Raimon Panikkar: El místico de la mundanidad
Por Franco Caramuto (*)
¿Quién fue Raimon Panikkar? Fue y es, sin lugar a dudas, uno de los pensadores más fascinantes y originales que nos ha dejado el siglo XX (1918-2010). Nació en Barcelona, hijo de una madre catalana de profunda sensibilidad católica y un padre indio de tradición hindú. Su propia biografía fue el crisol perfecto donde se fundieron dos mundos aparentemente irreconciliables: Sacerdote católico, doctor en filosofía, química y teología. Vivió una inmersión vital en la India que transformó su mirada para siempre. Él mismo resumió este inmenso viaje espiritual con una frase que se ha vuelto legendaria: "Salí cristiano, me he descubierto hindú y regreso buddhista, sin dejar por ello de ser lo primero". Lejos de ser un mero teórico de escritorio, Panikkar vivió su filosofía como un estilo de vida, convirtiéndose en un puente humano e intercultural entre las grandes tradiciones espirituales de la humanidad.
Una mística mundana y posible
Uno de los aportes más hermosos y revolucionarios de Panikkar fue su empeño en democratizar la mística. En un mundo moderno y tecnocientífico que parece haberse quedado ciego al reducir la realidad a lo que se puede medir o razonar lógicamente, él denunció la atrofia de nuestro "tercer ojo", el ojo de la fe y la contemplación espiritual. Para Panikkar, la mística no es un fenómeno paranormal ni un privilegio reservado a unos cuantos monjes aislados del mundo, sino una dimensión antropológica que pertenece a la naturaleza misma de todo ser humano. Nos invita a todos a redescubrir la mística simplemente como la “experiencia plena de la Vida”, una forma lúcida, consciente y amorosa de habitar el presente sin huir de la realidad cotidiana.
La intuición cosmoteándrica
En el plano de la teología y la filosofía, Panikkar lanzó desafíos monumentales a la mentalidad occidental tradicional. Su concepto estrella es la llamada intuición cosmoteándrica, una visión que afirma que la realidad es un tejido sin costuras, compuesto por tres dimensiones inseparables: lo divino (Theos), lo humano (Anthropos) y lo cósmico (Kosmos). Según esta mirada, Dios, el hombre y el mundo no son compartimentos estancos, sino que están íntimamente interconectados en una danza de comunión donde ninguna dimensión tiene jerarquía sobre la otra. Además, se atrevió a dar un paso audaz al "desontologizar" a Dios: afirmando que la divinidad no es una sustancia aislada o un Ente Supremo alejado en las nubes, sino más bien, relación pura, vínculo y correlacionalidad permanente, intimo e infinito que sostiene todo lo que existe, como aquel nudo vital que une la red Vital en la que nos movemos.
Ni uno ni dos: advaita
Para comprender esta profunda interconexión, Panikkar recurre a una antigua intuición heredada de la tradición hindú: la visión advaita. Este término sánscrito, que significa literalmente "no-dos" o "no-dualidad", resulta clave en todo su pensamiento. Como explica en su obra De la mística, advaita no debe confundirse con el monismo (la idea aburrida de que todo es exactamente una misma masa uniforme) ni con el dualismo (la creencia tajante de que Dios y el mundo, o el cuerpo y el alma, están totalmente separados). La mirada advaita nos revela que la realidad no opera en lógicas binarias; es la intuición profunda de que tú y el universo, o lo divino y lo humano, no son la misma cosa, pero tampoco dos realidades separadas. Están abrazadas en una unidad vital que sostiene y respeta las diferencias sin suprimirlas ni negarlas.
Mythos y Logos
Pero, ¿cómo podemos hablar de un misterio tan hondo sin arruinarlo al intentar definirlo? Aquí entra en juego otra de sus enseñanzas fascinantes, desarrollada a fondo en su libro Mito, fe y hermenéutica: la diferencia y complementariedad entre el logos y el mythos. El logos es la razón analítica, la palabra lógica que necesita clasificar, definir y separar en partes para comprender. El mythos, en cambio, es el lenguaje del símbolo, el horizonte profundo en el que simplemente estamos, respiramos y confiamos sin hacernos preguntas. Mientras el logos divide para explicar, el mythos une, sugiere y abre. Panikkar nos advierte que el gran drama de nuestra civilización ha sido endiosar al logos y asfixiar al mythos. Para acercarnos al misterio de la vida necesitamos lo que él llamaba un "saludable ayuno de la actividad pensante", permitiendo que el lenguaje simbólico vuelva a conquistar nuestro corazón y también nuestra razón.
Conclusiones panikkarianas
Finalmente, el legado de Panikkar resulta un antídoto urgente para nuestro mundo contemporáneo, tan fragmentado y herido por la intolerancia o el aislamiento. Nos propone vivir en una "secularidad sagrada", recordándonos que no hace falta escapar a un supuesto más allá para encontrar a Dios, porque la historia, la materia y lo profano son verdaderos espacios de epifanía divina donde lo sagrado se manifiesta a cada instante, como manifestación intrínseca de la realidad.
En tiempos de fanatismos y divisiones, Panikkar nos enseñó que el diálogo profundo, tanto intercultural como interreligioso, es el acto humanizante y místico por excelencia. Su vida y su obra nos invitan a ensanchar horizontes, profundizar nuestra comprensión de la realidad y revisar profundamente nuestras imágenes de Dios. Pero, sobre todo, nos recuerdan algo decisivo: que la mística no es un privilegio reservado a unos pocos ni a una élite de creyentes, sino una dimensión constitutiva del ser humano, muchas veces olvidada. Volver a vivir de cara a la mística podría llegar a ser una posible respuesta a muchas de las crisis antropológicas y culturales que atravesamos. Por eso, leer a Panikkar no es solo un ejercicio intelectual sino una invitación vital que vale la pena asumir y compartir y que, según creo, apenas está comenzando.
(*) Teólogo.

Comentarios
Publicar un comentario