El anhelo del corazón

 


«Antes que Felipe te llamara, 
cuando estabas debajo de la higuera, 
te vi»
(Jesús de Nazaret)

Por Daniel Pío Torres

Hay un sentir diferente en días un poco particulares donde profundizando en los pensamientos también ese sentir surge en comunión en una conversación de pareja, en una charla íntima acompañada de unos mates de por medio sea con algún amigo o con la familia; también puede ocurrir en grupos de distintas actividades, donde suele aparecer en algún momento de las charlas algo distinto, claro y sentido entre los diversos temas que se tocan. Donde en esos pensamientos viajamos un poco por el mundo, imaginamos situaciones, como el futbol y el asado, nos reímos de alocadas anécdotas, surgen recuerdos nostálgicos, alguien que cuenta su experiencia sorprendente en cómo le cambio la vida en ser padres de un día para el otro. Y también compartimos nuestros días con lo bueno y con lo que venimos soportando en algunas ocasiones ya hace tiempo, como todos…

Pero suele ocurrir a partir de un edad o de una etapa más marcada para cada uno, donde eso particular que mencioné anteriormente, emerge de un sentir sobre el anhelo de lo que aún no se ha logrado, eso que aún no sucedió, y quizás surja la exposición de corazones que se muestran enredados entre excusas, aceptando responsabilidades sobre decisiones y malas experiencias pasadas y algo de angustia, como un liviano sentir pasajero, demostrando así el anhelo de lo que sigue pasando por la mente y el corazón en algún momento del día, en la vida misma, repitiéndose por momentos quizás una y otra vez como una película, mientras eso no se alcanza.

El anhelo es ese deseo por conseguir algo que muchas veces depende de nosotros en ir por ese unos u otros objetivos tomando decisiones, seguido  a veces de un gran esfuerzo, disciplina y temple, pero quizás lo que tenga que ver más con las relaciones humanas sean otras cuestiones compartidas y no solo deba caer de nuestra parte la balanza para que se alcance la conquista de eso tan deseado. Donde también puede ocurrir que ese anhelo surja con más profundidad e intensidad apareciendo lentamente al ver la vida misma que va transcurriendo, y a veces pueda pasar que se sume a esto alguna inevitable comparación (por la misma reacción humana) que surja inconscientemente con otros, sean amigos más cercanos, hermanos, ex compañeros del colegio, del trabajo, etc. Esta sensación de que a los otros les fuera más fácil llegar a objetivos similares, pero tal vez sea una lectura nuestra simplemente pasajera, ya que nadie sabe en profundidad lo que hizo o lo que está atravesando esa persona y hoy solo vemos sus logros. Pero hay una pieza fundamental en esta obra que es el tiempo, donde comienza, por así decirlo, a entrar en el juego presionando nuestra realidad cuando hay cosas que dependen de un ciclo determinado, o de lo que cada uno establezca para ciertas cosas instalando una fecha límite.

Los anhelos con respecto al tiempo que estemos transitando pasan por nuestra mente haciéndose a veces más presentes y se sienten más de lo que comprendemos, asomándose en determinados momentos sin poder detenerlos. Así como sucede con la sombra que aparece cuando está en su retirada el sol del día, una suave y casi inapreciable línea gris llega durante el atardecer en algún lugar donde estemos sin que nadie la llame, silenciosa, lentamente como acariciando el piso, una pared, o el patio de nuestra casa.

Es esa misma sombra de la cual nos damos cuenta de su presencia porque comenzamos a tener frío de la nada, mientras estamos en el parque bajo un tibio sol leyendo un libro en época de invierno; es esa misma que permite que podamos abrir con normalidad los ojos sin fruncir el ceño cuando miramos hacia el horizonte en un atardecer y tener el privilegio en ser testigos de la maravillosa caída del sol; pero también es esa sombra que avanza con una presencia humilde y natural siguiendo su marcha sin descanso donde nada ni nadie la puede detener.

Y quizás por momentos nos puede pasar eso de sentir que no podemos detener lo que nos pasa, y de alguna manera nos pone de frente a  nosotros mismos, pudiendo observar en donde estamos realmente parados hoy, y a qué distancia estamos en relación a lo que anhelamos en el corazón. Pero esa sensación que también nos motiva a seguir por ese sueño, por eso que está instalado en lo más profundo de nuestro sentir, está ahí clavada marcándonos una dirección que a veces nos impulsa a tomar decisiones donde no todas son agradables para nosotros, y también para las personas que son parte de nuestra vida; pero hay que tomarlas, ya que esta vida es un decidir constante todos los días.

¿Pero qué nos sucede cuando la misma vida nos sorprende con cuestiones inesperadas que cambian inevitablemente el rumbo de nuestra dirección y quizás nos saca la libertad de nuestros pasos, y tenemos que girar bruscamente para otro lado, o detener nuestra marcha que nos descoloca de nuestra intención, y muchas veces hasta nos toca comenzar de nuevo una y otra vez haciendo y sintiendo como si esos anhelos estuvieran más lejos que antes? Quizás se perciba como si nos detuviéramos repentinamente de una velocidad constante y cómoda en nuestro transitar por un largo y agreste camino de campo, y en esa frenada brusca somos rápidamente abrazados por la misma tierra que nos seguía sin descanso, dándonos la sensación como si volviéramos para atrás, dejándonos alcanzar por lo que ya habíamos dejado, o por lo que tuvimos que pasar alguna vez, pero parece que nos vuelve a atrapar el mismo lugar de donde partimos.

Como dicen, quedamos “patas para arriba” desorientados, preguntándonos de todo y tratando de acomodar lo que pensábamos, con lo que sentimos pero también con lo que está sucediendo a nuestro alrededor. Hay cuestiones que quizás no tengan una respuesta concreta y solo debamos aceptar, procesar y seguir adelante ya que la vida continúa. Pero eso no es tan fácil de lograr como decirlo. Todo lleva su tiempo, su proceso y también su lugar en donde aprendemos a ubicar nuevas palabras y sentimientos que aparecen donde van y vienen dentro nuestro. Es por eso que debemos seguir con calma viviendo y sintiendo un día a la vez que no es poco. Y aun así el corazón sigue recordándonos por momentos ese anhelo que por algo se sostienen ahí y quizás un poco más débil que antes, como si fuese una frágil llama aferrada de su misma vela que la alimenta, pero ese anhelo sigue así encendido por más que esté todo dado vueltas.

Sí, es parte de la vida, a todos nos pasan situaciones que nos descolocan sorpresivamente y hasta a veces nos arrastran sin darnos cuenta a estados desconocidos, profundos y dolorosos, donde nos hacemos muchas preguntas que no tienen todas sus respuestas en el mismo momento. Pero también, y viendo la parte buena, nos conocemos desde otro lugar donde dejamos de tener el control, comenzamos a ver que podemos soltar lo que queríamos sostener de cualquier forma aceptando que no es tan grave lo que sucede si aflojamos las amarras, y comenzamos a ver que se  asoma la incertidumbre de lo que no sabemos. Pero si le damos tiempo al corazón para que aprenda a frenar, a mirarse y aceptarse, quizás comprendamos algunas cosas y notaremos algo interesante, como si fuera un nuevo descubrir en nosotros.

Muchas veces la incertidumbre sea vista generalmente como algo malo, donde nos genera ansiedad, inseguridad, perder el control y sobre todo el no soportar el no saber, en lo qué no podemos anticiparnos en algo del suceso, o cuánto va a perdurar lo que estemos atravesando. Pero siempre hay algo de crecimiento en algún lugar de la cuestión, mientras esto ocurre es muy importante mirar a nuestro alrededor y sostenernos en estos momentos de fragilidad con los vínculos que nos dan esas palabras tan necesarias, ese gesto o simplemente esa compañía de saber que no estamos solos en esos momentos, y a veces no necesitamos tantas charlas, quizás más bien sea necesario un buen abrazo donde sabemos que podemos descansar lo que nos pesa.

¿Será solo una cuestión del corazón que nos está diciendo que todo tiene un sentido? ¿Él es el que se encarga de decirnos entre latidos y algo de misterio que aun así tenemos un propósito para esta vida, y pase lo que pase tenemos un rumbo a seguir hacia esa conquista, por esos deseos, por ese anhelo que perdura en el corazón?

Me atrevo a decir que hay una parte nuestra importante que tiene que ver con nuestro espíritu, con eso que quizás muchos no le den importancia todavía por desconocimiento, por malas experiencias o por lo que fuera, y son respetables desde ya. Pero puedo decir que esta parte espiritual motiva y nos sostiene en esos momentos difíciles que atraviesa nuestro corazón, y a veces por más que estemos rodeados de muchas personas de nuestro entorno que entienden y permanecen ahí, hay algo diferente que sumerge a nuestro ser, sobre todo más aún en la soledad. ¿Qué nos pasa cuando a alguna cuestión no le encontramos una respuesta para nuestra razón, donde el vacío se percibe y algunas perturbaciones se hacen presentes y quizás perduren por un tiempo?  Puede ocurrir que perdamos un poco la esperanza misma del anhelar algo, pero también ahí en ese vacío se encuentra un particular silencio que muchos le escapan y tapan con actividades, pero ese es el momento clave para aprender y escuchar a alguien que nos viene susurrando y siguiendo los pasos desde nuestro mismo existir.

El silencio profundo nos lleva a aprender a meditar con nuestra mente y mirar nuestro corazón, y quizás no coincidan uno con el otro, o sí.  Generalmente escuchamos más de lo que se dice en el latir dentro de nosotros aunque no perezca, dándole paso a la libertad solo de la misma expresión racional y no tanto de lo que sentimos. Quizás esos anhelos que llevamos en el corazón hace tiempo hoy ya no sean los mismos.

Ese silencio al que le escapamos puede ser que sea Dios, donde está intentando acercarse de muchas maneras y estamos dándole el lugar para que se involucre más a nosotros, y pueda tal vez ser eso que nos falte para  guiarnos con una dirección concreta a los deseos que nadie más que Él sabe, sobre todo a esos los anhelos que guardamos cada uno de nosotros en el corazón sin que expresemos una solo palabra.

Dentro del silencio surge la meditación, pero con Dios aparece la oración interna, profunda e íntima que ya no es solo nuestra mente con el corazón, también es un dialogo incomparable con Él, que cada uno puede tener en lo más profundo de su alma.

¿Y si fuera Dios representado en ese sentimiento que mencioné al principio con la sensación de lo que no podíamos detener, como la sombra que se acerca en silencio? ¿O como esa situación donde nos hiso girar de golpe en otro sentido? ¿Y si también era Él en esa percepción de la tierra que nos alcanzó en ese largo camino, donde íbamos cómodos pero todo  se detiene y tenemos que retomar desde donde partimos? Tal vez sí era Dios, quien está queriendo mostrarnos algo de nosotros mismos, donde esa incertidumbre mezclada con algo de angustia que supimos soportar nos esté queriendo decir que debemos cambiar, procesar y madurar en nosotros algunas cuestiones para llegar a ese anhelo del corazón y, por algún motivo, aún debemos descubrir en su compañía y quizás sea la cuestión por lo que algo no se concreta. Tal vez en esas preguntas que antes nos hacíamos, tienen que ver más para un crecimiento personal que Dios quiere modificar siempre para nuestro bien y no tanto para el afuera. Sobre todo en el aceptarnos en cómo somos realmente puede que sea el primer paso dentro de la sinceridad que Él nos impulsa a sentir, abrazados por su infinita misericordia.

Dios junto a María siempre querrán lo mejor para sus hijos, o sea, para nosotros, creamos o no; ellos no se van a cansar de llamarnos y sobre todo es en ese silencio donde más se acercan a nuestro corazón dándonos algunas de esas repuestas que tanto nos cuesta encontrar afuera y sobre todo en la sociedad del hoy.

Él es nuestro salvador, nuestro refugio, nuestro guía en todo momento, aliviando un poco la carga de lo que llevamos a cuestas donde humildemente solo nos pide que seamos fiel a Él y que creamos en su intercesión, y puede ser que sea solo con detenernos a mirarlo un momento ahí en la Cruz. No es necesario y no vamos a comprender todo, a entender todo; solo observarlo con nuestra mirada en silencio de hijos frágiles que somos, ofreciéndole nuestro corazón así como esté, por un momento. Quizás, con el tiempo, comencemos a tener algunas respuestas, algo de esperanza y sobre todo de querer tener más cercanía con Él en nuestro corazón.

Dios en nuestras vidas no aparece para concedernos solo lo que anhelamos de nuestra manera, sino como alguien que puede estar actuando precisamente en el tiempo de espera, en el silencio, en la incertidumbre e incluso en aquello que nos obligó a cambiar de dirección.

Tanto nos conoce Dios que sabe lo que es mejor para nosotros y tal vez busca modificar cosas nuestras para darnos una nueva identidad desde el corazón, desde la razón y seguir soñando desde otro lugar, quizás más humildes, más serviciales, más comprensivos, sin tanta prisa, pero sin perder nuestros objetivos, nuestro rumbo, si es que también son parte de su plan. Un corazón conquistado por el amor de Dios es la gloria misma de su existir en este mundo, donde sabremos el porqué de muchas cosas y guiará nuestros pasos e irá convirtiéndonos mientras caminamos hacia Él pase lo que pase, dentro de sus designios, para seguir sin prisa pero sin pausa hacia ese bendecido anhelo de nuestro corazón. 

 

“Antes anhelábamos muchas cosas, hoy quizás más o ya no tantas, el querer vivir ya es una, sobre todo para los que piensan que no anhelan, y podría decir que algunas de las otras que deseamos sean más amor y paz, donde tal vez en Dios y María esté gran parte de esa respuesta”.

 


 

 

 

 

 

Comentarios