Tomás Moro: la mejor política posible


Por Aníbal Germán Torres (*)

"¿Qué cosa es el buen príncipe? Es el can custodio del rebaño, que ladrando ahuyenta a los lobos. ¿Y qué cosa es el mal príncipe? Precisamente es el lobo

Quid bonus est princeps? Canis est custos gregis...

Quid malus? Ipse lupus" 

(Tomás Moro, Epigramma IX)


Tomás Moro (1478-1535) fue un exponente de la conciliación entre la fe cristiana y la perspectiva humanista; un idealista consumado y un hombre de Estado en la Inglaterra de los sanguinarios Tudor; un mártir de la libertad de conciencia y la unidad de la Iglesia. 


Cada 22 de junio, se hace memoria de su entrada abrupta en la eternidad, tras largos meses de prisión por negarse a avalar la política separatista de Enrique VIII, disparada por su espinoso "asunto" (la falta de un heredero y la forzada nulidad matrimonial). Tanto el obispo Juan Fisher como los monjes cartujos y otros más también conocieron la furia del monarca.


Cuando en el año 2000 el Papa Juan Pablo II declaró al padre de familia, el erudito humanista, el jurista y el político Tomás Moro como patrono universal de “políticos y gobernantes”, esto fue celebrado pero también reflexionado. En el marco de un presente distópico (basta ver los múltiples conflictos de nuestro mundo), es pertinente reparar en textos de Moro, como su célebre Utopía (1516), donde -de manera novedosa para su época- planteó la reforma social e institucional a gran escala, además de dar expresión literaria al ideal utópico, que venía desde la antigüedad clásica, sobretodo con Platón, y seguiría diferentes rumbos en los siglos posteriores. 


La vida y la obra de Moro, que van más allá del texto mencionado, tienen fuertes implicancias para la reflexión ético-política actual, máxime que, como dijera el Papa Francisco, no estamos en una época de cambios sino “en un cambio de época”.


Releer a Tomás Moro y reparar en su vida es pensar en la posibilidad de una “santa política” anclada en la “santidad política”. La primera expresión nos lleva a pensar en que, en el ámbito occidental, hay al menos dos tipos de política: una que se guía por la ética, tal el anhelo del pensamiento político que va de los antigüedad clásica y llega al humanismo, pasando por el medioevo, y otra que prescinde de la ética como dimensión reguladora, como se empezará a perfilar tras El Príncipe, de Nicolás Maquiavelo (1513), más allá de su encomiable aporte a la fundación de la ciencia política, en tanto campo autónomo del conocimiento.  

    

Moro encarnó la “santidad política” (llegando incluso a pagar con su propia vida su lealtad primera a Dios antes que a un Rey despótico) como testimonio de la conciliación posible entre una política inspirada por una ética que hunde sus raíces, en su caso singular, en la fe cristiana. Esta es la “santa política”, que emerge como propuesta para renovar la esperanza en la política que pueda frenar y trascender los males de nuestro tiempo: la crisis socio-ambiental, las guerras, las estructuras injustas (y por tanto corruptas), los liderazgos mesiánicos y tecnócratas que asedian la institucionalidad democrática, la falta de ética en los algoritmos y, en lo cultural, la pérdida del sentido de la existencia. La "santa política" quedó bien plasmada en esa sociedad de utopienses imaginada por Moro: en la mítica isla todos gozaban de una vida digna, con jornadas de trabajo reducidas, espacio para el estudio, el cultivo de las artes y la tolerancia religiosa. Curiosamente, y aquí está la fina ironía de Moro, si bien su imaginada sociedad era pagana, vivía más en sintonía con el Evangelio de Jesús de Nazaret que la Europa ya nominalmente cristiana.


En este sentido, el debate que Moro plantea en la primera parte de Utopía aborda con claridad meridiana problemas con los cuales aún hoy lidiamos: con su accionar irresponsable, los sectores acomodados y parasitarios de la sociedad terminan empujando, primero a la pobreza y luego a las prisiones, a los sectores laboriosos pero menos favorecidos.


Ante líderes ambiguos, muchas veces artífices o cómplices de estructuras distópicas, es decir, indeseables y moralmente injustas, cabe la siguiente sentencia para el buen consejero, pues Moro conoció la gloria pero también el barro, al cual no le escapó y al que intentó limpiar. Anticipándose cuatro siglos a la tensión weberiana entre la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad, Moro escribió:


"—Es claro, querido Rafael —dije yo entonces— que no hay en ti ambición de riquezas, ni de poder. Un hombre de tu talante me merece tanta estima y respeto como el que detesta el mayor poder. Por ello, me parece que sería digno de un espíritu tan magnánimo, y de un verdadero filósofo como tú, si te decidieras, aun a pesar de tus repugnancias y sacrificios personales, a dedicar tu talento y actividades a la política. Para lograrlo con eficacia, nada mejor que ser consejero de algún príncipe. En tal caso —y yo espero que así lo harás— podrías aconsejarle —lo que creyeras justo y bueno.Tú sabes muy bien que un príncipe es como un manantial perenne del que brotan los bienes y los males del pueblo. Tienes, en efecto, un saber tan profundo que, aun en el caso de no tener experiencia en los negocios, serías un eminente consejero de cualquier rey. Y tu experiencia es tan vasta que supliría a tu saber" (Moro, "Utopía”).


En términos de la relevancia de su vida y su obra en y para la historia intelectual, se ha dicho:

"Tomás Moro merece un lugar en la historia intelectual de Europa por tres razones. Escribió un clásico latino, Utopía, que hoy es tan leído como siempre. Estableció un patrón particular de erudición, santidad y servicio público en su vida, que ha continuado fascinando a escritores e historiadores de muy diferentes tipos, y que ha contribuido al concepto ya tradicional que el inglés tiene de su carácter. Sus voluminosos escritos ingleses ocupan lugar significativo en la historia de la lengua (...) En las biografías más antiguas, y en menor grado en sus propios escritos ingleses, Moro aparece como hombre de ingenio y alegría poco comunes. Sus chistes, a diferencia la mayoría de los primeros chistes de la época de los Tudor, son todavía agudos y divertidos. Moro de hecho es la primera persona que representa el peculiar inglés de que el hombre bueno enfrenta la adversidad y la crisis no con resignación silenciosa, ni con una sublime declaración de principios, sino con un chiste...He intentado demostrar que el estudioso, el servidor público martirizado y el prosista controvertido no son tres personalidades conflictivas distintas sino un ser humano único y congruente" (Anthony Kenny, “Tomás Moro”)


Así como Erik Peterson (1935) pedía ayuda a Agustín de Hipona “cuya figura emerge en cada coyuntura espiritual y política del Occidente”, lo propio podemos decir de Tomas Moro respecto a orientar a políticos y gobernantes cuando pierden la brújula en la búsqueda de la felicidad de los pueblos a los cuales deberían servir y defender.


Tomás Moro, el Doctor Politicae, el fugaz y justo Lord Canciller de Inglaterra, inmortalizado en el retrato de Hans Holbein "el joven" (con sus ropas de Canciller y el collar con la rosa Tudor que une las rejillas de Lancaster), no es algo extraño en el ámbito jurídico y político, puesto que, como en diferentes sectores, siempre hay personas que tratan de hacer bien las cosas. Moro es, además, la verificación del adagio de San Agustín que remite a la fuente última de la convivencia civil: Veritas magna et praevalet, "la verdad es grande y sale vencedora".


Acaso en este mundo, y tal como ocurre con la línea del horizonte, no alcancemos los nobles ideales, pero (como decía Eduardo Galeano respecto a la utopía, ese "no lugar" y "lugar feliz") nos sirven para hacernos caminar, individual y socialmente, hacia lo que es mejor y posible.




(*) Doctor en Ciencia Política y docente universitario.


Comentarios