural de Gutiérrez, el énfasis de Scannone y Libanio en la
sapiencia popular activa y el principio-misericordia de Ellacuría, pasando por el
acento de Arendt en la acción y la relevancia del arraigo en Weil) funciona
como una fuerza desmitificadora de los falsos absolutos del mercado global y
del estatismo ciego, devolviendo al ser humano la primacía de su dignidad
inalienable y el imperativo ético del cuidado de la vida común, puesto que
somos-con-otros.
Dado el registro en el cual se inscriben estos y otros
de los autores mencionados, reitero que el esbozo genealógico realizado en este
trabajo apunta a dar con una teología que se ocupa de la política o que analiza
a la política, en el sentido de que ésta ha sido y es estudiada bajo una óptica
teológica. Esta propuesta se desmarca entonces de la teología política,
pues no aspira a proporcionar un revestimiento místico o dogmático ni del
ordenamiento coactivo del Estado ni del mercado global y sus dictados. En todo
caso, la teología de la política, según traté de exponer, más bien trata
de someter a toda estructura temporal al discernimiento ético, la purificación mutua
y el imperativo irrenunciable del bien común y la infinita dignidad humana.
Por otro lado, no podemos desconocer que la filosofía
política laica introduce objeciones cardinales que la teología de la
política debe asumir con seriedad si desea entablar un diálogo sereno y
evitar el deslizamiento dogmático. El liberalismo político, articulado por John
Rawls (1995), recuerda con justa razón que las sociedades democráticas
contemporáneas son constitutivamente pluralistas y que la convivencia pacífica
exige la neutralidad del Estado, obligando a que las decisiones y leyes
esenciales se justifiquen mediante una razón pública accesible a todos, y no a
través de doctrinas comprehensivas confesionales que violentarían la libertad
de conciencia de los ciudadanos agnósticos. Asimismo, desde la antropología
poscolonial de Talal Asad (2008), se impone la sospecha de que categorías que
la teología asume como universales (como la propia noción de religión o ciertos
marcos éticos de justicia) son construcciones discursivas ligadas a la
hegemonía histórica del cristianismo occidental, cuyo despliegue acrítico corre
el riesgo de ejercer un imperialismo conceptual sobre comunidades con otras
matrices culturales de resistencia.
Considero que el presente no exige, por tanto, una
sumisión de la política a la teología ni un laicismo aséptico que amordace la
fe, sino lo que pensadores de la secularidad como Charles Taylor (2014) sugieren
al cartografiar el orden inmanente: una fecundación cruzada. La autonomía de lo
político es una conquista ética irreversible que protege la pluralidad del
mundo y resguarda a la propia fe de ser instrumentalizada como arma coactiva de
poder civil. No obstante, esa misma estructura procedimental necesita de
fuentes de sentido, de una mística de enraizamiento weiliana y de horizontes
utópicos emancipatorios que la fría arquitectura jurídica liberal es incapaz de
engendrar por sí misma.
Por tanto, el diálogo sereno entre la razón pública
laica y la teología de la política se configura así como una
conversación cordial y abierta, donde las reglas de juego institucionales
garantizan la libertad de la polis, mientras que la profecía propia de la teológica
actúa como una brújula insumisa, recordando de manera perenne que la política
solo cobra verdadera legitimidad histórica cuando se pone incondicionalmente al
servicio de la justicia social y de la infinita dignidad del ser humano.
(*) Doctor en Ciencia Política. Docente universitario.
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