Ser Nación en tiempos de IA. Desafíos para pensar nuestra Casa Común

 


Por Nicolás Santiago Dallorso (*)

“Creo y estoy convencido de que, aunque tengamos que sufrir, los tiempos que vivimos están cargados de esperanza y de cambios cada vez más profundos a los que todos aspiramos. Somos llamados a ser actores y no espectadores miedosos.”

(Monseñor Enrique Angelelli)

 

¿Cómo Ser Nación? Cada momento histórico supuso conflictos y dificultades específicas para Ser Nación. La nación siempre se está constituyendo en circunstancias particulares, Ser Nación siempre es una tarea inconclusa, abierta. Por eso, Ser Nación siempre tiene algo de decepción, de frustración, de fracaso. El sueño de ser una nación precisa, coherente, definitiva es sinónimo de una pesadilla totalitaria. La historia de las naciones y, especialmente de los Estados-nacionales en general, pero también, de nuestra propia historia argentina, da ejemplos muy claros de que el riesgo es inmenso.

Sin embargo, y aun conociendo los riesgos, seguir constituyendo nuestra nación nos permite descentrarnos del individualismo y los egoísmos para poder pensar en lo colectivo, en las corresponsabilidades, en nuestra Casa Común.  Y cuando me refiero a “Casa Común” lo digo en el sentido fuerte del oikos, es decir, que involucra la atención de lo ecuménico, lo económico y lo ecológico. Al pensar la nación como Casa Común quiero significar que la administración de los recursos está asociada con el cuidado y con la unidad de quienes habitamos esta tierra.

Por eso la tarea es ardua, exigente y llena de obstáculos. Sin embargo, al mismo tiempo, se vuelve necesaria porque nuestro presente es la nada si no tenemos un horizonte colectivo hacia el cual caminar juntos.

Este desafío general, que enfrentan todos los pueblos que buscan constituirse como Estado-nación, tiene una característica específica en las naciones de lo que antes se llamaba el “Tercer Mundo”, es decir, de las naciones surgidas de procesos de descolonización. Como sabemos, las independencias formales en nuestra región no garantizaron definitivamente una soberanía plena y una independencia política, económica y cultural definitiva. Procesos de neocolonialismo se sucedieron a la ruptura de los lazos de dependencia con antiguas y nuevas metrópolis. La emancipación de nuestros países es co-constitutiva de la conformación de nuestras naciones. La constitución de nuestra nación hace posible el progreso de nuestra emancipación, así como, la desintegración de la nación nos vuelve más dependientes.

Arturo Jauretche, con una bella metáfora, logra poner en primer plano que las distintas interpretaciones y disputas por la nación se anclan en este proceso abierto de constitución de lo nacional:  El nacionalismo de ustedes se parece al amor del hijo junto a la tumba del padre; el nuestro, se parece al amor del padre junto a la cuna del hijo. [...] Para ustedes la Nación se realizó y fue derogada; para nosotros, todavía sigue naciendo”.

Nuestra nación, además de ser abierta porque aún no ha culminado su proceso de liberación, también tiene heridas, dolores que vuelven a nuestra identidad una nación rota. Las heridas son muchas y dolorosas: los desaparecidos, los nietos apropiados, los miles de pobres, el escándalo de la desigualdad, la violencia machista contra las mujeres y niños, los trabajadores sin derechos ni protecciones sociales, los desencuentros entre Buenos Aires y las provincias, los conurbanos estigmatizados entre las ciudades y el campo, los problemas vinculados con las adicciones, las comunidades indígenas olvidadas y maltratadas, las comunidades fumigadas por los agrotóxicos, los ambientes naturales degradados, el padecimiento en la salud mental, las familias sin techo, las familias endeudas, los ancianos desamparados, los pibes atrapados por las apuestas online, los pibes violentados por las policías, las trans violentadas por las policías, los presos hacinados... No podemos negar estos dolores colectivos.

El Papa León nos enseña algo que creo que es particularmente relevante para pensar la relación entre nación, dolor y compasión:

Es precisamente en nuestro ser limitados donde encuentran lugar la compasión, la sincera preocupación ante las necesidades de los demás, la generosidad que sorprende incluso en medio de la oscuridad y el fracaso, la experiencia espiritual y la adoración a Dios. […] Aun cuando el límite se manifiesta como dolor interior, la sensatez humana enseña a no negarlo ni eliminarlo, sino a integrarlo. Para eliminar totalmente el dolor sería necesario, a fin de cuentas, apagar también el amor y el deseo. Quien ama y desea, en efecto, no puede evitar atravesar la prueba y el sufrimiento, y por eso, a lo largo de los años conservamos en nosotros enseñanzas que quedan marcadas como cicatrices, memoria del camino realizado entre libertad y caídas, sueños y decepciones. Sólo gracias al entramado de estos elementos, se realizan en el corazón esas maravillas interiores que nos hacen saborear el gusto más dulce de nuestro ser humanos. Renunciar a esta aventura, al mismo tiempo dramática y espléndida, en nombre de una presunta superación de todo límite podría ser cualquier cosa, pero no significaría ser humanos.”

Ser Nación es asumir e integrar todos estos límites: los de ser una nación aun dependiente y los de nuestras heridas.

El tiempo de la IA es un tiempo de confrontaciones, creciente mercantilización de los bienes comunes, individualismo exacerbado, la voracidad y repetición de falsas noticias, desvanecimiento de una percepción clara de la verdad y profundización de las dependencias y sometimientos, pero también es un tiempo de posibilidades impensadas para custodiar la dignidad inviolable de la persona humana y de los pueblos si logramos transformar la mera eficiencia tecnológica en una sabiduría práctica que ponga la innovación al servicio del bien común y de la justicia social. También la aceleración de las transformaciones socioculturales puede brindar oportunidades para que aquellos sometimientos anclados en la costumbre o la tradición puedan ser superados con mayor facilidad.

La IA viene a prometernos la superación de los límites, la potenciación y la superación de la humanidad. ¿Qué hace la IA con estos límites? Mi impresión es que la IA cristaliza (y profundiza) estos límites-heridas y, al mismo tiempo, genera la ilusión de que ya no existen o no son relevantes. Esto es especialmente peligroso para poder seguir conformando una nación que sea hospitalaria, generosa y solidaria y esté arraigada en principios de justicia social.

La IA, bajo la lógica del rendimiento y la eficiencia, conlleva el grave riesgo de invisibilizar las heridas que lleva nuestro pueblo. Esta lógica se sostiene por un hiperindividualismo que nos empuja a una adaptación aislada e irreflexiva, alimentando una profunda apatía por lo común y el desinterés por la suerte del prójimo. Al mismo tiempo, el incentivo a la polarización que promueven las plataformas digitales fragmenta la nación en oposiciones que se absolutizan, convirtiendo al otro en una amenaza a negar para afirmar lo poco que queda denosotros mismos, lo que erosiona la confianza y la posibilidad de sostener un diálogo democrático real. Sin el reconocimiento de la vulnerabilidad compartida, la nación no puede ser.

Pero tampoco hay nación sin las alegrías compartidas, sin producir una felicidad común. La nación se presenta como un encuentro que se abre a la posibilidad de la trascendencia de las condiciones individuales. La nación como un encuentro, una conversación sostenida que nos antecedente y nos excede, como una mesa compartida, como una caminata, como una fiesta popular. En cambio, lo que estos tiempos digitales nos suelen brindar son escenas fragmentadas y aisladas de exaltación o distracción que no son equiparables a la alegría compartida porque no se sustentan en la experiencia, la memoria, la corporalidad. Scrollear no se asemeja a la felicidad popular.

Los tiempos de la IA son tiempos de desafíos en múltiples planos, pero creo que es imperativo concentrarnos en dos dimensiones fundamentales para pensar nuestra nación: la subjetiva-epistémica y la civilizatoria. A nivel subjetivo-epistémico, la transformación tecnológica nos presenta una vez más el desafío de cómo la técnica puede permitirnos desplegar nuestras potencialidades subjetivas sin quedar sometidos a ella. Esto exige resistir el reduccionismo que asimila la existencia humana a meros criterios de eficiencia y rendimiento informático o de interacción en plataformas, para evitar que nuestra identidad sea degradada a la condición de “usuarios” o “perfiles” algorítmicos predecibles. Debemos confrontar la invitación que se nos hace a abdicar de la interpretación de los datos: sólo preservando la capacidad crítica humana como clave de humanización podremos afrontar el desafío de constituir nuestra nación en estos tiempos. La IA se presenta como libre de sesgos y, al mismo tiempo, extremadamente complaciente con el usuario. La interpretación es fundamental para dudar y cuestionar las resoluciones que la IA ofrece, así como para desestabilizar la creencia de que el saber no supone disensos. El vínculo bilateral entre usuario e IA podría generar la apariencia de que se puede conocer sin otros humanos y sin disensos. Por supuesto, estos elementos son cruciales para reconocer los desafíos que se presentan para la vida democrática.

En el plano civilizatorio, el desafío de Ser Nación en tiempos de IA se despliega en tres núcleos: nuestra relación con los otros, el vínculo entre los pueblos y la cuestión de la verdad.

En primer lugar, la relación con los otros se ve hoy amenazada por un hiperindividualismo y una apatía por lo común que el ecosistema digital exacerba, empujándonos a una adaptación aislada donde la suerte del prójimo se vuelve irrelevante a veces, despreciada otras veces e, incluso, exacerbada como odio festivo. Frente a la tentación de olvidarnos de los otros, especialmente de los más humildes y postergados, debemos sostener los principios de solidaridad y justicia social como pilares axiológicos que nos permitan reconocer la injusticia como un escándalo. La solidaridad, entendida como virtud cívica, requiere una determinación firme de trabajar por el bien común, con una atención particular a los más débiles.

En la segunda cuestión, la relación entre los pueblos, Ser Nación exige una práctica profunda de la hospitalidad. Ser Nación implica también la apertura a vivir la paradoja entre lo propio y lo universal, buscando una integración que no se traduzca en las nuevas formas de subordinación que trae la era digital. Para limitar la dependencia de la actual transformación tecnológica, considero necesario forjar una soberanía digital y tecnológica que nos permita decidir sobre nuestra propia infraestructura y datos. Ser Nación hoy es, por lo tanto, una integración con los pueblos que procuran sus propios destinos, rechazando tecnologías neocolonialistas que concentran el poder en unos pocos agentes tecnocráticos.

Por último, la relación con la verdad nos recuerda que la nación no es algo clausurado, sino una realidad que como decía Arturo Jauretche “todavía sigue naciendo” y que se constituye en el diálogo y el mutuo reconocimiento. En este proceso, la interpretación como capacidad crítica humana es fundamental para resistir a una racionalidad técnica que busca reducir el conocimiento al mero procesamiento de datos. Frente a la proliferación de fake news y la desinformación que erosiona la confianza democrática, nuestro criterio de interpretación debe ser ético y situado: la verdad se reconoce en aquello que contribuye y dignifica a los más humildes. Solo así la técnica dejará de ser un instrumento de exclusión eficiente para convertirse en un medio que fortalezca la fraternidad humana.

 

*

“practicar la justicia,

amar con ternura,

caminar humildemente en la presencia de Dios”

(Miqueas)

 

 

(*) Abogado y politólogo. Docente universitario e investigador (UBA-CONICET).  

Nota: este texto integra la obra colectiva “Ser Nación en tiempos de IA” (2026). Diego Alvarez Newman [et al.]; Editado por Ezequiel Pinacchio; Laura Pastorini; Tomás Moyano Czertok. - 4a ed. - Beccar: Poliedro Editorial de la Universidad de San Isidro; Tigre: Municipalidad de Tigre; San Isidro: CLADE - Centro Latinoamericano de Estudios de Derecho y Estado; Buenos Aires: Comisión Nacional de Justicia y Paz.

 

Comentarios