El sinuoso y genial novelista político de la Argentina
Por Aníbal Germán Torres (*)
Según suele decirse, dentro del amplio universo de
la literatura, hay autores que escriben novelas y autores que deciden
habitarlas. De manera muy personal, Jorge Asís ha tendido un puente entre ambos
tipos de escritores, con una elegancia no exenta de modismos propios de quien,
podemos decir, “tiene mucha calle”. Apodado “el turco”, con esa ligereza
monolítica con la que el habla popular en Argentina despacha a cualquiera que
porte un apellido de origen sirio-libanés, Asís ha hecho de la vida pública nacional
su principal insumo para el oficio de escritor que cultiva hace más de
cincuenta años. A contramano de los dictados de y en los claustros académicos (con
su comprensible y persistente exigencia de rigurosidad analítica y robustez
metodológica), para Asís el poder no se explica a través de las áridas
estadísticas de la economía ni de los papers y los clásicos de la ciencia
política. En tanto una expresión de la cultura, la comprensión de los procesos
sociopolíticos admite, claro está, la indagación desde otros registros. El
literario es uno de ellos.
Con una existencia vital que ya alcanzó las ocho
décadas, Asís sabe que en la Argentina el poder se huele, se recita, (no pocas
veces) se traiciona y, por qué no, se novela. Más aún, podemos decir que percibe
a la política nacional como una novela cuyas páginas se siguen escribiendo, en
una trama en la cual algunos personajes van quedando atrás (como “el furia”,
“geniol”, “la chica de flores de Girondo”), otros persisten en el tiempo (como
“la doctora”, “el ángel exterminador”, “el maestro del suspenso”, “la montonera
del bien”) pero también emergen nuevos actores (como “el tertuliano”, “la
guantalamera”, “la cayetana", "el gótico" y “bermellón”).
Recordemos que Jorge Luis Borges renegaba de la
novela como género literario por dar al escritor diversas formas de acertar “en
el blanco” con largos diálogos y múltiples descripciones de lugares,
personajes, etc. Algo que en los cuentos y en los poemas no ocurre, porque allí
ninguna palabra sobra. O debería no sobrar. Hay verdad en esa apreciación
borgeana, pero también una injusticia. Mario Vargas Llosa tildó de “mezquina” a
esa apreciación. Es que, en efecto, como dijera alguna vez un profesor, no sin
frecuencia la novela está a la altura de su nombre mismo y entonces “no vela”,
es decir, descubre el velo de lo que muchas veces es opaco para las personas.
¡Y vaya que el gran teatro de la política con frecuencia lo es! El problema es mayor
cuando la opacidad se da también en la política democrática.
Por otra parte, el género novelesco y su cruce con
la política ha sido cultivado por diferentes escritores en Argentina, entre los
cuales podemos mencionar (a riesgo de olvidar a muchos otros) a Tomás Eloy
Martínez, con sus obras Santa Evita y La novela de Perón, y Félix
Luna con Soy Roca, más en línea con la novela histórica, ese
subgénero que tiene tantos seguidores como detractores.
Hechas estas consideraciones, volvamos a la figura
de Asís, quien acaso, aunque suene exagerado decirlo, sea una suerte de eslabón
perdido entre la literatura argentina del siglo XX y el análisis político en la
era digital en curso. Su figura sigue incomodando porque escapa a las
clasificaciones biempensantes de los centros hegemónicos de producción y
consagración cultural. Cuando el canon la cultura oficial exigía solemnidad
comprometida, él ofrecía costumbrismo procaz. Cuando la intelectualidad se
refugiaba en los claustros alfonsinistas, él se calzaba el traje de seda para
ejercer la diplomacia de un peronismo que no pocos consideraban plebeyo y
neoliberal. Cuando tras las opacidades del menemismo la prensa se empezó a
saturar con el tratamiento de causas judiciales, él prefirió no hacer
“periodismo patrullero” y no ser “buchón”. Al fin, cuando el avance de la vida
hogareña invade el espacio público, proliferando los programas de viajes y de cocina
(algo que horrorizaría a Hannah Arendt), Asís se mantiene incólume en hablar,
café de por medio y ante las cámaras, de la política y de los políticos.
Su sinuosidad en cuanto a posiciones políticas a lo
largo del tiempo ha convivido con su genialidad, la cual radica en la
profesionalidad en el uso de la palabra (oral y escrita) para el registro
milimétrico que le permite capturar tanto el lunfardo del buscavidas de billar
como el susurro conspirativo de los pasillos de la Casa Rosada y/o de la Quinta
de Olivos. A lo largo de sus sucesivas mutaciones (el muchacho del conurbano
bonaerense, el novelista récord y su ocaso con el mote de “maldito”, el
funcionario noventista, el bloguero de culto y el dandy de la pantalla
chica), Asís tal vez ha mantenido una sola lealtad inquebrantable: el estilo. ¿En
qué sentido? A lo largo de décadas ha forjado un estilo barroco, irónico,
salpicado de neologismos y apodos demoledores (como alguno de los ya
mencionados) que funcionan como sutiles estocadas de salón. Sopesar sus luces y
sombras, su genialidad y sinuosidad, su gloria y su barro, es adentrarse en las
tensiones de un país que muchas veces prefiere el lamento de los “tangos
llorones” (como criticaba Borges, afecto a las milongas) a cierta racionalidad
expresada en cuotas esperables de “normalidad”.
Los orígenes en la mitología del sur
Para entender (que es distinto a justificar) al escritor
y figura pública que alcanzó notoriedad ante las cámaras, hay que volver al ámbito
genesíaco de Villa Domínico, en el partido de Avellaneda, en Buenos Aires, la
“provincia del pecado”, como le dice Asís. Nacido el 3 de marzo de 1946, en
pleno advenimiento del primer peronismo, Jorge Cayetano Zaín Asís creció en un
territorio donde la identidad se forjaba entre las chimeneas de las fábricas,
las pensiones de inmigrantes y los zaguanes. El sur del conurbano bonaerense no
era entonces una geografía de la desolación, sino un laboratorio de movilidad
social y mitologías cotidianas. Sus padres, Jorge Zaín y Francisca Asís, eran
hijos de inmigrantes sirios cristianos de la Iglesia ortodoxa. Un abuelo suyo,
personaje notable en aquella zona y en aquel tiempo, estaba al frente de una
sociedad de fomento y cuando Juan Domingo Perón fue a inaugurar una obra
pública en Avellaneda, el adulto mayor pidió hablarle “de presidente a
presidente”. Acaso ese desparpajo fue heredado por su nieto en el trato con las
altas cumbres del poder en la Argentina.
La ascendencia sirio-libanesa marcó la primera aproximación
de Asís al lenguaje y a la alteridad. En un hogar no peronista, las primeras
nociones del peronismo le llegaron por la atmósfera que conformaba su entorno
barrial. En las casas de sus amigos y en el colegio, Asís aprendió el valor de
la oralidad, de la exageración como forma de arte y de la simulación como
mecanismo de supervivencia.
Avellaneda era un universo saturado de peronismo:
un paisaje natural que se incorporaba por la piel antes que por los textos
teóricos. La mística de la resistencia, el lenguaje rudo de las unidades
básicas y los códigos de honor del asfalto suburbano constituyeron, por decirlo
de alguna manera, su primera enciclopedia o tratado de teoría política.
El joven Asís sintió temprano el aguijón de la
ambición. No quería ser un engranaje más de la maquinaria industrial del sur y
seguir con el oficio de vendedor casa por casa, en el cual aprendió “a dominar”
la escena y a hacer cierto dinero. Quería conquistar esa Buenos Aires que se
divisaba, tentadora y hostil, cruzando el Riachuelo. Su formación fue la del
autodidacta: lecturas voraces en bibliotecas populares, redacciones de diarios
y una observación clínica de los tipos humanos que poblaban los colectivos y
las pizzerías en un trayecto de unos catorce quilómetros entre su barrio y “el
centro” de la gran ciudad. Había en él un hambre de gloria que solo la
escritura podía saciar. Llegó a la gran capital argentina sin padrinos ni
linaje, armado únicamente con una audacia callejera que los salones de la
cultura oficial tardarían en perdonarle.
Antes de vestirse de peronista o de dandy
neoliberal, Asís (que por distanciamiento con su padre dejó de usar su primer apellido)
buscó respuestas en el Partido Comunista (PC), que integró entre 1968 y 1973.
En las células partidarias de aquellos años intentó encauzar su insurrección
juvenil y su sensibilidad social. Sin embargo, el encorsetamiento dogmático del
realismo socialista y el puritanismo de la dirigencia del PC (de la cual se
reiría en su cuento “Las FAC”, en alusión socarrona a las fuerzas armadas
culturales) chocaron de frente con su temperamento libre, su hedonismo y su
intuición callejera. Su desilusión no tardó en llegar: rompió con el comunismo
con un portazo ruidoso el 19 de junio de 1973 (un día antes del regreso
definitivo de Perón al país) y comenzó un viraje pragmático y estético hacia el
peronismo, al que siempre consideró la verdadera energía vital y plebeya de la
Argentina profunda.
Ese tránsito político y existencial quedó sellado
en sus primeras ficciones. En 1971 publica su opera prima, La manifestación,
un texto rabioso y fragmentario. Pero es en 1974 cuando apareció Los
reventados, una de las novelas más descarnadas e incómodas sobre la
violencia política de los años 70’. Allí Asís retrata con un cinismo precoz la
liturgia fúnebre del peronismo de la época, los vicios de la militancia armada
y los buscas de la rosca sindical.
El desembarco en las grandes ligas de la edición tuvo
el aroma de los cafés del centro y la complicidad de las tertulias literarias.
Su llegada a la prestigiosa Editorial Losada no fue un hecho fortuito. El poeta
paraguayo Elvio Romero, exiliado en Buenos Aires, fue el gran artífice y
padrino que le abrió las puertas de aquella editorial, junto a otros
intelectuales de peso, como Beatriz Guido. Juntos lograron que Losada
imprimiera sus primeros manuscritos. El autor también dirá que lo que Victoria
Ocampo significó para una generación (como Eduardo Mallea, Adolfo Bioy Casares
y el propio Borges), el Centro Editor de América Latina (CEAL) de Boris Spivacow,
con sus tiradas masivas y a precios populares, fue para él y sus
contemporáneos.
Durante esos años intensos, Jorge Asís tejió una
red de afinidades notables. Fue amigo entrañable del Haroldo Conti, una de las
personas cuya evocación es de las pocas cosas que emocionan profundamente al
autor. En ese universo habitaba también Gustavo Nelé Roxlo, el autor de El
grillo (1923), un poeta olvidado a manos de lo que Asís denomina “la
torpeza argentina” en materia cultural. El
genio del autor fue advertido por Marta Lynch cuando, en el marco de un
concurso literario del Centro Argentino de Ciencia (del cual Asís era encargado
de relaciones públicas), al leer su cuento “Quiero retruco”, sin saber de quién
lo había escrito, sentenció: “Hay un monstruito que si sigue escribiendo de esa
manera va a llegar lejos en la literatura argentina”.
A fines de la convulsionada década del 70’, la
narrativa argentina oficial se debatía entre el exilio, el silencio asfixiante
de la censura dictatorial (régimen autoritario imperante desde 1976) y una
producción críptica que intentaba eludir la realidad. En ese páramo cultural,
Asís ya venía sembrando un realismo sucio y marginal que estalló con el éxito
comercial.
Culminada hacia 1978 y publicada en 1980, Flores
robadas en los jardines de Quilmes no fue simplemente un libro. Podemos
decir que fue un boom editorial. En una Buenos Aires gris y militarizada, Asís
narró la historia de Rodolfo y Samantha, una crónica impregnada de erotismo,
desencanto, nocturnidad y la certeza trágica de una juventud diezmada. El libro
contenía un dato significativo que en sí mismo era una denuncia: la dedicatoria
a Haroldo Conti. Es de mencionar que el notable escritor y dirigente político ya
para entonces hacía tiempo que era un desaparecido por el terrorismo de Estado,
motivo por el cual el Padre Leonardo Castellani fue el único que se atrevió a
pedir ante el dictador Jorge Rafael Videla en el tristemente célebre “almuerzo”
a poco de acaecido el Golpe de Estado del 76’, en el que también estuvieron
Borges, Ernesto Sábato y el titular de la Sociedad Argentina de Escritores.
Flores robadas… vendió cientos de miles de ejemplares en kioscos de diarios y
librerías, un fenómeno de masas casi inédito para la narrativa local de la
época. Asís, dando el puntapié para que años después surgieran obras artísticas
situadas fuera de Buenos Aires (como “Made in Lanús” y “Luna de Avellaneda”),
le dio voz a la clase media suburbana que iba a los boliches a olvidar el
horror, capturando la melancolía porteña con una prosa que fluía sin pedir
permiso a los guardianes del buen gusto. Esto se evidencia en que mantuvo una
relación de profundo respeto y velada competencia con Ricardo Piglia, quien en
el mismo año publicó Respiración artificial. Tiempo después “el turco”
dirá que en una suerte de pacto tácito entre ambos, Piglia se quedó con la
unción académica de los claustros y Asís con las ventas (más de 300 mil
ejemplares adquiridos por el público).
Con obras como esa, Asís demostró que se podía
hacer alta literatura desde la cultura popular y el realismo sucio, ganándose
el fervor de los lectores y, simultáneamente, el recelo eterno de una crítica
académica que miraba con desconfianza el éxito comercial que nacía de las
orillas del sistema.
Pocos recuerdan un hito singular de su bohemia en
los años 70’: su paso por el cine como actor de reparto. El director Nicolás
Sarquís se encontraba filmando la película La muerte de Sebastián Arache y
su pobre entierro (una historia creada por el cineasta y por Haroldo Conti)
cuando el actor protagonista, el chileno Raúl del Valle, falleció trágicamente
durante el rodaje. Obligado a rehacer el guion y a buscar un reemplazo de
emergencia, Sarquís convocó a Jorge Asís, quien sin experiencia actoral previa
se puso en la piel del personaje Fábulo Vega. La película, filmada entre 1972 y
1974, con el ambiente rural de Patquía (provincia de La Rioja) como escenario
del rodaje, se estrenó en 1983 tras años de postergaciones, dejando constancia
fílmica del rostro juvenil de un Asís que ya ensayaba el arte de simular ser
otro.
Según “el turco”, fue en ese contexto donde conoció
al entonces pintoresco gobernador riojano, quien en los proyectos
cinematográficos de Sarquís podía llegar a encarnar el papel de Juan Facundo
Quiroga. Sí, amigo lector y amiga lectora, se trataba de Carlos Saúl Menem.
De escritor “maldito” a funcionario de la audacia
La recuperación de la democracia en 1983 y la
consiguiente instalación del Estado de Derecho significó para la mayoría una
primavera cultural, pero para Asís marcó el inicio de su invierno intelectual.
El nuevo canon cultural en la era alfonsinista, hegemonizado por intelectuales consagrados
provenientes del semillero que había sido la revista Sur y del
progresismo universitario, lo condenó al ostracismo. Se lo acusó con malicia de
haber sido un “colaboracionista”, un autor de “literatura fascista”, tolerado
por la dictadura genocida debido a su arrollador éxito de ventas en los kioscos
de diarios y revistas. La progresía literaria le cerró las puertas de los
suplementos culturales y de los jurados de prestigio. Asís, lejos de replegarse
con humildad, redobló la apuesta con su habitual audacia aprendida en el
conurbano bonaerense.
De ese período de fervor y combate surgió uno de
sus libros más polémicos, evocado a menudo como un ajuste de cuentas colosal: Diario
de la Argentina (1984). En esta novela en clave, Asís desnudó con ferocidad
satírica las miserias, los lobbies y el poder fáctico del gran diario
argentino, Clarín, donde había trabajado bajo el seudónimo de Oberdán
Rocamora, que se volvería entrañable para él. El libro fue una declaración de
guerra al pulpo mediático de la época. Recordemos que dejando atrás los
orígenes desarrollistas con referentes como Rogelio Frigerio, el periódico fue
acumulando cada vez más poder, al punto de que en la Argentina se volvió
conocida la expresión de que “nadie soporta tres o cuatro tapas seguidas de Clarín”,
expresión que graficaba la notoria capacidad mediática para tumbar funcionarios
y hasta gobiernos.
La respuesta del sistema político-cultural tras la
publicación de la novela fue un apagón total: durante casi dos décadas, el
nombre de Jorge Asís fue borrado de las pantallas de televisión y de las
páginas de los principales periódicos. Fue el precio que pagó por su osadía
literaria y política. Pensó en radicarse en España pero, después de preparar
casi un año ese plan, desistió. Fue un periodo de desolación, que quedó plasmado en su Cuaderno del acostado (1988), un texto que Asís obsequia a amigos en dificultades pero que él no volvió a leer. El suyo fue entonces un exilio mediático que habría
destruido a cualquier espíritu menos templado. El divorcio con el establishment
de las letras estaba sellado, excepto por figuras como la reconocida crítica
literaria Josefina Ludmer, quien lo defendió.
Pero el verdadero rescate no vendría de la
literatura, sino de su viejo y conocido amor: el peronismo. Pero no el
peronismo “de Perón y Evita” ni el de la renovación racionalista en torno al
dirigente Antonio Cafiero. Asís encontró su espejo definitivo en la audacia
riojana de Carlos Menem quien nunca llegó a hacer aquel papel cinematográfico
de Facundo Quiroga, pero sí adoptó su estética e iba por más: la ambición de
llegar a la Presidencia.
El “turco” reconoció en el otro turco” el mismo
desparpajo para romper las reglas de la etiqueta patricia y, según contaría en
más de una ocasión, en un encuentro en la Embajada de Marruecos (donde Asís
solía celebrar su cumpleaños), le dijo al entonces Gobernador: “Carlos, te voy
a atajar algunos penales”, viendo que ambos eran resistidos por derecha y por izquierda.
En 1989, con la llegada del menemismo al Ejecutivo
Nacional, Asís dejó en segundo plano el oficio de escritor para calzarse el
traje de funcionario gubernamental y diplomático de la Nación.
Los años 90’ traerían para Asís dos cosas: una
renovada visibilidad y más controversias.
Su lealtad para con el Presidente fue total y sin fisuras intelectuales,
asumiendo una fervorosa defensa pública de los controvertidos indultos a los ex
jerarcas de la dictadura y de las organizaciones armadas, decretados por Menem
con la resistencia de los organismos de Derechos Humanos. Para Asís, en línea
con la justificación del entonces oficialismo, se trataba de una medida para la
“pacificación y unidad nacional”, pero la disposición también tenía una cuota
no menor de pragmatismo histórico. Esto le costó el repudio también de sus
pares del mundo de la cultura.
Pero aquel atajador de penales para que Menem
llegara a la Presidencia no convencía a todos dentro del Gobierno. Y para una
salida decorosa del medio suelen estar las embajadas. Ante ese panorama, Asís
vio la posibilidad de ser designado Embajador argentino ante la UNESCO, función
que cumplió en París entre 1989 y 1994. En los palacios franceses, el escritor
desplegó su versión más sofisticada, aunque la política local lo reclamó para
regresar a Buenos Aires.
En 1994 asumió como Secretario de Cultura de la
Nación. Su gestión fue breve (apenas duró un puñado de meses, si bien ha sido
una silla caliente también para otros nombres antes y después del suyo) pero
desató una tormenta de dimensiones quijotescas. Imbuido de un nacionalismo
lingüístico inesperado, Asís impulsó un polémico proyecto de ley para la
defensa y preservación de la lengua española. La iniciativa obligaba a los
comercios, cartelerías y shoppings a frenar la invasión irrestricta de términos
en inglés (algo que los 90’ dejarían a la Argentina por bastante tiempo más), penalizando
el uso de extranjerismos en el marco de la política de apertura económica en un
mundo donde la globalización estaba en apogeo. El proyecto legislativo chocó de
frente contra el espíritu de la época y contra el propio Menem, quien
desautorizó públicamente la propuesta para no contrariar las lógicas del
mercado global. La respuesta de Asís fue renunciar a su cargo en vivo y en
directo en el programa Hora Clave (del abogado y periodista político Mariano
Grondona), mediante un llamado telefónico desde España, donde se encontraba
presentando su cruzada idiomática ante la Real Academia Española. Luego, como
gesto pintoresco, mandó un ramo de gladiolos a la Casa Rosada.
Tras el portazo, Menem lo cobijó enviándolo nuevamente
a Europa como Embajador en Portugal entre 1997 y 1999. En Lisboa, Asís vivió un
exilio dorado de baja intensidad política que le permitió rumiar su
distanciamiento del día a día del poder, mientras el ciclo menemista entraba en
su declive definitivo. Pero volvamos un momento al ámbito mediático en el cual
se dio la renuncia de Asís al frente de la Secretaría de Cultura.
Fue precisamente durante los años del menemismo
cuando la figura de Asís se consolidó como el pararrayos del debate cultural de
los 90’. El clímax de esta confrontación se dio 1996, en el living de Hora
Clave, donde se produjo un recordado y hasta bizarro enfrentamiento cara a
cara entre Jorge Asís y el actor y abogado Gerardo Romano, con la “mediación”
de Grondona, quien para Asís era “el profesor”.
Romano, quien encarnaba el enojo visceral del
ambiente artístico e intelectual contra la frivolidad, las privatizaciones de
empresas públicas y la corrupción percibida de la era menemista, atacó al
escritor acusándolo de ser el ideólogo y el “maquillador” elegante de un
régimen destructivo. Asís, lejos de amedrentarse o apelar a la corrección
política, respondió con una frialdad y una soberbia de salón memorables. Desarmó
los argumentos pasionales de Romano tratándolo de “actor de telenovelas”
atrapado en consignas biempensantes. El cruce no solo fue un hito del rating de
la época, sino la escenificación perfecta de la grieta de aquellos años: la
confrontación irreductible entre el progresismo ético-artístico y el cinismo
pragmático del peronismo de mercado. Más allá de esos avatares, Asís se
definiría como “un defensor de causas perdidas”, habiendo visto en el menemismo
al “último proyecto capitalista, medianamente serio, para el país”.
La vanguardia digital y el barroco televisivo,
escenarios del diccionario de la ironía
Cuando el olvido parecía definitivo, Asís demostró
su mayor virtud: una capacidad de renacimiento, cual ave fénix. A mediados de
la década de 2000, intuyendo que las viejas estructuras de los medios
tradicionales crujían ante el advenimiento de la tecnología, el escritor y ex
funcionario se refugió en los albores de la web. Así nació en 2007 JorgeAsisDigital,
un portal que rompió con los moldes del periodismo político de la época.
El sitio no ofrecería primicias urgentes ni
análisis de consultoría macroeconómica. Al peculiar estilo de su autor, quien
se define como “un periodista antiguo”, “artesanal”, que gusta de tomar cafés
con quienes pueden darle una información que, con total ironía dirá siempre que
es “probablemente mala”, ofrecería crónicas políticas redactadas como si fuesen
folletines del siglo XIX. De esta manera, Asís se convirtió en un operario de
la contrainformación. Desde la entonces marginalidad de la web, empezó a
filtrar lo que realmente sucedía en las tertulias del poder, que tras el
cimbronazo de la crisis de 2001-2002, vio rearticular el sistema político
argentino bajo la conducción de “el furia”, llegado de Santa Cruz como el
viento del sur. El público descubrió que para saber qué tramaba el naciente
kirchnerismo o la oposición no había que leer solamente los editoriales
solemnes, sino descifrar las parábolas taurinas, las metáforas de billar y los
neologismos barrocos del portal de “el turco”.
Este éxito de sitio web de culto forzó su regreso a
la televisión masiva. Su incorporación a programas de debate político de alta
audiencia, donde los conductores le prodigaban segmentos especiales para
conversar sobre temas de la actualidad política, inauguró su etapa de
consagración definitiva como el gran exégeta de la fauna política argentina.
Asís introdujo en la pantalla chica un humor de salón, fino, impregnado de
sobreentendidos y una distancia cínica que descolocaba tanto a oficialistas
como a opositores. Desde esas trincheras (pero también desde su oficio de
escritor, nunca abandonado) habló de “la marroquinería política” y del “afán
recaudatorio” de Néstor Kirchner, como también de su “impertinencia” al
morirse. Identificó como “tercer gobierno radical” al liderado por Mauricio
Macri y reiteró los sueños presidenciales de dirigentes como Patricia Bullrich,
Sergio Massa y Sergio Uñac. Más cerca en el tiempo, en su estilo alaba la
pureza “moral” de Cristina Kirchner habiendo puesto a “un transparente” como
Axel Kicillof en la “provincia del pecado”, defendiéndola en su situación de
prisión domiciliaria a la cual, paradójicamente, la habría llevado el afán
recaudatorio de su extinto esposo, según sentencia Asís. Sobre el proyecto
libertario, hace algún tiempo que dictaminó que “el círculo rojo” “le picó el
boleto”, en una terminología que en muchos recuerda lo que eran los viajes en
tren.
Esta ráfaga de expresiones, a modo ilustrativo, nos
permiten asomarnos a su mirada de y sobre los políticos como una especie de insectos
atrapados en el frasco de sus propias ambiciones. Su manejo de los tiempos de
los medios de comunicación (el silencio dramático, la corrección del pañuelo de
seda en el saco, la mano en el cabello que se ha vuelto blanco con el paso del
tiempo y luego el tono altisonante) transformó el análisis político en una
performance teatral. Asís le enseñó a la audiencia que en la Argentina la
política se define en “la rosca” (antes de la célebre reivindicación que
hiciera de la misma Emilio Monzó y su correspondiente análisis politológico),
ese espacio intermedio donde la ideología no desaparece pero se rinde ante la
necesidad de supervivencia y de “la palea por las cajas”, a lo cual, según él,
se reduce mucho de las discusiones en público y en privado.
Tal vez, el aporte fundamental de Asís al análisis
político contemporáneo es, por fuera de los marcos académicos y con la libertad
de quien juega a ser el “ciudadano de a pie” (que hace rato no es), el disparar
con su formidable arsenal lingüístico aplicando el principio de la economía de
fuerza, como enseñaba Perón. Por algo cierta vez se definió como “un
profesional de la palabra”. Y esto no es algo menor. En tiempos de una
polarización asfixiante, “el turco” comprendió que para desarmar al poder no
hay que atacarlo con denuncias estridentes, sino rebautizarlo. Un apodo bien
colocado es capaz de despojar a un dirigente de su aura de solemnidad y dejarlo
desnudo ante la ironía pública. Su humor de salón prescinde del insulto vulgar
y prefiere el eufemismo sutil que exige la complicidad cultural del espectador.
A lo largo de los últimos años, su factoría
lingüística ha dejado conceptos que ya forman parte del folclore político
nacional, como “la teoría de la purificación por el fracaso” de quien es
sucedido en el ejercicio del poder y de que, en una perspectiva muy pesimista,
“en Argentina todo termina irremediablemente mal”, ante lo cual no sabemos si
reír o llorar…
Pero riamos, porque este humor de salón funciona
como un bálsamo ante la crispación de la grieta, como se decía hasta no hace
mucho, y de la polarización ya mencionada, que la revolución de los algoritmos
ha llevado a un nivel elevado. Al reírse del absurdo de la política, Asís
pacifica el debate, lo cual en sí mismo es una contribución enorme, porque
recuerda que si no hay política (con su barro y su gloria), lo que queda es la
violencia. Y también, buscando acaso pacificar los espíritus, le recuerda a su
audiencia que los odios de hoy serán las alianzas pragmáticas de mañana, porque
en el gran folletín nacional nadie resiste un archivo y todos, tarde o
temprano, terminan sentados en la misma mesa de café. En ese sentido, Asís
posiblemente discutiría con el cretense Nikos Kazantzakis cuando en su afamada
novela Alexis Zorba, el griego (1946) hace decir a un pueblerino no sin
lamento: “la política, esa perdición de los griegos”.
El estilo como destino y la política como novela
Podemos ahora, en esta última sección, ensayar un
balance desapasionado de la figura de Jorge Asís (quien se autocomprende como
un “teórico del derrumbe” argentino y tienen una obra de más de 30 títulos[1] a
lo largo de cinco décadas), poniendo en la balanza tanto su innegable
genialidad como sus zonas de claudicación, como cada uno las tenemos. La figura
de “el turco” es, por definición, la de un equilibrista que ha caminado en su
vida sobre la delgada línea que separa la lucidez del cinismo.
Entre sus luces más brillantes destaca su condición
de prosista extraordinario. Asís es uno de los pocos escritores argentinos que
logró capturar el alma de la clase media baja suburbana sin caer en el
paternalismo sociológico ni en la caricatura populista. Textos como Los
reventados y Flores robadas... merecen un lugar de privilegio en la
literatura argentina del siglo XX que la academia aún le niega, tal vez, por
mezquindad ideológica y prejuicios torpes. Asimismo, su agudeza para anticipar
los movimientos del poder es incomparable. Mientras las encuestas muchas veces focalizan
en las diferencias de decimales, Asís acierta porque analiza el factor humano:
los narcicismos, los miedos, los celos y las traiciones que verdaderamente
mueven la aguja de los dirigentes. También, de vez en cuando, algún gesto no
menor de grandeza.
Sin embargo, también se proyectan sombras. Aunque
Asís diga exactamente lo contrario, tal vez no sea del todo equivocado pensar
que su conversión casi total al análisis con los usos y costumbres de los
medios de comunicación (aún las entrevistas más profundas terminan siempre en
alguna referencia al análisis coyuntural de las figuritas del poder) significó, al menos en parte, el sacrificio
del gran novelista que supo ser y que Martha Lynch advirtió a inicios de los
70’. Posiblemente la literatura argentina perdió a un narrador potente para
ganar a un comentarista político de lujo. A menudo, el personaje público (con
su estética de dandy de casino, sus trajes vistosos y su regocijo en el
cinismo de la rosca) termina devorando la profundidad del analista.
Su fascinación por la estética del poder lo lleva,
a veces, a relativizar las consecuencias éticas y sociales de las políticas que
describe. En este sentido, para Asís, un gobernante puede destruir la economía,
pero si lo hace con “estilo” y “audacia política”, merece un aplauso narrativo.
Es el peligro de mirar la realidad únicamente como una puesta en escena: se termina
admirando la destreza del verdugo por la elegancia con la que maneja el hacha.
Ahora bien, Jorge Asís permanece hoy como un
espécimen único, el último folletinista digital de una República (aunque esto
tal vez sea una afirmación exagerada) que se debate entre la fragmentación y la
pérdida de sus identidades históricas. En un panorama mediático dominado por la
prepotencia del grito, la chatura de los slogans en la ex Twitter y la
polarización boba de la grieta, su figura se recorta con la distinción de una
reliquia valiosa. Es el hombre que trae el aroma de los viejos cafés de la
calle Corrientes, las anécdotas de las células del PC, los comités de la UCR y
las unidades básicas del PJ, y las lecturas de los clásicos universales para
arrojarlas como dardos en el prime time televisivo.
Podrá criticársele su escepticismo militante y “atroz”
(esa palabra que utiliza hasta el cansancio), su pasado como cortesano del
menemismo o su renuncia a seguir escribiendo la gran novela nacional en formato
de libro. Pero nadie podrá negarle que ha convertido su propia existencia en
una obra de arte de la incorrección. Jorge Asís es el dandy que demostró
que se puede salir de los suburbios, ser cancelado por los poderosos,
sobrevivir al apagón mediático y regresar para dar cátedra de lenguaje,
elegancia e ironía. Mientras la Argentina siga siendo ese melodrama
indescifrable y fascinante, necesitaremos la pluma de “el turco” para recordarnos
que, al fin y al cabo, muchas cosas en la vida de un país son una cuestión de
estilo. Y en consecuencia, la política termina siendo con frecuencia una interminable
novela. Acaso esto no sea desdeñable.
(*)
Doctor en Ciencia Política. Docente universitario.
[1] Recomiendo al respecto los interesantes
análisis de Nicolás Mavrakis publicados a lo largo de más de una década, quien
es de los pocos que ha tomado en serio la extensa obra de Asís.
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