DSI: 135 años defendiendo la infinita dignidad humana
Por Aníbal Germán Torres (*)
“Denles ustedes
de comer”
(Jesús de Nazaret)
“…el aporte de la Doctrina Social de la
Iglesia tiene en sí esta raíz popular que no se debe olvidar; El cambio de
época que estamos afrontando hace hoy aún más necesaria la continua interacción
entre los bautizados y el Magisterio, entre los ciudadanos y los expertos,
entre el pueblo y las instituciones”
(Dilexi te 82)
Nuestro
mundo, como sabemos, se encuentra lacerado por la crisis ecológica
socio-ambiental, la injusticia estructural, la guerra “en pedazos”, el
neocolonialismo, el asedio a la democracia como estilo de vida y la falta de
ética en la revolución de los algoritmos. Claro está, no son los únicos fenómenos,
pero acaso conformen los desafíos más acuciantes. El recordado Papa Francisco,
quien dejó este mundo en el comienzo de la Pascua, nos convocó en el Jubileo
del primer cuarto del siglo XXI a una amplia “alianza social para la esperanza”
(Spes non confundit 9).
Su
sucesor, el Cardenal agustino Robert Francis Prevost Martínez, de nacionalidad
estadounidense y peruana, eligió el nombre de León XIV, lo cual dio lugar a una
serie de interpretaciones, algunas piadosas pero no necesariamente acertadas.
Tras saludar “urbi et orbi” desde el balcón central de la Basílica de San
Pedro, presentándose como “un hijo (espiritual) de San Agustín” y enfatizando
la urgencia de “la paz desarmada y desarmante, humilde y perseverante”
(verdadero don de Cristo resucitado para el mundo), el nuevo Pontífice explicó
ante el Colegio Cardenalicio el motivo del nombre que escogió: “…al sentirme
llamado a proseguir este camino, pensé tomar el nombre de León XIV. Hay varias
razones, pero la principal es porque el Papa León XIII, con la histórica
Encíclica Rerum novarum, afrontó la cuestión social en el
contexto de la primera gran revolución industrial y hoy la Iglesia ofrece a
todos, su patrimonio de Doctrina Social para responder a otra revolución
industrial y a los desarrollos de la inteligencia artificial, que comportan
nuevos desafíos en la defensa de la dignidad humana, de la justicia y el
trabajo” (10/05/2025).
Esta
breve pero significativa referencia nos hace pensar a varios que el actual
pontificado, que el pasado 8 de mayo cumplió su primer año, pondrá especial
énfasis en la Doctrina Social de la Iglesia (DSI), inaugurada con la mencionada
encíclica, publicada un 15 de mayo, hace 135 años, por León XIII, de feliz
memoria. De hecho, en la Exhortación apostolica Dilexi te (2025), se dedica el capítulo cuarto a reivindicar
el Magisterio Social Pontificio.
Por
poner un “dato de color”, como suele decirse, hay un célebre pasaje fílmico de
la película “El padrecito” (1964), donde el genial Mario Moreno Reyes
“Cantinflas” se mostraba como un joven sacerdote imbuido plenamente de la DSI.
Así,
a la luz de estos acontecimientos, en este trabajo me interesa destacar las
propuestas de la DSI o, como prefieren algunos decir en un leguaje
contemporáneo, el Discernimiento Social de la Iglesia (siguiendo a Tony Mifsud,
2004) en materia de fraternidad y desarrollo humano integral y sostenible
de los pueblos, especialmente de los pueblos pobres, y de los pobres mismos. Al
mismo tiempo, en sintonía con lo anterior, considero pertinente abordar la
cuestión de la creación y distribución de la riqueza, como así también las
críticas que ha recibido la DSI y los logros de la misma.
Antes
de continuar, resulta fundamental tener presente que la DSI no es ideología (en
el sentido arendtiano del término, es decir, “lógica -coactiva- de la idea”),
sino teología, concretamente, teología moral social. Este es su
estatuto epistemológico. Pese a que el término “doctrina” hoy no goce de
prestigio (pues se lo asocia equívocamente a “adoctrinamiento”, en detrimento
de la formación de una conciencia libre y lúcida), tengamos en cuenta que la
Iglesia toma dicha noción de la palabra latina “docere”, es decir,
“enseñanza”. Por otra parte, es inexacto decir que antes de la DSI la
Iglesia no había dicho y hecho nada respecto a los temas sociales, políticos,
económicos, etc. Tanto la Sagrada Escritura (con el profetismo del Antiguo
Testamento y las enseñanzas de Jesucristo de Nazaret y la comunidad cristiana
primitiva) como la Tradición viva (la Patrística y los eminentes doctores y
doctoras de la Iglesia), además de los testimonios de los santos y las santas que
encarnaron la caridad evangélica a lo largo de los siglos, son fuentes directas
de la DSI, la cual -según el criterio de San Vicente de Lérins- siempre está evolucionando.
A
partir de estos señalamientos, sostengo también que en el Papa León XIV, según
trasunta en sus declaraciones públicas y primeros documentos, hay continuidad
y cambio respecto a sus predecesores: para Pío XII, elegido
prácticamente en las puertas del estallido de la Segunda Guerra Mundial, el
lema era Opus iustitiae pax (“La paz, obra de la justicia”).
Para Juan Pablo II, como quedó plasmado en la publicación del Compendio de la Doctrina Social de la
Iglesia,
la consigna era Opus solidaritatis pax (“La paz, obra de la
solidaridad”). Y para Francisco la paz resultaba fruto de la fraternidad y la
organización comunitaria.
La DSI hasta antes de León XIV: posicionamiento público según la evolución de la “cuestión social”
En
una apretada síntesis y siguiendo la identificación de tres grandes etapas en
la historia de la DSI, según postulara el recordado estudioso argentino Gerardo Farrell, recordemos que la Enseñanza Social
de la Iglesia surgió con la ya referida Rerum Novarum. Cabe recordar que este
pronunciamiento desde el más alto nivel del Magisterio de la Iglesia, se dio
como respuesta (alternativa y superadora) a la llamada “cuestión social” o
“cuestión obrera”, producto de las consecuencias sociales que iba dejando la
Revolución Industrial, sobre todo en los países de un capitalismo avanzado para
la época. De esto da cuenta la monumental novela Los Miserables de
Victor Hugo (1862), si bien constituye un tratado religioso más que
sociohistórico, como lo considera fundadamente Mario Vargas Llosa en La tentación de lo imposible. Desde aquel momento y hasta 1958,
año del fallecimiento de Pío XII, la cuestión social (y con ella la DSI) tuvo
un carácter marcadamente socio-económico. Además, su método partía de lo
deductivo hacia lo empírico/inductivo.
Si
León XIII tomó distancia tanto de la lucha de clases (propugnada por el
socialismo) como de la no injerencia del Estado (según los postulados del
liberalismo clásico), promoviendo la sindicalización de los trabajadores y la
sanción de legislación social, Pío XI propondrá el principio de subsidariedad
del Estado (frente a los autoritarismos y totalitarismos en auge) y el
principio de la justicia social (ante el crack de Wall Street), como
rector de la economía, un aporte que remite al abordaje de la justicia general
en Santo Tomás de Aquino (Cf. Quadragesimo anno, en 1931). Tocará a Pío XII, ante la
tragedia de la Segunda Guerra Mundial, vislumbrar a la democracia como el
camino a recorrer por los pueblos (Cf. Benigtitas et Humanitas, en 1944), en línea con lo que más de
un siglo antes había advertido Alexis de Tocqueville tras su célebre viaje a Estados
Unidos.
En
los pontificados de Juan XXIII, Pablo VI y Juan Pablo I, no sólo tocó responder
a la expansión de la cuestión social a escala planetaria (con el impulso a la
carrera espacial en medio de la Guerra Fría y las discusiones sobre la natalidad),
sino también a un giro metodológico: de lo inductivo a lo deductivo, o, como lo
plasmará Juan XXIII en el número 236 de la encíclica Mater et Magistra, el método ver, juzgar,
actuar. Es decir, partimos de la realidad tal como es, no de las ideas que
tenemos sobre ella, lo que no supone, claro está, un inmanentismo. La renovación/actualización
(aggiornamento) que supuso el Sacrosanto Concilio Vaticano II
(1962-1965) y su llamamiento a discernir los signos de los tiempos (Cf. Gaudium
et Spes) y a aceptar una sana laicidad del Estado (Cf. Dignitatis
Humanae), enfatizó esa reorientación pastoral. Ahora bien, en esta
etapa, si pensamos por ejemplo tanto en los convulsionados años 60’ y 70’ (con
las protestas de trabajadores y estudiantes, como el Mayo Francés o el
Cordobazo en Argentina o los reclamos por los derechos civiles en Estados
Unidos, también con el movimiento de descolonización en África y Asia), el
mundo estaba partido en cuatro bloques: el capitalismo en Occidente, el
comunismo en Oriente y, a la vez, una línea más sutil pero real que separaba al
Norte desarrollado del Sur subdesarrollado. O, dicho en categorías de parte de
la teología y la filosofía surgida en y desde América Latina, el Sur
dependiente, cuyos pueblos anhelaban la liberación del dominio de los centros
de poder del Norte.
En
este contexto se expandirá por todo el mundo y paulatinamente la obra de amor
operante de una mujer, la Madre Teresa de Calcuta, entre “los más pobres de los
pobres” en los cuales veía a Cristo oculto “bajo un angustioso disfraz”.
Según entiendo -y de manera alegórica-, si “los miserables” dieron nombre al
sujeto social vulnerado en la primera etapa de la cuestión social, “los más
pobres de los pobres” caracterizaron a la segunda etapa, hasta que con
Francisco se hable de “los excluidos”, en la tercera etapa, iniciada con la
elección de Juan Pablo II en 1978, y que se prolonga hasta el presente.
Con
el Papa polaco, la DSI pondrá atención en los fundamentos antropológicos de los
problemas de la cuestión social. Para Juan Pablo II, la preocupación estaba en
corregir la visión que de la persona humana nos legó la modernidad, valorando
la infinita dignidad del varón y la mujer, en tanto imago Dei. Por
eso, en la única encíclica dedicada íntegramente al trabajo, Laborem exercens (1981), se destaca el carácter
subjetivo del mismo (quién produce) por sobre el carácter objetivo (lo que se
produce). Es decir, la persona del trabajador se pone en el centro y participa
espiritualmente del misterio de creación y de redención. Así, “el trabajo
humano es una clave, quizá la clave esencial, de
toda la cuestión social” (LE 3).
Con
la caída del Muro de Berlín en 1989 parecía que la historia llegaba a su fin,
según se había vaticinado equívocamente. Si bien reconocía la nueva realidad,
signada por el triunfo de la economía de mercado, la DSI no dejaría de advertir
sobre los peligros de convertir en ídolos al mercado y al dinero. Muestra de
este infausto devenir fue el estallido de la burbuja financiera en 2007-2008,
que merecería la reflexión de Benedicto XVI reimpulsando la necesidad de un
desarrollo humano integral (no meramente cuantitativo), con su encíclica Caritas in Veritate (2009), evocando la
encíclica Populorum Progressio de Pablo VI (1967) con el
impulso al desarrollo de todas las dimensiones del ser humano y para todas las
personas.
Desde
la elección del Papa Francisco en 2013, la etapa antropológica de la DSI se
complementará con la centralidad de la ecología integral y de la fraternidad,
óptica desde la cual el Obispo de Roma expresó su cercanía por “los miserables”
o “los más pobres de los pobres”. Lo manifestó el mismo nombre que eligió, por
primera vez en la historia del Papado: Francisco, por il poverello de
Asís, del cual se conmemoraron los ocho siglos de sus místicos estigmas y la
composición del precioso Cántico de las Criaturas y se recuerda también su partida de
este mundo en el 1226.
Con
su nombre, Francisco de Roma se hizo cargo de la opción preferencial
por los pobres, según la intuición profética (e incluso martirial) de la
Iglesia en América Latina, a partir de las Conferencias de Medellín (1968) y
Puebla (1979). Pero corresponde hacer notar que el Papa agregó a esta opción la
preposición “con”, según ha dicho varias veces Emilce Cuda. Es decir, optar
“con” los pobres es optar “con” los migrantes y refugiados, los descartados,
los trabajadores mal remunerados y con derechos vulnerados, las mujeres y los
niños abusados y postergados, los presos, etcétera. En definitiva, aquellos a
quienes la sociedad hedonista, consumista y exitista, considera como
descartados, como los leprosos de nuestro tiempo. Por eso, en Evangelii Gaudium (2013) el Papa tomó nota de la
delicada realidad actual: “Ya no se trata simplemente del fenómeno de la
explotación y de la opresión, sino de algo nuevo: con la exclusión queda
afectada en su misma raíz la pertenencia a la sociedad en la que se vive, pues
ya no se está en ella abajo, en la periferia, o sin poder, sino que se está
fuera. Los excluidos no son «explotados» sino desechos, «sobrantes»” (EG 53).
Esta
opción que el Papa propuso a toda la Iglesia, en sus 12 años de
pontificado, a la luz del Evangelio y de la Tradición, fue reforzada con otros
pronunciamientos magisteriales: en Evangelii Gaudium Francisco
nos dijo que “esta economía mata”, sobre todo a los más pobres (Cf. EG 53). En Laudato Si’ nos planteó que está
aconteciendo una crisis civilizatoria socio-ambiental, que demanda escuchar el
clamor de la tierra y el clamor de los pobres (Cf. LS 49). En Fratelli Tutti propuso, en una lectura no
acrítica de los postulados de la Revolución Francesa, (FT 103) tanto una
“fraternidad abierta” (FT 101) como una “fiesta de fraternidad social”,
(FT 110) junto con ratificar que para la DSI “el gran tema es el trabajo”
(FT 162).
Según
hizo constar Francisco en la encíclica Dilexit nos, la luz y la profundidad de la
mística sacricordiana estaba detrás de su Magisterio Social, ya que “bebiendo
de ese amor [de Jesucristo] nos volvemos capaces de tejer lazos fraternos, de
reconocer la dignidad de cada ser humano y de cuidar juntos nuestra casa común”
(DN 217).
El
legado de este gran Pontífice podemos resumirlo diciendo que en el delicado
contexto mundial actual urge entonces construir puentes de fraternidad (fundada
en la filiación divina), asumiendo que “la vida en común” se estructura “en
torno a comunidades organizadas” (FT 264). Tal es el discernimiento
evangélico e histórico que realizó el Papa argentino y jesuita, cuyo impulso a
la sinodalidad dentro de la Iglesia se proyecta al mundo secular como propuesta
concreta de diálogo socio-ambiental para la paz global, a partir de la
institucionalización de la solidaridad, del multilateralismo “desde abajo”, con
los pobres de las periferias en el centro de las tomas de decisiones económicas
y políticas. La DSI, que sostiene que el desarrollo humano integral y
sostenible es el nuevo nombre de la paz (Cf. PP 76; LS 13) puede y debe
brindar este servicio a la familia humana. Testigos que encarnaron el
Evangelio, como Francisco de Asís y Teresa de Calcuta nos recuerdan,
esperanzadamente, que “se puede” (EG 183).
La hora (y el desafío pastoral) de León XIV
Considero
pertinente referir en esta última sección las lúcidas palabras de Juan Pablo II
en, como dije, la única encíclica dedicada el tema del trabajo. Al expresar
certeramente la posición de la DSI sobre un tema crucial, como la llamada
teoría del valor, el Papa afirmó la prioridad del trabajo sobre el capital,
desde una perspectiva personalista:
“Así
pues el principio de la prioridad del trabajo respecto al capital es un postulado
que pertenece al orden de la moral social. Este postulado tiene importancia
clave tanto en un sistema basado sobre el principio de la propiedad privada de
los medios de producción, como en el sistema en que se haya limitado, incluso
radicalmente, la propiedad privada de estos medios. El trabajo, en cierto
sentido, es inseparable del capital, y no acepta de ningún modo aquella
antinomia, es decir, la separación y contraposición con relación a los medios
de producción, que han gravado sobre la vida humana en los últimos siglos, como
fruto de premisas únicamente económicas. Cuando el hombre trabaja, sirviéndose
del conjunto de los medios de producción, desea a la vez que los frutos de este
trabajo estén a su servicio y al de los demás y que en el proceso mismo del
trabajo tenga la posibilidad de aparecer como corresponsable y coartífice en el
puesto de trabajo, al cual está dedicado. Nacen de ahí algunos derechos
específicos de los trabajadores, que corresponden a la obligación del trabajo”
(LE 15).
Algunas críticas
Por
ignorancia o por malicia, algunos acusan a la DSI o Discernimiento Social de la
Iglesia de poner más el acento en la distribución que en la creación o
producción de valor. Desde una perspectiva económica, los sectores vinculados
al liberalismo clásico y al capitalismo de libre mercado acusan a la DSI de un
sesgo intervencionista y estatista. Así, argumentan que, al insistir en la
función social de la propiedad privada y en la regulación de los mercados para
garantizar el bien común, la Iglesia socava la libertad individual,
desincentiva la inversión y obstaculiza los mecanismos naturales de eficiencia
económica. Por el contrario, desde el pensamiento marxista y las corrientes de
izquierda radical, se le reprocha su carácter intrínsecamente “reformista y
burgués”. Para estos sectores, la DSI actúa como un analgésico social que
perpetúa las estructuras de opresión al condenar la lucha de clases y proponer,
en su lugar, una reconciliación (que entienden como “artificial”) entre el
capital y el trabajo basada en la caridad y la justicia social, lo que en la
práctica desarmaría los movimientos por transformaciones estructurales.
Incluso dentro de la propia Iglesia, no faltaron
quien acusaron a la DSI de adoptar una postura excesivamente eurocéntrica,
abstracta y desconectada de las realidades sufrientes del Sur Global, donde la
pobreza extrema requeriría una opción preferencial por y con los pobres más firme
y menos sujeta a las directrices diplomáticas de la Santa Sede.
También se
ha señalado que la principal limitación pragmática de la DSI radica en su
propia naturaleza jurídica y pastoral. Al carecer de poder coercitivo, sus
encíclicas y otros documentos no son vinculantes para los Estados ni para los
organismos internacionales, quedando reducidos a exhortaciones morales que los
gobiernos y los propios fieles católicos implementan o ignoran a conveniencia.
Se ha dicho que su lenguaje, a menudo deliberadamente amplio y ambiguo para
mantener la universalidad y evitar alinearse con partidos políticos
específicos, propicia interpretaciones contradictorias. Esto permitiría que un
mismo texto sea instrumentalizado tanto por regímenes conservadores como por
movimientos progresistas.
Según esta
línea de razonamiento, tras más de trece décadas, la DSI se debatiría entre el
idealismo de sus principios universales —como la solidaridad y la subsidiariedad—
y la fragilidad de su aplicación práctica en un mundo secularizado y pluralista
que avanza a un ritmo mucho más acelerado que las reformas internas de la
propia institución eclesial.
Más allá de las críticas no se puede objetar que a
lo largo de sus más de 135 años de historia, la Doctrina Social de la Iglesia
(DSI) se ha consolidado como una imprescindible brújula moral y una defensa
inquebrantable de la infinita dignidad humana, adaptándose con lucidez a las
transformaciones del mundo contemporáneo. Desde que el Papa León XIII promulgó
la encíclica Rerum Novarum en 1891 (superando incluso la polarización
interna de la Iglesia entre liberales e integristas), el magisterio pontificio
asumió la misión de alzar la voz contra las injusticias estructurales,
rechazando con igual firmeza tanto el individualismo radical del capitalismo
salvaje como el colectivismo deshumanizante del socialismo de Estado. Podemos
decir que la gran virtud de este corpus doctrinal radica en su capacidad para
situar a la persona humana en el centro absoluto de toda actividad política,
económica y social, postulando que las estructuras e instituciones carecen de
legitimidad si no están al servicio del desarrollo humano integral y sostenible
de cada persona humana y de los pueblos. Frente a un mundo secularizado y
fragmentado, la DSI ofrece un marco conceptual cohesivo fundado en principios
universales pero operantes históricamente que trascienden las contingencias
ideológicas de cada época.
Sin dudas uno de los mayores logros de la DSI ha
sido su defensa de los derechos de los trabajadores, anticipándose en muchos
aspectos a las legislaciones laborales modernas. Como vimos, esta postura
equilibrada introdujo el concepto de la primacía del trabajo sobre el capital,
desafiando las lógicas que priorizan el lucro financiero por encima del
bienestar familiar y comunitario, y humanizando las relaciones de producción en
momentos de explotación obrera que encuentra nuevas formas, por ejemplo, con
los empleos de aplicaciones.
Asimismo, la articulación de los principios de
solidaridad y subsidiariedad constituye otra de las virtudes intelectuales y
prácticas más potentes de la DSI. El principio de solidaridad recuerda que los
seres humanos somos interdependientes y responsables los unos de los otros,
promoviendo una opción preferencial por y con los más pobres y vulnerables. Por
su parte, la subsidiariedad actúa como un escudo protector de la libertad
frente al centralismo opresor, al defender que las instancias superiores de la
sociedad —como el Estado— no deben absorber las funciones que pueden realizar
las comunidades menores, como la familia o las asociaciones locales. Este
equilibrio impide tanto el desamparo social del laissez-faire como la
anulación de la iniciativa civil propia de los totalitarismos, inspirando el
discernimiento compartido hacia opciones que fomenten la cohesión social, la
participación ciudadana y el respeto a la autonomía comunitaria.
En las últimas décadas, la Iglesia ha sabido
conectar el sufrimiento de los descartados con la degradación del medio
ambiente, denunciando la “cultura del volquete” que reduce tanto a los recursos
naturales como a los seres humanos —especialmente los ancianos, los migrantes y
los niños no nacidos— a meros objetos de utilidad o desecho. De este modo, la
DSI no se ha quedado estancada en el siglo XIX, sino que ofrece hoy una crítica
profética contra la tecnocracia destructiva y propone un modelo de desarrollo humano
integral y sostenible basado en el cuidado de la Casa Común de la humanidad.
En definitiva, el valor imperecedero de la Doctrina
Social de la Iglesia en sus 135 años estriba en su autoridad moral para
dialogar con un mundo plural. Lo que algunos ven como una limitación -según
consignamos- es en realidad una virtud: al no identificarse con un partido
político específico ni proponer un modelo técnico de gobierno, se mantiene como
una brújula moral de validez universal en un mundo en constante transformación.
Su insistencia en el destino universal de los bienes, el bien común y la paz
mundial fundada en la justicia ha servido de inspiración para movimientos de
derechos humanos, líderes políticos y organizaciones sociales de diversas
creencias. La DSI sobrevive el paso del tiempo porque recuerda a la humanidad
que el progreso económico carece de valor si se consigue a costa de pisotear la
trascendencia, la libertad y los derechos sagrados de la persona humana.
Desde sus
orígenes a finales del siglo XIX, la DSI asume no cualquier humanismo, sino un
humanismo abierto a la trascendencia. Es desde allí que ha hecho a lo largo del
tiempo un discernimiento evangélico de las ideologías, tomando distancia del
socialismo, el liberalismo, los autoritarismos y totalitarismos (de izquierda y
derecha), el desarrollismo economicista, los populismos y el neo-liberalismo.
La Iglesia
encuentra en el Magisterio Social Pontificio una forma alternativa de
creatividad y de distribución solidaria para vencer la desolación violenta de
nuestro mundo desde la esperanza, especialmente de los más pobres, organizados
comunitariamente, porque, como dice León XIV: “el Magisterio de los
últimos ciento cincuenta años ofrece una auténtica fuente de enseñanzas
referidas a los pobres. De ese modo, los Obispos de Roma se han hecho voz de
nuevas conciencias, tomadas en consideración para el discernimiento eclesial”
(DT 83). A partir de Gerardo Farrell podemos recapitular este recorrido de la
siguiente manera: en la primera etapa (de 1891 a 1958), la DSI trató de
responder más bien a la temática “socio-económica”, con el método
deductivo-inductivo. En la segunda etapa (de 1958 a 1978), los Pontífices
reflexionaron en un contexto marcadamente “político” de la cuestión social,
aplicando el método ver-juzgar-actuar. En cambio, en la tercera etapa (de 1978
al presente), los temas prioritarios pasaron a ser los desafíos antropológicos
y (como observa el teólogo Agustín Podestá) ecológicos y los referidos a la
fraternidad. En cuanto al método (según advirtió el estudioso Bartolomeo Sorge)
habría comenzado un deslizamiento hacia la sinodalidad aplicada a la DSI.
Según entiendo, y en línea con lo expresado más
arriba, en cuanto a referencias más bien culturales y epocales, “los miserables”
(en términos de Victor Hugo) fueron los protagonistas vulnerados del siglo XIX,
mientras que “los más pobres de los pobres” (según la Madre Teresa de Calcuta)
lo fueron en gran parte del siglo XX y “los excluidos” (en palabras de
Francisco) lo son entre fines del siglo precedente y el actual. Acaso, los
documentos más representativos de cada una de la tres etapas de la DSI (además
del Compendio…) sean Rerum Novarum, Populorum Progressio y
Laudato Si’, si tenemos en cuenta la amplia repercusión que tuvieron
dentro y fuera de la Iglesia.
A 135 años
del nacimiento de la DSI, León XIV parece querer decirnos hoy, desde su propia
impronta, que la dimensión social de la evangelización no es optativa sino más
bien constitutiva de la instauración del Reino de Justicia y Paz que Jesucristo
Salvador trae para “¡todos, todos, todos!”: “La pregunta recurrente
es siempre la misma: ¿los menos dotados no son personas humanas? ¿Los débiles
no tienen nuestra misma dignidad? ¿Los que nacieron con menos posibilidades valen
menos como seres humanos, y sólo deben limitarse a sobrevivir? De nuestra
respuesta a estos interrogantes depende el valor de nuestras sociedades y
también nuestro futuro. O reconquistamos nuestra dignidad moral y espiritual, o
caemos como en un pozo de suciedad” (DT 95).
Está bien que miremos hacia lo alto pero, según
hace notar el teólogo Franco Caramuto, a la comunidad primitiva también se la
interrogó por esa actitud, porque no corresponde pedirle al Señor que asciende
a los cielos lo que él espera que hagamos nosotros en la tierra y que lo
realicemos hasta su regreso.
(*)
Doctor en Ciencia Política. Docente universitario.
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