Borges ante la eterna alegría
Por Aníbal Germán Torres (*)
"Un escritor venezolano que estaba a mi lado me codeó y dijo: 'Míralo bien. Es Homero, es Dante, es toda la literatura' "
(Tomás Eloy Martínez, "recordando a Borges")
Un día como hoy, en 1986, partió de este mundo Jorge Luis Borges a los 86 años, verdaderamente un grande de la literatura argentina y universal. Desde la ciudad de Ginebra, distante de la patria que lo vio nacer y desplegarse a la luz, entró en el “Gran Mar”, como llamaban los florentinos a la muerte, según refería a menudo su fiel “samurái” (más que viuda y albacea testamentaria), María Kodama.
Buenos Aires, Ginebra, Jerusalén y tantas otras ciudades; el maestro y el texto; el otro y el mismo; la abuela Haslam y el abuelo Borges Lafinur; una madre compinche, casi centenaria, un padre que le legaría la ceguera y la biblioteca, y una hermana pintora; los grupos Florida y Boedo; los anaqueles de la vieja sede de la Biblioteca Nacional; las caminatas por los arrabales y el recuerdo de los cuchilleros olvidados por casi todos tras el fervor de la gran ciudad; el adherente a "la vieja guardia" del tango; el incapacitado para comprender la política en clave popular, esa misma política que no lo comprendió a él; el profesor indulgente que detestaba las lecturas obligatorias para sus alumnos; la peculiar amistad con un joven jesuita que sería muy famoso; la memoria iluminada para recordar tantos versos y sueños, casi como Funes; la continuidad en la reforma de la prosa escrita en la lengua de Quevedo; las correcciones casi infinitas para desventura de los editores; el eterno candidato al Nobel; y, por supuesto, los amores, que merecen la discreción... En definitiva, un “destino literario” plena y conscientemente asumido desde los años mozos, como se decía antes, y tal como señala Lucas Adur (2025), exquisito biógrafo de quien, acaso, es el emblema mundial de las letras argentinas.
Ese “Gran Mar”, en otra tradición, nos suena al ingreso en la eternidad, ese misterio abismal ante el cual Borges pronunció algunas frases (a veces contradictorias), algún que otro verso, alguna que otra “historia” sobre lo que, paradójicamente, no tiene tiempo.
Para un estudio serio sobre Borges y el misterio de la muerte, constitutivo de ese otro gran misterio que es la vida, entiendo que no hay mayor especialista que Adur, ya mencionado. Este lúcido autor ha indagado a lo largo de varios años y con gran erudición sobre la relación de Borges con el cristianismo, más allá de que, como es sabido, en su vida y en su obra se interesara por diferentes tradiciones espirituales y filosóficas, al punto que en sus últimos días se dedicó a aprender algo de árabe, a falta de profesor de japonés, habiendo dedicado tanto tiempo, años antes, al inglés antiguo.
Aquí, en este humilde homenaje, traigo la “voz” de alguien que interpelara al genial escritor sobre la eternidad. Los y las invito en esta fecha a leer con atención:
"Me ha dado que pensar su respuesta en Madrid a la pregunta de un periodista: ¿Qué es lo que usted, Borges, teme más? Y usted: '-Que puesto que he de morirme, no me muera del todo, cuando me muera'. Teme usted que le quede viva la luz de la conciencia tras la muerte. Teme usted que esta luz flote como fuego fatuo en la nada infinita. Unamuno -como lo sabe usted mejor que yo- temblaba exactamente de lo contrario. Temblaba de que con la muerte, su conciencia se apagara para siempre. Y con ello, esta vida se le convirtiera en un guiño de luz entre dos noches eternas. Aquel gran sentidor se resistía a la idea de una humanidad convertida en una procesión de sombras que vienen de la nada y van a la nada. (...) Pero su miedo de no morir del todo es un destello de que también el hombre le duele a usted adentro, de que hay en usted [Borges], hombre. Y en España, enjambrazón de hambrientos de eternidad. En España, donde se escuchan todavía los anatemas de Unamuno contra quienes no quieren que haya muerte ni haya Dios ni haya pervivencia para el hombre. (...) Querer morir del todo es no querer ni la posibilidad de diálogo, en la alteridad, entre nuestro yo contingente y el Tú absoluto. Para el español unamuniano (...) el hombre sin hambre de eternidad es sólo fantasma de hombre, o algo peor, traición al hombre. Repito que de usted yo no pienso que sea así. Porque quiero creer que el miedo a no morir del todo es la otra cara de su miedo de morir del todo. Hijos uno y otro de una misma hambre de eternidad".
(Padre Hernán Benítez, carta a Jorge Luis Borges, 5 de mayo de 1971)
"Esta es la entrada a la ciudad de la tristeza eterna. Dejad toda esperanza, vosotros que entráis aquí". Sobre este pasaje de La divina comedia, dice el reconocido escritor Hugo Mujica (2026): "Esa línea, ese epitafio, divide la eterna tristeza de lo que ya no tiene futuro, de la alegría eterna, de lo siempre posible de abrir, de esperar: de la eterna posibilidad que es la esperanza, que es la pasión por lo posible."
Seguramente estarán de acuerdo en evocar a Borges, al menos hoy y más allá de las polémicas que lo envolvieron. Hagámoslo, pues, con inmensa y merecida gratitud hacia él, que desde su juventud ya intuía en su poema "Arrabal" (1923), que de alguna forma, misteriosamente, se quedaría con y entre nosotros, que tenemos la esperanza en la alegría eterna:
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