Hacia una teoría del discernimiento histórico-político popular latinoamericano
Por Aníbal Germán Torres (*)
“Da a tu siervo un
corazón dócil para gobernar a tu pueblo,
para
discernir el mal del bien, pues,
¿quién
sería capaz de gobernar a este pueblo tan numeroso?”
(Salomón)
“Examínenlo
todo y quédense con lo bueno”
(San Pablo)
El discernimiento ha sido
tradicionalmente confinado a la esfera de la intimidad espiritual o al cálculo
racional de la toma de decisiones individuales. Concebido originalmente como un
ejercicio de examen de conciencia para identificar las mociones internas (es
decir, los afectos con efectos) que guían al sujeto, las crisis de la
modernidad tardía exigen, según entiendo, una transposición categorial. Así,
sin descuidar su enorme provecho para el ámbito personal y de las pequeñas
comunidades, el discernimiento debe ser aplicado también al ámbito
histórico-político, en tanto herramienta epistemológica para leer los
movimientos de la historia, la génesis y el despliegue de la injusticia
estructural y las dinámicas culturales que configuran la vida de los pueblos.
De esta manera, resulta pertinente revisar los fundamentos metodológicos para
el análisis de la realidad, que actualmente demanda la superación de la
polarización ideológica radical que fractura los lazos sociales globales, en
general, y latinoamericanos, en particular.
Por tanto, entiendo que el
discernimiento histórico-político emerge con gran potencial ante el asedio a la
democracia tanto en su faz institucional-representativa como en su carácter de
estilo de vida del homo democraticus que vislumbrara Alexis de
Tocqueville en su célebre viaje a América. En este sentido, considero
pertinente señalar que mi perspectiva sobre el discernimiento no pretende hacer
del mismo un eclecticismo tibio o una neutralidad bienintencionada que iguala a
todas las opciones disponibles. Por el contrario, según entiendo, es un método
crítico de desenmascaramiento de las ideologías (en el sentido peyorativo[1] que le
atribuía Hannah Arendt en su lúcido estudio sobre los orígenes del
totalitarismo) que se han dado a lo largo de la historia. Así, busca desarmar
las lógicas binarias inmanentes de dominación para abrir paso a procesos
históricos humanizadores, es decir, de liberación integral.
Desde este planteo, el discernimiento aplicado a
los procesos histórico-políticos debería permitir distinguir (separar, pasar
por el cernidor) en términos humanos, aquello que nos ayuda como pueblo-nación,
de aquello que no nos ayuda. Dicho en otros términos, se trata de discernir
aquellas iniciativas, proyectos, políticas que generan más vida a nivel
comunitario de aquello que favorece y reproduce tramas de muerte. Si esa
es la materia del discernimiento (qué se discierne), el sujeto
que lo realiza (quién discierne) ya no es el individuo aislado que, con
buena intención, trata de escudriñar lo mejor para sí y para los demás. Más
bien, se trata del pueblo (como unidad plural o unidad en las diferencias) que
trata de indagar qué es aquello que favorece el bien común. De manera entonces
que quien discierne es el nosotros como pueblo y desde nuestra cultura común.
Y el ámbito en el cual se discierne está conformado por el entramado
institucional propio de una democracia integral, esto es, que contempla
tanto su faz representativa (de manera eminente, a través de los
partidos políticos y/o coaliciones) como su dimensión participativa (con
las organizaciones de la sociedad civil, según el principio de subsidiaridad),
que es la que urge revigorizar.
Así presentado, este discernimiento desde luego no
excluye (pero tampoco exige como condición sine qua non, puesto que
pienso en su aplicación para el ámbito de los asuntos de la polis)
escudriñar la acción de Dios en la realidad y desenmascarar los dinamismos
deshumanizantes de las ideologías contemporáneas. De hecho, un serio
acercamiento a esta práctica para ganar en humanización, libertad, dignidad y
lucidez, no puede desconocer los considerables aportes de la espiritualidad
ignaciana (madurada bajo el influjo de la teología y la filosofía católica de
los siglos XX y lo que va del XXI), que a su vez bebe de la rica tradición
monástica y eremítica cristiana. Más aún, como veremos oportunamente en este
trabajo, encuentro no pocos aportes que, participando en mayor o menor medida
del carisma jesuita, posibilitan el examen de los espíritus (según
el lenguaje ignaciano) en la praxis histórico-política contemporánea. Según algunos pensadores que voy a retomar, las
mociones internas y las corrientes colectivas se encarnan de manera concreta en
estructuras políticas, modelos económicos y tendencias culturales.
Junto con esta tradición espiritual y sus aportes
en el plano metodológico, el examen crítico de tales fenómenos puede ser
iluminado también por la Doctrina Social de la Iglesia (DSI), que a lo largo de
sus 135 años y como enseña el Papa León XIV, es en sí misma “discernimiento
comunitario” (Cf. Magnifica Humanitas 25 y 27). A partir de aquí se
pueden discernir los signos de los tiempos, tratando de pasar de
condiciones de vida menos humanas a condiciones de vida más humanas mediante
una praxis de justicia y solidaridad evangélica a partir del desarrollo humano
integral y sostenible para cada pueblo y para todos los pueblos (Cf. Populorum
Progressio; Caritas in Veritate, Laudato Si’).
De manera entonces que en el presente trabajo me
ayudo también del pensamiento de diferentes autores que vincularon, cada uno a
su manera, la lectura mística de la realidad personal con el devenir de los
asuntos públicos, encontrando
este esfuerzo convergente con aportes de investigaciones propias de las
ciencias humanas y sociales, disciplinas que, por otra parte, ejercieron
algunos de los pensadores que vamos a referir.
Dicho esto, cabe señalar que mi propósito principal es fundamentar el
discernimiento histórico-político secular como un método macroestructural de
análisis y de acción transformadora para los pueblos de América Latina. Llevando estas intuiciones a la praxis de la teoría
política institucional contemporánea, planteo una articulación entre la
sabiduría popular y las mediaciones prácticas de la democracia, intentando
esbozar una teoría del discernimiento
histórico-político popular que logre la traducción institucional de los
movimientos progresivos (hacia más justicia y paz) que operan en el pueblo, el
cual tiene la capacidad para discernir lo realmente posible en la historia y en
la política. Dicho en términos cristianos (una perspectiva que integro en este
trabajo), se trata del despliegue histórico de la gracia, traduciendo las
mociones del “buen” Espíritu en criterios de análisis y acción hacia una
efectiva justicia social.
Aspectos teóricos: fundamentos espirituales y genealógicos del discernimiento
Fundamentos
espirituales
El discernimiento (diákrisis) posee una
raigambre profundamente bíblica que antecede y fundamenta cualquier
sistematización mística posterior. En las Sagradas Escrituras, la historia no
es concebida como una sucesión azarosa o cíclica de hechos impersonales, sino
como el espacio privilegiado de la Alianza entre Dios y la humanidad. Por un
lado, en el Antiguo Testamento, se presenta de manera constante la exigencia de
discernir la palabra verdadera de la falsa en medio de los acontecimientos
sociopolíticos de Israel. Los profetas (combinando anuncio y denuncia, protesta
y propuesta) actúan como los verdaderos discernidores de la historia al
denunciar la idolatría del poder y las alianzas militares que suplantaban la
confianza en Yahvé (Cf. Is 31, 1). Asimismo, la literatura sapiencial subraya
que el sabio es aquel capaz de interpretar el momento presente y actuar
conforme a la justicia: “El corazón del sabio discierne el tiempo y el juicio”
(Ecl 8, 5).
Por otro lado, en el Nuevo Testamento, Jesucristo
de Nazaret inaugura la plenitud de los tiempos (kairós) y reprende con
severidad a quienes muestran ceguera ante la densidad teologal del acontecer
histórico: “¡Hipócritas! Saben explorar el aspecto de la tierra y del cielo,
¿cómo, pues, no saben discernir este tiempo presente?” (Lc 12, 56). La
incapacidad de las élites de captar los signos mesiánicos en la realidad
concreta del pueblo sufriente es tipificada por Jesús como una ceguera
espiritual provocada por la sumisión a lógicas de dominación secular. Cabe
destacar que Jesús mismo aplicó el discernimiento en no pocas situaciones de su
vida, por ejemplo ante las tentaciones en el desierto y en su forma de encarnar
el ideal mesiánico en clave pacífica y universal (Cf. Randle, 2006).
Posteriormente, el apóstol San Pablo elevó el
discernimiento a la categoría de carisma y actitud permanente del creyente (con
“temor y temblor”) inmerso en un mundo plural y conflictivo, sacudido por
diferentes “vientos de doctrina”, la forma de expresarse respecto a las
ideologías. Así, en la Carta a los Romanos, Pablo exhorta: “No se acomoden al
mundo presente, antes bien transfórmense mediante la renovación de vuestra
mente, de forma que puedan discernir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo
agradable, lo perfecto” (Rom 12, 2). Para el apóstol de las gentes, el
discernimiento no es un mero análisis ético racional, sino una transformación
cognitiva y existencial guiada por el Espíritu Santo que impide la asimilación
acrítica de las modas culturales dominantes de la época.
Este imperativo paulino de no amoldarse a los
criterios del mundo presente es asumido directamente por la Doctrina Social de
la Iglesia, en particular a partir del giro metodológico evidenciado por
documentos eclesiales como la Constitución Pastoral Gaudium et Spes del
Concilio Vaticano II (anticipado por Juan XXIII en el n° 236 de Mater et
Magistra). Al calor de la renovación que supuso el acontecimiento
conciliar, el magisterio contemporáneo adoptó formalmente el método del “ver,
juzgar y actuar”, confiriéndole un estatuto teológico a la lectura de la
realidad tal como es desde una perspectiva creyente, a través de la
categoría de los signos de los tiempos, en tanto signos de Dios. Así,
las encíclicas sociales de los últimos pontificados (como Laudato Si’ y Fratelli
Tutti, del Papa Francisco, y Magnifica Humanitas, de León XIV)
operan bajo este criterio: no ofrecen recetas técnicas o económicas abstractas,
sino que proponen un agudo discernimiento evangélico frente al avance del
neoliberalismo tecnocrático, la cultura del descarte y las polarizaciones
destructivas que fracturan el bien común.
Genealogía intelectual hacia el discernimiento histórico-político
La traslación del método de las mociones
espirituales de San Ignacio de Loyola hacia las estructuras de la
macrohistoria, requirió de un andamiaje filosófico y teológico de gran rigor. Antes
de seguir, me parece importante hacer un señalamiento: a diferencia de las
miradas positivas hacia Loyola por su carácter de “cuarto maestro de la
sospecha”[2] (anticipándose
casi cuatro siglos a Marx, Nietzsche y Freud) y también de los enfoques
negativos que han tendido a aplicarle a él y a sus jesuitas el mote de maquiavélico
(en el sentido de frío y calculador), está la perspectiva que acentúa que, por
encima de todo, Ignacio fue un místico y un “cristiano popular”, activo
participante de la piedad popular de su tiempo. Considero que este aspecto no
se puede soslayar para comprender los esfuerzos para conocer las mociones ya no
solamente en el alma humana sino en la historia y sus procesos.
Acaso, el primer gran artífice de esta síntesis
conceptual en el siglo XX fue el jesuita francés Gastón Fessard. A través de su
monumental estudio de la estructura interna de los Ejercicios Espirituales,
Fessard (1956) demostró que la dialéctica de la libertad descrita por San
Ignacio no se reduce a una deliberación íntima, sino que constituye la clave
hermenéutica para comprender las grandes tensiones colectivas y las ideologías
totalitarias de la modernidad.
Por su parte, el jesuita e historiador francés
Michel de Certeau aportó una mirada disruptiva y profundamente fenomenológica
al discernimiento de la historia. De Certeau (2006), atento a las mutaciones
culturales de la posmodernidad y a la crisis de las instituciones
tradicionales, advirtió que la fe no debe interpretarse como una ideología
totalizadora que lo explica todo, sino como una presencia peregrina, una
“debilidad” que abre espacios de alteridad y resistencia frente a los sistemas
de poder absolutos.
Esta matriz conceptual cobró una renovada urgencia
ética al encarnarse en el suelo latinoamericano, donde la injusticia
estructural obligó a la teología a dotarse de mediaciones analíticas críticas.
Así, el jesuita argentino Juan Carlos Scannone, referente de la escuela de la
teología del pueblo y la filosofía de la liberación, extendió este
planteamiento al examinar el ethos cultural de las mayorías populares.
En este sentido, Scannone (2009) entendió que el devenir de una comunidad, con
sus luchas y padecimientos, es un locus theologicus donde el Espíritu
clama y se manifiesta.
En una línea de confrontación directa con los
sistemas sociopolíticos opresivos, Ignacio Ellacuría llevó el discernimiento al
terreno del realismo crítico y la soteriología histórica. Para el mártir
jesuita hispano-salvadoreño (1978), la verificación de los signos de los
tiempos no se realiza desde una neutralidad académica aséptica, sino asumiendo
el impacto brutal de la injusticia sobre las mayorías populares.
Esta radicalidad analítica fue compartida y
complementada metodológicamente por Juan Luis Segundo, quien estructuró la
denominada “sospecha hermenéutica” aplicada a las propias construcciones
teológicas e ideológicas de la Iglesia. Para el jesuita uruguayo (1989), el
discernimiento constituye el motor de una fe madura que desenmascara los sesgos
de clase inconscientes y utiliza las ciencias sociales no como dogmas
absolutos, sino como herramientas relativas subordinadas a la liberación del
ser humano.
En la dimensión formativa y pedagógica de la
conciencia creyente, João Batista Libânio analizó los laberintos de la
modernidad tardía y el impacto del consumismo global sobre los procesos de
opción sociopolítica de las nuevas generaciones. Libânio (1977) expone la
necesidad de configurar sujetos éticos con alta resistencia a las seducciones
alienantes del mercado.
Para evitar que el compromiso histórico-político
degenere en mera militancia ideológica secularizada o en un voluntarismo
agobiante, el sacerdote chileno Segundo Galilea abogó por la purificación de
las motivaciones místicas de la acción. Galilea (1991) identificó que el
principal peligro del militante cristiano es la desolación espiritual y la
rigidez doctrinal que ahoga la gratuidad del amor evangélico.
Desde el marco metodológico de la fundamentación
ética contemporánea, el jesuita maltés-chileno Tony Mifsud (2003) ha
estructurado de manera sistemática una moral del discernimiento capaz de
responder de modo flexible y responsable a los complejos dilemas que presentan
las sociedades democráticas modernas. En línea similar, la teóloga argentina
Emilce Cuda (2021) ha reflexionado desde la ética teológica sobre la
centralidad del trabajo humano, en tanto organizador de lo social y vía de
salida de la pobreza. Para Cuda, la organización de los trabajadores en
sindicatos y movimientos populares es, a través de los mecanismos
institucionalizados de negociación colectiva, la vía eminente para, tras el
discernimiento del conflicto entre el capital y el trabajo, (transversal a
nuestras sociedades) alcanzar soluciones justas y pacíficas.
En sintonía con la emergencia de los nuevos sujetos
históricos largamente invisibilizados por la racionalidad occidental dominante,
el jesuita hispano-boliviano Víctor Codina desarrolló una densa pneumatología
narrativa. Así, Codina (2009) sostuvo que el Espíritu Santo actúa de forma
subversiva, rompiendo los esquemas jerárquicos tradicionales al autocomunicarse
desde la periferia geográfica, cultural y ecológica de la Creación.
Finalmente, esta copiosa corriente filosófica y
teológica fue de alguna manera releída, universalizada y elevada a magisterio
pontificio por Francisco, el primer Pontífice latinoamericano y jesuita. Cabe
tener presente que el Papa argentino extrajo el discernimiento del ámbito de
los manuales de espiritualidad para proponerlo no sólo como provechoso para los
fieles y las comunidades, sino también como el gran motor de la reforma
eclesial (la sinodalidad, es decir, el caminar juntos fomentando la
participación en la toma de decisiones y la misión hacia las periferias) y como
la herramienta fundamental de lucha frente al avance de la globalización de la
indiferencia.
La confrontación (por énfasis diferentes) pero
también la articulación (por convergencia) de estos horizontes conceptuales
evidencia que el discernimiento histórico-político no opera como una técnica de
ingeniería social o una mera búsqueda de consensos parlamentarios seculares. Se
trata, según observamos, de algo más (magis): un examen lúcido de las
lógicas que se encarnan en las estructuras sociales y políticas, y las
consecuentes posibilidades de acción. Así, mientras que autores de línea más
analítica como Ellacuría y Juan Luis Segundo concentran sus herramientas en
desmantelar las mediaciones ideológicas de los opresores, pensadores como
Fessard, Galilea y el propio Papa Francisco recuerdan de forma constante que la
injusticia estructural es siempre la sedimentación histórica de subjetividades
no discernidas, es decir, de libertades humanas que han claudicado ante el “mal
espíritu”, en su movimiento regresivo de autorreferencialidad. Este dinamismo
alienante actúa en la macrohistoria a través de engaños análogos a los
descritos por Ignacio de Loyola en las reglas de la segunda semana de los Ejercicios…:
el mal se disfraza bajo “apariencia de bien”. Ejemplos de esto, en el plano
histórico-político latinoamericano, han sido el desarrollismo economicista, la
doctrina de la seguridad nacional y sus derivas represivas o las salvaciones
tecnocráticas de mercado, fenómenos que terminaron generando exclusión,
opresión y la destrucción ecológica en los pueblos de la región.
Al aplicar la matriz integrada del
discernimiento histórico-político a la problemática empírica de la polarización
ideológica radical a nivel mundial y de manera particular en América Latina, el
fenómeno se desvela no como un simple exceso de pasión política, sino como una
dificultad estructural de la democracia contemporánea, aspectos advertidos no sin
honda preocupación por varias voces provenientes de las ciencias sociales y
humanas. Seguidamente, de manera resumida, expongo sus principales
manifestaciones:
Por un lado, el secuestro del discurso por el
nominalismo abstracto: la polarización contemporánea se caracteriza
por una inflación hiperideológica en el discurso y un vaciamiento ético en la
praxis. Utilizando la sospecha de Segundo y la historización de
Ellacuría, se puede constatar que las facciones en pugna se apropian de grandes
significantes vacíos (“Igualdad”, “Libertad”, “Orden”, “Progreso”) para
polarizar afectivamente a la ciudadanía. Sin embargo, cuando se historizan
dichos conceptos en la realidad de las mayorías populares, se descubre que
ninguno de los polos responde a las demandas estructurales de empleo digno,
salud, seguridad ciudadana, cultura y educación. La polarización opera como una
cortina de humo ideológica que protege los intereses económicos de distintas
facciones de las élites latinoamericanas y transnacionales, impidiendo el
debate sobre la desigualdad estructural de base. Así, como ha señalado Cuda más
de una vez, la lucha por supuestas verdades ha corrido el debate por la defensa
de los derechos conquistados. Y esto no es menor para América Latina, donde,
como decía el escritor mexicano Carlos Fuentes, “tenemos corona de laureles
pero andamos con los pies descalzos”. Más aún, en palabras del obispo y poeta
brasileño Pedro Casaldáliga, a diferencia de los europeos, los latinoamericanos
nos ubicamos no después sino dentro de Auschwitz, por los
lacerantes efectos de la pobreza estructural.
Por otro lado, la destrucción de la cultura
común: desde la perspectiva de Scannone, la polarización radical introduce
una lógica perversa en la cual el adversario político ya no es reconocido como
un conciudadano con el que se disiente, sino como un enemigo ontológico que
carece de legitimidad moral para existir. Esta dinámica destruye el “nosotros”
histórico-cultural, la reserva ética de solidaridad que permite la coexistencia
democrática. Al deshumanizar al oponente, la polarización anula la posibilidad
de cualquier deliberación racional y convierte la política en una guerra de
trincheras emocionales gestionada por algoritmos digitales y marketing de odio.
Por otra parte, la erosión del vínculo político
e institucional: la polarización es el síntoma visible de la
fractura del vínculo representativo tradicional, como denunció Francisco (Cf. Fratelli
Tutti, Capítulo 5). Las élites políticas, incapaces de ofrecer soluciones
reales a la complejidad de la política multinivel y a las demandas
socioeconómicas, recurren a la binarización discursiva como mecanismo de
supervivencia electoral. La polarización simplifica artificialmente la
realidad: obliga al ciudadano a alinearse bajo uno de los dos polos
disponibles. Así, esta dinámica erosiona las instituciones democráticas, pues
transforma los parlamentos y los tribunales en campos de batalla de suma cero,
paralizando la gestión pública y provocando lo que se puede denominar como la
ruina del “templo” (laico) democrático.
A los
efectos de complementar este diagnóstico, recupero para el discernimiento
secular las categorías de consolación y desolación presentes de modo
especial en la tradición espiritual ignaciana. Así, aplicando
empíricamente los aspectos teóricos presentados más arriba, la polarización
puede ser analizada también como una estructura de pecado animada
colectivamente por el “mal espíritu”. De esta manera, en términos ignacianos,
la polarización opera bajo una falsa consolación. Al ofrecer certezas
identitarias absolutas y simplistas a individuos inmersos en la angustia de la
incertidumbre socioeconómica, los discursos polarizadores generan un entusiasmo
inicial y un sentido de pertenencia beligerante. El individuo polarizado
experimenta la falsa paz de creerse del lado “bueno” de los acontecimientos,
frente a un enemigo que encarna el “mal absoluto”.
No obstante, el discernimiento histórico propuesto
por pensadores como Segundo Galilea y Juan Luis Segundo introduce aquí la
sospecha hermenéutica. Al evaluar los frutos a largo plazo de esta dinámica
sociopolítica, lo que se revela es un estado profundo de desolación colectiva:
angustia crónica, hostilidad sistémica, ruptura del tejido familiar y
comunitario, y parálisis de las instituciones democráticas. El “mal espíritu”
se disfraza con “apariencia de bien” al promover banderas polares a diestra y
siniestra, absolutizando postulados como “libertad económica” o “Estado
interventor”, sin contemplar que el resultado empírico es el debilitamiento del
amor social (la fraternidad) y la deshumanización del adversario
político, quien deja de ser un interlocutor legítimo para convertirse en un
objeto de desprecio y eliminación simbólica.
En cuanto a
la deconstrucción de las mediaciones ideológicas y el rol de los algoritmos
digitales, el análisis de Juan Luis Segundo y Michel de Certeau resulta de
aporte para escrutar las mediaciones tecnoculturales que catalizan la
polarización en la América Latina contemporánea. Las redes sociales y los
algoritmos de optimización del engagement digital (que premian la
indignación moral y el tribalismo cognitivo) actúan como estructuras de pecado
imperceptibles que condicionan las prácticas cotidianas de los ciudadanos.
Desde la perspectiva de Certeau, el espacio público
digital ha sido colonizado por estrategias de poder que imponen lenguajes
polarizados y polarizantes. Sin embargo, en la cotidianidad latinoamericana, el
discernimiento histórico-político permite registrar prácticas de resistencia
popular, en la línea que pensara Scannone y que retomara Francisco al hablar de
experiencias de salvación comunitaria (Cf. Laudato Si’ 149). Allí
donde los medios hegemónicos de comunicación e internet dictan la división
absoluta, las comunidades de base, las redes de economía solidaria y los
movimientos populares tejen lazos trans-ideológicos basados en la resolución de
problemas vitales inmediatos (alimentación, acceso al agua y a la tierra,
defensa del territorio ancestral y/o comunitario). Estos espacios representan
las rupturas de la cotidianidad donde opera el Espíritu, desbaratando los
binarismos abstractos pero inmanentes funcionales a élites políticas
irresponsables.
Respecto a
la verificación existencial en el “pueblo crucificado”, el criterio
fundamental de veracidad del discernimiento histórico delineado por Ellacuría
derriba los sofismas de la polarización latinoamericana. Mientras las cúpulas
políticas de ambos extremos ideológicos se baten en disputas retóricas
estériles en los parlamentos y plataformas digitales, la realidad del “pueblo
crucificado” permanece inalterada o se agrava. El discernimiento evangélico
demuestra que tanto las políticas de ajuste de cuño neoliberal o incluso
libertario, como las retóricas populistas hiperestatistas sin sostenibilidad
económica, terminan sacrificando a los mismos sujetos: los migrantes forzados,
las mujeres violentadas, las comunidades indígenas despojadas, los trabajadores
y la juventud de las periferias urbanas envueltos en la precarización.
El discernimiento histórico-político popular exige,
entonces, hacerse cargo, cargar y encargarse de esta dramática realidad. Al
confrontar el discurso ideológico con la vida concreta de los excluidos
(como decía Francisco) o los más pobres de los pobres (como decía Santa Teresa
de Calcuta), el discernimiento actúa como un principio de desmitificación.
Desvela que la polarización funciona muchas veces como una cortina de humo (una
mediación ideológica alienante) destinada a perpetuar la concentración del
poder y la riqueza material, impidiendo que el pueblo se articule en torno a
sus intereses de auténtica liberación y ecología integral (Cf. Laudato Si’).
A partir de estos señalamientos, que grafican un
panorama de aparente callejón sin salida de la polarización, la teología de la
historia del Papa Francisco (y hoy de León XIV, basado en San Agustín) propone
un camino empírico de superación a través de los ya conocidos principios
“bergoglianos”, a partir de oposiciones polares: “el tiempo es superior
al espacio”, “la unidad es superior al conflicto”, “el todo es superior a la
parte” y “la realidad es superior a la idea” (Cf. Evangelii Gaudium).
Junto con esto, el Magisterio Social Pontificio reciente plantea una concepción
valiosa de la política: la cultura del encuentro desde la perspectiva
poliédrica, el diálogo socio-ambiental y la mejor política democrática posible
animada por el amor político (Cf. Fratelli Tutti). Más aún, las acciones
de los poderes públicos y las plataformas electorales deberían ser discernidas
a la luz de los principios de la DSI, como el bien común, la solidaridad, la
subsidiaridad, el destino universal de los bienes y la justicia social (Cf. Magnifica
Humanitas).
En el contexto latinoamericano, lo dicho hasta aquí
se traduce en la promoción de un discernimiento histórico político popular
institucionalizado en vista a una praxis democrática posible. Esto no se
trata de un neutralismo aséptico o de un pacto de élites a espaldas del pueblo,
sino de un proceso sinodal/participativo de amplio diálogo socio-ambiental
vinculante. Así, el discernimiento histórico-político popular de las
ideologías, iluminado por la tradición espiritual ignaciana y la DSI, ofrece
criterios específicos para la acción, a saber:
Por un lado, el descentramiento de la propia
ideología (reconocer que ninguna ideología política o partido tiene el
monopolio de la verdad). Por otro lado, la prioridad del bien común
(subordinar los intereses facciosos a las demandas éticas de la infinita
dignidad humana y los principios desarrollados por la DSI). Por otra parte, la
escucha de las periferias (otorgar centralidad interpretativa y política a
las voces de los descartados por el sistema, quienes son portadores de una
sabiduría regeneradora para las democracias fatigadas).
Así, el discernimiento aplicado a la praxis
histórico-política en América Latina se valida empíricamente cuando es capaz de
desactivar la espiral de odio ideológico, abriendo canales para reformas
estructurales que garanticen, de mínima, tierra, techo, trabajo, tecnología,
cultura y educación, sentando las bases materiales para la paz social duradera
y el respeto a la alteridad, con la plena vigencia del Estado Democrático de
Derecho.
Método del discernimiento macroestructural desde la
tradición ignaciana y la DSI
Para
aplicar el discernimiento al plano histórico-político, considero pertinente
redefinir sus tres pilares tradicionales (atención, reflexión y confirmación, o
las etapas del ver, juzgar y actuar, según la Doctrina Social de la Iglesia),
bajo coordenadas comunitarias e institucionales.
Antes de proseguir, es importante
señalar que, según Scannone (2009), el discernimiento opera como un método
de métodos, en el sentido de constituir un marco integrador (y superador)
de saberes científicos y populares. Veamos a continuación qué se entiende por
esto:
Se integran las ciencias sociales y
humanas, puesto que el
discernimiento no reemplaza el análisis sociológico, económico o histórico,
sino que utiliza sus aportes como mediaciones necesarias para comprender la
realidad; se evita el reduccionismo ideológico, al contrario de
corrientes que absolutizaban un solo método (como el análisis marxista de
clases o el individualismo ahistórico postulado por el liberalismo), el
discernimiento actúa por encima de ellos, evaluando críticamente qué
herramientas sirven mejor para hacer justicia a y en la realidad; se
articula lo universal y lo situado, pues funciona como un puente que
conecta las teorías científicas abstractas con la “racionalidad sapiencial” y
concreta de la cultura popular, especialmente la de los más pobres y excluidos;
se resignifica el método pastoral
clásico, al elevar el esquema tradicional de la Doctrina Social de la
Iglesia, señalando que las etapas del “ver, juzgar, actuar” no son pasos
lineales y puramente racionales, sino que se interpenetran bajo la guía de la
misericordia y la acción del Espíritu; y se abre la historia a la
trascendencia, dado que el discernimiento permite hacer una lectura de los signos
de los tiempos, su fin último, entonces, no es solo describir lo que pasa,
sino interpretar, desde una mirada de fe (que hace causa común con todas las
personas de buena voluntad) “por dónde pasa Dios hoy” y hacia dónde conduce la
acción transformadora.
Es interesante observar cómo esta rica
perspectiva scannoniana encontró una lúcida formulación en el magisterio del
Papa Francisco:
“Es verdad que el discernimiento espiritual no excluye los aportes de
sabidurías humanas, existenciales, psicológicas, sociológicas o morales. Pero
las trasciende. Ni siquiera le bastan las sabias normas de la Iglesia.
Recordemos siempre que el discernimiento es una gracia. Aunque incluya la razón
y la prudencia, las supera, porque se trata de entrever el misterio del
proyecto único e irrepetible que Dios tiene para cada uno y que se realiza en
medio de los más variados contextos y límites. No está en juego solo un bienestar
temporal, ni la satisfacción de hacer algo útil, ni siquiera el deseo de tener
la conciencia tranquila. Está en juego el sentido de mi vida ante el Padre que
me conoce y me ama, el verdadero para qué de mi existencia que nadie conoce
mejor que él…” (Gaudete et Exsultate 170).
Así entonces, me detengo seguidamente
en las etapas del método (las cuales no deben ser comprendidas, según vimos,
como compartimentos estancos):
La atención como lectura de los “signos
de los tiempos”: ya no se
examinan solamente los afectos y efectos privados, sino también las tendencias
culturales emergentes, los flujos económicos y las demandas de los sectores
excluidos. La atención macro exige rigor analítico para percibir qué
estructuras generan vida y cuáles producen deshumanización.
La reflexión como sospecha crítica: implica el uso de las ciencias
sociales y humanas para desentrañar los mecanismos ocultos del poder. Es el
ejercicio de dudar de los discursos oficiales y de las dicotomías simplistas
impuestas por las élites de control.
La confirmación como paz estructural y
estructurante: la validez
de una decisión política o comunitaria no se mide por la euforia de un triunfo
electoral o el aplauso de una facción partidaria. Más bien se confirma por la
pacificación real del tejido social, la reducción de la injusticia y la
sostenibilidad de los procesos democráticos en el tiempo. Así, como señalara la
socióloga Alcira Argumedo (1993), no es igual que el desde el Estado se fomente
la represión o el consenso y la creatividad social, como tampoco es igual que
la democracia favorezca la exclusión o la participación. No da igual una
política regresiva que una progresiva en términos de dignidad humana.
En lo que sigue, profundizo en las implicancias que
algunos tópicos propios de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de
Loyola tienen para enriquecer el método del discernimiento
histórico-político popular:
La meditación de las “Dos Banderas” en la macrohistoria: riqueza, honor y orgullo como estructuras de pecado
Si las reglas de la segunda semana de los Ejercicios
Espirituales otorgan la agudeza cognitiva para desenmascarar al “ángel de
luz”, la meditación de las “Dos Banderas” (EE 136-148) proporciona la clave
geoestratégica para comprender la raíz de las estructuras de pecado en los
procesos históricos y políticos contemporáneos. Debemos tener presente que los
binarismos inmanentes suelen resultar falaces, según dije al hablar de la
polarización ideológica. Pero la polaridad que San Ignacio plantea en esta
meditación no es una abstracción moral, sino una confrontación teológica
radical y trascendente, meta-histórica, que, no obstante, se traduce en la
pugna entre dos modelos civilizatorios antagónicos que combaten en el corazón
de la historia, de los pueblos y de los seres humanos: la bandera de Lucifer, el
“mortal enemigo de nuestra naturaleza humana”, y la bandera de Cristo, “sumo
Capitán y Señor nuestro”, por la cual hay que optar, indica el santo de Loyola,
pidiendo ayuda a la Virgen María (EE 147).
Llevada al plano teológico-político y en articulación
con la DSI, la estrategia del campamento de Babilonia, donde se ubica el
maligno, describe alegóricamente el circuito de dominación y enajenación de los
sistemas económicos y políticos opresivos. San Ignacio desglosa el método del
mal en tres escalones sucesivos e interdependientes (EE 142): riqueza, honor
mundano y orgullo (soberbia). Este trinomio no solo opera a nivel individual,
sino que ayuda a comprender, en un lenguaje simbólico, la matriz fundacional de
las ideologías que fracturan el bien común y la fraternidad. Analicemos
entonces la dinámica de la bandera de Lucifer en tanto circuito estructural del
capital y del poder:
En el análisis de la historia contemporánea, la
bandera del maligno se encarna de manera preeminente en la lógica del capitalismo
tecnocrático desregulado y en la ambición geopolítica desmedida. Desde su
lenguaje alegórico, los tres escalones ignacianos adquieren una densidad
sociopolítica específica:
Primer escalón: la codicia de riquezas (“cómo
echa redes y cadenas” para “tentar de codicia de riquezas”)
Este es el motor material del sistema. En términos
de Ignacio Ellacuría y Juan Luis Segundo, la acumulación asimétrica de bienes
se transforma en una fuerza histórica idolátrica. El dinero deja de ser un
instrumento de intercambio para convertirse en un fin absoluto (Mamón).
La DSI ha denunciado sistemáticamente esta primacía del capital sobre el
trabajo (Cf. Laborem exercens y Magnifica Humanitas). Bajo esta
bandera, el mercado es sacralizado como una divinidad ciega que exige el
despojo de los pueblos y la explotación implacable de los recursos naturales.
Las “cadenas” que salen de la “cátedra de fuego” del maligno es la malla
estructural de la globalización financiera que atrapa las soberanías nacionales
y subordina la política a los intereses del rendimiento financiero inmediato.
Segundo escalón: el honor mundano (“vengan a
vano honor del mundo”)
La riqueza acumulada exige una legitimación
cultural y social; aquí opera el segundo escalón del vicio. El sistema premia
el éxito material, el estatus, el consumo suntuario y el prestigio
tecnocrático. Quien tiene éxito dentro del engranaje es presentado como un
modelo a seguir, mientras que el pobre es estigmatizado como un “fracasado” o
un “ineficiente” desde las miradas economicistas. João Batista Libânio
identificó este mecanismo en la pedagogía del consumismo contemporáneo, donde
el valor de la persona queda reducido a su capacidad de compra o a su
visibilidad en el escaparate digital. Así, el honor del mundo adormece la
conciencia ética de las élites, impidiendo que registren el sufrimiento del
“pueblo crucificado”.
Tercer escalón: la soberbia (“crecida soberbia”)
El fin último del circuito es de carácter
antropológico y teológico: la autosuficiencia absoluta del ser humano frente a
Dios y frente al prójimo. La soberbia estructural se traduce en la construcción
de ideologías totalizadoras que se pretenden infalibles e incontestables. Es el
paradigma tecnocrático denunciado proféticamente por el Papa Francisco (Cf. Laudato
Si’), donde la humanidad cree poder redimirse a sí misma mediante el
dominio técnico ilimitado y el crecimiento económico infinito, ignorando los
límites ecológicos y éticos de la Creación. La soberbia política clausura toda
posibilidad de diálogo, asumiendo una postura dogmática que da origen a la
polarización ideológica radical de la que se nutren los populismos y las
derivas autoritarias actuales.
En contraposición está la dinámica de la bandera
trascendente de Cristo, fuente de la praxis de la kénosis (el vaciamiento) histórica.
Veamos seguidamente sus implicancias: Frente a la estrategia de Babilonia, la
bandera de Jesús despliega una estrategia contracultural, que San Ignacio
estructura en tres momentos opuestos: pobreza (real o de espíritu), deseo de
oprobios y humildad (EE 146). Esta es la hoja de ruta para una praxis virtuosa
de liberación integral, auténticamente evangélica y en la historia:
La pobreza frente a la riqueza
Traducidos los principios propios de la DSI al
plano político, la pobreza evangélica exige la opción preferencial por y con
los pobres. Esto implica una economía de la sobriedad compartida, donde las
estructuras de inversión, producción y distribución estén al servicio de la
reproducción de la vida y no de la acumulación especulativa. Como expresaba
Víctor Codina, el Espíritu actúa “desde abajo”, lo que demanda descentrar el
poder económico para redistribuirlo en favor de las mayorías populares.
El oprobio frente al honor del mundo
En la esfera pública, optar por la bandera de
Cristo significa estar dispuesto a perder el prestigio ante los poderes
fácticos y las modas culturales dominantes. Implica asumir el costo político y
social de defender las causas perdidas de la historia: la justicia para el
migrante, la defensa de los territorios indígenas o la ecología integral. Es el
camino del martirio, encarnado históricamente en figuras que, al cargar con la
realidad sufriente de sus pueblos, fueron difamadas y ejecutadas por el orden
establecido. Buenos pastores como Enrique Angelelli, Óscar Romero y Juan Gerardi
son ejemplos elocuentes del martirio por la defensa de la justicia y la paz,
junto a tantos otras víctimas (campesinos, mineros, activistas, catequistas,
etc.).
La humildad frente a la soberbia
Políticamente, la humildad se concreta en la
sinodalidad (en el sentido de escuchar también a los demás y promover su
participación vinculante) y en el reconocimiento de la propia finitud o
parcialidad ideológica. Una política bajo la bandera de Cristo renuncia al
control totalitario y a las salvaciones mesiánicas seculares. Se abre al
diálogo con el diferente, fomenta la participación democrática desde las bases
y comprende que la transformación de la historia es un proceso comunitario y
participativo (además de las insustituibles instancias representativas), no una
imposición autocrática desde las cúpulas.
Según lo señalado, la meditación ignaciana de las
“Dos Banderas” demuestra, en la fuerza su lenguaje simbólico, que el
discernimiento histórico-político contemporáneo no admite posturas de
neutralidad ingenua. Cada opción económica, cada voto ciudadano, cada política
pública y cada tendencia cultural se alinean, de manera consciente o
inconsciente, bajo uno de estos dos estandartes que trascienden la historia
humana: o bien reproducen la lógica acumulativa, elitista y soberbia de
Babilonia, o bien abren espacios a la lógica solidaria, kenótica (de anodadamiento)
y liberadora del Reino de Dios en la Jerusalén de la historia humana. Y aquí
recuerdo, como dijo el escritor Hugo Mujica, que “la historia de la salvación
es la salvación de la historia”.
El “ángel de luz” en la macrohistoria: el engaño estructural de las ideologías contemporáneas
La genialidad metodológica de San Ignacio de Loyola
en las reglas de discernimiento de la segunda semana de los Ejercicios
Espirituales (EE 328-336) radica en su capacidad para desenmascarar el mal
cuando este no se presenta de forma burda o abiertamente pecaminosa, sino bajo
la apariencia de un bien mayor (sub specie boni). En el plano de la
teología de la historia y el análisis de los asuntos de la polis, esta
dinámica es el ropaje predilecto de las ideologías totalizadoras, los
mesianismos políticos y los reduccionismos económicos contemporáneos. Como
advertía Gastón Fessard en su lectura dialéctica de los Ejercicios…, el
“mal espíritu” no opera en la sociedad civil únicamente promoviendo el caos,
sino ofreciendo falsas síntesis históricas que prometen una salvación
secularizada e inmediata.
Para los actores políticos y las comunidades
cristianas comprometidas, la primera semana ignaciana basta para discernir el
mal manifiesto: la violencia explícita, la corrupción descarada o la flagrante
violación de los derechos humanos. Sin embargo, los verdaderos desafíos
históricos exigen no pocas veces la agudeza de la segunda semana. Aquí, el
dinamismo ideológico funciona de manera mimética con la descripción ignaciana:
el mal espíritu entra con la causa del sujeto (promesas de igualdad, soberanía
nacional, libertad individual o eficiencia tecnocrática) para, progresivamente,
llevarlo a sus propios fines de deshumanización, idolatría del poder y
opresión. El examen sistemático de estos movimientos espirituales a escala
comunitaria e institucional permite identificar tres momentos clave donde el
dinamismo del “ángel de luz” coloniza la praxis política actual:
La entrada con la causa ajena (EE 332)
San Ignacio señala que es propio del mal espíritu
“entrar con la suya para salir con la de él”. En la historia contemporánea,
esto se verifica cuando una ideología legítima absorbe un anhelo evangélico
genuino (como la opción por y con los pobres o la libertad de conciencia) pero
lo desvía hacia un absoluto cerrado. Así, el populismo autoritario entra con la
causa de la justicia para los postergados, pero termina exigiendo la entrega de
la libertad democrática y la sumisión idólatra al líder; el neoliberalismo
desregulado y el libertarismo entra con la bandera de la libertad y el
crecimiento, pero termina transformando el mercado en un ídolo que exige el
sacrificio de los más vulnerables y la destrucción de la Casa Común.
El curso de los pensamientos: el principio, medio y
fin (EE 333)
El criterio empírico de verificación exige examinar
toda la trayectoria de un proceso político o de un discurso cultural. Como bien
teorizaba Juan Luis Segundo, la “sospecha hermenéutica” debe aplicarse a los
medios utilizados para alcanzar un fin supuestamente noble. Si el principio
parece evangélico (la defensa de la vida o la igualdad), pero el medio implica
la mentira sistemática, la eliminación del adversario o la manipulación
algorítmica, y el fin produce la polarización destructiva descrita en la aplicación
empírica latinoamericana, el origen de esa moción histórica no es el Espíritu
de Dios. La DSI enseña que un fin noble jamás justifica medios intrínsecamente
injustos.
La cola serpentina y la desolación subsiguiente (EE
334)
La “cola serpentina” es la revelación tardía del
engaño: el momento en que la supuesta consolación ideológica se desarma y
muestra su verdadero rostro de desolación, división y vacío. Cuando la mística
de un movimiento político degenera en burocracia opresiva, o cuando el entusiasmo
del libre mercado se traduce en crisis financieras que hunden a millones en la
miseria, la historia experimenta la caída del velo. El discernidor, al
registrar este desenlace, adquiere la experiencia acumulativa necesaria (la
“sabiduría popular” de la que habla Scannone) para no volver a dejarse seducir
por el mismo lenguaje falaz.
Ahora bien, para operativizar estas reglas en el
análisis político cotidiano, la teología contemporánea y el magisterio de los
Papas Francisco y León han configurado tres criterios institucionales y éticos
indispensables:
Por un lado, la consolación sin causa previa (EE
330): en el plano macro, la verdadera consolación divina no surge de la
euforia propagandística ni del fanatismo de masas, sino de aquellos procesos
históricos lentos, pacíficos y sinodales (participativos) que brotan desde
abajo, desde el “pueblo crucificado” (Ellacuría), y que producen frutos
duraderos de reconciliación, justicia social, fraternidad real y democracia
integral.
Por otro lado, el examen de la autorreferencialidad:
toda propuesta política o tendencia cultural que se presente como la única y
definitiva solución a los problemas de la historia, clausurando la autocrítica
y persiguiendo la alteridad, está bajo el influjo del “ángel de luz”. El Espíritu
de Dios siempre abre caminos de comunión en la diversidad, armonizando las
diferencias; el mal espíritu homogeniza o fragmenta.
Por otra parte, el discernimiento de los “falsos
consuelos” digitales: las redes sociales ofrecen un sucedáneo de
consolación espiritual: la autocomplacencia moral de sentirse superior al
“enemigo”. Las reglas de segunda semana obligan a desenmascarar esta adicción
identitaria, demostrando que la verdadera moción del Espíritu empuja al
encuentro físico, al diálogo con el diferente y al compromiso ético encarnado
(como propone Tony Mifsud).
Conclusión: el discernimiento secular
como salvaguarda de la democracia integral
El discernimiento popular (es
decir, el discernimiento que hace un pueblo-nación) sobre aquellas iniciativas,
proyectos, políticas que favorecen o no el bien común (y por esto es un
discernimiento secular, aunque en absoluto margina la perspectiva creyente,
según vimos) corre el riesgo de disolverse si no se traduce en mecanismos
estables de mediación política. La crisis de la democracia actual se sitúa en
el debilitamiento del vínculo representativo, conectando las lógicas de la
polarización con la distorsión del discernimiento lúcido de la coyuntura. En
este sentido, la crisis de representación, a raíz de una extendida percepción
de insatisfacción social y desafección cívica, sumerge a las sociedades
democráticas en una falsa dinámica de “dos banderas” ideológicas, inmanentes.
Frente a este binarismo estéril que vacía las instituciones y reduce la
política a trincheras afectivas, el discernimiento histórico-político
popular debe operar como una fuerza desmitificadora que recupere el espacio
de lo realmente posible en favor del bien común, reconstruyendo los canales
representativos y participativos para que la democracia vuelva a ser el ámbito
del encuentro y no del enfrentamiento. No podemos permitir que la polarización
radicalizada clausure los diferentes niveles y foros del sano debate
democrático; discernir hoy supone también una tarea de ingeniería institucional
orientada a sanar los lazos de representación, participación y confianza mutua
entre las diferentes entidades de la sociedad civil y sus instituciones
representativas.
Como vimos, desde una perspectiva
heterodoxa, el discernimiento histórico-político popular se nutre de la
tradición de pensamiento crítico que he reseñado en este trabajo. Esta, a su
vez, resulta convergente con postulados provenientes de las ciencias sociales y
humanas, haciendo causa común con lo sostenido por muchos intelectuales de la
región. De manera entonces que tal discernimiento se revela como una disciplina
intelectual y ética indispensable para conjurar la ruina de las sociedades
democráticas contemporáneas. Al desmontar la trampa de la polarización
binarizada, el discernimiento devuelve a la política su eminente dignidad
arquitectónica (sin desconocer su faz agonal, en el ámbito de la legítima
compulsa democrática): la de ser una praxis orientada a la efectiva justicia
social, al bien común y al reconocimiento del prójimo y de los pueblos como
artífices de su propio destino.
Frente a las ideologías totalizantes
inmanentes que clausuran el futuro y los algoritmos que fragmentan el presente,
el discernimiento histórico-político popular permite afirmar que la
historia sigue abierta a la novedad, aguardando que germinen las semillas de
futuro. Es en la capacidad de las comunidades organizadas para ejercitar una
lectura crítica de su realidad, historizar sus valores éticos y diseñar
instituciones representativas y participativas viables donde se juega la
humanización de la región latinoamericana y del ámbito global. El
discernimiento popular no es, en última instancia, una opción abstracta; es la
salvaguarda democrática de los pueblos pobres y los pobres de los pueblos en su
camino hacia la liberación integral e histórica.
(*) Doctor
en Ciencia Política. Docente universitario.
https://bdp.academia.edu/AnibalGermanTorres
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[1] Si bien es verdad
que, en el nivel del ordenamiento y análisis de las preferencias agregadas ciudadanas
en contextos democráticos, hablar de ideologías tiene un sentido más positivo
o, al menos, neutro.
[2] Es importante tener en cuenta que la
sospecha aplicada al plano espiritual (algo distintivo del carisma ignaciano,
al poner en evidencia los autoengaños en la vida del creyente) no es la única
perspectiva al interior del cristianismo. En este sentido, otras familias espirituales,
como la benedictina y la franciscana tienen una mirada más positiva (de mayor confianza)
sobre el mundo sensorial de la persona y su relación con el entorno. Agradezco
al teólogo Franco Caramuto por este aporte.
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