Una luz en el camino

 

 

La Fragua de Vulcano por Diego Velázquez (1630).

 

Por Rony R. Villalobos R. (*)

Desde las primeras páginas de la Sagrada Escritura, la luz se presenta como un signo de la presencia, la acción y la revelación de Dios. En el Antiguo Testamento, Dios crea la luz con su palabra: “Y dijo Dios: Hágase la luz” Gn 1, 3; guía a su pueblo mediante una columna de fuego durante el éxodo: “El Señor iba delante de ellos... de noche en una columna de fuego para alumbrarlos” Ex 13, 21; David proclama: “Tú eres mi lámpara, Señor; el Señor ilumina mis tinieblas” 2 Sam 22, 29; y el libro de los Proverbios enseña que “el mandamiento es lámpara y la enseñanza es luz” Prov 6, 23. Estos pasajes muestran que la luz simboliza la vida, la verdad, la guía y la salvación que provienen de Dios.

El filósofo y psiquiatra alemán Karl Jaspers (1883 - 1969) considera que el hombre debe emprender un viaje interior para alcanzar la autenticidad y la comprensión de sí mismo, para él “la filosofía quiere decir: ir de camino. Sus preguntas son más esenciales que sus respuestas, y toda respuesta se convierte en una nueva pregunta, por lo cual, nuestra esencia es ir de camino. Quisiéramos atravesar el tiempo.” Existe UNO que logró esa trascendencia en el tiempo, tanto así que se habla históricamente antes y después de Él.

Tomaremos parte de esa definición que nos proporciona El Padre Olvidado del Existencialismo para iniciar nuestro Ir de Camino pero no desde un rigor filosófico sino desde lo teológico, viendo la persona, la naturaleza de Jesús de Nazaret a la luz de la Sagrada Escritura, Padres de la Iglesia, concilios, apoyándonos claro, en la filosofía hasta llegar a contemporaneidad con Anjezë Gonxhe Bojaxhiu (1910 - 1997).

Comencemos con la siguiente interrogante, ¿Qué es la luz? La Real Academia Española, brinda varias definiciones, en nuestro caso he optado por la siguiente, Del lat. lux, lucis. F. Modelo, persona o cosa capaz de ilustrar y guiar.

En ese sentido, unamos la definición de Jasper y la seleccionada de la R.A.E. para que nos traslade a la antigüedad y nos proporcione un ejemplo bastante gráfico incluso para los que hemos o no leído la obra del poeta jonio, el ciego Homero. En La Odisea, Atenea (Minerva), a la cual, de los tantos epítetos que se le suele atribuirse, elegiré este para ensalzar su virtud, La de los Ojos de Lechuza, principalmente porque la lechuza es el máximo símbolo de la filosofía y segundo por su adaptación evolutiva que le permite ser capaz de amplificar la más mínima luz disponible en la oscuridad, estar atentas y que para el caso del ingenioso y astuto Odiseo (Ulises), esa luz actúo como la guía, protectora y estratega principal del rey de Ítaca, entonces, dada esa similitud que acabamos de encontrar es necesaria la siguiente cuestión: ¿La luz puede ser un elemento que sirva de guiar en el camino?

En filosofía, la luz es el símbolo supremo de la verdad, la razón y el conocimiento. Representa el paso de la ignorancia (la oscuridad) a la comprensión. La perspectiva filosófica más importante sobre la luz la tiene Aristocles (427 - 347 a.C.), ultra conocido como Platón, en función de la Iluminación Intelectual desde lo interno. En su Libro VII de la obra La República, mencionaré dos (02) parágrafos, uno para la Alegoría del Sol y otro para la Alegoría de la Caverna. En ambos, el sol fuera de la cueva representa la “Idea del Bien”. La luz solar simboliza la verdad absoluta y el conocimiento puro.

LA ALEGORÍA DEL SOL

 

509A “Y así como dijimos que era correcto tener a la luz y a la vista como afines al sol

 pero sería erróneo creer que son el sol, ahora es correcto considerar que ambas cosas, la verdad y el conocimiento,

son afines al Bien pero sería erróneo creer que una u otra fueran [el] Bien, ya que la naturaleza del Bien es mucho más digna de estima.

—Hablas de una belleza extraordinaria, ya que produce la ciencia y la verdad, y además está por sobre ellas en cuanto a belleza. Sin duda que no te refieres al placer.”

LA ALEGORÍA DE LA CAVERNA

518C “El presente relato quiere significar que el alma de cualquiera tiene en sí el poder de aprender y

el instrumento para ello, y que así como el ojo no puede volverse hacia la luz dejando las tinieblas si no [gira] con todo el cuerpo,

así es con el alma entera que hay que volverse desde lo que se genera,

hasta que llegue a ser capaz de soportar la contemplación de la realidad, y lo más brillante de la realidad, que es lo que llamamos el Bien”.

Platón, si bien advierte que queda mucho por explicar en ambas alegorías prefiere aclarar el paso de una comparación a otra implica un cambio de metodología: en la primera, en lugar del Bien, de las Ideas, de la Inteligencia y la Verdad, se hablaba del sol, las cosas que vemos, la vista y la luz. El ámbito visible -gobernado por el sol-, objeto del relato en sí y el ámbito inteligible -gobernado por el Bien- (Conrado EGGERS LANS, El Sol, La Línea y La Caverna, Ed. Colihue S.R.L. Buenos Aires, 2000, página 9 - 10)

Por lo proporcionado por el filósofo argentino Conrado Eggers Lan (1927 - 1996) y lo transitado hasta acá, es evidente que la luz puede ser el resultado de la apertura de ojos de una entidad divina (caso de Atenea en la antigüedad y recordemos el adjetivo seleccionado) o una característica de un dios que inunda el mundo con su brillo en el día de su nacimiento o a través de sus enseñanzas y/o parábolas. Por lo cual, podríamos aventurarnos a decir que existe dentro de nosotros una luz que en muchos casos necesita la proximidad de otra que también se encuentra dentro de nuestro ser para que irradien con mayor intensidad.

Y con esa conjetura, nos vamos hasta la antigua Tagaste (en la actual Argelia), ciudad que formaba parte del extinto Imperio Romano que por allá por el año trescientos (300), donde vio la luz del mundo el Doctor de la Gracia, Aurelio Agustín (324 - 430 d.C.), quien hasta su último día, muriendo a manos de Los Vándalos durante el asedio de Hipona, fungió como Obispo de esa ciudad. El Obispo de Hipona, sostiene que descubrimos verdades en nuestro interior porque Dios nos ilumina. En sus escritos, la “luz” simboliza la verdad, el conocimiento y la salvación, para ello, nos valdremos de dos frases que son mundialmente famosas, una es de una obra dogmática, La Trinidad, y otra de uno de sus libros autobiográficos, Confesiones, que es sin lugar a dudas su obra más leída, por creyentes y no creyentes, pues trascienden la religión dada su profunda reflexión a nivel filosófico y psicológico. Incluso me atrevería a calificarlo como un clásico universal de la literatura autobiográfica, pero bueno, volviendo a tema que nos convoca, veamos las citas:

“Dios es la luz inteligible en la cual, por la cual y a través de la cual se hacen luminosas todas aquellas cosas que son luminosas para el intelecto.” (De Trinitate, Libro XII, capítulo 15)

“Confiese también lo que de mí ignoro; porque lo que sé de mí lo sé porque tú me iluminas, y lo que de mí ignoro no lo sabré hasta tanto que mis tinieblas se conviertan en mediodía ante tu presencia” (Confessiones, Libro X, capítulo 5)

El principio fundamental de la teología agustiniana es que la Verdad es Dios, el carácter fundamental es que la Verdad nos revela lo que es, en contraste con la falsedad, que nos hace aparecer o creer lo que no es. Es interesante ese énfasis en la regla de los contrarios que es bastante propio del pitagorismo que se populariza gracias a las doctrinas no-escritas de Platón y que según la tradición, llegan hasta el Obispo de Hipona dada la interpretación que él le da a las ideas del filósofo helenístico y neoplatonico, Plotino (205 - 270 d.C.) Pero, ¿dónde está esa Verdad según Agustín? Pues, dentro de nosotros mismos, es allí, en la interioridad donde Dios se revela como trascendencia al hombre que incesantemente busca en la profundidad de su yo. En esa hondura, la fe y la razón se tensionan, se atraen y se oponen, dejando claro que la teología no es un camino dialéctico ascendente o descendente (términos que analizaremos más detente dentro de la cristología), sino que es un círculo, cuyo centro es Dios, (Luis A. LANZA, Unidad III - Patrística Latina, notas de clases Historia de la Filosofía Medieval, páginas 4 - 5, Agustín DE HIPONA, Obras Completas, Madrid, Ed. B.A.C. 1982, Tomo III), esa metáfora geométrica es realmente hermosa, siendo que la definición de círculo es que es el lugar geométrico de un punto que se mueve en un plano de tal manera que su distancia a un punto fijo de ese plano es constante. El punto fijo es el centro, TODOS los puntos están a la misma distancia del centro.

En ese mismo orden de ideas, para los pitagóricos (acusmáticos y matemáticos), el círculo representaba la perfección absoluta, el infinito y la forma divina, al ser la figura donde todos los puntos equidistan de su centro, de allí su antigua teoría su armonía de las esferas para explicar el orden del cosmos a nivel matemático y el movimiento de los cuerpos celestes. Para Platón, los círculos son fundamentales, en su diálogo Timeo o de la Naturaleza, describe que el Demiurgo (el Gran Artesano) construyó el “Alma del Mundo” y el cosmos mismo utilizando movimientos circulares, considerándolo la figura geométrica más bella, simétrica y perfecta.

Y es gracias a esa afinidad e influencia a la corriente platónica que el Obispo de Hipona dictamina a Dios como el centro de todas las cosas, como Ser Supremo y fuente de ser de toda la realidad, Como Bondad Suprema, fuente de la bondad de todas las cosas, como Verdad Suprema y Luz Intelectual, fuente de la verdad de todas las cosas y eso es lo que nos interesa en nuestro recorrido, en el Ir de Camino que iniciamos líneas atrás. Esa luz divina no sólo ilumina al mundo externo, sino que penetra en lo más profundo del ser humano, revelando lo que está oculto y guiando hacia el camino correcto, como lo expresamos donde ubica la Verdad, Agustín, pues queda reflejada la confianza plena en Dios como aquel que disipa las tinieblas, entendidas como ignorancia, puesto que la luz representa la sabiduría.

En los Evangelios, este simbolismo alcanza su plenitud en la persona de Jesucristo.

Lucas el evangelista, el médico, escritor y compañero inseparable del apóstol Pablo, describe cómo el anciano Simeón reconoce al Niño Jesús como “luz para iluminar a las naciones…” en Lc 2, 32. También en Lc 11, 34 “La lámpara del cuerpo es el ojo; cuando tu ojo es bueno, también todo tu cuerpo está lleno de luz…” frase que se ratifica en el Mt 6, 22, invitándonos a una vida iluminada por la verdad y refuerza esa idea el evangelista Juan, el discípulo más amado, cuando proclama que Cristo es “la luz verdadera, que ilumina a todo hombre” en Jn 1, 9 y el mismo Jesús declara: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no caminará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” en Jn 8, 12. De este modo, estos tres evangelistas reconocen la manifestación plena de la luz divina en Jesús y que es la guía del ser humano hacia la verdad, la vida eterna y la salvación.

Cuando Agustín nació, habían pasado muy pocos años desde que el emperador Constantino I, Constantino El Grande, había legalizado el culto cristiano, mediante el Edicto de Milán en el año 313 d.C. Posteriormente, El Papa Silvestre I (314 - 335 d.C.) convocó el Concilio de Nicea bajo la ejecutoria del emperador en el año 325. Este concilio condenó la herejía de Arrio que negaba la divinidad de Jesucristo y su consustancialidad al Padre. Allí se afirmó principalmente la relación entre Dios Padre y el Hijo, declarando que Cristo era “consustancial” al Padre, es decir, se dieron las primeras pinceladas, si se me permite relacionarlo cual lienzo tensado para brindar soporte necesario a la obra de arte que será el Credo. Sin embargo, Nicea no profundizó completamente en cómo se relacionaban la humanidad y la divinidad de Cristo, por ello se tuvo que esperar al primer Concilio de Constantinopla realizado en el año 381 durante el pontificado del Papa Dámaso I (366 - 384 d.C.) y fue allí donde se perfeccionó el símbolo niceno, que luego se convertiría en el credo niceno-constantinopolitano, un símbolo de la fe y precisa declaración oficial de la fe, que si bien, como mencioné fue promulgada en el Concilio de Nicea en 325 de la era cristiana, se consolidó en el Concilio de Constantinopla de 381 donde se logró consensuar y consolidar algunos dogmas. Aquí un extracto del mismo:

Creemos en un solo Dios,

Padre todopoderoso,

Creador del cielo y de la tierra,

de todo lo visible y lo invisible;

y en un solo Señor, Jesucristo, el unigénito de Dios,

nacido del Padre antes de todos los siglos,

luz de luz,

Dios verdadero de Dios verdadero;

engendrado, no creado, consustancial con el Padre,

por quien todo fue hecho;

que por nosotros los hombres y por nuestra salvación

bajó del cielo

y se encarnó por obra del Espíritu Santo...

En el Concilio de Constantinopla se afirmó que Jesús poseía alma humana y cuerpo humano completos, fortaleciendo la idea de una verdadera humanidad en Cristo. Desde lo platónico, siguen ciertas particularidades que si se vemos con el prisma del gran Pensador de Atenas, conseguimos que lo inteligible y sensible tiene un rol predominante en el cristianismo, marco intelectual que permitió articular del dualismo cuerpo/alma, como lo visible e invisible respectivamente (frase presente en el credo niceconstantinopolitano) pero principalmente es la en la frase Luz de Luz donde sin lugar a equívocos, podemos pensar gracias al trayecto que hemos recorrido, por el Ir de Camino que hemos transitado, que se refiere desde la postura platónica o neoplatónica a su Idea del BIEN o de UNO y también podríamos referenciar en lo agustiniano con la fuente suprema Verdad, fuente de ser de toda realidad y belleza, que ilumina nuestro interior.

Pasamos ahora a una reflexión más actual, para ello, nos apoyaremos en el texto de Brian KOLODIEJCHUK. Ven, sé Mi Luz. Las Cartas Privadas de la Santa de Calcuta. Ed. Planeta, España, 2008.

Extracto de la carta o verso 65, página 34

Había rezado pidiendo «¡fuerza para ser siempre

la luz de sus vidas y así guiarlos hacia Ti!» Sin embargo,

la llamada para dejar Loreto y ser un signo de la presencia

de Cristo, una portadora de Su amor y compasión

hacia los más pobres de los pobres en los barrios más miserables,

no era el tipo de respuesta que ella esperaba

como contestación a su oración. No, la «Voz» continuó

suplicando: «Ven, ven, llévame a los agujeros de los pobres.

Ven, sé Mi luz.» La invitación de Jesús rebosaba confianza:

Él contaba con su respuesta.

En el capítulo 3 “Ven, sé mi luz”, presenta a Jesús como la Luz que ilumina la oscuridad del pecado, el sufrimiento y el abandono. La oscuridad no se limita a la pobreza material, sino que representa también la ausencia de Dios y la falta de amor. Cristo desea llegar a quienes viven en esa realidad y llama a sus discípulos a ser instrumentos de su luz. Asimismo, Teresa de Calcuta, muestra que irradiar la luz de Cristo exige participar de su kénosis o despojo. Para ello, el discípulo está llamado a revestirse de la pobreza, la obediencia y la caridad de la Cruz, vaciándose de sí mismo para que sea Cristo quien actúe a través de él. Ven, sé mi luz presenta a Jesús como la Luz del Mundo que transforma la oscuridad mediante el amor y el servicio.

Extracto de la carta o verso 259-260, página 151

Todo esto era tan natural para mí antes—hasta que

Nuestro Señor vino totalmente a mi vida—amaba a Dios

con todas las fuerzas del corazón de una hija. Él era el

centro de todo lo que yo hacía y decía.—Ahora, Padre—

[es] tan oscuro, tan diferente y sin embargo todo en mí

es Suyo—a pesar de que Él no me quiera, como si no

cuidará de mí.

 

En el capítulo 10, “He llegado a amar la oscuridad”, relata un momento decisivo de su vida espiritual. Tras años de experimentar un profundo vacío interior, encuentra una nueva comprensión gracias al acompañamiento del presbítero Joseph Neuner (1908 - 2009), quien le explica que esa oscuridad no es un castigo ni un rechazo de Dios, sino una participación en el abandono de Cristo en la cruz y en la pobreza espiritual de quienes viven alejados de Él.

Desde entonces, Teresa de Calcuta acepta esa experiencia como parte de su vocación. Aunque interiormente siente la ausencia de Dios, continúa sirviendo con alegría y amor, convencida de que su vida debe reflejar la presencia de Cristo. Su deseo de ser una “santa de la oscuridad” expresa su voluntad de llevar la luz de Jesús a quienes viven en el sufrimiento, la soledad y la desesperanza. Nuevamente, se trata de la kénosis o despojo de Cristo. Así como el Hijo de Dios asumió la condición humana, el sufrimiento y la cruz para realizar la obra de la salvación, Madre Teresa acepta participar de ese mismo despojo para hacer visible la presencia de Cristo entre los más pobres. Su vida muestra que la luz de Cristo no evita el sufrimiento, sino que lo transforma en un camino de amor redentor.

En este contexto aparece de manera explícita una soteriología de la luz. La salvación se entiende como la acción de Cristo, Luz del Mundo, que vence las tinieblas del pecado, del abandono y de la desesperanza mediante el amor sacrificial. Entonces, es Jesús como la Luz que salva desde el interior del sufrimiento humano. Teresa de Calcuta no busca la luz para sí misma, sino que acepta ser una lámpara al servicio de Cristo, permitiendo que la luz del Evangelio ilumine la vida de los más pobres y olvidados.

Hemos llegado al momento de tratar términos como, cristología ascendente, descendente y soteriología, para ello, acudiremos a unas interpretaciones en algunos manuales cristológicos. Según Olegario González de Cardedal en su Manual de Cristología, la cristología ascendente parte del Jesús histórico para comprender progresivamente su identidad como Hijo de Dios. Analiza su vida, su contexto y el testimonio de la primera comunidad cristiana como punto de partida para la reflexión teológica. Uno de sus principales representantes en la escuela antioquena fue Juan Crisóstomo (347 - 407 d.C.), arzobispo de Constantinopla y autor del rito bizantino, quien destacó la verdadera humanidad de Jesucristo sin negar su divinidad. En la teología contemporánea, esta perspectiva fue desarrollada por Karl Rahner (1904 - 1984) y Wolfhart Pannenberg (1928 - 2014). González de Cardedal advierte que una forma positivista de esta corriente considera normativos únicamente los testimonios más antiguos sobre Jesús y mira con recelo el desarrollo doctrinal posterior. Sin embargo, sostiene que la comprensión plena de Cristo se alcanza integrando tanto el origen histórico como la reflexión de la Iglesia a lo largo de los siglos. En nuestro Ir de Camino, he adoptado principalmente una perspectiva de cristología ascendente, puesto que partí de las menciones de Luz en el antiguo testamento con la finalidad de comprender progresivamente la identidad de Jesucristo como la Luz del Mundo.

Ahora bien, de acuerdo con Hans Kessler, en su Manual de Cristología, la cristología desde abajo (también llamada ascendente o de subida) comienza por el Jesús histórico que presentan principalmente los Evangelios sinópticos. He referenciado pasajes de Lucas y de Mateo, en concordancia con lo indicado por Kessler. Este enfoque parte de su vida, sus palabras y sus acciones para descubrir progresivamente su identidad como el Hijo de Dios. Sin embargo, esto no significa reducir a Jesucristo a un simple hombre, sino reconocer que la historia de Jesús es la historia de Dios con la humanidad.

Kessler señala que esta perspectiva se complementa con la cristología desde arriba (o descendente), que parte de la confesión de fe en Cristo como Hijo eterno de Dios y ofrece el marco teológico para comprender plenamente el significado de su vida y de su misión. Lejos de oponerse, ambas perspectivas son complementarias y permiten una comprensión integral del misterio de Jesucristo. El Cristo como Luz del Mundo integra ambos enfoques. Desde una cristología ascendente, sigue el desarrollo del símbolo de la luz en la historia de la salvación, desde el Antiguo Testamento hasta los Evangelios, culminando en la afirmación del mismo Jesús: “Yo soy la luz del mundo” Jn 8, 12. Al mismo tiempo, desde una cristología descendente, reconoce en esa luz la manifestación del Hijo de Dios encarnado como lo muestra la Sagrada Escritura y los capítulo 3 y 10, analizados en las Cartas de Teresa de Calcuta. En la reflexión del capítulo 10 de Teresa de Calcuta hice uso de un concepto estrechamente vinculado con la cristología: la soteriología. La soteriología es la doctrina que estudia la obra redentora y salvadora de Jesucristo, es decir, como Cristo. Por ello, la cristología es, en sí misma, el lugar donde se fundamenta y adquiere sentido toda reflexión soteriológica, explica Kessler. En este contexto de Teresa de Calcuta, aparece de manera explícita una soteriología de la luz. La salvación se entiende como la acción de Cristo, Luz del Mundo, que vence las tinieblas del pecado, del abandono y de la desesperanza mediante el amor sacrificial. Entonces, es Jesús como la Luz que salva desde el interior del sufrimiento humano.

En la actualidad, en el rito Bizantino, luego de la comunión, se responde la siguiente aclamación:

“Hemos visto la verdadera luz, hemos recibido al Espíritu celestial, hemos encontrado la verdadera fe, adorando a la Trinidad indivisible, porque ella nos ha salvado.”

De la cual, tomaremos dos frases, “Hemos visto la verdadera luz, hemos encontrado la verdadera fe” y “Hemos visto la verdadera luz”. La primera expresión no se refiere a una experiencia física, sino al encuentro con Jesucristo, quien se revela como la luz interior.

Después de la comunión, confesamos que hemos contemplado esa luz en la persona de Cristo presente el pan y el vino consagrado. La segunda afirmación, manifiesta que el encuentro con Cristo conduce al conocimiento auténtico de Dios. La fe no se presenta como una simple adhesión intelectual a unas verdades. En este sentido, la verdadera fe nace del encuentro con la Luz del Mundo, que ilumina la inteligencia, ubicada en nuestro interior, tal cual lo expuse con el apoyo de la teología del Obispo de Hipona.

Hasta este punto, nuestro Ir de Camino, nos permite arribar a las siguientes conclusiones:

       Luz como Guía Universal: desde el Antiguo Testamento hasta la filosofía de Platón, la luz se establece como el símbolo supremo de la Verdad, la Razón y la presencia divina.

       La Iluminación Interior y la Verdad: retomando al Obispo de Hipona, se concluye que la Verdad habita en el interior del hombre porque Dios lo ilumina. Dios es definido como la “luz inteligible” y el centro de un círculo perfecto donde la fe y la razón se encuentran, disipando las tinieblas de la ignorancia.

       Cristo, Luz de Luz: el análisis teológico culmina en la confesión de los concilios de Nicea y Constantinopla, donde se declara a Jesús como “Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero”, esta luz no es solo una idea filosófica, sino una persona divina consustancial al Padre que se encarna para la salvación.

       La Soteriología de la Luz en Teresa de Calcuta: ella propone que ser “luz” implica participar en la kénosis o despojo de Cristo, convirtiéndose en instrumentos que llevan la luz de Dios a los “agujeros oscuros” de la humanidad.

       Complementariedad Cristológica: la cristología ascendente (que parte de la historia y las escrituras) con la cristología descendente (que parte de la fe en el Hijo de Dios). La verdadera fe nace del encuentro con esta Luz, que no evita el dolor, sino que salva desde el interior del sufrimiento humano, permitiendo al creyente afirmar que ha “visto la verdadera luz”.

Tenemos por consiguiente que la Luz Divina penetra la profundidad del ser humano, revelando lo oculto y guiándonos hacia la Verdad Eterna.

Finalmente, podríamos posicionarnos desde un punto de vista físico para expresar que la luz proviene del fuego, siendo el fuego desde su descubrimiento y “dominio” una de la principal fuente de luz, fuente de calor y fuente de protección. En ese sentido, El Oscuro de Éfeso, Heráclito (540 - 480 a. C.) nos dice:

“Este cosmos, que es el mismo para todos, no ha sido hecho por ninguno de los dioses ni de los hombres, sino que siempre fue, es y será un fuego eterno y vivo que se enciende y se apaga obedeciendo a medida.” 

Por otro lado, en el Antiguo Testamento, Deuteronomio 4, 24 afirma que Dios siendo fuego es poderoso, justo y exige de una fidelidad absoluta:

“Porque el Señor tu Dios es fuego consumidor, Dios celoso.”

Y en 1 Corintios 3, 13, el fuego aparece como juicio purificador de Dios, que manifiesta y revela la verdad de las obras de cada persona:

“La obra de cada uno quedará al descubierto; el fuego la pondrá de manifiesto.”

Sería fascinante entonces hacernos la siguiente interrogante: ¿De qué manera el simbolismo del fuego, presente en la filosofía de la escuela jónica y en la Sagrada Escritura, encuentra en el Mesías su plenitud como Llama Viva?

Ya que inicié la reflexión considerando al Padre Olvidado del Existencialismo, resulta oportuno recurrir a uno de sus máximos exponentes de esa corriente, Jean-Paul Sartre (1905 - 1980). Su afirmación central, “la existencia precede a la esencia”, sostiene que el ser humano se constituye a través de sus elecciones y que, al ser totalmente libre está obligado a elegir en todo momento, por consiguiente es también plenamente responsable de sus actos. Esta perspectiva nos permite volver sobre el simbolismo del fuego. Ese simbolismo que nos permitirá poner en tensión a la filosófica y a la teológica con la pregunta planteada líneas arriba. Tengamos presente el dinamismo, la transformación y purificación que nos brinda uno de los cuatro elementos fundamentales (El Fuego) para que ilumine y nos sirva de guía si decidimos emprender un próximo Ir de Camino.

 

(*) Profesorado de Filosofía “Don Bosco”.

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