La "perfecta" escritura

 


Por Daniel A. Hadad

 

Revisando papeles hacia el fin del año pasado, encontré en un cajón estas líneas:

 

“En mi vida leí a muchos hombres,

seguramente más de quinientos,

y escuché a mil y un hombres

 

Muchos

han sido muy inteligentes

y muy entretenidos,

pero hay algo que no tuvo ninguno:

la Completud y la Perfección.

 

Ni en Anna Karenina de Tolstoi

ni en ¿Por quién doblan las campanas? De Hemingway

ni siquiera en El banquete de Platón

encontré esa sensación de

la perfección y la completud.

Sin embargo hay un hombre,

solo un hombre, que me la dio,

que me mal acostumbró

a lo que debía esperar

de las letras,

de la literatura,

de las personas,

e incluso de la vida misma

y ese hombre es Jorge Luis Borges”

 

No pudo más que hacerme recordar cómo fue que lo conocí ¿o lo recordé? Y me llevó a escribir esto:

 

“Cuando era niño me acerqué

a ti por primera vez,

vaya paradoja que haya sido

previo al partido de fútbol,

que de hecho era más que eso,

al partido de fútbol por excelencia,

a la final del mundo.

Fue allá por el 2014,

cuando solo contaba con 12 años

y me contaron un cuento

(o más bien la ficción)

ilustrado con infantiles imágenes

que retrataban dos reyes y dos laberintos,

dos reyes y dos laberintos.

 

El poderoso rey de Babilonia

que creó el más complejo laberinto

del cual jamás nadie había salido

y aprovechó la visita de un rey entre tantos

que venía de Arabia

y viendo su simpleza decidió

hacerlo entrar en él mediante el engaño,

en el cual cayó.

 

Una vez en él el turco estuvo a punto

de desfallecer y morir

pero pidió piedad a Alá

y este le mostró la salida.

al salir le dijo al rey:

 

“En mi tierra también hay un laberinto,

espero algún día poder llevarte a él

si andás por mis tierras.”

 

Fue así que volvió a Arabia,

junto con sus capitanes y alcaides,

y arrasó Babilonia, tenía a Alá de su lado,

destruyó castillos y poblados

capturó al rey y lo llevó a su tierra.

Lo amarró en un camello veloz,

caminó tres días en el desierto

y al soltarlo le dijo

 

“Oh rey,

cuando estuve en tu tierra

conocí tu laberinto, lleno de espejos,

escaleras, puertas y muros;

ahora el Poderoso ha querido

que te muestre el mío.

en él no hay escaleras que subir,

puertas que forzar o pasadizos que atravesar”

 

Dejándolo así en el medio del desierto.

Donde murió de hambre y sed.

La gloria sea con aquel que no muere.

 

 

La ficción me maravilló

tanto así que la recordaría 10 años después

cuando ya había olvidado

el resultado de ese partido,

y tomé quizá la decisión

más importante de mi vida

cambiar esos cuatro pesos sucios

que me dieron mi primer trabajo

por una reliquia,

mi primer Borges, Ficciones.

 

Ese día lo cambió todo,

ya nada fue igual

y cuando llegué al cuento

que ya conocía con imágenes y sonidos

para conocerlo con los símbolos

que componen la lengua hispana

entendí que Borges

siempre estuvo en mí.

Solo que ahora

cambiaba de máscara.”

 

*

Epílogo

 

Antes de llegar a Borges me enamoré de esa forma de expresar el mundo, de esa narrativa que se llamaría borgeana, que consiste en estirar un argumento al máximo para que se pueda ver hasta las últimas consecuencias sus implicancias. Esto ya me enamoró cuando por primera vez vi a Woody Allen o cuando Chesterton me enseñó que el loco no es quien perdió la razón sino quién tiene un exceso de ésta y se quedaría para siempre girando sobre el mismo eje exagerándolo al máximo y mostrando lo ridículo de la idea. Borges sería ese loco, pero no con una idea sino con todas las que le pasaron por su cabeza y su modo de expresarlo fue el punto cúlmine que tuvo la historia de la literatura; que tuvimos la suerte de tenerlo en nuestra lengua y que haya nacido en nuestro país. Por eso cada vez que me hablan de Shakespeare o de Homero yo no me sorprendo porque conocí algo más grande.


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