La vida acontece (también) en el llano
“Un
abismo llama a otro abismo
a
la voz de tus cascadas”
(Salmo
42)
Creo que sabes bien cuanto me conmueve el relato de la Transfiguración de Jesús que (re)leíamos hace algunos domingos.
Mientras leía tu reflexión
sobre la montaña, no podía dejar de pensar en algo que aprendí caminando entre
senderos, piedras y cumbres durante tantos años. Quise compartirlo con vos, no
como teólogo —aunque inevitablemente esa mirada también me habita—, sino
simplemente como un amigo que ama la montaña.
Hay una idea bastante instalada
entre quienes nunca hicieron montaña: que lo más difícil es subir.
Curiosamente, para quienes
caminamos estos senderos ocurre exactamente lo contrario.
Sabés que entre los escaladores
solemos decir, casi con humor, que subir, sube cualquiera; el verdadero
problema es bajar.
Y no lo decimos por soberbia.
Lo decimos porque la montaña, tarde o temprano, termina enseñándotelo.
El ascenso tiene algo
profundamente seductor. Uno comienza a caminar con el cuerpo lleno de
entusiasmo. Hay un horizonte visible que organiza cada esfuerzo. La cumbre está
allí, delante de los ojos, todavía lejana, pero perfectamente reconocible. Cada
paso parece acercarte un poco más a ese lugar donde imaginás que todo
encontrará su sentido.
Claro que cuesta.
Hay cansancio, desnivel, falta
de aire.
Pero es un cansancio que
entusiasma. Un esfuerzo que tiene dirección y sentido. Una fatiga que, de
alguna manera, alimenta el alma y direcciona cada movimiento.
Todo el cuerpo parece
comprender hacia dónde va.
Cuando finalmente llegamos a la
cima, la alegría es inmensa. Nos sentamos un rato. Tomamos unos mates. Sacamos
algunas fotos. Permanecemos unos minutos en silencio contemplando el paisaje,
etc.
Sin embargo, esa experiencia
dura muy poco.
Al menos en mi caso —porque soy
bastante ansioso— apenas llego ya comienzo a pensar en el descenso.
Porque sé que allí empieza la
verdadera experiencia física y mental.
Es durante la bajada donde
descubro si mi cuerpo realmente está preparado para regresar. Allí aparecen las
rodillas soportando golpe tras golpe, los músculos fatigados, el temor
permanente a una mala pisada, el miedo a una lesión seria o a una caída que
termine abruptamente la travesía.
Pero no es solamente el cuerpo.
También cambia la manera de
mirar.
Durante el ascenso caminamos
con la vista elevada. La mirada encuentra un horizonte que invita, que seduce,
que llama, que en última instancia ensancha el deseo.
En el descenso ocurre
exactamente lo contrario.
Durante horas caminamos mirando
hacia abajo.
Y hay algo profundamente humano
en esa experiencia. Algo que resulta difícil explicar con palabras.
Porque no es igual vivir
mirando hacia arriba que vivir mirando hacia abajo.
Esa modificación de la mirada
termina transformando también el ánimo. Hay una especie de peso interior que
lentamente comienza a instalarse. Como si el descenso obligara al espíritu a
abandonar la euforia del ascenso para comenzar a convivir con la gravedad.
Por eso creo que la montaña
enseña una verdad que va mucho más allá del deporte.
Hay momentos en la vida en que
todo parece crecer. El espíritu se expande. Los proyectos florecen. La fe
ilumina. Las fuerzas alcanzan. Sentimos que avanzamos, que maduramos, que
finalmente estamos llegando al lugar hacia el que siempre quisimos caminar.
Y claro que esos momentos son
hermosos.
Tal vez porque el espíritu, por
naturaleza, parece tender siempre hacia lo alto. Hacia adelante. Hacia aquello
que todavía no es pero podría llegar a ser.
También conocemos las cimas.
Todos hemos vivido alguna vez
esos instantes en los que pareciera que todo encuentra su lugar. Una meta
alcanzada. Un sueño cumplido. Una experiencia espiritual intensa. Un amor que
llega. Una reconciliación. Un logro largamente esperado.
Pero las cimas tienen una
característica inevitable.
Nadie permanece demasiado
tiempo en ellas.
En la montaña y en la vida
sucede lo mismo.
Apenas celebramos la llegada,
casi inmediatamente comenzamos a preguntarnos cómo sostener aquello que
acabamos de alcanzar.
Sin darnos cuenta, ya estamos
preparando el descenso.
¿Quién desea fracasar?
¿Quién anhela la derrota?
¿Quién quiere experimentar que
las cosas comienzan a salir mal?
¿Quién elegiría atravesar el
dolor, la pérdida o la sensación de que la propia vida está descendiendo o
tocando fondo?
Sin embargo, el descenso llega
para todos.
Porque nadie puede vivir en la
cima toda la vida.
¿Cuántas personas habitan
permanentemente en la cima del Aconcagua? ¿Cuántas viven en el Everest?
¿Cuántas construyeron su casa en la cumbre del Champaquí?
Ninguna.
No porque la cima sea mala,
sino porque no fue hecha para vivir.
Allí el aire escasea. Todo
permanece demasiado expuesto. Hay muy pocas condiciones para que la vida pueda
desplegarse en plenitud.
Por lo tanto, la vida ocurre
abajo.
En el llano.
Es allí donde nacen las
familias, donde crecen los árboles, donde los pueblos levantan sus casas y
donde transcurre la historia.
Por eso, con los años, fui
comprendiendo algo que nunca imaginé aprender en la montaña.
La vida no es solamente el
ascenso.
Tampoco la cima.
La vida es todo aquello que
acontece entre el subir y el bajar.
Ambas experiencias son
necesarias para llegar a ser plenamente humanos.
Pero sospecho que es durante el
descenso donde realmente comenzamos a conocernos.
Es allí donde la fragilidad
deja de ser un defecto para convertirse en maestra. Donde el sufrimiento ya no
puede evitarse y, precisamente por eso, empieza lentamente a integrarse. Donde
descubrimos recursos que jamás hubiéramos encontrado caminando únicamente entre
victorias y cimas.
En fin, amigo, simplemente
quería compartirte esta intuición, ya te lo dije, no tanto como teólogo.
Ni siquiera como filósofo.
Sino como alguien que ha pasado
largas jornadas caminando entre montañas y que, con el paso del tiempo,
descubrió que aquellas sendas de piedra eran también un modo de recorrer la
propia existencia.
Y no hablo solamente de
montañas físicas.
También filosófica y
espiritualmente mi vida ha sido —y sospecho que seguirá siendo— la de un
escalador, la de un senderista empedernido, quizás demasiado fascinado y hasta
obsesionado por las alturas, por las cumbres y por los horizontes lejanos.
Pero cada vez más agradecido a
los descensos que me han llevado una y otra vez a los llanos menos pensados.
(*) Teólogo y acompañante
espiritual.
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