La belleza eterna




"Yosaburo Kodama había nacido en Japón en 1904 y fue criado por su abuela. Químico de profesión, al morir su única pariente viajó a la Argentina donde conoció a María Antonia Schweitzer. Se casaron, fueron los padres de María Kodama y se distanciaron cuando ella era una niña. 'En una de las visitas acordadas, Kodama (María llama a su padre por el apellido) pasó a buscarme y fuimos al Museo de Arte Decorativo y al Museo de Bellas Artes. Exploramos galerías y exposiciones. Me transmitió su sensibilidad artística; me enseñó a mirar. Cuando le pregunté qué era la belleza, él se reservó su respuesta para el fin de semana siguiente y me regaló, entonces, un libro de arte con una lámina de La victoria de Samotracia. Pero no tiene cabeza, le dije. Y él me respondió: ¿Quién le dijo a usted que la belleza está en una cabeza? Mire los pliegues de la túnica; esos pliegues están agitados por la brisa del mar. Detener la brisa del mar en el movimiento de los pliegues de esa túnica para la eternidad, esa es la belleza'.

El diálogo, según escribió María Kodama en 1995, ocurrió en 1949, cuando ella tenía cuatro años. 'Sin embargo, expresa, es inenarrable la emoción que sentí en 1983 cuando la vi por primera vez en el Louvre, con Borges a mi lado, quien lloraba de emoción al recordar lo que yo siempre le había contado' ".

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Tenía razón Rilke cuando dijo: “una maravilla y todo un mundo: he aquí Grecia, el mar, la luz, el coraje y la victoria”. Y más aún Da Vinci con su sentencia: "la belleza perece en la vida, pero es inmortal en el arte".

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