Entre la superficialidad y el abismo: una lectura del malestar actual
Por Franco
Caramuto (*)
La
distracción como forma de vida
Yo no sé si somos realmente capaces de
dimensionar lo que estamos viviendo. A veces tengo la sensación de que el nivel
de superficialidad y de lo que llamo fuegoartificialidad en el que
estamos inmersos ha alcanzado tal intensidad que ya ni siquiera logramos tomar
conciencia de las situaciones atroces que, como humanidad y como comunidad,
estamos atravesando. Los medios, las redes y, en gran medida, la política
actual, parecen tener como objetivo siniestro el de distraernos de la realidad,
como le sucedía al protagonista del mito de la caverna de Platón, que vivía
absorto en las sombras de lo que en verdad ocurría a sus espaldas.
Cuando
lo terrible deja de escandalizar
¡Despertemos de una vez! ¡Nuestros pibes se
están muriendo! Y no por causas naturales, sino porque la violencia, el
resentimiento, el odio acumulado en nuestras sociedades y en nuestras propias
familias, están encontrando salidas cada vez más devastadoras. Suicidios en
aumento, niños que empuñan armas contra sus compañeros, escenas que hasta hace
poco parecían ajenas y hoy se vuelven tristemente cercanas. Y, sin embargo,
nada de esto nos parece escandalizar realmente.
Al parecer, nada de lo que estamos viviendo
con nuestros niños, adolescentes y jóvenes parece conmovernos en profundidad. Y
esto es, quizás, lo más grave. Hace más de mil seiscientos años, San Basilio
Magno denunciaba que una sociedad podía llegar a un punto tal de degradación en
el que el mal dejara de percibirse como tal. Hoy esa advertencia resuena con
una vigencia inquietante. Estamos tan absorbidos por nuestras urgencias, por la
lógica de la supervivencia cotidiana y por un bombardeo constante de estímulos,
noticias y distracciones, que ya no sabemos con claridad qué debería dolernos y
qué no. Lo terrible se termina volviendo algo cotidiano; lo aberrante, es solo un
dato más en la pantalla del celular y nuestra vida sigue así, sin más. ¿Qué es
lo que nos pasó? ¿Qué hicieron con nosotros? ¿En qué nos hemos convertido? ¿Qué
pasó con aquellos jóvenes idealistas que queríamos cambiar el mundo y entregar
la vida por un mundo mejor y mas humano? ¿Hasta dónde estos sistemas oscuros y
narcisistas nos han querido convencer de que ya nada se puede hacer? ¿En qué
momento nos hemos quedado como ovejas sin pastor?
Un
cultura enferma
En este contexto, las intuiciones de
Sigmund Freud en El malestar en la cultura adquieren una potencia casi
profética. Freud sostenía que los síntomas de una sociedad no son otra cosa que
la expresión ampliada de los conflictos internos de los individuos que la
componen. Si esto es así, entonces no podemos seguir interpretando lo que
ocurre como hechos aislados o excepcionales. La violencia creciente en niños y
adolescentes, los episodios extremos en instituciones educativas, las
autolesiones, el aumento sostenido de la depresión y el suicidio, no son fallas
aisladas del sistema, sino manifestaciones concretas de cómo estamos viviendo.
La
máquina que produce y rompe humanos
Hemos construido una cultura que ha hecho
del confort, del consumo, de la inmediatez y de la evitación sistemática del
dolor su horizonte principal. No es la producción per se el problema,
sino una lógica productiva que avanza sin considerar al otro ni integrar la
dimensión humana de lo que genera, maquinalizando sujetos, familias y
sociedades enteras. En ese proceso, hemos ido perdiendo la capacidad de
tramitar el conflicto interno; anestesiando tanto el padecimiento que, cuando
algo irrumpe, una frustración, una angustia, un vacío, ya no contamos con
recursos simbólicos ni personales para sostenerlo. Nadie nos lo ha enseñado y
la cultura circundante solo repite: “aguantá y seguí”, como si fuéramos un
engranaje más de una máquina o un electrodo de una computadora. Pero no lo
somos. El ser humano es frágil, permeable, y cuando las presiones internas y
externas se intensifican, no se rompe como una máquina: estalla. Y cuando
estalla, lo hace hacia adentro, en forma de depresión o suicidio; o hacia
afuera, en forma de violencia desmedida.
La
agresividad sin cauce
Sabemos que la agresividad es un elemento constitutivo del ser humano, e incluso de lo animal y que, por lo tanto, no desaparece, sino que se desplaza o se deforma. El problema es que hoy no la estamos transformando en nada. Faltan espacios reales de elaboración de esa tensión acumulada; faltan adultos disponibles para acompañar, en gran parte porque cada uno está atravesado por sus propias luchas. Tampoco contamos con instituciones capaces de sostener esta problemática con la profundidad que requiere. Tenemos cada vez más tecnología, más herramientas, más plataformas, más consumo, pero cada vez menos capacidad para sostener la vida cuando se vuelve difícil. Cada vez menos lugares donde alguien pueda decir “no puedo más” y ser verdaderamente escuchado. Y cuando una cultura deja de ofrecer espacios de sentido y escucha, el sujeto queda solo frente a su propio abismo. Y como advertía Friedrich Nietzsche, cuando se mira demasiado tiempo al abismo, éste también comienza a mirarnos. Y en ese cruce silencioso y peligroso, aparece algo más que el miedo; aparece el vértigo y con él, la posibilidad y el deseo oscuro de entregarse a ese abismo de infinita oscuridad.
De
la protesta a la propuesta
Ahora bien, si todo esto es así, no podemos
quedarnos en la denuncia estéril. Porque si bien todos somos, en alguna medida,
responsables de lo que está ocurriendo, también es cierto que dentro de toda
familia y de toda sociedad hay grados distintos de responsabilidad. Y en ese
punto, me hago cargo de lo que, a mí, personalmente me atañe. ¿Y qué es eso? Seguir
sosteniendo y haciendo público, una pro-testa que incomode, pero también
una pro-puesta que dé posibilidades, alternativas y anclajes para poder
salir de este abismo.
Deseo profundamente, con todas las
herramientas que tengo y con las que pueda seguir adquiriendo, aportar a la
reconstrucción de este tejido social herido. Lo que nuestros niños,
adolescentes y jóvenes están padeciendo no es solo una crisis psicológica. Es,
en el fondo, una carencia radical de acompañamiento humano y, por eso mismo,
espiritual. Sé que hay caminos, sé que hay modos de hacerlo, sé que hay formas
concretas de acompañar y de generar espacios de transformación. Sin embargo, lo
que hoy falta, en gran medida, son los medios y las estructuras que permitan
desplegarlo. Políticas publicas que nos den la posibilidad de poder entregar la
vida en ello, siendo plenamente conscientes de que todo don recibido es siempre
para el bienestar de la fraternidad universal.
Pero esto no se agota en lo personal.
Existen responsabilidades institucionales ineludibles. Hemos elegido a representantes
para gobernar y para abordar, entre otras cosas, estas problemáticas. A nivel
nacional, provincial y municipal, no dudo de que hay intentos y esfuerzos. Pero
también, con respeto y sin ánimo de descalificar, es necesario decirlo con
claridad: no está alcanzando. No está funcionando.
La política, en muchos casos, parece
haberse desplazado hacia una lógica de supervivencia interna, donde lo central
es sostener el poder más que transformar la realidad. Se invierte tiempo,
energía y recursos en estrategias de visibilidad, en disputas discursivas, en
espectáculos que entretienen, pero no transforman. Mientras tanto, lo esencial
queda relegado. Y aunque existen personas profundamente comprometidas, su
trabajo suele darse en espacios pequeños, autogestionados, sostenidos a pulmón,
dejando la vida en cada intento por acompañar situaciones de vulnerabilidad.
Mi crítica no busca escupir para todos
lados sin sentido alguno. Ni siquiera es una queja. Al contrario de ello, es un
manifiesto que intenta despertar a la vez que convocar. Busca movilizar
acciones concretas, más allá de cualquier bandera o pertenencia institucional.
Porque lo importante, hoy, no es quién lo haga, sino que se haga. Y que se haga
ya. La situación es grave y, si no se interviene con seriedad, será aún peor. Por
ello, es necesario que las políticas públicas coloquen el acompañamiento humano
de niños y jóvenes como eje transversal y prioritario. No como un área más,
fragmentada o secundaria, sino como el corazón de todo proyecto. No podemos
seguir destinando recursos principalmente a generar entretenimiento, ruido,
distracción o espectáculo, mientras lo urgente permanece desatendido. No se
trata de eliminar esos espacios, sino de ordenar prioridades. Hoy la prioridad
es otra. Y si no saben cómo hacerlo, acá estamos, para ayudar y aportar con
herramientas y dispositivos concretos para poder llevarlo a cabo.
Hay personas capacitadas, comprometidas y
disponibles para este trabajo. Lo que falta, como ya se dijo, es articulación,
decisión y recursos. No todo está perdido. Todavía estamos a tiempo. Pero el
margen se acorta.
Si nuestros niños y jóvenes están llegando
a estos extremos, es porque detrás hay familias que también están desbordadas,
padres que no pueden sostener, adultos que no encuentran herramientas.
Acompañar a los más chicos implica necesariamente también acompañar a quienes
están a su lado. Es una cadena. Un entramado. Un círculo que puede ser virtuoso
si se interviene con inteligencia y humanidad.
Hacia
un nuevo pacto humano
Como otrora planteó J.J. Rousseau, tal vez
sea tiempo de pensar en un nuevo y verdadero contrato social; o en un proyecto
de ética mundial, como propone Hans Küng; o, como yo prefiero llamarlo, en
un fideicomiso humano; no para construir más estructuras materiales ni
alimentar intereses económicos nefastos, sino para reconstruir vínculos,
sostener vidas y generar espacios de contención emocional, humana y espiritual
para los más vulnerables de nuestro tiempo.
No quisiera caer en una mirada
apocalíptica de la vida, pero considero que tal vez estemos en medio de la
tercera guerra mundial sin haberlo advertido; solo que, esta vez, los enemigos
no son de carne y hueso, sino invisibles: la violencia, la indiferencia, la
discriminación, el aislamiento, la falta de sentido. Son adversarios difíciles
de vencer, porque nuestras herramientas frente a ellos se han vuelto precarias
y defectuosas; ya que hemos abandonado hace tiempo la interioridad y los
valores que nos permitían hacerles frente.
Hoy la batalla es contra todo esto, y para
afrontarla necesitamos volver a nuestras raíces; recuperar la empatía, la
conciencia, la escucha, el silencio, el contacto con la naturaleza, la
espiritualidad, la introspección, la lectura, el movimiento y tantas otras
prácticas que hemos dejado de lado por creer que lo único importante era la
producción eficaz y el progreso a costa de perder cada día más humanidad. Trabajamos
y acumulamos dinero, propiedades y objetos pensando en un futuro; incluso
hablamos de un futuro mejor para nuestros hijos… pero si nuestros niños se
están muriendo, ¿de qué futuro estamos hablando?, ¿para quién estamos haciendo
todo esto? Porque si no hacemos algo, muchos de ellos no estarán presentes en
ese futuro tan anhelado.
“Les aseguro que todo lo que hicieron con
uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron” (Mt 25, 40)
(*) Teólogo.
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