La falsa identidad de Dios: De la idea a la existencia
Por Franco Caramuto (*)
El misterio de la zarza ardiendo
Imaginemos la escena: Moisés frente a la zarza ardiente, recibiendo la inmensa misión de liberar a su pueblo de la esclavitud. Lógicamente abrumado, le hace a Dios una pregunta aparentemente sencilla: Si me preguntan quién me envía, ¿cuál es tu nombre? ¿qué les digo? (Éxodo 3,13). Durante siglos, hemos leído y repetido la misteriosa respuesta divina traducida como "Yo soy el que soy". Esta frase ha moldeado y condicionado profundamente nuestra manera de relacionarnos con a Dios, dándole un contenido filosófico, metafísico, abstracto, distante y un tanto lejano. Sin embargo, ¿es esto realmente lo que el texto bíblico original nos quiso transmitir?
¿Un error intencional de traducción?
Basándonos en los estudios del biblista Pablo R. Andiñach sobre el libro del Éxodo, podemos descubrir que la pregunta de Moisés no buscaba satisfacer una necesidad de definir a Dios para poder comprenderlo racionalmente, y mucho menos para controlarlo o manipularlo. Por el contrario, el texto deja entrever que su interés principal consistía en descubrir la identidad profunda de aquel que lo enviaba. No se trata tanto de una inquietud intelectual cuanto de una búsqueda existencial, vocacional y vital.
Andiñach explica que la célebre expresión «Yo soy el que soy» proviene, en realidad, de la antigua traducción griega de la Biblia, conocida como la Septuaginta. Allí, la frase hebrea original fue interpretada desde categorías más cercanas al pensamiento helénico, adquiriendo un marcado matiz filosófico. Al traducir un verbo hebreo en futuro por una forma verbal en presente, los traductores griegos realizaron una opción hermenéutica que, consciente o inconscientemente, terminó otorgándole al texto un fuerte contenido metafísico. De este modo, la expresión pasó a leerse en clave del ser —«Yo soy el que soy»—, dejando en un segundo plano la mentalidad, el contexto y la sensibilidad teológica propios del mundo hebreo.
Una teología de la acción
La Biblia, sin embargo, parece interesarse menos por definir o conceptualizar a Dios que por dar testimonio de su presencia y de su acción concreta en la historia humana. Para la cosmovisión semita, la cuestión fundamental no era tanto el nombre de Dios —de hecho, el nombre divino llegó a considerarse impronunciable— como la experiencia de su actuación en favor de su pueblo. O, dicho de otro modo, al pensamiento hebreo y a la teología bíblica en general le interesó más narrar cómo Dios actúa en la historia que elaborar un tratado filosófico acerca de su esencia, por ser un pueblo y una teología eminentemente práctica, cercana y profundamente vinculada con la tierra.
Como ya dijimos, la preocupación por delimitar conceptualmente qué es Dios respondió más bien a una sensibilidad filosófica occidental, interesada en las definiciones, las categorías abstractas y en las formulaciones conceptuales.
¿Cuál sería la traducción correcta?
En hebreo, los verbos ser y estar actúan semánticamente muy próximos entre sí, sin la distinción precisa que solemos establecer en el griego y en el castellano. Por eso, nos dice Andiñach, la célebre expresión de Éxodo 3,14 podría traducirse de manera más fiel al espíritu del texto como «Yo estaré donde estaré» o «Yo seré el que seré». Incluso, desde una perspectiva teológica, podría parafrasearse como «Yo soy el que está», es decir, Aquel que permanece y está constantemente presente, aquí y ahora, acompañando el transcurso cotidiano del diario vivir.
Una promesa de compañía incondicional
Por lo tanto, la revelación en la zarza no es una clase de metafísica aristotélica. Ante un Moisés que se siente débil y temeroso frente al desafío, Dios no le revela un concepto abstracto ni una idea, sino una promesa concreta de compañía permanente: "Yo soy el que estoy", el que acompaña, el que no abandona nunca, el que está y estará siempre ahí, en las buenas y en las malas.
Creo que este detalle, no menor de traducción, transforma por completo nuestra lectura y presenta una continuidad asombrosa con la imagen de Yahvé en todo el Pentateuco. El Éxodo nos muestra a un Dios compañero y amigo, que hace una opción clara por los oprimidos, que escucha el clamor de los esclavos e interviene para liberarlos, con signos concretos de presencia activa. Su identidad queda sellada para siempre como una presencia inquebrantable; ser el Dios de Israel significa, desde ese momento, ser el Dios que camina al lado de su pueblo de manera incondicional.
La continuidad con Jesús
Esta idea de un Dios que está, en el aquí y el ahora de la vida, y que se manifiesta liberando mediante signos concretos, queda reflejada en la experiencia que Jesús tenía de Dios. Jesús no se relacionaba con un primer motor inmóvil ni con el ipsum esse subsistens (el Ser mismo subsistente) tomista, sino que experimentaba a un Dios concreto, como un Abba profundamente cercano, que está ahí, próximo y que obra con signos claros de sanación, consuelo, perdón, resurrección, etc.
Además, si comparamos esta experiencia del Dios presente en lo concreto con el famoso pasaje de Mateo 25, donde Jesús dice que Él mismo estará presente cuando tengamos signos concretos de cuidado con los pobres, los hambrientos y los desdichados, vemos que se mantiene una misma línea teológica. Dios es una presencia actuante, concreta, que se manifiesta con signos claros y efectivos en medio de la vulnerabilidad humana.
El que es vs. El que está
Existe una diferencia profunda entre concebir a Dios como «el que es» y comprenderlo como «el que está». Cuando la imagen de Dios queda reducida exclusivamente a una categoría filosófica o metafísica, la fe corre el riesgo de transformarse en un ejercicio meramente intelectual: una idea elevada y admirable, pero distante de las heridas, los desafíos y las búsquedas concretas de la existencia humana. En esos momentos en los que la vida nos enfrenta a una enfermedad, una pérdida, una injusticia o una profunda incertidumbre, resulta difícil encontrar consuelo en un Dios pensado únicamente desde las categorías abstractas del ser, la sustancia o la esencia.
Por el contrario, recuperar la imagen profundamente bíblica de Dios como aquel que está transforma radicalmente nuestra vida espiritual. Significa reconocer a un Dios cercano, comprometido con la historia humana y presente en cada una de sus circunstancias. La gran revelación del Éxodo no sería entonces la definición filosófica de Dios, sino la certeza de su compañía. Ante una crisis familiar, una dificultad económica o una angustia profunda, no nos dirigimos a una realidad lejana e indiferente, sino a un Dios que camina con nosotros, que habita nuestra historia y que no abandona a su pueblo.
“Yo soy el que está”
El Dios del Éxodo es el Dios que permanece. El que acompaña a Moisés en su misión, al pueblo en el desierto y a cada persona en los caminos, muchas veces inciertos, de la vida. Es un Dios que se hace presente en medio de nuestras fragilidades y esperanzas, que comparte nuestros desiertos y que nos impulsa a convertirnos, también nosotros, en presencia cercana, solidaria y liberadora para los demás. Tal vez allí resida la verdadera identidad de Dios: no tanto en ser definido, sino en ser experimentado como Aquel que siempre está.
(*) Teólogo y docente.
(**)Fuente: Andiñach, P. R. (2014). Éxodo. En A. Calderón Pilarski y A. F. Botta (Eds.), Pentateuco: La Biblia Hebrea en perspectiva latinoamericana (pp. 132-139). Estella, Navarra: Editorial Verbo Divino.

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