Hacia una teoría del discernimiento histórico-político popular latinoamericano

 


Por Aníbal Germán Torres (*)

 

“Da a tu siervo un corazón dócil para gobernar a tu pueblo,

para discernir el mal del bien, pues,

¿quién sería capaz de gobernar a este pueblo tan numeroso?”

(Salomón) 

“Examínenlo todo y quédense con lo bueno”

(San Pablo)

 Introducción: el paso del alma a la estructura

El discernimiento ha sido tradicionalmente confinado a la esfera de la intimidad espiritual o al cálculo racional de la toma de decisiones individuales. Concebido originalmente como un ejercicio de examen de conciencia para identificar las mociones internas (es decir, los afectos con efectos) que guían al sujeto, las crisis de la modernidad tardía exigen, según entiendo, una transposición categorial. Así, sin descuidar su enorme provecho para el ámbito personal y de las pequeñas comunidades, el discernimiento debe ser aplicado también al ámbito histórico-político, en tanto herramienta epistemológica para leer los movimientos de la historia, la génesis y el despliegue de la injusticia estructural y las dinámicas culturales que configuran la vida de los pueblos. De esta manera, resulta pertinente revisar los fundamentos metodológicos para el análisis de la realidad, que actualmente demanda la superación de la polarización ideológica radical que fractura los lazos sociales globales, en general, y latinoamericanos, en particular.

Por tanto, entiendo que el discernimiento histórico-político emerge con gran potencial ante el asedio a la democracia tanto en su faz institucional-representativa como en su carácter de estilo de vida del homo democraticus que vislumbrara Alexis de Tocqueville en su célebre viaje a América. En este sentido, considero pertinente señalar que mi perspectiva sobre el discernimiento no pretende hacer del mismo un eclecticismo tibio o una neutralidad bienintencionada que iguala a todas las opciones disponibles. Por el contrario, según entiendo, es un método crítico de desenmascaramiento de las ideologías (en el sentido peyorativo[1] que le atribuía Hannah Arendt en su lúcido estudio sobre los orígenes del totalitarismo) que se han dado a lo largo de la historia. Así, busca desarmar las lógicas binarias inmanentes de dominación para abrir paso a procesos históricos humanizadores, es decir, de liberación integral. 

Desde este planteo, el discernimiento aplicado a los procesos histórico-políticos debería permitir distinguir (separar, pasar por el cernidor) en términos humanos, aquello que nos ayuda como pueblo-nación, de aquello que no nos ayuda. Dicho en otros términos, se trata de discernir aquellas iniciativas, proyectos, políticas que generan más vida a nivel comunitario de aquello que favorece y reproduce tramas de muerte. Si esa es la materia del discernimiento (qué se discierne), el sujeto que lo realiza (quién discierne) ya no es el individuo aislado que, con buena intención, trata de escudriñar lo mejor para sí y para los demás. Más bien, se trata del pueblo (como unidad plural o unidad en las diferencias) que trata de indagar qué es aquello que favorece el bien común. De manera entonces que quien discierne es el nosotros como pueblo y desde nuestra cultura común. Y el ámbito en el cual se discierne está conformado por el entramado institucional propio de una democracia integral, esto es, que contempla tanto su faz representativa (de manera eminente, a través de los partidos políticos y/o coaliciones) como su dimensión participativa (con las organizaciones de la sociedad civil, según el principio de subsidiaridad), que es la que urge revigorizar.     

Así presentado, este discernimiento desde luego no excluye (pero tampoco exige como condición sine qua non, puesto que pienso en su aplicación para el ámbito de los asuntos de la polis) escudriñar la acción de Dios en la realidad y desenmascarar los dinamismos deshumanizantes de las ideologías contemporáneas. De hecho, un serio acercamiento a esta práctica para ganar en humanización, libertad, dignidad y lucidez, no puede desconocer los considerables aportes de la espiritualidad ignaciana (madurada bajo el influjo de la teología y la filosofía católica de los siglos XX y lo que va del XXI), que a su vez bebe de la rica tradición monástica y eremítica cristiana. Más aún, como veremos oportunamente en este trabajo, encuentro no pocos aportes que, participando en mayor o menor medida del carisma jesuita, posibilitan el examen de los espíritus (según el lenguaje ignaciano) en la praxis histórico-política contemporánea. Según algunos pensadores que voy a retomar, las mociones internas y las corrientes colectivas se encarnan de manera concreta en estructuras políticas, modelos económicos y tendencias culturales.

Junto con esta tradición espiritual y sus aportes en el plano metodológico, el examen crítico de tales fenómenos puede ser iluminado también por la Doctrina Social de la Iglesia (DSI), que a lo largo de sus 135 años y como enseña el Papa León XIV, es en sí misma “discernimiento comunitario” (Cf. Magnifica Humanitas 25 y 27). A partir de aquí se pueden discernir los signos de los tiempos, tratando de pasar de condiciones de vida menos humanas a condiciones de vida más humanas mediante una praxis de justicia y solidaridad evangélica a partir del desarrollo humano integral y sostenible para cada pueblo y para todos los pueblos (Cf. Populorum Progressio; Caritas in Veritate, Laudato Si’).

De manera entonces que en el presente trabajo me ayudo también del pensamiento de diferentes autores que vincularon, cada uno a su manera, la lectura mística de la realidad personal con el devenir de los asuntos públicos, encontrando este esfuerzo convergente con aportes de investigaciones propias de las ciencias humanas y sociales, disciplinas que, por otra parte, ejercieron algunos de los pensadores que vamos a referir.  

Dicho esto, cabe señalar que mi propósito principal es fundamentar el discernimiento histórico-político secular como un método macroestructural de análisis y de acción transformadora para los pueblos de América Latina. Llevando estas intuiciones a la praxis de la teoría política institucional contemporánea, planteo una articulación entre la sabiduría popular y las mediaciones prácticas de la democracia, intentando esbozar una  teoría del discernimiento histórico-político popular que logre la traducción institucional de los movimientos progresivos (hacia más justicia y paz) que operan en el pueblo, el cual tiene la capacidad para discernir lo realmente posible en la historia y en la política. Dicho en términos cristianos (una perspectiva que integro en este trabajo), se trata del despliegue histórico de la gracia, traduciendo las mociones del “buen” Espíritu en criterios de análisis y acción hacia una efectiva justicia social.

Aspectos teóricos: fundamentos espirituales y genealógicos del discernimiento

Fundamentos espirituales

El discernimiento (diákrisis) posee una raigambre profundamente bíblica que antecede y fundamenta cualquier sistematización mística posterior. En las Sagradas Escrituras, la historia no es concebida como una sucesión azarosa o cíclica de hechos impersonales, sino como el espacio privilegiado de la Alianza entre Dios y la humanidad. Por un lado, en el Antiguo Testamento, se presenta de manera constante la exigencia de discernir la palabra verdadera de la falsa en medio de los acontecimientos sociopolíticos de Israel. Los profetas (combinando anuncio y denuncia, protesta y propuesta) actúan como los verdaderos discernidores de la historia al denunciar la idolatría del poder y las alianzas militares que suplantaban la confianza en Yahvé (Cf. Is 31, 1). Asimismo, la literatura sapiencial subraya que el sabio es aquel capaz de interpretar el momento presente y actuar conforme a la justicia: “El corazón del sabio discierne el tiempo y el juicio” (Ecl 8, 5).

Por otro lado, en el Nuevo Testamento, Jesucristo de Nazaret inaugura la plenitud de los tiempos (kairós) y reprende con severidad a quienes muestran ceguera ante la densidad teologal del acontecer histórico: “¡Hipócritas! Saben explorar el aspecto de la tierra y del cielo, ¿cómo, pues, no saben discernir este tiempo presente?” (Lc 12, 56). La incapacidad de las élites de captar los signos mesiánicos en la realidad concreta del pueblo sufriente es tipificada por Jesús como una ceguera espiritual provocada por la sumisión a lógicas de dominación secular. Cabe destacar que Jesús mismo aplicó el discernimiento en no pocas situaciones de su vida, por ejemplo ante las tentaciones en el desierto y en su forma de encarnar el ideal mesiánico en clave pacífica y universal (Cf. Randle, 2006).

Posteriormente, el apóstol San Pablo elevó el discernimiento a la categoría de carisma y actitud permanente del creyente (con “temor y temblor”) inmerso en un mundo plural y conflictivo, sacudido por diferentes “vientos de doctrina”, la forma de expresarse respecto a las ideologías. Así, en la Carta a los Romanos, Pablo exhorta: “No se acomoden al mundo presente, antes bien transfórmense mediante la renovación de vuestra mente, de forma que puedan discernir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto” (Rom 12, 2). Para el apóstol de las gentes, el discernimiento no es un mero análisis ético racional, sino una transformación cognitiva y existencial guiada por el Espíritu Santo que impide la asimilación acrítica de las modas culturales dominantes de la época.

Este imperativo paulino de no amoldarse a los criterios del mundo presente es asumido directamente por la Doctrina Social de la Iglesia, en particular a partir del giro metodológico evidenciado por documentos eclesiales como la Constitución Pastoral Gaudium et Spes del Concilio Vaticano II (anticipado por Juan XXIII en el n° 236 de Mater et Magistra). Al calor de la renovación que supuso el acontecimiento conciliar, el magisterio contemporáneo adoptó formalmente el método del “ver, juzgar y actuar”, confiriéndole un estatuto teológico a la lectura de la realidad tal como es desde una perspectiva creyente, a través de la categoría de los signos de los tiempos, en tanto signos de Dios. Así, las encíclicas sociales de los últimos pontificados (como Laudato Si’ y Fratelli Tutti, del Papa Francisco, y Magnifica Humanitas, de León XIV) operan bajo este criterio: no ofrecen recetas técnicas o económicas abstractas, sino que proponen un agudo discernimiento evangélico frente al avance del neoliberalismo tecnocrático, la cultura del descarte y las polarizaciones destructivas que fracturan el bien común.

Genealogía intelectual hacia el discernimiento histórico-político

La traslación del método de las mociones espirituales de San Ignacio de Loyola hacia las estructuras de la macrohistoria, requirió de un andamiaje filosófico y teológico de gran rigor. Antes de seguir, me parece importante hacer un señalamiento: a diferencia de las miradas positivas hacia Loyola por su carácter de “cuarto maestro de la sospecha”[2] (anticipándose casi cuatro siglos a Marx, Nietzsche y Freud) y también de los enfoques negativos que han tendido a aplicarle a él y a sus jesuitas el mote de maquiavélico (en el sentido de frío y calculador), está la perspectiva que acentúa que, por encima de todo, Ignacio fue un místico y un “cristiano popular”, activo participante de la piedad popular de su tiempo. Considero que este aspecto no se puede soslayar para comprender los esfuerzos para conocer las mociones ya no solamente en el alma humana sino en la historia y sus procesos.

Acaso, el primer gran artífice de esta síntesis conceptual en el siglo XX fue el jesuita francés Gastón Fessard. A través de su monumental estudio de la estructura interna de los Ejercicios Espirituales, Fessard (1956) demostró que la dialéctica de la libertad descrita por San Ignacio no se reduce a una deliberación íntima, sino que constituye la clave hermenéutica para comprender las grandes tensiones colectivas y las ideologías totalitarias de la modernidad.

Por su parte, el jesuita e historiador francés Michel de Certeau aportó una mirada disruptiva y profundamente fenomenológica al discernimiento de la historia. De Certeau (2006), atento a las mutaciones culturales de la posmodernidad y a la crisis de las instituciones tradicionales, advirtió que la fe no debe interpretarse como una ideología totalizadora que lo explica todo, sino como una presencia peregrina, una “debilidad” que abre espacios de alteridad y resistencia frente a los sistemas de poder absolutos.

Esta matriz conceptual cobró una renovada urgencia ética al encarnarse en el suelo latinoamericano, donde la injusticia estructural obligó a la teología a dotarse de mediaciones analíticas críticas. Así, el jesuita argentino Juan Carlos Scannone, referente de la escuela de la teología del pueblo y la filosofía de la liberación, extendió este planteamiento al examinar el ethos cultural de las mayorías populares. En este sentido, Scannone (2009) entendió que el devenir de una comunidad, con sus luchas y padecimientos, es un locus theologicus donde el Espíritu clama y se manifiesta.

En una línea de confrontación directa con los sistemas sociopolíticos opresivos, Ignacio Ellacuría llevó el discernimiento al terreno del realismo crítico y la soteriología histórica. Para el mártir jesuita hispano-salvadoreño (1978), la verificación de los signos de los tiempos no se realiza desde una neutralidad académica aséptica, sino asumiendo el impacto brutal de la injusticia sobre las mayorías populares.

Esta radicalidad analítica fue compartida y complementada metodológicamente por Juan Luis Segundo, quien estructuró la denominada “sospecha hermenéutica” aplicada a las propias construcciones teológicas e ideológicas de la Iglesia. Para el jesuita uruguayo (1989), el discernimiento constituye el motor de una fe madura que desenmascara los sesgos de clase inconscientes y utiliza las ciencias sociales no como dogmas absolutos, sino como herramientas relativas subordinadas a la liberación del ser humano.

En la dimensión formativa y pedagógica de la conciencia creyente, João Batista Libânio analizó los laberintos de la modernidad tardía y el impacto del consumismo global sobre los procesos de opción sociopolítica de las nuevas generaciones. Libânio (1977) expone la necesidad de configurar sujetos éticos con alta resistencia a las seducciones alienantes del mercado.

Para evitar que el compromiso histórico-político degenere en mera militancia ideológica secularizada o en un voluntarismo agobiante, el sacerdote chileno Segundo Galilea abogó por la purificación de las motivaciones místicas de la acción. Galilea (1991) identificó que el principal peligro del militante cristiano es la desolación espiritual y la rigidez doctrinal que ahoga la gratuidad del amor evangélico.

Desde el marco metodológico de la fundamentación ética contemporánea, el jesuita maltés-chileno Tony Mifsud (2003) ha estructurado de manera sistemática una moral del discernimiento capaz de responder de modo flexible y responsable a los complejos dilemas que presentan las sociedades democráticas modernas. En línea similar, la teóloga argentina Emilce Cuda (2021) ha reflexionado desde la ética teológica sobre la centralidad del trabajo humano, en tanto organizador de lo social y vía de salida de la pobreza. Para Cuda, la organización de los trabajadores en sindicatos y movimientos populares es, a través de los mecanismos institucionalizados de negociación colectiva, la vía eminente para, tras el discernimiento del conflicto entre el capital y el trabajo, (transversal a nuestras sociedades) alcanzar soluciones justas y pacíficas.  

En sintonía con la emergencia de los nuevos sujetos históricos largamente invisibilizados por la racionalidad occidental dominante, el jesuita hispano-boliviano Víctor Codina desarrolló una densa pneumatología narrativa. Así, Codina (2009) sostuvo que el Espíritu Santo actúa de forma subversiva, rompiendo los esquemas jerárquicos tradicionales al autocomunicarse desde la periferia geográfica, cultural y ecológica de la Creación.

Finalmente, esta copiosa corriente filosófica y teológica fue de alguna manera releída, universalizada y elevada a magisterio pontificio por Francisco, el primer Pontífice latinoamericano y jesuita. Cabe tener presente que el Papa argentino extrajo el discernimiento del ámbito de los manuales de espiritualidad para proponerlo no sólo como provechoso para los fieles y las comunidades, sino también como el gran motor de la reforma eclesial (la sinodalidad, es decir, el caminar juntos fomentando la participación en la toma de decisiones y la misión hacia las periferias) y como la herramienta fundamental de lucha frente al avance de la globalización de la indiferencia.

La confrontación (por énfasis diferentes) pero también la articulación (por convergencia) de estos horizontes conceptuales evidencia que el discernimiento histórico-político no opera como una técnica de ingeniería social o una mera búsqueda de consensos parlamentarios seculares. Se trata, según observamos, de algo más (magis): un examen lúcido de las lógicas que se encarnan en las estructuras sociales y políticas, y las consecuentes posibilidades de acción. Así, mientras que autores de línea más analítica como Ellacuría y Juan Luis Segundo concentran sus herramientas en desmantelar las mediaciones ideológicas de los opresores, pensadores como Fessard, Galilea y el propio Papa Francisco recuerdan de forma constante que la injusticia estructural es siempre la sedimentación histórica de subjetividades no discernidas, es decir, de libertades humanas que han claudicado ante el “mal espíritu”, en su movimiento regresivo de autorreferencialidad. Este dinamismo alienante actúa en la macrohistoria a través de engaños análogos a los descritos por Ignacio de Loyola en las reglas de la segunda semana de los Ejercicios…: el mal se disfraza bajo “apariencia de bien”. Ejemplos de esto, en el plano histórico-político latinoamericano, han sido el desarrollismo economicista, la doctrina de la seguridad nacional y sus derivas represivas o las salvaciones tecnocráticas de mercado, fenómenos que terminaron generando exclusión, opresión y la destrucción ecológica en los pueblos de la región.

Al aplicar la matriz integrada del discernimiento histórico-político a la problemática empírica de la polarización ideológica radical a nivel mundial y de manera particular en América Latina, el fenómeno se desvela no como un simple exceso de pasión política, sino como una dificultad estructural de la democracia contemporánea, aspectos advertidos no sin honda preocupación por varias voces provenientes de las ciencias sociales y humanas. Seguidamente, de manera resumida, expongo sus principales manifestaciones:

Por un lado, el secuestro del discurso por el nominalismo abstracto: la polarización contemporánea se caracteriza por una inflación hiperideológica en el discurso y un vaciamiento ético en la praxis. Utilizando la sospecha de Segundo y la historización de Ellacuría, se puede constatar que las facciones en pugna se apropian de grandes significantes vacíos (“Igualdad”, “Libertad”, “Orden”, “Progreso”) para polarizar afectivamente a la ciudadanía. Sin embargo, cuando se historizan dichos conceptos en la realidad de las mayorías populares, se descubre que ninguno de los polos responde a las demandas estructurales de empleo digno, salud, seguridad ciudadana, cultura y educación. La polarización opera como una cortina de humo ideológica que protege los intereses económicos de distintas facciones de las élites latinoamericanas y transnacionales, impidiendo el debate sobre la desigualdad estructural de base. Así, como ha señalado Cuda más de una vez, la lucha por supuestas verdades ha corrido el debate por la defensa de los derechos conquistados. Y esto no es menor para América Latina, donde, como decía el escritor mexicano Carlos Fuentes, “tenemos corona de laureles pero andamos con los pies descalzos”. Más aún, en palabras del obispo y poeta brasileño Pedro Casaldáliga, a diferencia de los europeos, los latinoamericanos nos ubicamos no después sino dentro de Auschwitz, por los lacerantes efectos de la pobreza estructural. 

Por otro lado, la destrucción de la cultura común: desde la perspectiva de Scannone, la polarización radical introduce una lógica perversa en la cual el adversario político ya no es reconocido como un conciudadano con el que se disiente, sino como un enemigo ontológico que carece de legitimidad moral para existir. Esta dinámica destruye el “nosotros” histórico-cultural, la reserva ética de solidaridad que permite la coexistencia democrática. Al deshumanizar al oponente, la polarización anula la posibilidad de cualquier deliberación racional y convierte la política en una guerra de trincheras emocionales gestionada por algoritmos digitales y marketing de odio.

Por otra parte, la erosión del vínculo político e institucional: la polarización es el síntoma visible de la fractura del vínculo representativo tradicional, como denunció Francisco (Cf. Fratelli Tutti, Capítulo 5). Las élites políticas, incapaces de ofrecer soluciones reales a la complejidad de la política multinivel y a las demandas socioeconómicas, recurren a la binarización discursiva como mecanismo de supervivencia electoral. La polarización simplifica artificialmente la realidad: obliga al ciudadano a alinearse bajo uno de los dos polos disponibles. Así, esta dinámica erosiona las instituciones democráticas, pues transforma los parlamentos y los tribunales en campos de batalla de suma cero, paralizando la gestión pública y provocando lo que se puede denominar como la ruina del “templo” (laico) democrático.

 

A los efectos de complementar este diagnóstico, recupero para el discernimiento secular las categorías de consolación y desolación presentes de modo especial en la tradición espiritual ignaciana. Así, aplicando empíricamente los aspectos teóricos presentados más arriba, la polarización puede ser analizada también como una estructura de pecado animada colectivamente por el “mal espíritu”. De esta manera, en términos ignacianos, la polarización opera bajo una falsa consolación. Al ofrecer certezas identitarias absolutas y simplistas a individuos inmersos en la angustia de la incertidumbre socioeconómica, los discursos polarizadores generan un entusiasmo inicial y un sentido de pertenencia beligerante. El individuo polarizado experimenta la falsa paz de creerse del lado “bueno” de los acontecimientos, frente a un enemigo que encarna el “mal absoluto”.

No obstante, el discernimiento histórico propuesto por pensadores como Segundo Galilea y Juan Luis Segundo introduce aquí la sospecha hermenéutica. Al evaluar los frutos a largo plazo de esta dinámica sociopolítica, lo que se revela es un estado profundo de desolación colectiva: angustia crónica, hostilidad sistémica, ruptura del tejido familiar y comunitario, y parálisis de las instituciones democráticas. El “mal espíritu” se disfraza con “apariencia de bien” al promover banderas polares a diestra y siniestra, absolutizando postulados como “libertad económica” o “Estado interventor”, sin contemplar que el resultado empírico es el debilitamiento del amor social (la fraternidad) y la deshumanización del adversario político, quien deja de ser un interlocutor legítimo para convertirse en un objeto de desprecio y eliminación simbólica.

En cuanto a la deconstrucción de las mediaciones ideológicas y el rol de los algoritmos digitales, el análisis de Juan Luis Segundo y Michel de Certeau resulta de aporte para escrutar las mediaciones tecnoculturales que catalizan la polarización en la América Latina contemporánea. Las redes sociales y los algoritmos de optimización del engagement digital (que premian la indignación moral y el tribalismo cognitivo) actúan como estructuras de pecado imperceptibles que condicionan las prácticas cotidianas de los ciudadanos.

Desde la perspectiva de Certeau, el espacio público digital ha sido colonizado por estrategias de poder que imponen lenguajes polarizados y polarizantes. Sin embargo, en la cotidianidad latinoamericana, el discernimiento histórico-político permite registrar prácticas de resistencia popular, en la línea que pensara Scannone y que retomara Francisco al hablar de experiencias de salvación comunitaria (Cf. Laudato Si’ 149). Allí donde los medios hegemónicos de comunicación e internet dictan la división absoluta, las comunidades de base, las redes de economía solidaria y los movimientos populares tejen lazos trans-ideológicos basados en la resolución de problemas vitales inmediatos (alimentación, acceso al agua y a la tierra, defensa del territorio ancestral y/o comunitario). Estos espacios representan las rupturas de la cotidianidad donde opera el Espíritu, desbaratando los binarismos abstractos pero inmanentes funcionales a élites políticas irresponsables.

Respecto a la verificación existencial en el “pueblo crucificado”, el criterio fundamental de veracidad del discernimiento histórico delineado por Ellacuría derriba los sofismas de la polarización latinoamericana. Mientras las cúpulas políticas de ambos extremos ideológicos se baten en disputas retóricas estériles en los parlamentos y plataformas digitales, la realidad del “pueblo crucificado” permanece inalterada o se agrava. El discernimiento evangélico demuestra que tanto las políticas de ajuste de cuño neoliberal o incluso libertario, como las retóricas populistas hiperestatistas sin sostenibilidad económica, terminan sacrificando a los mismos sujetos: los migrantes forzados, las mujeres violentadas, las comunidades indígenas despojadas, los trabajadores y la juventud de las periferias urbanas envueltos en la precarización.

El discernimiento histórico-político popular exige, entonces, hacerse cargo, cargar y encargarse de esta dramática realidad. Al confrontar el discurso ideológico con la vida concreta de los excluidos (como decía Francisco) o los más pobres de los pobres (como decía Santa Teresa de Calcuta), el discernimiento actúa como un principio de desmitificación. Desvela que la polarización funciona muchas veces como una cortina de humo (una mediación ideológica alienante) destinada a perpetuar la concentración del poder y la riqueza material, impidiendo que el pueblo se articule en torno a sus intereses de auténtica liberación y ecología integral (Cf. Laudato Si’). 

A partir de estos señalamientos, que grafican un panorama de aparente callejón sin salida de la polarización, la teología de la historia del Papa Francisco (y hoy de León XIV, basado en San Agustín) propone un camino empírico de superación a través de los ya conocidos principios “bergoglianos”, a partir de oposiciones polares: “el tiempo es superior al espacio”, “la unidad es superior al conflicto”, “el todo es superior a la parte” y “la realidad es superior a la idea” (Cf. Evangelii Gaudium). Junto con esto, el Magisterio Social Pontificio reciente plantea una concepción valiosa de la política: la cultura del encuentro desde la perspectiva poliédrica, el diálogo socio-ambiental y la mejor política democrática posible animada por el amor político (Cf. Fratelli Tutti). Más aún, las acciones de los poderes públicos y las plataformas electorales deberían ser discernidas a la luz de los principios de la DSI, como el bien común, la solidaridad, la subsidiaridad, el destino universal de los bienes y la justicia social (Cf. Magnifica Humanitas). 

En el contexto latinoamericano, lo dicho hasta aquí se traduce en la promoción de un discernimiento histórico político popular institucionalizado en vista a una praxis democrática posible. Esto no se trata de un neutralismo aséptico o de un pacto de élites a espaldas del pueblo, sino de un proceso sinodal/participativo de amplio diálogo socio-ambiental vinculante. Así, el discernimiento histórico-político popular de las ideologías, iluminado por la tradición espiritual ignaciana y la DSI, ofrece criterios específicos para la acción, a saber:

Por un lado, el descentramiento de la propia ideología (reconocer que ninguna ideología política o partido tiene el monopolio de la verdad). Por otro lado, la prioridad del bien común (subordinar los intereses facciosos a las demandas éticas de la infinita dignidad humana y los principios desarrollados por la DSI). Por otra parte, la escucha de las periferias (otorgar centralidad interpretativa y política a las voces de los descartados por el sistema, quienes son portadores de una sabiduría regeneradora para las democracias fatigadas).

Así, el discernimiento aplicado a la praxis histórico-política en América Latina se valida empíricamente cuando es capaz de desactivar la espiral de odio ideológico, abriendo canales para reformas estructurales que garanticen, de mínima, tierra, techo, trabajo, tecnología, cultura y educación, sentando las bases materiales para la paz social duradera y el respeto a la alteridad, con la plena vigencia del Estado Democrático de Derecho.

 

Método del discernimiento macroestructural desde la tradición ignaciana y la DSI

Para aplicar el discernimiento al plano histórico-político, considero pertinente redefinir sus tres pilares tradicionales (atención, reflexión y confirmación, o las etapas del ver, juzgar y actuar, según la Doctrina Social de la Iglesia), bajo coordenadas comunitarias e institucionales.

Antes de proseguir, es importante señalar que, según Scannone (2009), el discernimiento opera como un método de métodos, en el sentido de constituir un marco integrador (y superador) de saberes científicos y populares. Veamos a continuación qué se entiende por esto:

Se integran las ciencias sociales y humanas, puesto que el discernimiento no reemplaza el análisis sociológico, económico o histórico, sino que utiliza sus aportes como mediaciones necesarias para comprender la realidad; se evita el reduccionismo ideológico, al contrario de corrientes que absolutizaban un solo método (como el análisis marxista de clases o el individualismo ahistórico postulado por el liberalismo), el discernimiento actúa por encima de ellos, evaluando críticamente qué herramientas sirven mejor para hacer justicia a y en la realidad; se articula lo universal y lo situado, pues funciona como un puente que conecta las teorías científicas abstractas con la “racionalidad sapiencial” y concreta de la cultura popular, especialmente la de los más pobres y excluidos; se  resignifica el método pastoral clásico, al elevar el esquema tradicional de la Doctrina Social de la Iglesia, señalando que las etapas del “ver, juzgar, actuar” no son pasos lineales y puramente racionales, sino que se interpenetran bajo la guía de la misericordia y la acción del Espíritu; y se abre la historia a la trascendencia, dado que el discernimiento permite hacer una lectura de los signos de los tiempos, su fin último, entonces, no es solo describir lo que pasa, sino interpretar, desde una mirada de fe (que hace causa común con todas las personas de buena voluntad) “por dónde pasa Dios hoy” y hacia dónde conduce la acción transformadora.  

Es interesante observar cómo esta rica perspectiva scannoniana encontró una lúcida formulación en el magisterio del Papa Francisco: 

Es verdad que el discernimiento espiritual no excluye los aportes de sabidurías humanas, existenciales, psicológicas, sociológicas o morales. Pero las trasciende. Ni siquiera le bastan las sabias normas de la Iglesia. Recordemos siempre que el discernimiento es una gracia. Aunque incluya la razón y la prudencia, las supera, porque se trata de entrever el misterio del proyecto único e irrepetible que Dios tiene para cada uno y que se realiza en medio de los más variados contextos y límites. No está en juego solo un bienestar temporal, ni la satisfacción de hacer algo útil, ni siquiera el deseo de tener la conciencia tranquila. Está en juego el sentido de mi vida ante el Padre que me conoce y me ama, el verdadero para qué de mi existencia que nadie conoce mejor que él…” (Gaudete et Exsultate 170).

Así entonces, me detengo seguidamente en las etapas del método (las cuales no deben ser comprendidas, según vimos, como compartimentos estancos): 

La atención como lectura de los “signos de los tiempos”: ya no se examinan solamente los afectos y efectos privados, sino también las tendencias culturales emergentes, los flujos económicos y las demandas de los sectores excluidos. La atención macro exige rigor analítico para percibir qué estructuras generan vida y cuáles producen deshumanización.

La reflexión como sospecha crítica: implica el uso de las ciencias sociales y humanas para desentrañar los mecanismos ocultos del poder. Es el ejercicio de dudar de los discursos oficiales y de las dicotomías simplistas impuestas por las élites de control.

La confirmación como paz estructural y estructurante: la validez de una decisión política o comunitaria no se mide por la euforia de un triunfo electoral o el aplauso de una facción partidaria. Más bien se confirma por la pacificación real del tejido social, la reducción de la injusticia y la sostenibilidad de los procesos democráticos en el tiempo. Así, como señalara la socióloga Alcira Argumedo (1993), no es igual que el desde el Estado se fomente la represión o el consenso y la creatividad social, como tampoco es igual que la democracia favorezca la exclusión o la participación. No da igual una política regresiva que una progresiva en términos de dignidad humana.   

En lo que sigue, profundizo en las implicancias que algunos tópicos propios de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola tienen para enriquecer el método del discernimiento histórico-político popular:

La meditación de las “Dos Banderas” en la macrohistoria: riqueza, honor y orgullo como estructuras de pecado

Si las reglas de la segunda semana de los Ejercicios Espirituales otorgan la agudeza cognitiva para desenmascarar al “ángel de luz”, la meditación de las “Dos Banderas” (EE 136-148) proporciona la clave geoestratégica para comprender la raíz de las estructuras de pecado en los procesos históricos y políticos contemporáneos. Debemos tener presente que los binarismos inmanentes suelen resultar falaces, según dije al hablar de la polarización ideológica. Pero la polaridad que San Ignacio plantea en esta meditación no es una abstracción moral, sino una confrontación teológica radical y trascendente, meta-histórica, que, no obstante, se traduce en la pugna entre dos modelos civilizatorios antagónicos que combaten en el corazón de la historia, de los pueblos y de los seres humanos: la bandera de Lucifer, el “mortal enemigo de nuestra naturaleza humana”, y la bandera de Cristo, “sumo Capitán y Señor nuestro”, por la cual hay que optar, indica el santo de Loyola, pidiendo ayuda a la Virgen María (EE 147). 

Llevada al plano teológico-político y en articulación con la DSI, la estrategia del campamento de Babilonia, donde se ubica el maligno, describe alegóricamente el circuito de dominación y enajenación de los sistemas económicos y políticos opresivos. San Ignacio desglosa el método del mal en tres escalones sucesivos e interdependientes (EE 142): riqueza, honor mundano y orgullo (soberbia). Este trinomio no solo opera a nivel individual, sino que ayuda a comprender, en un lenguaje simbólico, la matriz fundacional de las ideologías que fracturan el bien común y la fraternidad. Analicemos entonces la dinámica de la bandera de Lucifer en tanto circuito estructural del capital y del poder:

En el análisis de la historia contemporánea, la bandera del maligno se encarna de manera preeminente en la lógica del capitalismo tecnocrático desregulado y en la ambición geopolítica desmedida. Desde su lenguaje alegórico, los tres escalones ignacianos adquieren una densidad sociopolítica específica:

Primer escalón: la codicia de riquezas (“cómo echa redes y cadenas” para “tentar de codicia de riquezas”)

Este es el motor material del sistema. En términos de Ignacio Ellacuría y Juan Luis Segundo, la acumulación asimétrica de bienes se transforma en una fuerza histórica idolátrica. El dinero deja de ser un instrumento de intercambio para convertirse en un fin absoluto (Mamón). La DSI ha denunciado sistemáticamente esta primacía del capital sobre el trabajo (Cf. Laborem exercens y Magnifica Humanitas). Bajo esta bandera, el mercado es sacralizado como una divinidad ciega que exige el despojo de los pueblos y la explotación implacable de los recursos naturales. Las “cadenas” que salen de la “cátedra de fuego” del maligno es la malla estructural de la globalización financiera que atrapa las soberanías nacionales y subordina la política a los intereses del rendimiento financiero inmediato.

Segundo escalón: el honor mundano (“vengan a vano honor del mundo”)

La riqueza acumulada exige una legitimación cultural y social; aquí opera el segundo escalón del vicio. El sistema premia el éxito material, el estatus, el consumo suntuario y el prestigio tecnocrático. Quien tiene éxito dentro del engranaje es presentado como un modelo a seguir, mientras que el pobre es estigmatizado como un “fracasado” o un “ineficiente” desde las miradas economicistas. João Batista Libânio identificó este mecanismo en la pedagogía del consumismo contemporáneo, donde el valor de la persona queda reducido a su capacidad de compra o a su visibilidad en el escaparate digital. Así, el honor del mundo adormece la conciencia ética de las élites, impidiendo que registren el sufrimiento del “pueblo crucificado”.

Tercer escalón: la soberbia (“crecida soberbia”)

El fin último del circuito es de carácter antropológico y teológico: la autosuficiencia absoluta del ser humano frente a Dios y frente al prójimo. La soberbia estructural se traduce en la construcción de ideologías totalizadoras que se pretenden infalibles e incontestables. Es el paradigma tecnocrático denunciado proféticamente por el Papa Francisco (Cf. Laudato Si’), donde la humanidad cree poder redimirse a sí misma mediante el dominio técnico ilimitado y el crecimiento económico infinito, ignorando los límites ecológicos y éticos de la Creación. La soberbia política clausura toda posibilidad de diálogo, asumiendo una postura dogmática que da origen a la polarización ideológica radical de la que se nutren los populismos y las derivas autoritarias actuales.

En contraposición está la dinámica de la bandera trascendente de Cristo, fuente de la praxis de la kénosis (el vaciamiento) histórica. Veamos seguidamente sus implicancias: Frente a la estrategia de Babilonia, la bandera de Jesús despliega una estrategia contracultural, que San Ignacio estructura en tres momentos opuestos: pobreza (real o de espíritu), deseo de oprobios y humildad (EE 146). Esta es la hoja de ruta para una praxis virtuosa de liberación integral, auténticamente evangélica y en la historia:

La pobreza frente a la riqueza

Traducidos los principios propios de la DSI al plano político, la pobreza evangélica exige la opción preferencial por y con los pobres. Esto implica una economía de la sobriedad compartida, donde las estructuras de inversión, producción y distribución estén al servicio de la reproducción de la vida y no de la acumulación especulativa. Como expresaba Víctor Codina, el Espíritu actúa “desde abajo”, lo que demanda descentrar el poder económico para redistribuirlo en favor de las mayorías populares.

El oprobio frente al honor del mundo

En la esfera pública, optar por la bandera de Cristo significa estar dispuesto a perder el prestigio ante los poderes fácticos y las modas culturales dominantes. Implica asumir el costo político y social de defender las causas perdidas de la historia: la justicia para el migrante, la defensa de los territorios indígenas o la ecología integral. Es el camino del martirio, encarnado históricamente en figuras que, al cargar con la realidad sufriente de sus pueblos, fueron difamadas y ejecutadas por el orden establecido. Buenos pastores como Enrique Angelelli, Óscar Romero y Juan Gerardi son ejemplos elocuentes del martirio por la defensa de la justicia y la paz, junto a tantos otras víctimas (campesinos, mineros, activistas, catequistas, etc.).

La humildad frente a la soberbia

Políticamente, la humildad se concreta en la sinodalidad (en el sentido de escuchar también a los demás y promover su participación vinculante) y en el reconocimiento de la propia finitud o parcialidad ideológica. Una política bajo la bandera de Cristo renuncia al control totalitario y a las salvaciones mesiánicas seculares. Se abre al diálogo con el diferente, fomenta la participación democrática desde las bases y comprende que la transformación de la historia es un proceso comunitario y participativo (además de las insustituibles instancias representativas), no una imposición autocrática desde las cúpulas.

Según lo señalado, la meditación ignaciana de las “Dos Banderas” demuestra, en la fuerza su lenguaje simbólico, que el discernimiento histórico-político contemporáneo no admite posturas de neutralidad ingenua. Cada opción económica, cada voto ciudadano, cada política pública y cada tendencia cultural se alinean, de manera consciente o inconsciente, bajo uno de estos dos estandartes que trascienden la historia humana: o bien reproducen la lógica acumulativa, elitista y soberbia de Babilonia, o bien abren espacios a la lógica solidaria, kenótica (de anodadamiento) y liberadora del Reino de Dios en la Jerusalén de la historia humana. Y aquí recuerdo, como dijo el escritor Hugo Mujica, que “la historia de la salvación es la salvación de la historia”.

El “ángel de luz” en la macrohistoria: el engaño estructural de las ideologías contemporáneas

La genialidad metodológica de San Ignacio de Loyola en las reglas de discernimiento de la segunda semana de los Ejercicios Espirituales (EE 328-336) radica en su capacidad para desenmascarar el mal cuando este no se presenta de forma burda o abiertamente pecaminosa, sino bajo la apariencia de un bien mayor (sub specie boni). En el plano de la teología de la historia y el análisis de los asuntos de la polis, esta dinámica es el ropaje predilecto de las ideologías totalizadoras, los mesianismos políticos y los reduccionismos económicos contemporáneos. Como advertía Gastón Fessard en su lectura dialéctica de los Ejercicios…, el “mal espíritu” no opera en la sociedad civil únicamente promoviendo el caos, sino ofreciendo falsas síntesis históricas que prometen una salvación secularizada e inmediata.

Para los actores políticos y las comunidades cristianas comprometidas, la primera semana ignaciana basta para discernir el mal manifiesto: la violencia explícita, la corrupción descarada o la flagrante violación de los derechos humanos. Sin embargo, los verdaderos desafíos históricos exigen no pocas veces la agudeza de la segunda semana. Aquí, el dinamismo ideológico funciona de manera mimética con la descripción ignaciana: el mal espíritu entra con la causa del sujeto (promesas de igualdad, soberanía nacional, libertad individual o eficiencia tecnocrática) para, progresivamente, llevarlo a sus propios fines de deshumanización, idolatría del poder y opresión. El examen sistemático de estos movimientos espirituales a escala comunitaria e institucional permite identificar tres momentos clave donde el dinamismo del “ángel de luz” coloniza la praxis política actual:

La entrada con la causa ajena (EE 332)

San Ignacio señala que es propio del mal espíritu “entrar con la suya para salir con la de él”. En la historia contemporánea, esto se verifica cuando una ideología legítima absorbe un anhelo evangélico genuino (como la opción por y con los pobres o la libertad de conciencia) pero lo desvía hacia un absoluto cerrado. Así, el populismo autoritario entra con la causa de la justicia para los postergados, pero termina exigiendo la entrega de la libertad democrática y la sumisión idólatra al líder; el neoliberalismo desregulado y el libertarismo entra con la bandera de la libertad y el crecimiento, pero termina transformando el mercado en un ídolo que exige el sacrificio de los más vulnerables y la destrucción de la Casa Común.

El curso de los pensamientos: el principio, medio y fin (EE 333)

El criterio empírico de verificación exige examinar toda la trayectoria de un proceso político o de un discurso cultural. Como bien teorizaba Juan Luis Segundo, la “sospecha hermenéutica” debe aplicarse a los medios utilizados para alcanzar un fin supuestamente noble. Si el principio parece evangélico (la defensa de la vida o la igualdad), pero el medio implica la mentira sistemática, la eliminación del adversario o la manipulación algorítmica, y el fin produce la polarización destructiva descrita en la aplicación empírica latinoamericana, el origen de esa moción histórica no es el Espíritu de Dios. La DSI enseña que un fin noble jamás justifica medios intrínsecamente injustos.

La cola serpentina y la desolación subsiguiente (EE 334)

La “cola serpentina” es la revelación tardía del engaño: el momento en que la supuesta consolación ideológica se desarma y muestra su verdadero rostro de desolación, división y vacío. Cuando la mística de un movimiento político degenera en burocracia opresiva, o cuando el entusiasmo del libre mercado se traduce en crisis financieras que hunden a millones en la miseria, la historia experimenta la caída del velo. El discernidor, al registrar este desenlace, adquiere la experiencia acumulativa necesaria (la “sabiduría popular” de la que habla Scannone) para no volver a dejarse seducir por el mismo lenguaje falaz.

Ahora bien, para operativizar estas reglas en el análisis político cotidiano, la teología contemporánea y el magisterio de los Papas Francisco y León han configurado tres criterios institucionales y éticos indispensables:

Por un lado, la consolación sin causa previa (EE 330): en el plano macro, la verdadera consolación divina no surge de la euforia propagandística ni del fanatismo de masas, sino de aquellos procesos históricos lentos, pacíficos y sinodales (participativos) que brotan desde abajo, desde el “pueblo crucificado” (Ellacuría), y que producen frutos duraderos de reconciliación, justicia social, fraternidad real y democracia integral.

Por otro lado, el examen de la autorreferencialidad: toda propuesta política o tendencia cultural que se presente como la única y definitiva solución a los problemas de la historia, clausurando la autocrítica y persiguiendo la alteridad, está bajo el influjo del “ángel de luz”. El Espíritu de Dios siempre abre caminos de comunión en la diversidad, armonizando las diferencias; el mal espíritu homogeniza o fragmenta.

Por otra parte, el discernimiento de los “falsos consuelos” digitales: las redes sociales ofrecen un sucedáneo de consolación espiritual: la autocomplacencia moral de sentirse superior al “enemigo”. Las reglas de segunda semana obligan a desenmascarar esta adicción identitaria, demostrando que la verdadera moción del Espíritu empuja al encuentro físico, al diálogo con el diferente y al compromiso ético encarnado (como propone Tony Mifsud).

 

Conclusión: el discernimiento secular como salvaguarda de la democracia integral

El discernimiento popular (es decir, el discernimiento que hace un pueblo-nación) sobre aquellas iniciativas, proyectos, políticas que favorecen o no el bien común (y por esto es un discernimiento secular, aunque en absoluto margina la perspectiva creyente, según vimos) corre el riesgo de disolverse si no se traduce en mecanismos estables de mediación política. La crisis de la democracia actual se sitúa en el debilitamiento del vínculo representativo, conectando las lógicas de la polarización con la distorsión del discernimiento lúcido de la coyuntura. En este sentido, la crisis de representación, a raíz de una extendida percepción de insatisfacción social y desafección cívica, sumerge a las sociedades democráticas en una falsa dinámica de “dos banderas” ideológicas, inmanentes. Frente a este binarismo estéril que vacía las instituciones y reduce la política a trincheras afectivas, el discernimiento histórico-político popular debe operar como una fuerza desmitificadora que recupere el espacio de lo realmente posible en favor del bien común, reconstruyendo los canales representativos y participativos para que la democracia vuelva a ser el ámbito del encuentro y no del enfrentamiento. No podemos permitir que la polarización radicalizada clausure los diferentes niveles y foros del sano debate democrático; discernir hoy supone también una tarea de ingeniería institucional orientada a sanar los lazos de representación, participación y confianza mutua entre las diferentes entidades de la sociedad civil y sus instituciones representativas.

Como vimos, desde una perspectiva heterodoxa, el discernimiento histórico-político popular se nutre de la tradición de pensamiento crítico que he reseñado en este trabajo. Esta, a su vez, resulta convergente con postulados provenientes de las ciencias sociales y humanas, haciendo causa común con lo sostenido por muchos intelectuales de la región. De manera entonces que tal discernimiento se revela como una disciplina intelectual y ética indispensable para conjurar la ruina de las sociedades democráticas contemporáneas. Al desmontar la trampa de la polarización binarizada, el discernimiento devuelve a la política su eminente dignidad arquitectónica (sin desconocer su faz agonal, en el ámbito de la legítima compulsa democrática): la de ser una praxis orientada a la efectiva justicia social, al bien común y al reconocimiento del prójimo y de los pueblos como artífices de su propio destino.

Frente a las ideologías totalizantes inmanentes que clausuran el futuro y los algoritmos que fragmentan el presente, el discernimiento histórico-político popular permite afirmar que la historia sigue abierta a la novedad, aguardando que germinen las semillas de futuro. Es en la capacidad de las comunidades organizadas para ejercitar una lectura crítica de su realidad, historizar sus valores éticos y diseñar instituciones representativas y participativas viables donde se juega la humanización de la región latinoamericana y del ámbito global. El discernimiento popular no es, en última instancia, una opción abstracta; es la salvaguarda democrática de los pueblos pobres y los pobres de los pueblos en su camino hacia la liberación integral e histórica.

 

(*) Doctor en Ciencia Política. Docente universitario.

https://bdp.academia.edu/AnibalGermanTorres

 

Bibliografía

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Magisterio de la Iglesia

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Pablo VI, Papa (1967). Encíclica Populorum Progressio.

 

 



[1] Si bien es verdad que, en el nivel del ordenamiento y análisis de las preferencias agregadas ciudadanas en contextos democráticos, hablar de ideologías tiene un sentido más positivo o, al menos, neutro.  

[2] Es importante tener en cuenta que la sospecha aplicada al plano espiritual (algo distintivo del carisma ignaciano, al poner en evidencia los autoengaños en la vida del creyente) no es la única perspectiva al interior del cristianismo. En este sentido, otras familias espirituales, como la benedictina y la franciscana tienen una mirada más positiva (de mayor confianza) sobre el mundo sensorial de la persona y su relación con el entorno. Agradezco al teólogo Franco Caramuto por este aporte.  

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