Nuestro fútbol y la mística popular

 


Por Aníbal Germán Torres (*)

“Golpearon la puerta de la humilde casa,
la voz del cartero muy clara se oyó,
y el pibe corriendo con todas sus ansias
al perrito blanco sin querer pisó”

(“El sueño del pibe”, 1945) 

"Más allá de cualquier resultado, las cosas que hace un grupo humano, como un asado, un festejo o un mate compartido, son las inolvidables, las que uno se va a llevar.

Creemos que hacer grupo nos hace todavía más fuertes. Es oro"

(Lionel Scaloni, 2026)

 

En el panorama afectivo de la Argentina, el fútbol no pertenece al orden del simple entretenimiento pasatista ni de las industrias culturales estandarizadas. Si bien es cierto que el ocio se combina estrechamente con su negación, es decir, el negocio, configura un hecho social. Así, como lo percibimos en la realidad física de las calles y en la realidad digital de las redes sociales, se trata de un fenómeno que atraviesa la economía, la política y la producción simbólica al servicio de la construcción de la identidad colectiva. En este sentido, y de modo especial cuando juega la Selección Nacional, se activa en el entramado social una gramática comunitaria que excede la lógica del mercado. Se trata de un ámbito donde la cancha, la calle y la tribuna operan como espacios de congregación y, muchas veces, de comunión.

Para abordar esta marea afectiva que provoca el fútbol argentino dentro pero también fuera del país (pensemos en los 2.700 millones de espectadores -un tercio de la población mundial- que tuvo el agónico partido con el dignísimo Cabo Verde, o la simpatía de la población de Bangladesh), recurro a la categoría de “mística popular”, acuñada y desarrollada por el jesuita Jorge Seibold. Antes de eso, cabe referir qué es la mística. Esto no es tarea fácil por la ambigüedad del término, el cual, como dijera cierta vez el escritor Hugo Mujica, “va desde una goleada de Messi hasta un ermitaño en el Himalaya”. Entre las definiciones que se pueden dar tomo una sencilla y operativa: el salto hacia aquello que nos trasciende y nos re-liga.   

Seibold explicaba que, si la “piedad popular” es la antesala ritualizada —la devoción manifiesta, el rezo, la promesa—, la mística popular latinoamericana “lleva dentro de sí un legado innegable que provine de la tradición cristiana y a la cual se siente indisolublemente unida”, explicitando “una experiencia peculiar donde el encuentro con Dios está íntimamente ligado al encuentro con el prójimo. (…) Pero a su vez también puede decirse que nuestro pueblo, al cultivar sus relaciones con el prójimo presente en sus vinculaciones familiares, vecinales y comunitarias, las vive de tal modo que en ese encuentro también encuentra a Dios, fuente de todo amor”. Incluso, según la lectura que el autor hace del número 262 del Documento de Aparecida (2007), “la mística popular encierra dentro de sí un rico potencial de santidad y justicia social” (Seibold, 2016: 162-163; 183).

Se trata entonces de una experiencia espiritual encarnada, una forma honda e intuitiva en la que muchos ligan sus vidas a una vivencia compartida de trascendencia, dolor, esperanza y salvación comunitaria. De esta manera, el fútbol en Argentina es, además de un hecho social, una de las expresiones contemporáneas más nítidas de este tipo de mística, pues es el escenario profano donde el pueblo creyente experimenta de modo más “a flor de piel” la comunión, con sus ritos específicos y creativos, no con rutina infecunda.  

Creo que soy honesto contigo, amigo lector, amiga lectora, si te digo que no se me ha concedido el don de la pasión futbolera, aunque sí el aprecio por los fenómenos eminentemente populares y edificantes, dignos de admiración y respeto. Es desde aquí donde trataré de balbucear una suerte de análisis del desempeño del Seleccionado argentino como hecho social atravesado y trascendido por la mística popular. De esta manera, en lo que sigue, referiré al significado del espacio donde se desarrolla el juego, la idiosincrasia popular de los integrantes del plantel y el impacto telúrico que los triunfos y las derrotas deportivas operan sobre el humor social de una nación periférica como la nuestra, históricamente herida por crisis estructurales.

¿Una “teología de las tribunas”?

Para autores como Jorge Seibold, el pueblo es portador de una sabiduría propia. Ahora bien, como vimos, este pueblo no carece de mística; por el contrario, la mística popular urbana se manifiesta en las grandes ciudades de América Latina a través de ritos, símbolos y liturgias que los sectores populares crean para resistir la atomización del capitalismo hiperindividualista.

Cuando Seibold analiza estas manifestaciones, comprende que las formas de afecto colectivo, las procesiones urbanas y las convocatorias masivas albergan un núcleo de resistencia ética y existencial. Trasladado este concepto al ámbito futbolístico, el estadio deja de ser mero cemento para transformarse en una suerte de templo laico.[1] Las canciones de la hinchada (las de ayer y las de hoy) operan como salmos colectivos; las banderas, como exvotos (ofrendas); y la fidelidad incondicional al club de los amores o a la camiseta nacional, la albiceleste, se vive bajo las lógicas del milagro, la fe y la redención.

En este sentido, se podría decir que la mística popular del fútbol argentino se sostiene sobre la base de una suerte de teología de las tribunas. Notemos que aquí la dimensión corporal es central: se canta hasta la afonía, se abraza al desconocido en el cenit del gol tan esperado y, si cabe, se llora comunitariamente ante la derrota. En un tejido social como el argentino, fragmentado por la exclusión, producto de la injusticia estructural, la pasión popular por el fútbol restituye un tejido de pertenencia. En la tribuna o frente a la pantalla, compartiendo con familiares y/o amigos y/o desconocidos, se suspenden transitoriamente las jerarquías sociales para dar paso a la cultura del encuentro. Y aquí se da la verificación de que el pueblo es un nosotros antes que una suma de individuos aislados y, aún más, que meros ciudadanos.

La “Scaloneta”: del potrero al mundo con olor a barrio

Los éxitos del Seleccionado Nacional (gracias a la profesionalización operada en la era de César Luis “el flaco” Menotti, según apunta la interesante serie-documental Argentina 78’) no pueden explicarse de modo aislado mediante la mera pizarra táctica o la preparación física de élite. La sintonía fina que el equipo conducido por Lionel Scaloni (popularmente denominado la “Scaloneta” o incluso, más recientemente, la “infartoneta”) logró con la mayoría social radica en la inconfundible idiosincrasia popular de sus miembros. Y esto debido a que el plantel de la Selección encarna en sus trayectorias vitales el relato arquetípico del potrero argentino, aquel que canta magistralmente el tango El sueño del pibe (1945): la historia del chico humilde del interior de las provincias o de los cordones periféricos del Gran Buenos Aires o del Gran Rosario, que es convocado por un club y migra a temprana edad, pero que jamás corta su cordón umbilical con la matriz cultural de su origen. Y aquí cabe hacer dos consideraciones:

Lionel Messi y la madurez del líder comunitario: el admirado capitán representa la evolución de un liderazgo profundamente arraigado en la matriz afectiva nacional. Su figura ya no es la del héroe intocable y lejano de la globalización corporativa, sino la del padre de familia, el hombre resiliente que atravesó el desierto de la crítica despiadada y que se expresa con la parsimonia, los modismos y los valores de su Rosario natal, en cuyo “Club Agrupación Infantil Abanderado Grandoli se forjó. Su lenguaje gestual y verbal conecta con el sufrimiento del pueblo que sabe lo que significa insistir a pesar de los fracasos. A veces Messi lleva al equipo, pero otras es el equipo quien lo lleva a él. 

El componente colectivo y barrial: otras figuras del plantel o los jóvenes talentos surgidos de los barrios aportan el desenfado, la “picardía criolla” y la lealtad grupal. Juegan con el mismo espíritu indómito con el que se juega por el orgullo en una cancha los domingos por la tarde.

Ahora bien, pese a que la mayoría de los integrantes de este plantel no viven en el país ni padecen sus penurias materiales, no reniegan de sus orígenes; por el contrario, los exhiben como credenciales de identidad, sea en el consumo del mate y el asado, la cumbia sonando en los vestuarios, los tatuajes con figuras que les son cercanas afectivamente, la devoción explícita por las madres y las abuelas del barrio, el altar de la fe popular (con la imagen de la Virgen de Luján, patrona de los argentinos) y el recuerdo constante de sus clubes de origen, configurando una constelación de signos que el pueblo comprende pero aún más, siente de inmediato. Así, podemos decir que se produce una suerte de espejo inverso: el pueblo se ve reflejado en sus jugadores y los jugadores devuelven esa mirada jugando con el peso y la responsabilidad de representar los sueños de millones, especialmente de quienes no tienen otras posibilidades de recreación.

De manera entonces que, como otras instituciones de la sociedad civil (como los colegios, las capillas y las vecinales o centros de jubilados), el club de barrio opera como una comunidad de base, siendo un espacio asociativo donde no rige el valor de cambio, sino el valor del vínculo, de la merienda compartida, de la inclusión social y del amparo de la niñez frente a las intemperies de la periferia.

La mirada creyente a la canción “Muchachos”

Tras sonar cuatro años desde el mundial de Qatar, también se hace presente en el mundial 2026 el canto que funciona, tal vez, como la síntesis perfecta de la mística popular que vengo refiriendo: “Muchachos, ahora nos volvimos a ilusionar”. Lejos de ser una simple rima pegadiza de cancha, un análisis de su letra devela las capas de una verdadera antropología creyente y popular.

Recordemos que la canción abre con una profesión de fe y pertenencia: “En Argentina nací, tierra de Diego y Lionel, de los pibes de Malvinas que jamás olvidaré”. Hay aquí una memoria encarnada que vincula el gozo del juego con el dolor del sacrificio histórico. Al evocar a los “pibes de Malvinas”, el pueblo rescata a sus mártires civiles de la guerra con el Reino Unido en 1982. Esto es importante de resaltar, porque nos muestra que el juego no aliena la memoria histórica, más bien la abraza; no hay fiesta completa sin hacer memoria de los que sufrieron.

Pero el quiebre teológico más profundo se da en la estrofa: “No te lo puedo explicar, porque no vas a entender, las finales que perdimos cuántos años las lloré”. Esta declaración explicita la lógica del Misterio. Es el saber sapiencial que no pasa por la academia ni por la razón fría. El llanto prolongado por las derrotas pasadas es la experiencia comunitaria del desierto, el dolor de la promesa postergada que prepara el corazón para el don de lo alto. Es, de alguna manera, una escatología popular: la convicción de que el sufrimiento no tiene la última palabra.

Y, finalmente, la canción alcanza su clímax místico al disolver la frontera entre los vivos y los muertos, en una perfecta traducción popular de aquello que en otro registro se llama la “comunión de los santos”: “Y al Diego en el cielo lo podemos ver, con Don Diego y con la Tota, alentándolo a Lionel”. Desde una mirada creyente, los muertos no desaparecen; cambian de estado y permanecen en comunión con las luchas y alegrías de sus comunidades terrenales. La tribuna argentina coloca a Diego Maradona no en un limbo abstracto, sino en una dimensión relacional y familiar, acompañado por sus padres (“Don Diego y la Tota”), operando como una suerte de intercesores celestiales para que Messi despliegue su arte en la cancha. Así, la hinchada no cae en idolatría, más bien dialoga con un hermano mayor que, desde el cielo, empuja el destino colectivo de su pueblo. Antes de seguir, podemos preguntarnos: ¿Quién hubiese imaginado que estos nombres y el universo afectivo que movilizan sonarían en diferentes ciudades de Estados Unidos?

A partir de tal mención cabe detenernos en la compleja figura de Diego Armando Maradona como el “santo popular” por excelencia del Olimpo profano argentino. “El Diego” encarna el mito del héroe imperfecto, el “barro hecho gloria” y en él el pueblo no venera a un hombre impecable o moralmente intachable —categoría puritana ajena a la mística popular—, sino a un igual que, habiendo salido de la miseria más absoluta de Villa Fiorito, humilló a los poderosos de la tierra (el Norte rico, la Inglaterra colonial, la FIFA y sus negociados) con la única arma lícita de los pobres: la astucia, la gambeta, la picardía y el no venderse.

La devoción maradoniana es, en sí misma, una teología de la imperfección. En “el Diego” el pueblo celebra su propia contradicción: su capacidad para lo sublime y su fragilidad ante el dolor y la tentación, siempre a la vuelta de la esquina. Al incorporarlo en sus cantos y altares urbanos, los sectores populares ejercen una liturgia de la gratitud hacia quien gratuitamente les dio una alegría inolvidable, como en México 86’, tras el duro invierno de la dictadura cívico-militar.

¿Hacia una teología del juego y la esperanza colectiva?

La incidencia del buen desempeño del Seleccionado Nacional en el humor popular argentino es un indicador sociológico de primer orden. En una patria surcada por persistentes crisis socioeconómicas, altos índices de pobreza estructural y una polarización política que resquebraja las instituciones, el fútbol opera como una de las pocas reservas de cohesión social e identidad unificada que le quedan al país. De hecho, como observaron algunos, cada vez que juega Messi se “dispara” el consumo, algo que la actual gestión económica ha descuidado severamente.

Como podemos ver, no se trata entonces de una lectura simplista que reduzca el fútbol a un “opio del pueblo” contemporáneo. Semejante reduccionismo intelectual —propio de ciertos sectores ilustrados que desprecian la cultura popular— ignora la hondura existencial y comunitaria del fenómeno. El pueblo argentino no olvida que tiene hambre ni deja de exigir sus derechos laborales porque la selección gane un partido. Más bien, según entiendo y siento, lo que ocurre es un fenómeno de reparación histórica y afectiva. En este sentido, la victoria deportiva no soluciona la inflación ni la desocupación, pero de alguna manera restituye la dignidad herida y otorga un sentido de valía colectiva a un pueblo habituado a ciertos discursos que lo señalan como un fracaso histórico, como un país inviable.

Cuando la Selección gana, el humor popular, por ende, experimenta una transmutación, dado que el triunfo introduce una bocanada de aire limpio en los pulmones de una sociedad asfixiada. ¿Y esto qué implicancias directas tiene? Pues bien, permite que el trabajador precarizado, el jubilado que apenas sobrevive y el joven sin horizontes de progreso inmediato se sientan dueños, al menos por una tarde, de la gloria del mundo. Así, podemos pensar, estamos ante una experiencia de justicia distributiva en el orden de los afectos: la felicidad, habitualmente restringida a quienes pueden pagarla, se democratiza de manera absoluta en el festejo callejero en los lugares emblemáticos de cada ciudad de nuestro país. Tal vez, el llanto de desahogo de millones de personas tras los triunfos de la camiseta albiceleste no sea por el resultado técnico de un juego sino el drenaje de un dolor acumulado que encuentra en la catarsis futbolística un canal de sanación comunitaria.

Por eso, comprender y sentir el fútbol argentino desde la perspectiva (seguramente perfectible) que traté de dar, nos obliga a esquivar tanto la apología acrítica del patrioterismo como el desprecio elitista de la cultura de masas. El fútbol en la Argentina contemporánea es, en su especificidad, un santuario vivo de la mística popular urbana latinoamericana. Así, constituye el ámbito donde el pueblo ejerce su derecho a la belleza, a la alegría, a la trascendencia y a la construcción de un destino común, aunque sea a través del rodar de una pelota de fútbol.

Considero que la “Scaloneta” con su impronta de humildad, coraje, perseverancia y arraigo comunitario, se ha transformado en un sacramento secular de la identidad nacional. Esto nos demuestra que el sujeto popular sigue vivo, que conserva intacta su capacidad de organizarse en torno a la belleza del juego y que posee una reserva espiritual indomable que se niega a entregarse a la desesperanza. Es verdad que este mundial muestra la degradación del espectáculo y el avance de la lógica mercantil (basta ver la famosa “pausa de hidratación” plagada de comerciales), pero también permite apreciar la pureza incorruptible del sentimiento popular que se activa en algo ancestral: el juego, lo lúdico.  

Frente a un mundo que tiende al aislamiento, a la virtualidad deshumanizante y al sálvese quien pueda, el fútbol argentino se planta como un bastión de la presencialidad, del cuerpo a cuerpo, del canto comunitario y de la fe colectiva. Las luces de este proceso superan con creces sus innegables sombras comerciales. Mientras haya un chico y una chica en una canchita soñando con emular las gambetas de sus ídolos, una hinchada entonando sus salmos de ilusión y un pueblo dispuesto a abrazarse sin conocerse en la inmensidad de una plaza, la mística popular seguirá siendo el fuego sagrado que mantiene encendida la esperanza de los argentinos y la de muchos amigos del exterior que se alegran con nosotros.  

El mundial aún no ha terminado y no tengo “el diario del lunes” en cuanto a si Argentina se hará con su cuarta estrella. Pero este balbuceo que he realizado aquí, que deja de lado los tecnicismos del deporte (tarea de los especialistas) quiere ser una humilde muestra de gratitud por lo realizado hasta el momento por los “muchachos”. No son pocos los que dicen que las cuestiones geopolíticas hay que dejarlas fuera del campo de juego y tal vez algo de razón tengan. Pero ser la única Selección del Sur Global entre los cuatro finalistas no me parece un dato menor para saber quiénes están afectivamente más cerca de los sueños y las utopías de los pueblos pobres y de los pobres de los pueblos. Ellos y nosotros ahora nos volvimos a ilusionar.  

 


(*) Doctor en Ciencia Política. Docente universitario.   


 



 



[1] Una lectura no edulcorada lleva también a advertir las sombras que se evidencian en la arquitectura misma del fútbol contemporáneo. El mundial actual es el pináculo de un proceso de colonización de la pasión por parte del capital transnacional. Los estadios se transforman en catedrales del hiperconsumo donde el hincha tradicional y popular es desplazado por el consumidor global de espectáculos. Asimismo, la proliferación de las lógicas algorítmicas y el negocio de las apuestas online amenazan con corroer la pureza del azar y del juego, introduciendo una racionalidad mercantil en el corazón mismo de la cancha.

 

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