Elecciones en Colombia: la confianza crítica y el rebaño electoral
Por Juan
Esteban Londoño (*)
Aquel que obedece sin criterio a un pastor solo puede tener la mente de una oveja. Esto se ha visto reflejado en las actuales elecciones presidenciales de Colombia, donde los seguidores de un candidato son impulsados por la fuerza del rebaño, siguiendo las órdenes y consejos de sus líderes espirituales, sin ahondar en las implicaciones éticas y políticas que tiene el voto de la grey.
En este ensayo vamos a concentrarnos en la entrevista que le hizo el pastor Miguel Arrázola al candidato presidencial Abelardo de la Espriella[1], cuyo programa de gobierno es un panfleto de tres páginas, en el cual se declara la reducción del Estado y, en el campo de lo religioso, propone “sacar a FECODE (Federación Colombiana de Trabajadores de la Educación) de los salones y meter a Dios a las escuelas”.
Es de notar, en el entrevistador, no sólo el contenido de sus palabras, sino también la postura corporal, la sonrisa transigente, el gesto de asentir ante las afirmaciones del candidato: sin cuestionar, sin interrumpir, con la voz de un obediente escuchando a quien desea ser obedecido. Un obediente que tiene, además, un rebaño de ovejas que quieren replicar, a través de la estructura de pirámides, el hecho de ser obedecidas.
Veamos las palabras de Abelardo, quien afirma acerca de su candidatura: “Esto no es una batalla política, esta es una guerra espiritual”. Narra su historia de vida hasta llegar al inverosímil paso del ateísmo al cristianismo —justo en el momento en que inicia su candidatura— como la conversión de Agustín de Hipona: “Grandes hombres de la iglesia se convirtieron en sus mejores soldados”. Y confirma su designio como candidato en vínculo con lo divino: “Le rezo al Espíritu Santo”; y también: “Una vez a la semana hacemos oración con un pastor”. Así, orientado por una perspectiva guerrerista, inspirada en una especie de cruzada —“esto es una cruzada”, afirma el autodenominado “Tigre”—, inclina la balanza de los creyentes en el hecho de que “nada puede escapar del designio de Dios”, como si esta figura de la fe le hiciera campaña a la propuesta que va en contra de los valores del Evangelio —que no son dogmas para profesar, sino prácticas para convivir—: la opción preferencial por los pobres en la construcción de una sociedad, el anuncio de justicia desde una perspectiva profética denunciando a quienes se olvidan de los marginados, la oposición a los poderes de este mundo que pretenden implementar la paz mediante la guerra.
El campo semántico de las argumentaciones de Arrázola y De la Espriella se remite a la terminología recientemente aprendida por el nuevo “converso”, quien ha encontrado en el rebaño de obedientes un potencial grupo electoral. Cuando analizamos este discurso desde Foucault, quien propone “no tratar los discursos como conjuntos de signos, sino como prácticas que forman sistemáticamente los objetos de que hablan”, comprendemos que este tipo de lenguaje crea imaginarios y establece las bases para fomentar la destrucción del otro, mediante una construcción semántica que separa a los “buenos” de los “malos” y que llama a sus rivales “enemigos”, legitimando su destrucción como se legitima la destrucción del Diablo, a través de los cuerpos de quienes se consideran sus servidores: las personas anómalas.
Recordemos que Deleuze y Guattari llamaron a estas anomalías como lo “anomal”, término que viene de anomalía, y designa lo desigual, lo rugoso, la asperidad, el máximo de desterritorialización. Lovecraft lo llama outsider, la cosa que llega y desborda los límites. En la Edad Media y comienzos de la modernidad, los movimientos anomales —en particular de mujeres y campesinos— fueron catalogados por la Iglesia y el Estado como “brujería”, y por lo tanto reprimidos por un sistema de tribunales adecuados para denunciar los “pactos con el demonio”.
El discurso de la ultraderecha, apoyado por ciertos pastores de iglesias pentecostales, busca “destripar a la izquierda”, anunciando que están en una guerra espiritual contra quienes piensan diferente y que odian en nombre del amor. Como pasó durante la Inquisición con las mujeres que tenían saberes alternativos a los médicos de la corte para sanar los cuerpos y por esto las llamaban “brujas” y las sometían a castigos como el “potro de tortura”.
Como afirma Nietzsche, del árbol de la venganza y del odio puede surgir el concepto del amor, un amor falso que trata de aplastar a los que son distintos, raros o anómalos mediante el dominio de los valores y tradiciones de quienes se creen “normales”. Es en ciertos grupos de fe donde el resentimiento se vuelve creativo, engendran valores de odio hacia las cabezas que se salen de la hilera —los fenómenos del desbordamiento—, expresan una ira destructiva ocultando que la acción les está vedada y despliegan sus deseos reprimidos de venganza imaginaria en un ejecutor amparado en la legalidad y por encima de ella —su autodenominado “Tigre”.
Dicen los seguidores de Abelardo —muchos de ellos inmersos en superficiales creencias religiosas— que quienes critican a su nuevo mesías lo hacen desde el resentimiento. Pero nos preguntamos si no es más bien resentimiento el querer destripar a la izquierda democrática y despreciar la bienaventuranza por la construcción de paz en un país lastimado por la guerra. ¿No es resentimiento olvidar las raíces, simular que no se pertenece a esta tierra ni al dolor de sus habitantes, renegar de las profundas culturas nacionales en favor de un estilo impostor, que a todas las luces se ve falso, y llamar a esto “firmeza por la patria”?
Los verdaderos resentidos usan los valores de la muerte y lo llaman “defensa de la vida”. Atentan contra la naturaleza y a esto llaman “progreso material”. Hablan del Dios de las multitudes y proponen eliminar a las mayorías que se salen de sus cánones morales, fomentando las amenazas a quienes disienten de esta forma de pensar —ya hay varios casos denunciados de intimidación a profesores y estudiantes que proponen una visión crítica en diversos territorios—. Defienden la familia como si fuera el centro del evangelio, y olvidan que aquel en el que amparan sus creencias alguna vez les dijo a sus propios seguidores, en detrimento abierto de su madre y sus hermanos —quienes lo rechazaban porque creían que estaba loco—: “¿Y quién es mi familia, sino solo aquel que hace la voluntad del Padre?”.
En este sentido, la mirada del rebaño, amparada en el desafinado canto de un pastor que determina lo que ha de creer —no como confianza en la vida, sino como repetición de dogmas— y por quién tiene que votar, está en contra de la autonomía que ofrece el pensamiento crítico, concebida como el fruto más maduro del árbol del saber que pasa por el cuerpo. El individuo soberano que puede elegir y se ampara en su razón para tomar decisiones adecuadas es desgajado por el cencerro que llevan las ovejas atado al cuello, con el ánimo de que tras ese sonido monótono vaya él también a obedecer a una moralidad incoherente.
El nuevo “soldado de Dios” exhibe sus órganos genitales en campaña electoral con el fin de “ganar” adeptas, haciendo alarde de un enorme complejo de pequeñez. Abelardo de la Espriella ha defendido, además, al pastor Álvaro Javier Gámez Torres, acusado de abuso sexual por varias mujeres bajo una dinámica de subordinación espiritual, y ha hecho recaer la culpa sobre las víctimas. También ha sido el representante de estafadores y famosos paramilitares —comprendidos como ejércitos privados del narcotráfico— que despedazaron al país con un discurso de pacificación a través de las armas. Ahora el candidato busca defender la moralidad de un pueblo que la adopta para sí, no desde el contenido, sino desde la pose de animal agresivo y la forma irracional de la obediencia; no desde la razón, sino desde las emociones que desembocan en un voto lleno de ira, dirigiéndose a un rebaño que desea eliminar lo anómalo, incluso destriparlo. Este racimo de ovejas puede ser manipulado cuando se manipulan sus creencias —desconociendo que la palabra bíblica para “creer” se refiere a “confiar”, no en los seres humanos, sino en el proceso de la vida, entregarse a ella—.
Así, contrario a una perspectiva de rebaño, un ser humano auténtico, maduro —incluso, un creyente con valores básicos de una fe “de ojos abiertos y de manos laboriosas”—, es capaz de revertir el discurso de la obediencia ciega y establecer posturas críticas, “nuevas tablas de la ley”, frente a la tradicionalidad de la moral deshumanizadora que pretende eliminar al diferente: “Ustedes oyeron que fue dicho, pero yo les digo”, dijo aquel “anomal” llamado Jesús de Nazaret.
(*) Medellín,
1982. Poeta, narrador y ensayista. Es profesor de la Pontificia Universidad
Javeriana de Bogotá, Colombia. Ha sido docente de filosofía en la Universidad
de Antioquia y coordinó durante varios años el Semillero de estética, poética y
hermenéutica de la Universidad Católica Luis Amigó. Doctor en teología de la
Universidad de Hamburgo (Alemania). Filósofo y Magister en filosofía de la
Universidad de Antioquia (Colombia). Licenciado y Magister en ciencias bíblicas
de la Universidad Bíblica Latinoamericana (Costa Rica). Ha publicado la novela Evangelio
de arena (2018) y los poemarios El país de las palabras rotas
(edición bilingüe español-inglés, 2019), Oráculos de Jezabel (2022), Los
nombres de los árboles antiguos (2025) y El murmullo de las hojas
(2025). Entre sus libros de ensayo se encuentran Hugo Mujica: el pensar de
un poeta en la poesía de un pensador (Alción, 2018) y La crucifixión en
la literatura latinoamericana contemporánea: Hugo Mujica, Raúl Zurita y Pablo
Montoya (ediciones en español y alemán, Missionshilfe Verlag, 2020). Con su
libro Oráculos de Jezabel fue ganador del estímulo de creación del
Ministerio de Cultura de Colombia. Sus cuentos, ensayos y poemas han sido
publicados en diferentes revistas y traducidos al alemán, al inglés y al ruso.
También ha participado en diversos proyectos musicales como vocalista y
compositor.
[1] https://www.youtube.com/watch?v=J2QqBnKVEXY
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