Un Dios silente

 


“Entonces el Señor le dijo: «Sal de tu cueva y espérame en el monte, delante de mí.» Elías pudo sentir que el Señor estaba pasando, porque se desató un viento poderoso que a su paso desgajaba los montes y partía las rocas. Pero el Señor no estaba en el huracán. Tras el viento vino un terremoto. Pero el Señor no estaba en el terremoto. Tras el terremoto vino un fuego. Pero el Señor tampoco estaba en el fuego. Luego vino un silbo apacible y delicado

(Del Primer Libro de los Reyes) 

“Considerar cómo la divinidad se esconde…”

(Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales 196)

El siguiente texto es una reflexión escrita con posterioridad a la entrega de los Premios Oscar en 2017, donde también competía la película "Silencio", del cineasta Martin Scorsese. Más allá de las referencias a los avatares de dicha ceremonia, invitamos a apreciar los nudos problemáticos (plenamente vigentes) que el autor de la nota pone en evidencia a partir de dicho film (RyT).    

Por Nicolás H. Perrone (*)

Luego de una ceremonia en la cual una película -estética y correctamente bella aunque ideológicamente cuestionable y vacía- como La La Land se llevó una gran parte de los Oscar, ¿qué puede decirse sobre Silencio, la nueva película de Martin Scorsese sobre los mártires jesuitas en Japón en el siglo XVII (adaptada de la novela homónima del escritor católico japones Shūsaku Endō)? Sin duda, muchas cosas.

Comencemos por las cuestiones técnicas, aquellas en la cuales fue “derrotada” este largometraje.

Las actuaciones de Andrew Garfield y Adam Driver -quienes se prepararon física y mentalmente para sus roles de misioneros jesuitas realizando una tanda de Ejercicios Espirituales y brutales transformaciones físicas- fueron ejemplares (y hasta inesperadamente buenas, al menos para mi): lograron transmitir la pesada carga emocional de unos misioneros aislados, desorientados, perseguidos y, sobre todo, desamparados -por Dios y por los hombres- en una tierra extraña que los rechazaba continuamente. Asimismo, los actores japoneses (Ogata, Asano y Kobuzuka) acompañaron a sus pares estadounidenses con su propia intensidad. Por otra parte, la impactante fotografía de la película -que le valió la única y solitariamente injusta nominación al Oscar (arrebatada, como sabemos, por La La Land)- está complementada por una ausente banda sonora que no sólo hace justicia al título de la película, sino que es perfecta compañera de las profundas crisis morales y religiosas de los protagonistas.

Pasando ahora a un terreno en el cual uno debería tener (al menos eso se supone) un poco más de competencia para juzgar, podemos afirmar que la recreación del contexto histórico en el film ha sido realizada con mucho cuidado. A lo largo del mismo se pueden apreciar numerosos detalles relacionados con la religiosidad desarrollada por Ignacio de Loyola. En los diálogos y (scorsesianos) monólogos internos de los protagonistas aparecen continuamente los finos rasgos de la espiritualidad ignaciana: la búsqueda de la identificación con Cristo, la meditación anclada en lo sensorial, los procesos de discernimiento de los misioneros y la búsqueda del Magis, es decir aquella voluntad de autosuperación personal basada en el descubrimiento de aquello que Dios pide a todo cristiano en cada encrucijada o momento de su vida, son algunos ejemplos de esto. Una potente muestra de estos detalles se ve en la escena en la cual el padre Rodrigues, el personaje de Andrew Garfield, luego de una larga caminata sufre de sed hasta casi desfallecer. Lo único que lo sostiene durante sus padecimientos es la comparación continua de sus sufrimientos con los de Jesús: la sed sufrida por Rodrigues era la misma que Cristo había padecido en la cruz.

De igual modo, las técnicas misionales jesuitas fundadas en la accomodatio (quizás uno de los rasgos más cautivantes de las misiones orientales de la Compañía de Jesús) y promovidas por Alessandro Valignano (quien no deja de aparecer, aunque fugazmente, en Silencio) -responsable de las misiones en Asia en ese período- tienen también lugar en este largometraje. Uno de los puntos por los cuales las misiones jesuitas en China, Japón y la India se destacaron históricamente fue la necesidad que los misioneros tuvieron de adaptarse a las culturas locales para llevar adelante sus objetivos evangelizadores. A diferencia de América en donde los jesuitas (y otras ordenes religiosas) contaron con el apoyo institucional, económico y militar de las coronas española y portuguesa y se encontraron con poblaciones indígenas ya sometidas, en Asia los misioneros ignacianos tuvieron que hacer frente a grandes Estados consolidados que lucharon muchas veces contra la intromisión cultural y religiosa europea. El ejemplo puntual de Japón se puede ver claramente en la película de Scorsese. Las primeras misiones católicas se instalaron en la isla -gracias el famoso accionar del misionero Francisco Javier- durante un periodo de guerras entre señores feudales que buscaban la unificación del reino. Aun con algunas oposiciones del clero y algunos gobernantes locales, los misioneros jesuitas aprovecharon la división política de Japón para consolidar a las comunidades cristianas. Sin embargo, cuando este proceso de centralización y unificación política llegó positivamente a su fin estas comunidades comenzaron a ser duramente perseguidas por este nuevo poder central estatal. Como se ve en Silencio, una de las preocupaciones de las autoridades japonesas era que la expansión del cristianismo podía ser utilizada como cuña por las potencias europeas (Portugal, España, Holanda o Inglaterra) para poder poner un pie sobre aquellas islas.

Volviendo a las técnicas misionales de la Compañía de Jesús, es necesario mencionar que frente a estos contextos muchas veces desfavorables los jesuitas tuvieron que desarrollar diversas estrategias de adaptación y acomodación a las culturas y religiones locales jugando muchas veces en el límite de la ortodoxia católica. Los misioneros se transformaban en monjes budistas, brahamanes o mandarines confucianos según fuera necesario, aprendían a fondo (la mayoría de los casos) el idioma, adoptaban las dietas y costumbres de las comunidades a evangelizar, transformaban sus vestimentas (cabe destacar que los jesuitas, a diferencia de la mayoría de las ordenes religiosas católicas, no tienen un habito que los distinga particularmente) y estudiaban profundamente las obras literarias y religiosas locales para discutirlas con las élites letradas del lugar como pares. Muchos historiadores consideran que estas estrategias de adaptación fueron generando en algunos sacerdotes gérmenes de reflexión en torno a lo relativo de los valores culturales europeos y su supuesta superioridad.

A pesar de esta voluntad de acomodación de los misioneros, los choques idiomáticos y culturales sucedieron continuamente en todas las misiones asiáticas. No sólo existían distintas jerarquías de valores culturales y morales en oriente y occidente, sino que muchos de los conceptos de la religión cristiana -como el Pecado o la Redención- resultaron intraducibles (y, por lo tanto, muchas veces intransmitibles) a las culturales locales. Estas pugnas de sentido –y los esfuerzos de los jesuitas por superarlas- acontecen continuamente a lo largo del film. Los sacerdotes no sólo se enfrenaban a un Japón en el cual la Fe cristiana no terminaba de asentarse (o lo hacia de maneras que ellos no lo esperaban o deseaban), sino ademas a unas autoridades que los perseguían al mismo tiempo que los reprochaban: en varias escenas de la película se puede, por ejemplo, ver al “inquisidor” japones criticando al padre Rodrigues por no lograr terminar de comprender ni la idiosincrasia japonesa, ni su idioma.

En Silencio, como hemos dicho, son presentados de manera sutil muchos de estos problemas misionales y antropológicos que los jesuitas tuvieron que atravesar. De todas maneras, los conflictos en torno al dialogo intercultural no son, creo yo, los más interesantes que plantea la película.

El “Silencio” presente no es el generado por la incomprensión cultural o religiosa, ni mucho menos el de la naturaleza, sino el ensordecedor (valga el viejo cliché) silencio de Dios. La persecución y martirio de las comunidades cristianas japonesas lleva durante el film a los misioneros protagonistas a preguntar(se) continuamente a Dios sobre el sentido y las causas de su sufrimiento. Los eternos problemas del “Mal” en el Mundo, del rol del Ser Humano tanto en su génesis como en su solución y la pasividad de Dios frente al mismo son los ejes centrales de esta historia.

El silencio en la película es, finalmente, la ausencia de una respuesta clara de la divinidad durante al proceso de discernimiento interior de cara al sufrimiento de sus feligreses japoneses; esto es lo que lleva paulatinamente al padre Rodrigues al borde de la desesperación. No obstante, el silencio nunca termina de ser completo. Una respuesta llega al atormentado sacerdote. Temiendo, obviamente, revelar demasiado de este largometraje evitaré comentar cual es esa respuesta (y quién y cómo la responde). Sin embargo, en el núcleo de la respuesta que recibe Rodrigues reside lo fundamental (o aquello que debería serlo) de la Fe cristiana: la Caridad, es decir, el amor concebido como entrega desinteresada -hasta el nivel del sacrificio personal- hacia el otro.

El mensaje del film parece ser claro: frente a la persecución y padecimiento de los otros la espera pasiva de una solución divina no es aceptable. Las diferencias culturales, los proyectos misionales institucionales, la ortodoxia y hasta las creencias religiosas personales deben ser desplazadas (o puestas al menos entre paréntesis) en pos del prójimo. En Silencio, el mutismo divino no significa necesariamente la ausencia de la deidad, sino la apertura de un espacio para la libertad humana. Una libertad empujada y guiada por el amor, aunque no por eso exenta de una angustia existencial. Una frase podría resumir, creo, la película: cuando calla Dios, son los hombres los que deben hablar.

En una época donde Hollywood parece relegar la narrativa de historias (algo característico del cine de Scorsese) para abocarse a filmes autocelebratorios como La La Land, se puede, creo, ofrecer una última comparación entre Silencio y el premiado musical de Chazelle. Visiones diametralmente opuestas del amor (¿con mayúscula?) se presentan en ambas obras. Mientras que en la gran ganadora de estos Oscar -como nos lo han recordado la mayoría de las críticas más sesudas- la estética sirve de cascarón vacío para presentar la historia de una relación en la cual sus miembros tiran por la borda al amor mutuo para seguir sus proyectos y sueños individuales, en Silencio prima, en cambio, un amor de entrega y abandono. Son los planes personales de los jesuitas los que son desechados frente a la necesidad de los otros. No quiere decir que aquí no se representen egoísmos o pequeñeces humanas, sino que las mismas son transitadas y superadas mediante el sacrificio frente y para un otro.

Sabemos qué largometraje fue finalmente premiado. Y, muy probablemente, también podemos llegar a intuir por qué.

 


                                      (Arriba: Llegada de un barco portugués a Japón, 1620-1640) 


(*) Doctor en Historia.

Nota: Este artículo fue originalmente publicado en 2017, en el sitio web: https://medium.com/@nicolasperrone/algunas-notas-sobre-la-pel%C3%ADcula-silencio-de-mart%C3%ADn-scorsese-c852641e1e1d

Agradecemos al autor por la generosidad en escribirlo y compartirlo (RyT).

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