Por Aníbal Germán Torres (*)
A lo largo de la historia no pocas veces ha ocurrido que líderes políticos de diferentes tendencias han instrumentalizado las creencias religiosas. En lo que hace al cristianismo, se recuerda el ejemplo remoto pero significativo del emperador Constantino. Ciertamente los tiempos son otros pero algunas perniciosas actitudes de antaño, que buscan "nuevas" formas de alianza entre el trono y el altar, aparecen en pleno siglo XXI "bajo apariencia de bien". Es el caso, en nuestra sufrida América Latina, de la "coronación" de la imagen de la Virgen de Fátima realizada esta semana por el presidente colombiano Abelardo de la Espriella (misma advocación que utilizó, arbitrariamente, en su "toma de posesión"). El llamativo gesto (por las razones que mencionaré) se dio en el sensible marco de la jornada nacional de oración por los afectados por el devastador terremoto que sufrió el país prácticamente a horas de darse el traspaso de mando en la Jefatura del Estado.
Es de mencionar, por un lado, que a partir del Concilio Vaticano II (1962-1965), es doctrina oficial de la Iglesia Católica que las relaciones con los Estados se rigen por los principios de "autonomía y cooperación", favoreciendo una sana laicidad pública (que no debe degenerar en laicismo) (Cf. Const. Past. Gaudium et Spes y Dec. Dignitatis Humanae) en línea con el criterio de "la Iglesia libre en el Estado libre".
Por otro lado, es sabido que el maravilloso acontecimiento mariano de Fátima (Portugal, 1917) ha sido y es invocado por una serie de interpretaciones ideológicas (las llamadas "fatimistas") de las cuales, en general, la extrema derecha ha hecho uso y abuso, apartándose del lúcido análisis teológico del entonces Cardenal Jeseph Ratzinger publicado oficialmente por la Santa Sede (2000).
Junto con la lectura crítica de todo intento manipulador de la piedad popular a manos de los payasos mesiánicos, vengan de donde vengan, es deseable que los creyentes tengan presente el Magisterio de la Iglesia que exhorta, como San Pablo, a "...discernir (diríamos hoy en lo personal, comunitario e institucional) cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno, lo que le agrada, lo perfecto".
Que la bienaventurada y humilde muchacha de Nazaret, cuyo "sí" generoso ha sido en favor de creyentes y no creyentes y que cantó al Dios que "...hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos" (un pasaje que los devotos potentados prefieren olvidar) interceda por Colombia, América Latina y el mundo entero.
(*) Doctor en Ciencia Política. Docente universitario.
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