Belgrano, patriota americano
Por Mario Casalla (*)
UN EJEMPLO DE VIDA Y DE CONDUCTA
Después de la batalla de Salta librada el 20 de febrero de 1813 en Campo Castañares, Manuel Belgrano recorre el campo regado de cadáveres y heridos y vivamente impresionado por aquél espectáculo, escribe en el parte de batalla posterior que tenía “despedazado el corazón al ver derramarse tanta sangre americana”. Antes –y para evitar más muertes- aceptó la rendición que le ofreció Pío Tristán, a condición de que ese ejército realista no tomase más las armas contra la causa criolla (lo cual molestó a Buenos Aires). Promesa que por supuesto Pío Tristán, no cumplió. La generosidad de Belgrano, que abrazó a Tristán y lo dispensó de entregar sus símbolos de mando tenía su razón de ser: los unía una estrecha amistad personal, habían sido condiscípulos en Salamanca, convivido en Madrid y amado allí a la misma mujer. Después de triunfo, nombró a Díaz Vélez gobernador militar de la provincia y éste colocó la bandera argentina por primera vez en el balcón del Cabildo y los trofeos apoderados de los realistas fueron ubicados en la Sala Capitular. La resonante victoria silenció las críticas y le granjeó un premio de 40.000 pesos dispuesto por la Asamblea en Buenos Aires. Belgrano declinará recibirlo, disponiendo que el dinero se destinara a crear cuatro escuelas en Tarija, Tucumán, Jujuy y Santiago del Estero; el libramiento de los fondos sería una deuda histórica que comenzó a pagarse recién 161 años después, hasta que se equiparon las de Tarija en 1974, la de Tucumán en 1998 y la de Jujuy en 2004. La de Santiago del Estero no se sabe qué pasó. Señalemos además que la batalla de Salta fue la lid en que por primera vez flameó la enseña patria en una acción de guerra. Tiempo después, en marcha con su ejército hacia Jujuy, le escribe a Chiclana: “No busco glorias, sino la unión de los americanos”. ¿A qué su insistencia con ese gentilicio americanos” ?; ¿qué tenían de común vencederos y vencidos?; ¿se trataba acaso de una guerra civil, más que de la lucha contra un invasor sin más?; ¿por qué también San Martín se refería a sí mismo como un “americano”, si en realidad era español? Para entender en profundidad la cuestión –que desde ese remoto pasado llega hasta el presente en todas las causas a favor de una unión americana- es necesario ver qué significaba la expresión en ese momento: la “causa americana” y el “partido americano” era el santo y seña que identificaban tanto a criollos como a españoles aquí residentes, descontentos con el trato que España daba a sus colonias y con el atraso a que ese abandono las condenaba. En este sentido, tanto Alzaga (español de origen), como Saavedra (nacido en la actual Bolivia), se llamaban a sí mismos –orgullosamente- “americanos”.
ESPAÑA INSISTE CON “INDIAS”
“América” era un nombre rebelde que España no utilizaba y que nunca terminó de aceptar del todo. En primer lugar, porque consagraba la picardía florentina de Américo Vespucio, quien pasaba entonces por ser su descubridor (“americanos”, por ser hijos del gran “Américo”) cosa que España no podía aceptar porque era Cristóbal Colón (aunque también italiano) su específico enviado y adelantado. Y en segundo lugar porque era la denominación que utilizaban para si los criollos y los rebeldes españoles que allí vivían. Así que, nada de “americanos”, el nombre oficial que España daba a estas tierras era el de “Indias” y –en consecuencia- los que aquí residían eran “indianos”. En esto seguía puntualmente la descripción geográfica del propio Cristóbal Colón, quien así las bautizó, “por ser esta tierra la oriental de la India, no conocida, y porque no tenía nombre particular”. Por lo tanto –y a pesar de sus entredichos con el Almirante- España se mantuvo en firme con el nombre y con el poder que de allí se derivaba a su favor. Todavía en 1892 –año del Cuarto Centenario- en el gobierno español se hablaba de las “provincias ultramarinas”, pero el nombre preferido seguía siendo Indias. ¡Y habían pasado ya cuatro siglos! Recién a mediados del siglo XX, España digirió a regañadientes el nombre de América. Claro que acompañándolo siempre del sonoro prefijo “Hispano”; sustentado éste en una peculiar teoría de la hispanidad que -en su versión filosófica- nace con la generación liberal del ’98 (cuando España pierde su última colonia americana) y que en el siglo XX –con renovada y militante versión teológica- hará cumbre política con el falangismo primero y con el franquismo después. Por cierto, desplazado el estos del poder, España empieza un nuevo camino de respeto y cooperación que llega hasta la actualidad.
LOS PATRIOTAS ERAN “AMERICANOS”
En cambio, los residentes en América, aceptaron enseguida y hasta de buenas ganas esa denominación. Y mucho más a medida que se acercaban los primeros tiempos revolucionarios. Ese fino observador que fue Alejandro Humboldt, escribió en sus notas de viaje por nuestras tierras (entre 1799 y 1804) que: “Los criollos prefieren que se les llame americanos y desde la Paz de Versalles y, especialmente desde 1789, se les oye decir muchas veces con orgullo: ¡yo no soy español, soy americano!”. Y esto precisamente porque el español puro (el residente en la península o presente aquí como funcionario real) despreciaba tanto al indiano (el español residente en América), como al criollo (sus hijos nacidos aquí). Durante todo el período colonial los combatió con la burocracia y la interpretación retorcida de las Leyes de Indias (casi siempre en contra de los derechos locales); más tarde -cuando los indianos y criollos formaron ejércitos de patriotas y se alzaron en armas contra la corona- los combatió con una furia muy similar a la utilizada contra los aborígenes. Si aquellos no eran hombres (y por ende contra ellos estaba todo permitido) estos sí lo eran, pero de la peor calaña: eran traidores, habían traicionado a España y a su rey, se habían vuelto “americanos”. De un lado el partido americano, la causa americana, la unión americana; del otro los chapetones, gachupines o godos, es decir los españoles sin más. Si al principio se distinguían llamándose “españoles americanos”, ahora se llamaban americanos a secas. Y en esto basaban su orgullo: en su pertenencia al país, a la tierra, a lo que consideraban ya como su “patria” (de aquí el apelativo común de “patriotas”, con que se identificaban como santo y seña). Atrás habían quedado las supuestas prosapias, los títulos de nobleza y los reyes de todo tipo. América ya no era el lugar de paso donde venían a buscar todo eso, para luego volver ricos a España, América era ahora el nuevo hogar, la nueva tierra, un nuevo mundo, que fundaba una nacionalidad: la “americana”
ALGO MAS SOBRE LA PERSONALIDAD DE BELGRANO
Manuel Belgrano había nacido en Buenos Aires el 3 de junio de 1770, en la casa paterna, actual avenida Belgrano n.º 430, a metros del convento de Santo Domingo. Su madre era María Josefa González Casero, nacida en la ciudad de Buenos Aires, de familia procedente de Santiago del Estero y era al parecer descendiente del conquistador, explorador y colonizador español Domingo Martínez de Irala; sus antepasados tenían un remoto origen mestizo guaraní, que compartía con muchos próceres de la época de la Independencia y con grandes personajes paraguayos y argentinos. Su padre, Doménico Belgrano Peri, o bien Domingo Belgrano y Pérez, tal como firmaba, era de origen italiano, oriundo de Oneglia, en Liguria. Tanto Belgrano como San Martín fueron firmes partidarios y promotores del desarrollo nacional a partir de las industrias, la producción y el comercio de bienes dentro de un marco de justicia. Y la pasión de Belgrano como educador se expresó en logros concretos: la fundación de la Escuela de Náutica y la Academia de Geometría y Dibujo. A través del Consulado, abogó por la creación de la Escuela de Comercio y la de Arquitectura y Perspectiva. Su motivación para fundar la escuela de comercio radicaba en que consideraba que la formación era necesaria para que los comerciantes obraran en función del crecimiento de la patria. Con las escuelas de Dibujo y Náutica se pretendía fomentar en los jóvenes el ejercicio de una profesión honrosa y lucrativa. Estas escuelas operaron durante tres años y fueron cerradas en 1803 por orden de la Corona española –en particular del ministro Manuel Godoy– que las consideraba un lujo innecesario para una colonia. En sus campañas militares llamó la atención su frugalidad y su modo de vida, equiparable al de un soldado raso. Cuando volvió a Buenos Aires en 1820 estaba seriamente enfermo de hidropesía, enfermedad que lo llevó a la muerte el 20 de junio de 1820. En su lecho final fue examinado por el médico escocés Joseph Redhead. Al no poder pagarle sus honorarios, Belgrano quiso darle un reloj como pago. Ante la negativa del galeno a cobrarle, tomó su mano y puso el reloj dentro de ella, agradeciéndole por sus servicios. Se trataba de un reloj de bolsillo con cadena, de oro y esmalte, que el rey Jorge III del Reino Unido le había obsequiado. Murió en extrema pobreza, a pesar de que su familia había sido una de las más acaudaladas del Río de La Plata.
(*) Filósofo.
(Nota: este artículo fue publicado por el autor originalmente en el medio "Punto Uno")

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