La nunca gloriosa adentración de Jesús
Por Franco Caramuto (*)
Cuando
pensamos en el hecho teológico de la Ascensión gloriosa de Jesús a los
cielos (que tanto nos gusta nombrar), solemos imaginar una especie de despedida
cósmica: Cristo elevándose hacia un cielo lejano, separado de la tierra y de
los dramas humanos. Marcando una diferencia radical entre él, su Padre y la
siempre marginada mundanidad. Pero, justamente (y por suerte) el texto que se
nos invita a leer, para la conmemoración de esta solemnidad, expresa algo
totalmente diferente.
“Hombres de Galilea, ¿por
qué siguen mirando al cielo?” (Hch 1,11).
En este
relato, la pregunta de los ángeles no es para nada ingenua. Es toda una
corrección y una provocación teológica. Como si dijeran: no busquen arriba lo
que ahora debe ser descubierto aquí abajo; ¿Por qué quieren convertir a Jesús
en una divinidad desencarnada, alejada de la historia, escondida en un más allá
inaccesible, totalmente separado de lo humano?
Desde los
inicios del cristianismo existió una tensión que, lamentablemente, todavía
perdura: la tentación de separar a Dios o lo sagrado de la vida concreta,
carnal, cotidiana y hasta ordinaria de todos los días.
Un Dios
que NO está en los cielos
Muchas veces
imaginamos el cielo como un lugar lejano, suspendido en alguna dimensión
sobrenatural. Sin embargo, para la mentalidad semita de Jesús, el cielo no era
simplemente “algo allá arriba”. El cielo era toda la esfera de la existencia,
toda la realidad abrazada por la presencia divina. Cuando Jesús decía: “Padre
nuestro que estás en los cielos”, no estaba pensando en un Dios escondido
detrás de las nubes, sino en un Dios que habita y sostiene la totalidad de lo
real.
Siempre tuve
ganas de proponer una traducción más existencial del Padrenuestro. Tal vez algo
así como: “Padre nuestro que estás en la Realidad”, o simplemente “en la Vida”,
como le gustaba decir a Raimon Panikkar. Y aunque esa traducción pueda sonar
incómoda para algunos, sospecho que está mucho más cerca de la sensibilidad de
Jesús que ciertas imágenes infantiles y desencarnadas de un Dios viviendo “allá
arriba”, lejos del barro de la historia.
La
encarnación sigue generando conflictos
Por eso
pienso y creo, de todo corazón, como teólogo y creyente, que lo que el
cristianismo celebra como la Ascensión de Jesús a los cielos, no significa
necesariamente la huida, la fuga mundi, de Jesús hacia un mundo
celestial puro, perfecto y luminoso. Casi como si dijera: “Ahora que resucité y
soy demasiado puro para estar acá, me voy a otro lugar que pueda tolerar mi
luminosidad”. De esa idea al desprecio por la materia y por el mundo hay un
solo paso. Y hay que tener mucho cuidado con eso. Porque muchas catequesis,
predicaciones e incluso ciertas espiritualidades terminan acentuando esta
escisión radical entre Dios y el ser humano, entre lo sagrado y lo profano,
entre el cielo y la tierra, desarmando y negando de este modo, el corazón de
toda teología cristiana: la encarnación.
No creo que
Jesús abandone la tierra para desentenderse de ella. Todo lo contrario: la encarnación
llega aquí a su máxima radicalidad. Lo divino ya no queda reducido a un cuerpo
histórico particular ni a un lugar sagrado específico, sino que irrumpe como
posibilidad de encuentro en toda la realidad. La tierra deja de ser solamente
tierra; sino que se vuelve transparencia, símbolo y sacramento de lo divino.
La
hipótesis de la adentración
Si se me
permite, considero que la Ascensión de Jesús, generalmente se ha
entendido de forma incompleta o mejor dicho desde una mirada parcial y
demasiado racional. No se trata de una ascensión hacia arriba sino hacia dentro.
Jesús no se elevó sobre la materia, sino que se sumergió todavía más
profundamente en ella. Y eso marca una diferencia teológica radical. El texto
de Hechos parece insinuar precisamente eso: a Dios ya no hace falta buscarlo
solamente en los cielos, en el templo o por fuera de la realidad. Ahora sabemos
que habita las profundidades mismas de la Vida y que para tomar contacto con él,
no es necesario entrar en un éxtasis de ojos cerrados, angelical y evasivo,
sino simplemente, abrir los ojos y buscarlo ahí mismo donde me encuentro, en el
entre y el mientras tanto de la vida cotidiana:
“El Reino
de Dios, no vendrá espectacularmente, ni dirán esta aquí o esta allí, porque el
Reino de Dios está ente ustedes” (Lc 17,21)
Un poco
de historia
En los
primeros siglos del cristianismo, esta intuición chocó fuertemente con ciertas
corrientes gnósticas que despreciaban la materia, el cuerpo y la vida concreta.
Soñaban con una espiritualidad pura, desencarnada, enemiga de lo terreno. Pero
el cristianismo primitivo, al menos en su núcleo más profundo, insistió en algo
escandaloso: Dios había asumido la carne, la historia, el dolor y la fragilidad
humana. La salvación no consistía en escapar del mundo, sino en aprender a
descubrir lo sagrado en medio de él. Por eso hoy aquellas palabras vuelven a
resonar con fuerza:
“Hombres (y mujeres) de Galilea (y de todas
partes), ¿por qué siguen mirando al cielo?”
Tal vez
porque seguimos creyendo que Dios está lejos, separado del mundo y ajeno a la
trama concreta de la vida. O quizá porque, incluso dentro del cristianismo,
todavía llevamos demasiado neoplatonismo adherido al cuerpo y muy poca
experiencia real del Abba de Jesús.
¿Y cómo
advertimos esto? En que reflexiones como éstas siguen despertando —sobre todo
dentro del propio cristianismo— críticas, rechazo y hasta condena. Nos cuesta soltar
la idea de que lo sagrado habita únicamente en los templos, en las doctrinas o
en experiencias extraordinarias, mientras olvidamos que el Misterio también
respira en lo cotidiano: en una mesa compartida, en una herida acompañada, en
el silencio, en el cuerpo, en el amor, en una lágrima, en una conversación
verdadera, en un instante tan placentero como doloroso, y en cada contradicción
que atravesamos día a día.
Conclusión
La Ascensión
no debería invitarnos a escapar de la tierra, sino a hundirnos más
profundamente en ella. A en-terrarnos cada día un poco más. No huyendo
de la vida, sino descubriendo en ella, una profundidad tan mundana como sagrada,
que convoca a no querer escapar del puchero cotidiano, afrontando día a día,
nuestra condición se seres mundanamente sagrados.
Decía Jorge
Luis Borges: “hay quien ha visto a Dios en un resplandor, en una espada o en
los círculos de una rosa”. Y algo de eso intuye también la mirada mística:
en cada fragmento habita el Todo. En cada instante puede revelarse la
eternidad. En cada mate puede haber eucaristía. En cada decepción puede
esconderse una ascensión. En cada respiración hay ascensión. En cada expiración
hay adentración.
(*) Teólogo. Docente.
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