Un Dios silente
“Entonces el Señor le dijo: «Sal de tu cueva y espérame en el
monte, delante de mí.» Elías pudo sentir que el Señor estaba pasando, porque se
desató un viento poderoso que a su paso desgajaba los montes y partía las
rocas. Pero el Señor no estaba en el huracán. Tras el viento vino un terremoto.
Pero el Señor no estaba en el terremoto. Tras el terremoto vino un fuego. Pero
el Señor tampoco estaba en el fuego. Luego vino un silbo apacible y delicado”
(Del Primer Libro de los Reyes)
“Considerar cómo la divinidad se esconde…”
(Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales 196)
Por Nicolás H. Perrone (*)
Luego de una ceremonia en la cual una película -estética y correctamente
bella aunque ideológicamente cuestionable y vacía- como La La
Land se llevó una gran parte de los Oscar, ¿qué puede decirse
sobre Silencio, la nueva película de Martin Scorsese sobre los
mártires jesuitas en Japón en el siglo XVII (adaptada de la novela homónima del
escritor católico japones Shūsaku Endō)? Sin duda, muchas cosas.
Comencemos por las cuestiones técnicas, aquellas en la cuales fue
“derrotada” este largometraje.
Las actuaciones de Andrew Garfield y Adam Driver -quienes se prepararon
física y mentalmente para sus roles de misioneros jesuitas realizando una tanda
de Ejercicios Espirituales y brutales transformaciones físicas- fueron
ejemplares (y hasta inesperadamente buenas, al menos para mi): lograron
transmitir la pesada carga emocional de unos misioneros aislados,
desorientados, perseguidos y, sobre todo, desamparados -por Dios y por los
hombres- en una tierra extraña que los rechazaba continuamente. Asimismo, los
actores japoneses (Ogata, Asano y Kobuzuka) acompañaron a sus pares
estadounidenses con su propia intensidad. Por otra parte, la impactante
fotografía de la película -que le valió la única y solitariamente injusta
nominación al Oscar (arrebatada, como sabemos, por La La Land)-
está complementada por una ausente banda sonora que no sólo hace justicia al
título de la película, sino que es perfecta compañera de las profundas crisis
morales y religiosas de los protagonistas.
Pasando ahora a un terreno en el cual uno debería tener (al menos eso se
supone) un poco más de competencia para juzgar, podemos afirmar que la
recreación del contexto histórico en el film ha sido realizada con mucho
cuidado. A lo largo del mismo se pueden apreciar numerosos detalles
relacionados con la religiosidad desarrollada por Ignacio de Loyola. En los
diálogos y (scorsesianos) monólogos internos de los protagonistas aparecen
continuamente los finos rasgos de la espiritualidad ignaciana: la búsqueda de
la identificación con Cristo, la meditación anclada en lo sensorial, los
procesos de discernimiento de los misioneros y la búsqueda del Magis,
es decir aquella voluntad de autosuperación personal basada en el
descubrimiento de aquello que Dios pide a todo cristiano en cada encrucijada o
momento de su vida, son algunos ejemplos de esto. Una potente muestra de estos
detalles se ve en la escena en la cual el padre Rodrigues, el personaje de
Andrew Garfield, luego de una larga caminata sufre de sed hasta casi
desfallecer. Lo único que lo sostiene durante sus padecimientos es la
comparación continua de sus sufrimientos con los de Jesús: la sed sufrida por
Rodrigues era la misma que Cristo había padecido en la cruz.
De igual modo, las técnicas misionales jesuitas fundadas en la accomodatio (quizás
uno de los rasgos más cautivantes de las misiones orientales de la Compañía de
Jesús) y promovidas por Alessandro Valignano (quien no deja de aparecer, aunque
fugazmente, en Silencio) -responsable de las misiones en Asia en
ese período- tienen también lugar en este largometraje. Uno de los puntos por
los cuales las misiones jesuitas en China, Japón y la India se destacaron
históricamente fue la necesidad que los misioneros tuvieron de adaptarse a las
culturas locales para llevar adelante sus objetivos evangelizadores. A
diferencia de América en donde los jesuitas (y otras ordenes religiosas)
contaron con el apoyo institucional, económico y militar de las coronas
española y portuguesa y se encontraron con poblaciones indígenas ya sometidas,
en Asia los misioneros ignacianos tuvieron que hacer frente a grandes Estados
consolidados que lucharon muchas veces contra la intromisión cultural y
religiosa europea. El ejemplo puntual de Japón se puede ver claramente en la
película de Scorsese. Las primeras misiones católicas se instalaron en la isla
-gracias el famoso accionar del misionero Francisco Javier- durante un periodo
de guerras entre señores feudales que buscaban la unificación del reino. Aun
con algunas oposiciones del clero y algunos gobernantes locales, los misioneros
jesuitas aprovecharon la división política de Japón para consolidar a las
comunidades cristianas. Sin embargo, cuando este proceso de centralización y
unificación política llegó positivamente a su fin estas comunidades comenzaron
a ser duramente perseguidas por este nuevo poder central estatal. Como se ve
en Silencio, una de las preocupaciones de las autoridades japonesas
era que la expansión del cristianismo podía ser utilizada como cuña por las
potencias europeas (Portugal, España, Holanda o Inglaterra) para poder poner un
pie sobre aquellas islas.
Volviendo a las técnicas misionales de la Compañía de Jesús, es
necesario mencionar que frente a estos contextos muchas veces desfavorables los
jesuitas tuvieron que desarrollar diversas estrategias de adaptación y
acomodación a las culturas y religiones locales jugando muchas veces en el
límite de la ortodoxia católica. Los misioneros se transformaban en monjes
budistas, brahamanes o mandarines confucianos según fuera necesario, aprendían
a fondo (la mayoría de los casos) el idioma, adoptaban las dietas y costumbres
de las comunidades a evangelizar, transformaban sus vestimentas (cabe destacar
que los jesuitas, a diferencia de la mayoría de las ordenes religiosas
católicas, no tienen un habito que los distinga particularmente) y estudiaban
profundamente las obras literarias y religiosas locales para discutirlas con
las élites letradas del lugar como pares. Muchos historiadores consideran que
estas estrategias de adaptación fueron generando en algunos sacerdotes gérmenes
de reflexión en torno a lo relativo de los valores culturales europeos y su
supuesta superioridad.
A pesar de esta voluntad de acomodación de los misioneros, los choques idiomáticos y culturales sucedieron continuamente en todas las misiones asiáticas. No sólo existían distintas jerarquías de valores culturales y morales en oriente y occidente, sino que muchos de los conceptos de la religión cristiana -como el Pecado o la Redención- resultaron intraducibles (y, por lo tanto, muchas veces intransmitibles) a las culturales locales. Estas pugnas de sentido –y los esfuerzos de los jesuitas por superarlas- acontecen continuamente a lo largo del film. Los sacerdotes no sólo se enfrenaban a un Japón en el cual la Fe cristiana no terminaba de asentarse (o lo hacia de maneras que ellos no lo esperaban o deseaban), sino ademas a unas autoridades que los perseguían al mismo tiempo que los reprochaban: en varias escenas de la película se puede, por ejemplo, ver al “inquisidor” japones criticando al padre Rodrigues por no lograr terminar de comprender ni la idiosincrasia japonesa, ni su idioma.
En Silencio, como hemos dicho, son presentados de manera
sutil muchos de estos problemas misionales y antropológicos que los jesuitas
tuvieron que atravesar. De todas maneras, los conflictos en torno al dialogo
intercultural no son, creo yo, los más interesantes que plantea la película.
El “Silencio” presente no es el generado por la incomprensión cultural o
religiosa, ni mucho menos el de la naturaleza, sino el ensordecedor (valga el
viejo cliché) silencio de Dios. La persecución y martirio de las comunidades
cristianas japonesas lleva durante el film a los misioneros protagonistas a
preguntar(se) continuamente a Dios sobre el sentido y las causas de su
sufrimiento. Los eternos problemas del “Mal” en el Mundo, del rol del Ser
Humano tanto en su génesis como en su solución y la pasividad de Dios frente al
mismo son los ejes centrales de esta historia.
El silencio en la película es, finalmente, la ausencia de una respuesta
clara de la divinidad durante al proceso de discernimiento interior de cara al
sufrimiento de sus feligreses japoneses; esto es lo que lleva paulatinamente al
padre Rodrigues al borde de la desesperación. No obstante, el silencio nunca
termina de ser completo. Una respuesta llega al atormentado sacerdote.
Temiendo, obviamente, revelar demasiado de este largometraje evitaré comentar
cual es esa respuesta (y quién y cómo la responde). Sin embargo, en el núcleo
de la respuesta que recibe Rodrigues reside lo fundamental (o aquello que
debería serlo) de la Fe cristiana: la Caridad, es decir, el amor concebido como
entrega desinteresada -hasta el nivel del sacrificio personal- hacia el otro.
El mensaje del film parece ser claro: frente a la persecución y
padecimiento de los otros la espera pasiva de una solución divina no es
aceptable. Las diferencias culturales, los proyectos misionales
institucionales, la ortodoxia y hasta las creencias religiosas personales deben
ser desplazadas (o puestas al menos entre paréntesis) en pos del prójimo.
En Silencio, el mutismo divino no significa necesariamente la
ausencia de la deidad, sino la apertura de un espacio para la libertad humana.
Una libertad empujada y guiada por el amor, aunque no por eso exenta de una
angustia existencial. Una frase podría resumir, creo, la película: cuando calla
Dios, son los hombres los que deben hablar.
En una época donde Hollywood parece relegar la narrativa de historias
(algo característico del cine de Scorsese) para abocarse a filmes
autocelebratorios como La La Land, se puede, creo, ofrecer una
última comparación entre Silencio y el premiado musical de
Chazelle. Visiones diametralmente opuestas del amor (¿con mayúscula?) se
presentan en ambas obras. Mientras que en la gran ganadora de estos Oscar -como
nos lo han recordado la mayoría de las críticas más sesudas- la estética sirve
de cascarón vacío para presentar la historia de una relación en la cual sus
miembros tiran por la borda al amor mutuo para seguir sus proyectos y sueños
individuales, en Silencio prima, en cambio, un amor de entrega
y abandono. Son los planes personales de los jesuitas los que son desechados
frente a la necesidad de los otros. No quiere decir que aquí no se representen
egoísmos o pequeñeces humanas, sino que las mismas son transitadas y superadas
mediante el sacrificio frente y para un otro.
Sabemos qué largometraje fue finalmente premiado. Y, muy probablemente,
también podemos llegar a intuir por qué.
(Arriba: Llegada de un barco portugués a Japón, 1620-1640)
(*) Doctor en Historia.
Nota: Este artículo fue
originalmente publicado en 2017, en el sitio web: https://medium.com/@nicolasperrone/algunas-notas-sobre-la-pel%C3%ADcula-silencio-de-mart%C3%ADn-scorsese-c852641e1e1d
Agradecemos al autor por
la generosidad en escribirlo y compartirlo (RyT).
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