La vida acontece (también) en el llano

 


“Un abismo llama a otro abismo

a la voz de tus cascadas”

(Salmo 42)

 Por Franco Caramuto (*)

 Querido amigo:

Creo que sabes bien cuanto me conmueve el relato de la Transfiguración de Jesús que (re)leíamos hace algunos domingos.

 

Mientras leía tu reflexión sobre la montaña, no podía dejar de pensar en algo que aprendí caminando entre senderos, piedras y cumbres durante tantos años. Quise compartirlo con vos, no como teólogo —aunque inevitablemente esa mirada también me habita—, sino simplemente como un amigo que ama la montaña.

 

Hay una idea bastante instalada entre quienes nunca hicieron montaña: que lo más difícil es subir.

 

Curiosamente, para quienes caminamos estos senderos ocurre exactamente lo contrario.

 

Sabés que entre los escaladores solemos decir, casi con humor, que subir, sube cualquiera; el verdadero problema es bajar.

 

Y no lo decimos por soberbia. Lo decimos porque la montaña, tarde o temprano, termina enseñándotelo.

 

El ascenso tiene algo profundamente seductor. Uno comienza a caminar con el cuerpo lleno de entusiasmo. Hay un horizonte visible que organiza cada esfuerzo. La cumbre está allí, delante de los ojos, todavía lejana, pero perfectamente reconocible. Cada paso parece acercarte un poco más a ese lugar donde imaginás que todo encontrará su sentido.

 

Claro que cuesta.

Hay cansancio, desnivel, falta de aire.

Pero es un cansancio que entusiasma. Un esfuerzo que tiene dirección y sentido. Una fatiga que, de alguna manera, alimenta el alma y direcciona cada movimiento.

Todo el cuerpo parece comprender hacia dónde va.

 

Cuando finalmente llegamos a la cima, la alegría es inmensa. Nos sentamos un rato. Tomamos unos mates. Sacamos algunas fotos. Permanecemos unos minutos en silencio contemplando el paisaje, etc.

 

Sin embargo, esa experiencia dura muy poco.

Al menos en mi caso —porque soy bastante ansioso— apenas llego ya comienzo a pensar en el descenso.

Porque sé que allí empieza la verdadera experiencia física y mental.

 

Es durante la bajada donde descubro si mi cuerpo realmente está preparado para regresar. Allí aparecen las rodillas soportando golpe tras golpe, los músculos fatigados, el temor permanente a una mala pisada, el miedo a una lesión seria o a una caída que termine abruptamente la travesía.

 

Pero no es solamente el cuerpo.

También cambia la manera de mirar.

 

Durante el ascenso caminamos con la vista elevada. La mirada encuentra un horizonte que invita, que seduce, que llama, que en última instancia ensancha el deseo.

 

En el descenso ocurre exactamente lo contrario.

Durante horas caminamos mirando hacia abajo.

 

Y hay algo profundamente humano en esa experiencia. Algo que resulta difícil explicar con palabras.

 

Porque no es igual vivir mirando hacia arriba que vivir mirando hacia abajo.

 

Esa modificación de la mirada termina transformando también el ánimo. Hay una especie de peso interior que lentamente comienza a instalarse. Como si el descenso obligara al espíritu a abandonar la euforia del ascenso para comenzar a convivir con la gravedad.

 

Por eso creo que la montaña enseña una verdad que va mucho más allá del deporte.

 

Hay momentos en la vida en que todo parece crecer. El espíritu se expande. Los proyectos florecen. La fe ilumina. Las fuerzas alcanzan. Sentimos que avanzamos, que maduramos, que finalmente estamos llegando al lugar hacia el que siempre quisimos caminar.

 

Y claro que esos momentos son hermosos.

 

Tal vez porque el espíritu, por naturaleza, parece tender siempre hacia lo alto. Hacia adelante. Hacia aquello que todavía no es pero podría llegar a ser.

 

También conocemos las cimas.

Todos hemos vivido alguna vez esos instantes en los que pareciera que todo encuentra su lugar. Una meta alcanzada. Un sueño cumplido. Una experiencia espiritual intensa. Un amor que llega. Una reconciliación. Un logro largamente esperado.

 

Pero las cimas tienen una característica inevitable.

Nadie permanece demasiado tiempo en ellas.

 

En la montaña y en la vida sucede lo mismo.

 

Apenas celebramos la llegada, casi inmediatamente comenzamos a preguntarnos cómo sostener aquello que acabamos de alcanzar.

 

Sin darnos cuenta, ya estamos preparando el descenso.

 

¿Quién desea fracasar?

¿Quién anhela la derrota?

¿Quién quiere experimentar que las cosas comienzan a salir mal?

¿Quién elegiría atravesar el dolor, la pérdida o la sensación de que la propia vida está descendiendo o tocando fondo?

 

Sin embargo, el descenso llega para todos.

 

Porque nadie puede vivir en la cima toda la vida.

 

¿Cuántas personas habitan permanentemente en la cima del Aconcagua? ¿Cuántas viven en el Everest? ¿Cuántas construyeron su casa en la cumbre del Champaquí?

 

Ninguna.

 

No porque la cima sea mala, sino porque no fue hecha para vivir.

 

Allí el aire escasea. Todo permanece demasiado expuesto. Hay muy pocas condiciones para que la vida pueda desplegarse en plenitud.

 

Por lo tanto, la vida ocurre abajo.

En el llano.

 

Es allí donde nacen las familias, donde crecen los árboles, donde los pueblos levantan sus casas y donde transcurre la historia.

 

Por eso, con los años, fui comprendiendo algo que nunca imaginé aprender en la montaña.

 

La vida no es solamente el ascenso.

Tampoco la cima.

La vida es todo aquello que acontece entre el subir y el bajar.

 

Ambas experiencias son necesarias para llegar a ser plenamente humanos.

 

Pero sospecho que es durante el descenso donde realmente comenzamos a conocernos.

 

Es allí donde la fragilidad deja de ser un defecto para convertirse en maestra. Donde el sufrimiento ya no puede evitarse y, precisamente por eso, empieza lentamente a integrarse. Donde descubrimos recursos que jamás hubiéramos encontrado caminando únicamente entre victorias y cimas.

 

En fin, amigo, simplemente quería compartirte esta intuición, ya te lo dije, no tanto como teólogo.

Ni siquiera como filósofo.

 

Sino como alguien que ha pasado largas jornadas caminando entre montañas y que, con el paso del tiempo, descubrió que aquellas sendas de piedra eran también un modo de recorrer la propia existencia.

 

Y no hablo solamente de montañas físicas.

 

También filosófica y espiritualmente mi vida ha sido —y sospecho que seguirá siendo— la de un escalador, la de un senderista empedernido, quizás demasiado fascinado y hasta obsesionado por las alturas, por las cumbres y por los horizontes lejanos.

 

Pero cada vez más agradecido a los descensos que me han llevado una y otra vez a los llanos menos pensados.

 

(*) Teólogo y acompañante espiritual.

 

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