Cuando Dios llora
Por Aníbal Germán Torres
El misterio del sufrimiento inocente, manifestado con cruda claridad en fenómenos como las enfermedades devastadoras y las catástrofes naturales, como los recientes terremotos en Venezuela, constituye uno de los desafíos más profundos para la fe. Ante el dolor de un niño enfermo o la devastación generada por un terremoto, la pregunta humana e inmediata es: ¿Dónde está Dios? Para abordar esta encrucijada, considero pertinente referir a la teodicea, es decir, la disciplina teológica y filosófica que busca justificar la bondad y la justicia de Dios frente a la innegable presencia del mal en el mundo. Al hacerlo, podemos ver que la razón choca inevitablemente con el mysterium iniquitatis (el misterio de la iniquidad), esa realidad oscura, profunda e irracional del mal que desborda las explicaciones humanas y lógicas. La respuesta cristiana católica a este misterio no se encuentra en un silogismo frío, sino en el misterio de la Creación, el despliegue de la Providencia, el comportamiento de la naturaleza, el libre albedrío y, de manera definitiva, en la certeza de que Dios no es indiferente: Dios llora con y por las víctimas, como lloró en Jesús de Nazaret por la muerte de su amigo Lázaro de Betania.
Esta desgarradora tensión entre el dolor terrenal y la mirada divina halla un eco profundo en la literatura. Por ejemplo, en el poema Everness (1964) de Jorge Luis Borges, podemos leer:
«Sólo una cosa no hay. Es el olvido. / Dios, que salva el metal, salva la escoria / y cifra en Su profética memoria / las lunas que serán y las que han sido».
El poema borgeano dialoga íntimamente con la teodicea al confrontarnos con una memoria divina universal donde nada se pierde, ni el esplendor de las virtudes (el metal) ni las miserias, dolores y tragedias del mundo (la escoria). Sin embargo, mientras que para el determinismo filosófico o literario esta eternidad del recuerdo puede parecer una fría e irrevocable cárcel de cristal, la teología cristiana católica transforma esta intuición borgeana a través de la Revelación: la memoria de Dios, si podemos hablar en esos términos, no es un archivo pasivo o distante, sino un registro de amor donde cada sufrimiento inocente queda rescatado, dignificado y eternamente acompañado por el Creador.
Para comprender a fondo la perspectiva católica sobre este orden universal, es necesario partir de la naturaleza del mundo creado y su relación con la Providencia Divina. Según la visión de Santo Tomás de Aquino, Dios gobierna el universo con sabiduría suprema, pero este gobierno no anula las causas segundas ni la libertad de la creación. Dios no ha diseñado un cosmos rígido. Santo Tomás desarrolla este orden en su obra cumbre, la Suma Teológica, Primera Parte, Cuestión 22, Artículo 3, donde explica que la ejecución de la Providencia se realiza a través de las causas segundas, respetando las leyes naturales que Él mismo estableció.
Esta imperfección física no es un castigo, sino una condición de nuestro universo en desarrollo. El Catecismo de la Iglesia Católica (CIC, 1997), en línea con esta herencia tomista, en sus numerales 302 y 310 se aclara de forma específica esta realidad: la creación no fue orginada plenamente acabada, sino que «Dios quiso libremente crear un mundo "en estado de vía" (in statu viae) hacia su perfección última todavía por alcanzar, a la que Dios la destinó. Llamamos divina providencia a las disposiciones por las que Dios conduce la obra de su creación hacia esta perfección» (CIC 302). Más adelante se indica: «Este devenir trae consigo en el designio de Dios, junto con la aparición de ciertos seres, la desaparición de otros; junto con lo más perfecto lo menos perfecto; junto con las construcciones de la naturaleza también las destrucciones. Por tanto, con el bien físico existe también el mal físico, mientras la creación no haya alcanzado su perfección» (CIC 310). En este sentido, por ejemplo, las placas tectónicas se mueven y los virus mutan porque el mundo posee su propia consistencia material. Como detalla el Aquinate en la Primera Parte, Cuestión 49, Artículo 1, Dios no causa el mal por Sí mismo, sino que lo permite en un universo en desarrollo, poseyendo siempre el poder de extraer de él un bien mayor.
Sin embargo, frente al mysterium iniquitatis que parece reinar en la tragedia de este mundo imperfecto, la teodicea católica rechaza la idea de un Dios lejano que observa el dolor desde la distancia. El Papa Benedicto XVI ilumina este abismo e invita a purificar nuestra imagen de Dios citando en su encílica Spe Salvi (2007) una célebre expresión de San Bernardo de Claraval: «Dios no puede padecer, pero puede compadecer» (Impassibilis est Deus, sed non incompassibilis) (SS 39). Esto significa que, aunque la naturaleza divina de Dios es incorruptible y está más allá de la vulnerabilidad física, Él voluntariamente se une a nuestro dolor por puro amor. Dios llora en, con y por las víctimas. En la Encarnación, el Hijo de Dios asumió plenamente nuestra humanidad, dando testimonio supremo de ello en el sufrimiento en la Cruz, hecho que conmovió al cosmos (como lo imaginó Antoni Gaudí con las columnas dobladas de la fachada de La Pasión de la Sagrada Familia). Esto demuestra que Dios no mira el dolor desde el exterior, sino que lo sufre con nosotros desde el interior. El corazón traspasado de María (compañera de camino de la humanidad, particularmente de quienes sufren) es una de las formas eminentes en las cuales se expresa místicamente esta honda realidad.
Esta cercanía compasiva, que nada tiene que ver con la tergiversada imagen de un Dios castigador, revela un doble misterio sobre la ubicación de la divinidad en la tragedia: Dios se encuentra presente de manera activa en ambas realidades del dolor. Por un lado, cuando un inocente padece, por ejemplo, en la cama de un hospital o bajo los escombros de una catástrofe, Dios está allí, en quien sufre, derramando sus lágrimas con ellos, identificándose íntimamente con la víctima, sosteniendo su dignidad y otorgando una misteriosa fuerza que reconforta en la prueba. Por el otro, Dios está también en quien ayuda a aliviar ese sufrimiento. Se hace presente, por ejemplo , en las manos del personal médico, en el rescatista que remueve escombros, en el voluntario que abraza al desamparado y en el religioso que unge al enfermo. Al mover los corazones hacia la caridad, la gracia divina despierta la compasión humana, transformando la tragedia en un espacio donde el amor y la solidaridad vencen al caos.
Para comprender adecuadamente esta vivencia personal y comunitaria del dolor, el existencialismo cristiano del siglo XX ofrece una interesante distinción intelectual. El filósofo francés Gabriel Marcel, en su célebre obra El misterio del ser (1971), explica que la tradición racionalista comete un grave error metodológico al reducir el mal y el sufrimiento a la categoría de un problema. Para Marcel, un problema es algo externo, un obstáculo objetivo situado enteramente ante mí que puede resolverse mediante una técnica o un silogismo lógico. En contraste, el sufrimiento humano es un misterio porque es una realidad en la cual yo mismo estoy existencialmente comprometido e implicado. Al degradar el misterio del dolor humano para convertirlo en un frío problema de laboratorio teológico, se vacía de su carácter sagrado y personal. La teología católica asume, de alguna manera, esta intuición marceliana: frente a la catástrofe no se responde con una solución técnica o intelectual abstracta, sino asumiendo el misterio a través del compromiso, el amor incondicional y la presencia compartida en la debilidad. Como dice el escritor Hugo Mujica: ante una crisis, no se trata de resolverla sino de trascenderla.
Este desgarrador problema del dolor inocente ha sido plasmado también con una crudeza sin igual en la literatura universal. Por dar otro ejemplo, el célebre escritor ruso Fiódor Dostoievski sufrió en carne propia esta tragedia al perder a su pequeño hijo Alexei, de apenas tres años, a causa de un ataque de epilepsia. Según algunos especialistas, este dolor indecible inundó la escritura de su obra cumbre, Los hermanos Karamázov (1880). En la novela, este acontecimiento genera un formidable contrapunto teológico y existencial:
Por un lado, la postura de Iván Karamázov: En el famoso capítulo "La rebelión" y a través del discurso del Gran Inquisidor, Iván presenta una feroz protesta contra Dios. Utilizando el sufrimiento de los niños inocentes, Iván afirma que no puede aceptar la armonía cósmica divina si el precio de esta es el tormento de un solo ser inocente, prefiriendo "devolver su boleto" de entrada al cielo. Su argumento es puramente racional, frío y rebelde ante el silencio aparente de Dios.
Por otro lado, la respuesta del Padre Zosima: Frente al monólogo destructivo de Iván, el personaje del staretz se erige como el contrapunto definitivo. Cuando Zosima recibe a una madre dolida por la pérdida de su hijo de tres años, no le ofrece argumentos dogmáticos abstractos ni silogismos intelectuales para justificar a Dios. En su lugar, Zosima valida su llanto, se compadece de ella y le asegura que Dios mismo guarda y valora cada una de sus lágrimas.
A través del Padre Zosima, el cristiano ortodoxo Dostoievski y la teología católica coinciden: ante el mysterium iniquitatis, la respuesta de Dios no es un discurso racional como el de Iván, sino un Dios que se encarna para llorar al lado del afligido.
La fe cristiana no es un calmante que borra los dolores del mundo, sino una luz que acompaña y dota de sentido el caminar humano. Como dice el Papa Francisco en la encílica Lumen Fidei (2013), se trata, entonces, de «fe en el Amor pleno, en su poder eficaz, en su capacidad de transformar el mundo e iluminar el tiempo» (LF 15). La Cruz y la posterior Resurrección de Jesucristo, Dios-hombre, garantizan que las enfermedades, las catástrofes y la muerte no tienen la última palabra. Ante el misterio del dolor, Dios está sosteniendo la existencia de los afligidos, sufriendo y compadeciendo junto a y por ellos, y actuando de forma viva a través de todo aquel que se convierte en un instrumento de Su gracia, siendo agente de consuelo, paz, alivio y misericordia para su prójimo en este universo que late bajo Su mirada de amor inextinguible.

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