Desencantando un mundo (o lo que me pasó con La Odisea)
Por
Lucía Vazquez (*)
Creo que desde antes de la pandemia no veía una sala
de cine tan llena como la de ayer para la función de La Odisea de Nolan.
Primera situación extraordinaria para una película extraordinaria. Eso lo
dejamos asentado: la película es impresionante.
Tampoco recuerdo bien cuándo fue la última vez que
salí tan confundida del cine. ¿Me “gustó” o “no me gustó” lo que acabo de ver? Quizá
fui a buscar una épica que hoy no es posible, ni siquiera en manos del director
con mayor presupuesto de la actualidad.
Hubo momentos en los que no podía creer lo que estaba
viendo: la materialidad visual y sonora, y a esa escala, es abrumadora. La
textura conmueve por sí misma. Ya no se hacen películas así y no es una forma
de decir. Solo puedo pensar en proyectos como el de El señor de los anillos;
pero de esa sala, hace veinticinco años, salí absolutamente fascinada,
enganchada para siempre a ese mundo. Otra cosa me pasó con La Odisea,
cuyo mundo es objeto de un amor fiel desde mi tierna adolescencia, pasando por
el Profesorado y las clases de griego. Mundo de dioses y prodigios, de
monstruos y maravillas, de aventuras y de épica. Mientras veía la versión de
Nolan un pensamiento interrumpía la experiencia sensorial –que es la “dice” la
épica –:“esto no tiene alma”. La película es casi perfecta, no
es un decir, y sin embargo, durante las casi tres horas me dije a mí misma
demasiadas veces: “esto no tiene alma”. Y no se trata de una película que no
conmueve, pero de alguna manera Nolan logra hablar de la épica sin ejercerla.
Vacía el mundo de dioses y magia y solo deja su mano organizando la lógica.
Las actuaciones son tremendas, no hay nadie que no
esté a la altura de la escala demencial de la empresa, pero algo obtura la
entrega total de quien está mirando, la rendición que Nolan nos pide como el
sacrificio a los dioses. Es que será un dios, o al menos un genio, de eso ya no
tiene que quedar duda, pero se toma tan en serio a sí mismo, es tan consciente
de su poder, que aburre. Es un dios poco juguetón, sin sentido del humor.
Y quizá falta eso, la alegría de la
hechura, sacrificada por la hybris de querer ganar todos los premios. El
tono severo, la ausencia absoluta de cualquier tipo de relajación, las frases
sentenciosas (del tipo “es el ocaso de nuestra civilización”) al menos a mí me
desconectaron emocionalmente de lo que estaba presenciando y lograron
exasperarme un poco. Ahora parece que Odiseo no quiere volver, su multiforme
ingenio no es objeto de admiración sino de culpa. Y ojo no estoy en contra de
las “versiones” a priori, no creo en lo sagrado de los clásicos, Zeus me libre.
Pero si es verdad que el ingenio humano rompe el orden sagrado (o lo que sea
que está proponiendo) la película es la prueba de cómo la megalomanía ya
evidente en Nolan le impide cualquier sorpresa o conmoción real –no obligada por la precisión de la mezcla sonora, la
música, o los close-up en los rostros dolientes de los personajes–. La
Odisea es una película reverencial, pero al único dios que deja jugando en
ese mundo es al propio Nolan. Y ya para mundos desencantados tengo el mío.
(*)
Profesora, Doctoranda en Letras y Magister por la Universidad de Buenos Aires.
*
“Solo creería en un dios que supiera
bailar”
(Nietzsche)
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