El momento teológico-político: la Cátedra de Pedro frente a la tecnocracia
Por Aníbal Germán Torres (*)
“Cuando venga el Hijo
del Hombre,
¿encontrará fe en la
tierra?”
Jesús de Nazaret
Introducción: el carácter teológico-político de la
crisis contemporánea
El siglo XXI no se despliega únicamente como un
escenario de transformaciones técnico-científicas aceleradas o de
reconfiguraciones geopolíticas multipolares. En su sustrato más profundo, la
época presente atraviesa una crisis de carácter eminentemente teológico-política.
El fenómeno contemporáneo de la tecnocracia global —entendida no como el
mero uso de herramientas avanzadas, sino como una racionalidad totalizante que
sustituye los fines humanos por la optimización de los medios— ha dejado de ser
una simple estructura de gestión para erigirse como una soteriología
secularizada. Ante este panorama, la Cátedra de Pedro (el Papado) emerge en la
historia no solo como una autoridad religiosa, sino como el eje de una
resistencia moral e histórica fundamental. Para la Iglesia Católica, la
respuesta a este desafío no nace de una reacción puramente política o de una
condena abstracta, sino de un ejercicio perenne de discernimiento
evangélico, comunitario e histórico, un método teológico-pastoral
consolidado por el Papa Francisco y continuado con firmeza magisterial por el Papa
León XIV.
Este discernimiento implica leer los signos de
los tiempos a la luz del Evangelio de Jesús de Nazaret para separar lo que
promueve el desarrollo humano integral y sostenible (Cf. Laudato Si’ 13)
de aquello que lo encadena a nuevas formas de servidumbre. En el presente texto
analizo el choque entre el humanismo cristiano, sostenido y defendido
por el Magisterio de la Iglesia, y las narrativas posthumanistas y
transhumanistas que emanan de los centros de poder biotecnológico y digital
de las grandes potencias, fundamentalmente Estados Unidos y China (y de manera
subsidiaria, Europa), configurando una suerte
de pinza geopolítica de la técnica. Esta
confrontación se articula a partir de un triple marco teórico: la teología de
la historia de San Agustín, el histórico debate sobre la teología política
entre Carl Schmitt[1]
y Erik Peterson, y el desarrollo contemporáneo de la Doctrina Social de la
Iglesia (DSI), cuya más reciente, lúcida y sistemática expresión y
actualización se halla en la encíclica Magnifica Humanitas (MH), de
León XIV, conmemorando el 135° aniversario del surgimiento de la DSI, iniciada
con la Rerum Novarum de León XIII.
A través del prisma del discernimiento, analizaré
la propuesta escatológica secularizada e inmanentista de figuras de la élite de
Silicon Valley, condensada en el planteamiento de Peter Thiel sobre el momento
straussiano (presentado originalmente en 2004) y sus seminarios
confidenciales sobre el Anticristo. Frente a esta postura, que instrumentaliza
categorías teológicas para legitimar un orden político de excepción y un
capitalismo aceleracionista y de vigilancia, contrapongo la gran tradición
intelectual católica y el aporte filosófico de autores como Simone Weil, Romano
Guardini, Hannah Arendt, Byung-Chul Han y Giorgio Agamben —incorporando su
agudo análisis sobre la renuncia de Benedicto XVI en 2013 como un acto de
reactivación del discernimiento escatológico—, culminando en la recuperación
del célebre debate (también de 2004) entre Joseph Ratzinger y Jürgen Habermas, el
cual, según entiendo, puede compararse con el planteo de Thiel. El propósito
final es desvelar cómo este asedio tecnocrático socava la infinita dignidad
humana, desmantela el Estado-Nación, subvierte el derecho y la justicia,
destruye la economía real y devasta la cultura, proyectando sus consecuencias
más dramáticas sobre las periferias de la Tierra: el Sur Global y, de manera
específica, América Latina y el Caribe, donde el discernimiento se vuelve una
herramienta de liberación cultural y filosófica de la mano de pensadores como Juan
Carlos Scannone y Enrique Dussel.
Fundamentos teológicos e institucionales: De la Civitas Dei a la Magnifica Humanitas
Para comprender el alcance del asedio tecnocrático
actual, es imperativo recurrir a la arquitectura conceptual de la teología
de la historia. En su obra monumental De Civitate Dei (413-426), San
Agustín de Hipona legó una clave interpretativa que ha atravesado los siglos:
la historia humana está presente por la tensión mística entre dos ciudades, “la
terrena, nacida del amor propio llevado hasta el desprecio de Dios, y la
celestial, nacida del amor de Dios llevado hasta el desprecio de uno mismo”, dos congregaciones perennemente
entrelazadas y en conflicto en el tiempo histórico, un fenómeno que el Doctor
de la Gracia denominó la permixtio[2] (San Agustín, 1988: 589). Para Agustín, las
realizaciones políticas e históricas —incluidos los imperios y sus despliegues
técnicos— jamás pueden identificarse plenamente con el Reino de Dios. Toda
tentativa de clausurar la historia mediante un orden puramente humano y
perfecto cae en la idolatría. La política es, por tanto, un ámbito penúltimo,
marcado por la transitoriedad y la necesidad de justicia, pero inherentemente
incapaz de autorredención.
Este marco agustiniano (que no debe confundirse con
el llamado agustinismo político) adquiere una dimensión radicalmente
política en el siglo XX a través de la disputa entre el jurista católico Carl
Schmitt y el teólogo Erik Peterson. En su Teología Política (1922),
Schmitt sostuvo su famosa tesis de que “todos los conceptos significativos de
la moderna teoría del Estado son conceptos teológicos secularizados” (Schmitt, 2009:
37). Schmitt argumentaba la necesidad de un orden político que funcionara como katechon
(es decir, la fuerza que retiene), una categoría de San Pablo (2 Tesalonicenses
2, 6-7) utilizada para justificar una autoridad soberana capaz de frenar el
caos, la anarquía y, en última instancia, el advenimiento del Anticristo. Por
el contrario, Erik Peterson, en su tratado El monoteísmo como problema
político (1935), impugnó frontalmente la tesis schmittiana. Peterson
demostró que, desde el punto de vista dogmático católico, la doctrina de la
Santísima Trinidad rompe cualquier analogía directa entre un Dios único y un
monarca o Estado terrenal de carácter absoluto. Así, concluyó taxativamente que
“la teología política es un concepto ideológicamente imposible en el ámbito del
cristianismo” (Peterson: 1999, 94), ya que la Iglesia no legitima ningún orden
político concreto, sino que juzga a todos desde la Cruz y la expectación
escatológica.
La tecnocracia contemporánea opera precisamente
como una perversión de este debate, pues no se presenta como un Estado soberano
schmittiano ni como una comunidad eclesial petersoniana, sino como la
disolución de la política misma bajo el ropaje de una neutralidad técnica
objetiva. Así, la tecnocracia pretende clausurar la tensión agustiniana
absorbiendo la Civitas Dei dentro de una Civitas Terrena digitalizada,
donde la salvación ya no proviene de la gracia divina, sino de la optimización
algorítmica y la superación biológica del ser humano.
Frente a esta mutación civilizatoria, la
Iglesia Católica ejerce el discernimiento evangélico, comunitario e
histórico. Este método, arraigado en la teología del Papa Francisco (de
base ignaciana y popular) no mira la realidad con una lente meramente
sociológica, sino con los ojos del Buen Pastor. Considero oportuno recordar que
Francisco enseñó que el discernimiento “no es una autoanálisis intelectual o una
evaluación moralista”, sino “una mirada de fe sobre la historia para descubrir
la presencia o la ausencia del Espíritu de Dios” (Gaudete et exsultate 166).
El Papa León XIV asume este legado y lo aplica al asedio computacional en su
carta encíclica Magnifica Humanitas, ya referida, dedicada a la custodia
de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial, ofreciendo un riguroso
diagnóstico teológico y antropológico frente al transhumanismo y al
posthumanismo. El Papa agustino advierte que la técnica, cuando se autonomiza
de la moral, deja de ser un instrumento de mediación y se convierte en un ídolo
que exige la capitulación de la libertad humana. En el capítulo tercero del
documento, León XIV señala:
“La pretensión de reducir el misterio de la
inteligencia y de la voluntad humana a una mera combinación de flujos de datos
y conexiones sinápticas replicables artificialmente no es un avance científico,
sino una grave regresión antropológica. Custodiar la magnífica humanidad que
Dios nos ha confiado exige desarmar los mecanismos de dominación algorítmica
que pretenden sustituir el discernimiento moral del corazón humano por la
eficiencia del cálculo predictivo” (MH 42).
La encíclica busca desarticular las bases
ideológicas de las grandes potencias tecnocráticas a través de este
discernimiento evangélico, comunitario e histórico. Esto permite, por un lado,
impugnar el modelo de Estados Unidos, donde el desarrollo tecnológico está
subordinado a las dinámicas desreguladas del hipercapitalismo financiero de
Silicon Valley, el cual reduce al ser humano a un perfil de datos
comercializable y promueve una agenda transhumanista de inmortalidad
intramundana. Por otro lado, denunciar el modelo totalizante de China, que
utiliza la inteligencia artificial y el sistema de crédito social como
herramientas de control biopolítico absoluto y homogeneización conductual por
parte del Estado. Por otra parte, analizar críticamente la postura de Europa,
la cual, aunque intenta regular normativamente la tecnología a través de marcos
bioéticos y jurídicos, a menudo capitula ante el nihilismo antropológico, huérfana
de una metafísica que sea capaz de fundamentar la centralidad de la persona
humana. De manera entonces que el discernimiento de León XIV nos muestra que
estos tres modelos, a pesar de sus diferencias geopolíticas, comparten una raíz
común: la sustitución de la providencia divina por la providencia
algorítmica, despojando a las comunidades del derecho a decidir su propio
destino histórico.
La escatología invertida de Peter Thiel frente a la respuesta de la razón ampliada, el arraigo y el discernimiento de “la gran renuncia”
En las antípodas del humanismo cristiano se sitúa
el pensamiento de la élite tecnocrática occidental, cuyo exponente intelectual
más sofisticado es el magnate e inversor de riesgo Peter Thiel, actualmente radicado
en Argentina. Formado en la filosofía política elitista de Leo Strauss y
fuertemente influenciado por la teoría mimética de René Girard y por el relato apocalíptico de
Vladímir Soloviov,[3] Thiel desarrolló una lectura geopolítica y
escatológica descarnada expuesta originalmente en su ensayo fundacional El
momento straussiano (publicado originalmente como The Straussian Momenten, en 2004, en
la compilación de la Universidad de Michigan y editado en español en Política
y Apocalipsis, 2012). Para Thiel, el orden político de la modernidad
occidental, fundamentado en la Ilustración y la democracia procedimental,
colapsó definitivamente el 11 de septiembre de 2001, con los atentados
terroristas en Estados Unidos. Así, el momento straussiano representa la
toma de conciencia de que la paz de corte liberal es una ilusión insostenible,
pues la violencia humana es una fuerza desatada que la maquinaria
constitucional del Estado moderno ya no puede contener. En este vacío, Thiel sostiene: “El siglo XXI comenzó con un clamor
por el fin de la política (…) El momento straussiano nos obliga a mirar más
allá de la complacencia liberal y a reconocer que las fuerzas de la técnica y
la soberanía radical están reescribiendo los términos de la existencia humana”
(Thiel, 2004: 112).
La gravedad teológica de la postura de Thiel se ha
manifestado con total nitidez en sus conferencias secretas en Roma (marzo de
2026) sobre el Anticristo y el fin de los tiempos. En estos seminarios
restringidos de carácter privado y a puerta cerrada, Thiel ha desplegado una escatología
invertida. El autor sostiene que el verdadero peligro que enfrenta la
humanidad no es la desmesura tecnológica, sino la instauración de un gobierno
global regulatorio. Así, desde su óptica libertaria radical, cualquier intento
institucional —incluido el de la Iglesia o de organismos internacionales— de
limitar el avance de la inteligencia artificial o regular la biotecnología
constituye la verdadera manifestación del Anticristo, entendido como un
poder pacifista y burocrático que congela el progreso y destruye la libertad
individual.
Es de referir que estas conferencias secretas
contaron con la participación activa y la complicidad de sectores eclesiales
integristas y neoconservadores. Estos grupos, entre los cuales se encuentran
fundaciones alineadas con la derecha católica estadounidense e italiana —como
la Asociación Cultural Vincenzo Gioberti y facciones vinculadas al Cluny
Institute— coorganizaron y asistieron a los encuentros en un intento
explícito de articular un regime change teológico dentro de la Iglesia. Tales
sectores integristas pretenden instrumentalizar el pensamiento de Thiel y el
catolicismo de figuras como J.D. Vance para oponerse a la DSI, particularmente
al Magisterio Social del Papa León XIV y su antecesor, el Papa Francisco,
promoviendo una alianza entre el tradicionalismo litúrgico y el capitalismo
biotecnológico más salvaje.
La reacción del Vaticano ante este desafío prácticamente
en su propio territorio fue inmediata y contundente. A través de sus
principales órganos de expresión y de sus asesores teológicos, la Cátedra de
Pedro denunció lo que calificó como una herejía americana. El periódico
oficial de la Santa Sede, L’Osservatore Romano, publicó un duro
editorial señalando que “los milagros tecnológicos de Silicon Valley son los
milagros de los falsos profetas”, acusando a la doctrina de Thiel de operar como
una “religión falsa” e inmanentista que despoja al ser humano de su alma.
Asimismo, el sacerdote Paolo Benanti, asesor del Vaticano en Inteligencia
Artificial y estrecho colaborador de León XIV, publicó un ensayo crítico en el
que tachó la visión de Thiel de “profundamente perturbadora” y destructiva para
los fundamentos de la coexistencia civil, alertando que no se puede permitir
que los magnates de la tecnología definan de manera autónoma sus propios
límites éticos. Con estos pronunciamientos, la Santa Sede dejó entrever que el
intento de utilizar categorías escatológicas cristianas para legitimar la
desregulación técnica y la anulación del control democrático representa una
perversión idolátrica del Evangelio.
Frente a la encrucijada nihilista del momento
straussiano de Thiel, ciertas expresiones de la filosofía europea y la
teología católica pueden ofrecer un muro de contención crítico. Según entiendo,
la mística y filósofa Simone Weil aporta una veta humanista de gran. En su obra
maestra Echar raíces (L'Enracinement, 1943), la autora desarmó
las falacias de la pura soberanía de los derechos abstractos y la idolatría del
poder del Estado o de la técnica, que ella ponía en analogía con el “Gran
Animal” de Platón. Weil postula que el ser humano tiene necesidades del alma
que son previas a cualquier derecho jurídico, siendo la más fundamental de
ellas el arraigo. Así, el desarraigo, provocado por la obsesión técnica, el
dinero y la masificación industrial, destruye el alma humana: “El desarraigo
es, con mucho, la enfermedad más peligrosa de las sociedades humanas, porque se
multiplica a sí misma (…) Quien está desarraigado desarraiga a otros” (Weil, 2014:
53). Weil anticipa que la mecanización y el cálculo frío —lo que hoy se asocia
con los algoritmos— operan como una fuerza ciega que transforma al hombre en
una cosa. Su concepto de la desgracia (le malheur) y la necesidad
de la atención pura y desinteresada contradicen directamente el
aceleracionismo de Thiel. Mientras Thiel busca la inmortalidad a través de la
superación tecnológica, Weil propone una decreación (décréation),
un vaciamiento del propio yo para dejar espacio a la gracia divina (opuesta a
la gravedad, según su particular y original perspectiva) y al sufrimiento del
prójimo.
A esta línea de resistencia humanista puede incorporarse
al filósofo italiano Giorgio Agamben. En su célebre análisis sobre la histórica
renuncia del Papa Benedicto XVI en 2013, desarrollado en su obra El misterio
del mal (2013), Agamben interpreta este gesto trascendente no como una
capitulación o una debilidad de la voluntad (como no pocos lo han leído dentro
y fuera de la Iglesia), sino como un acto de discernimiento escatológico e
histórico. En este sentido, el autor sostiene que Benedicto XVI, al renunciar
formalmente al ejercicio administrativo del papado (la administratio),
restituyó a la Iglesia su dimensión puramente espiritual y escatológica (el auctoritas),
recordando al mundo que la verdadera legitimidad no proviene de la legalidad
procedimental ni de la gestión técnica de las estructuras, sino de la fidelidad
al juicio divino en la historia. Escribe Agamben:
“La renuncia del Papa pone en crisis el principio
de la legitimidad puramente formal y legal de nuestras instituciones. Al dar un
paso al costado de las funciones de gestión, Benedicto XVI recordó la
distinción agustiniana entre las dos ciudades y volvió a situar a la Iglesia en
una dimensión escatológica, como un tribunal moral frente a un mundo que
pretende justificarse únicamente a través de la eficiencia y el derecho técnico”
(2013: 48).
Desde esta interpretación, el avance de
la técnica representaría entonces la consumación de tal pérdida de legitimidad
secularizada, liberando definitivamente el misterio de la iniquidad (mysterium
iniquitatis).[4]
De manera entonces que desde el enfoque de Agamben
la renuncia papal fue un acto de discernimiento que desnudó la gran patología
de la modernidad: la confusión entre la legitimidad moral y la mera legalidad
técnica. Notemos que esto choca frontalmente con el decisionismo de Thiel: mientras
el magnate quiere usar el estado de excepción schmittiano para que los
tecnócratas gobiernen sin contrapesos, el análisis de Agamben demuestra que el
verdadero discernimiento cristiano consiste en introducir una fusura, una apertura,
una distancia crítica frente al poder administrativo, impidiendo que la
maquinaria del mundo se clausure sobre sí misma.
A partir de lo dicho encuentro que las posturas de
Agamben y Weil convergen con la de Romano Guardini, quien en El fin de los
tiempos modernos (1950) advirtió que el hombre contemporáneo posee un poder
técnico descomunal, pero carece de una cultura ética para gobernarlo: “el
hombre de la era técnica no está educado para el uso de su propio poder” (Guardini,
1958: 72).[5] De
igual modo, Hannah Arendt en La condición humana (1958), defendió la
primacía de la acción y la palabra frente a la tiranía del
experto tecnócrata, señalando que reducir la política a la mera gestión
biológica destruye la libertad pública originaria. Por su parte, el filósofo
surcoreano-alemán Byung-Chul Han actualiza estas premisas en Infocracia
(2022), donde describe cómo la psicopolítica digital[6]
somete al individuo a través del autoengaño del consumo de datos, aislando los
átomos sociales y extirpando la experiencia mística del prójimo y del ritual,
elementos que Weil consideraba vitales para la cordura de una civilización.
Esta disputa filosófica encuentra acaso su síntesis
política y teológica más depurada en el célebre debate y diálogo del 19 de
enero de 2004 en la Academia Católica de Baviera entre el filósofo Jürgen
Habermas (fallecido este año) y el cardenal Joseph Ratzinger, publicado bajo el
título Dialéctica de la secularización. Este diálogo ofrece la antítesis
al decisionismo excluyente de Peter Thiel. Mientras este postula la
incompatibilidad de la democracia y aboga por un mesianismo oligárquico de
Silicon Valley, Ratzinger y Habermas coincidieron en la necesidad de un proceso
de aprendizaje mutuo entre la razón laica y la fe religiosa. El entonces
Cardenal (luego elegido como sucesor de Juan Pablo II para ocupar la Cátedra de
Pedro) sostuvo que la fe y la razón deben ejercer un papel de control recíproco
y purificación moral constante:
“Existen patologías de la razón (…) un desborde de
la racionalidad técnica que destruye al ser humano. Por ello, la razón debe ser
advertida de sus propios límites y aprender a escuchar a las grandes
tradiciones religiosas de la humanidad” (Ratzinger, 2006, 52-53).
El contraste entre la propuesta humanista (que la
Iglesia comparte con creyentes de otras tradiciones religiosas y personas de
buena voluntad) y las visiones tecnocráticas radicales queda de manifiesto si
comparamos el célebre diálogo mantenido en 2004 entre el Ratzinger y Habermas frente
al momento straussiano formulado por Peter Thiel en ese mismo año. A
continuación ofrezco un cuadro donde podemos apreciar las diferencias entre los
mencionados autores:
|
Dimensión |
El diálogo
Ratzinger-Habermas (2004) |
El momento
straussiano de Peter
Thiel (2004) |
|
Fundamento
del orden |
Razón comunicativa, deliberación
democrática y precondiciones morales prepolíticas compartidas. |
Liderazgo elitista, decisiones
excepcionales ocultas y gestión de la violencia originaria a través de la
técnica. |
|
Rol de la religión |
Fuerza ética que purifica las
patologías de la razón secular y aporta sentido a la comunidad. |
Mito instrumentalizador o
estructura escatológica oscura para justificar el orden y contener el caos
social. |
|
Relación ética-poder |
El poder político y técnico
debe someterse a límites éticos universales derivados de la dignidad humana. |
La urgencia de la supervivencia
global justifica la excepción soberana y la autonomía de la innovación
tecnológica. |
Mientras que el encuentro bávaro buscaba tender
puentes de traducción mutua para proteger la democracia y los derechos humanos
frente a las patologías de la modernidad tardía, el planteamiento de Thiel da
por cerrado el proyecto de la Ilustración, abriendo la puerta a una gobernanza
post-democrática guiada por la eficiencia de las plataformas tecnológicas y la
concentración oligárquica del conocimiento biotecnológico.
El debate Ratzinger-Habermas, leído a la luz del
discernimiento propuesto por Francisco y León XIV, demuestra que el camino de
la historia no se resuelve acelerando el colapso biológico o institucional para
que gobierne una élite de iniciados computacionales, sino ampliando la razón
humana, haciéndola capaz de dialogar con el misterio y con el dolor del mundo,
restableciendo el arraigo y la justicia social que la tecnocracia pretende
declarar obsoletos.
El asedio a las estructuras humanas y sus implicancias para América Latina y el Caribe
Considero de fundamental importancia tener en
cuenta que la racionalidad tecnocrática no se limita a un debate teórico, sino
que asedia activamente todas las dimensiones de la existencia comunitaria,
destruyendo los pilares institucionales, económicos y culturales, con especial
gravedad en las regiones de la periferia global. Este asedio puede ser
desglosado en cinco vectores fundamentales que atacan el núcleo de la
convivencia social.
En primer lugar, se constata la severa ofensa a la
infinita dignidad humana. La antropología cristiana se fundamenta en el
principio ontológico de que todo ser humano posee una dignidad intrínseca por
el hecho de haber sido creado a imagen y semejanza de Dios (Imago Dei),
principio reafirmado por la declaración Dignitas Infinita (2024) del
Dicasterio para la Doctrina de la Fe. El transhumanismo y el posthumanismo
consideran la naturaleza humana como un soporte defectuoso que debe ser
modificado o superado mediante la hibridación cibernética, el almacenamiento de
la conciencia en soportes digitales y la edición genética de línea germinal. Al
despojar al hombre de su finitud y de su vulnerabilidad constitutiva, la
tecnocracia destruye la expectativa sagrada del alma, convirtiendo la vida en
un recurso optimizable bajo criterios de rentabilidad corporativa o estatal.
En segundo lugar, se asiste a serios intentos de erosión
de la democracia, el Estado-Nación, el derecho y la justicia. El poder real se
desplaza de manera dramática desde los parlamentos y las soberanías populares
hacia las juntas directivas de las mega-corporaciones tecnológicas
transnacionales, operando lo que algunos llaman el epílogo de la democracia no
sólo en su dimensión institucional sino como estilo de vida. El derecho
deliberativo, prudencial e interpretativo es sustituido por la lex
algorithmica de la justicia predictiva, un sistema que automatiza
sentencias, evalúa perfiles de criminalidad potencial mediante sesgos
estadísticos inmutables y despoja al proceso judicial de su dimensión
propiamente humana: la compasión, la empatía, la escucha del caso singular y la
posibilidad de redención del culpable. Así, el
avance desbocado de la gobernanza algorítmica sustituye la noción clásica de
derecho (tributario, en parte, de la tradición tomista como la ordenación de la
razón dirigida al bien común,[7]
por la cruda eficiencia predictiva de las redes neuronales artificiales. En ese
contexto desafiante el
Estado-nación queda vaciado de contenido, convertido en un mero administrador
local de flujos informáticos e imperativos financieros que escapan a su control
territorial.
En tercer lugar, la tecnocracia destruye la llamada
economía real (productiva). La Doctrina Social de la Iglesia siempre ha defendido
la primacía del trabajo humano sobre el capital y la centralidad de una
economía al servicio de la subsistencia y la recreación familiar. Sin embargo,
la tecnocracia actual consagra la hegemonía absoluta de una economía de
plataformas desmaterializada y de las finanzas hiperdigitalizadas, gobernadas
por algoritmos de negociación de alta frecuencia. Esta dinámica destruye el
tejido industrial productivo local, precariza el empleo a través de la llamada gig
economy (economía bajo demanda) y condena a masas inmensas de la población
mundial a la condición de población sobrante o económicamente irrelevante. Al
romper los lazos de la solidaridad intergeneracional y el destino universal de
los bienes creados por Dios y desarrollados por el ser humano (un principio de
la DSI), la economía tecnocrática deja de ser una actividad de intercambio para
transformarse en una arquitectura de extracción de valor abstracto.
En cuarto lugar, el impacto en la cultura, las artes
y la educación es devastador. La educación, concebida tradicionalmente en el
humanismo clásico y en el cristianismo como la formación integral del alma, la
transmisión de la herencia histórica y el cultivo de las virtudes (humanitas),
es sustituida por el adiestramiento funcional en competencias tecnológicas y la
adaptación acrítica al mercado laboral digitalizado. A su vez, las artes sufren
la colonización de la inteligencia artificial generativa. Así, la creación
artística, que constituye el testimonio más íntimo del espíritu humano, de su
sufrimiento, de su arraigo y de su apertura a la trascendencia, es reemplazada
por la producción industrial de contenidos estéticos hiperpersonalizados
diseñados por algoritmos para capturar la atención neurobiológica del
consumidor. De esta manera, se asiste a una estandarización estética mundial
que suprime la belleza desinteresada y ahoga la creatividad humana originaria,
operando un desarraigo cultural absoluto.
Ahora bien, las implicaciones de esta confrontación
teológico-política adquieren tintes dramáticos cuando se analizan desde la
perspectiva del Sur Global, particularmente desde América Latina y el Caribe.
La racionalidad tecnocrática perpetúa e intensifica las estructuras de
exclusión, que configuran verdaderas estructuras de pecado (como ha
enseñado la teología posconciliar latinoamericana, recepcionada en parte por el
Magisterio de la Iglesia), bajo la forma de un nuevo colonialismo financiero, digital
y biotecnológico.
Las potencias del Norte global (Estados Unidos,
China y Europa) no solo exportan tecnologías terminadas, sino que imponen sus
propios marcos antropológicos e ideológicos, desarraigando las culturas
locales. En este escenario, el discernimiento evangélico, histórico y
comunitario adquiere una relevancia metodológica fundamental. No se trata de un
ejercicio neutral, sino de un discernimiento situado desde y en la
periferia, tal como lo teorizó el filósofo y teólogo argentino Juan Carlos
Scannone, una de las figuras cumbres de la llamada Teología del Pueblo.
Scannone (2016) propuso que el discernimiento en
América Latina debe partir de la sabiduría popular, es decir, del ethos
cultural de las mayorías empobrecidas que han conservado un sentido comunitario
de la vida, una apertura a la trascendencia y una resistencia implícita contra
la racionalidad puramente instrumental. El recordado jesuita argentino (único autor
latinoamericano citado expresamente por Francisco en Laudato Si’) argumentaba
que los pueblos de la región poseen una racionalidad sapiencial que
prioriza la relación cara a cara, la fiesta comunitaria, la solidaridad vecinal
y la gratuidad, dimensiones que la globalización tecnocrática califica de
ineficientes o atrasadas.
Desde este discernimiento desde y en la periferia,
la imposición del transhumanismo y de la gobernamentalidad digital de Silicon
Valley o de Pekín es denunciada como una agresión antropológica que busca
formatear el alma latinoamericana, destruyendo su memoria histórica.
Esta crítica se complementa y entra en tensión con
la propuesta de Enrique Dussel. En menor medida que Scannone en el ámbito
teológico-pastoral, pero con una potencia geopolítica ineludible en clave liberacionista,
Dussel (1998) analizó cómo la modernidad occidental se constituyó a partir de
un ego conquiro (yo conquisto) que antecedió al ego cogito
cartesiano. Para el gran filósofo argentino y mexicano, la tecnocracia
contemporánea es la última y más refinada mutación de este mito de la
modernidad, una estructura totalizadora que sitúa al Norte global en la
posición de centro emisor de racionalidad mientas condena al Sur Global a la
condición de periferia explotada y “no-ser”.
Dussel demostró que la técnica en el capitalismo
tardío no busca la liberación del trabajo humano, sino la maximización de la
tasa de ganancia mediante la absorción del plusvalor vivo del trabajador, un
proceso que hoy se traduce en el extractivismo epistémico y de datos. Así, los
pueblos de América Latina y el Caribe sufren este impacto a través de frentes
específicos y dramáticos:
Por un lado,
extractivismo epistémico, tecnológico y de datos: La región es reducida a una
cantera proveedora de materias primas críticas indispensables para la
infraestructura de la transición digital y biotecnológica del Norte —como el
litio del triángulo sudamericano, el cobalto y el agua dulce para enfriar los
gigantescos centros de datos— y de datos brutos extraídos de sus poblaciones
sin ningún tipo de soberanía digital. Mientras los centros hegemónicos
concentran el conocimiento patentado, los algoritmos predictivos y el capital
financiero, el Sur Global asume la degradación ecológica de sus territorios y
una dependencia tecnológica absoluta que perpetúa el subdesarrollo.
Por otro lado, la destrucción del tejido comunitario
y solidario mediante el desarraigo: Los pueblos de la región poseen una rica
matriz cultural, caracterizada por la comunalidad, la religiosidad popular y la
primacía de los vínculos familiares y comunitarios. La penetración de la
subjetividad tecnocrática inocula un virus de aislamiento que disuelve estas
redes de supervivencia comunitaria. Al destruir el arraigo que Simone Weil
consideraba vital para el alma, la tecnocracia deja a los sectores populares
desprotegidos frente a las inclemencias económicas, atomizando la resistencia
social.
Por otra parte, la exclusión estructural y la
profundización de la cultura del descarte: El Papa Francisco, primer Pontífice
latinoamericano, acuñó la categoría de la “cultura del descarte”, la cual es
profundizada por el Papa León XIV en Magnifica Humanitas. En sociedades
marcadas por altísimos índices de informalidad laboral, exclusión histórica y
debilidad institucional, la automatización algorítmica irresponsable y la
digitalización forzosa de los servicios públicos esenciales (como la salud, la
educación y la seguridad social) no generan mayor eficiencia distributiva. Por
el contrario, levantan una barrera tecnológica insalvable que arroja a millones
de seres humanos a una exclusión radical, privándolos del derecho a la
ciudadanía real y convirtiéndolos en sobrantes para la maquinaria productiva
global.
Frente a esta triple ofensiva colonial, el
Sur Global no puede responder desde una asimilación ciega de las tecnologías
del Norte ni desde un neo-ludismo estéril y nostálgico. La respuesta, iluminada
por el discernimiento de Scannone y la desmitificación liberacionista de
Dussel, exige la afirmación de una alternativa decolonial y humanista. América
Latina tiene la misión histórica de oponer a la tecnocracia desalmada la
riqueza de su humanismo comunitario y solidario. Una ecología integral (Cf.
Laudato Si’) que proteja tanto a la hermana madre tierra como la
dignidad sagrada de los más vulnerables, asumiendo el llamado de la Cátedra de
Pedro a edificar una economía social, ecológica y fraterna frente a la fría
tiranía del cálculo algorítmico.
El momento teológico-político contemporáneo
nos sitúa ante un discernimiento en temor y temblor sobre el futuro de
la humanidad, además de reivindicar (en el mejor de los sentidos) a la teología
y a la política, asediadas por la tecnocracia. Las propuestas como el momento
straussiano de Peter Thiel revelan la deriva de una mentalidad que,
habiendo desertado de la fe en la Providencia divina y en la infinita dignidad
inalienable de la persona humana, abraza una escatología inmanente del poder,
la excepción y el desprecio por los procesos democráticos y comunitarios.
Así, el momento teológico-político actual
sitúa a la humanidad ante una encrucijada antropológica sin precedentes
históricos. La pretensión de la tecnocracia de erigirse en un poder absoluto,
regulador de las conciencias y diseñador de la vida en sus diferentes dimensiones,
constituye una de las formas más sofisticadas de la idolatría denunciada por la
tradición que, en sentido amplio y fraterno de unidad en las diferencias,
podemos llamar judeo-cristiana-musulmana. Al intentar construir una sociedad
inmune a la contingencia y al sufrimiento mediante el control algorítmico, el
proyecto posthumano y transhumano de las grandes potencias occidentales y
orientales no hace sino profundizar el desarraigo de las personas y la
exclusión de las mayorías sociales, especialmente de los pobres de los pueblos
y de los pueblos pobres.
Frente a la utopía abstracta de los tecno-ricos, la
Iglesia Católica, a través de la Cátedra de Pedro, en fidelidad dinámica al
Evangelio de Jesucristo y a la Tradición viva, reafirma la trascendencia de la resistencia
de la carne. En este sentido, la encíclica Magnifica Humanitas recuerda
que la redención humana no se realiza a través de la superación tecnológica de
nuestras limitaciones biológicas, sino mediante la encarnación del amor de Dios
en la fragilidad de nuestra historia compartida. La dignidad inalienable de la
persona humana, el valor sagrado de la economía real fundada en el trabajo
humanizante, y la preservación de una cultura abierta al misterio son, de
alguna manera, las trincheras morales desde las cuales es posible edificar un
orden político verdaderamente humano y justo.
La tarea histórica de los creyentes y de las
personas de buena voluntad consiste en ejercer un discernimiento lúcido de los
signos de este tiempo, denunciando las lógicas totalitarias de la gobernanza
digital y rescatando, de manera muy especial desde las periferias del Sur
Global, las experiencias comunitarias de solidaridad y justicia social. Solo
una técnica subordinada al bien común y al respeto de la soberanía creadora de
Dios permitirá evitar que la Babel tecnológica devore la libertad y el alma del
santo pueblo fiel de Dios, solidario con los pueblos del mundo y sus
respetivas tradiciones, que peregrina hacia la Jerusalén celestial.
Bibliografía
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Benedicto XVI y el fin de los tiempos. Buenos Aires: Adriana Hidalgo
Editora.
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Editrice Vaticana.
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modernos: Un intento de orientación. Madrid: Guadarrama.
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Michigan State University Press. (Traducción al español y actas de circulación
académica consultadas en Roma: Ediciones de la Universidad Pontificia de la
Santa Cruz, 2026).
Weil, Simone (2014). Echar raíces. Madrid:
Trotta.
(*) Doctor en Ciencia Política. Docente
Universitario.
[1] Carl Schmitt postula en su obra de 1922 que
la soberanía se define por la capacidad de decretar el estado de excepción, una
prerrogativa que hoy las corporaciones tecnológicas ejercen de facto sobre el
espacio público digital.
[2] El
concepto agustiniano de permixtio describe la mezcla histórica
indisoluble de ambas ciudades en el plano temporal, un estado de tensión y
coexistencia que solo llegará a su término y separación final con el Juicio
Divino.
[3] Vladímir Soloviov, en su célebre Breve
relato sobre el Anticristo (1900), profetizó que la figura apocalíptica
final ganaría la adhesión de las masas no mediante la tiranía explícita, sino
presentándose como un filántropo ecuménico, un pacificador global y un maestro
del bienestar material.
[4] San Agustín
analiza la iniquidad en la historia no como una sustancia o fuerza positiva del
mal, sino como una privatio boni (privación del bien) motivada por el
repliegue de la voluntad humana hacia la inmanencia de las criaturas.
[5] Romano Guardini desarrolló esta
ontología crítica de la técnica en sus célebres lecciones en la Universidad de
Múnich tras la Segunda Guerra Mundial, advirtiendo que la modernidad tardía
engendra una forma de poder desprovista de una antropología de la
responsabilidad moral.
[6] Byung-Chul Han introduce
el concepto de psicopolítica digital para marcar el tránsito desde la
biopolítica foucaultiana (que disciplinaba los cuerpos físicos) hacia un poder
invisible que coloniza la psique humana a través de los flujos constantes de
información de la IA.
[7]
Definición clásica de la ley
en Santo Tomás de Aquino (Summa Theologiae, I-II, q. 90, a. 4): Quaedam
rationis ordinatio ad bonum commune, ab eo qui curam communitatis habet,
promulgata. Esta lógica teleológica es suplantada por el empirismo ciego de
las redes neuronales artificiales.
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