Amalia y el tiempo

 


Por Iván Ridzevski (*)

Al llegar, los carceleros se asombraron cuando vieron la celda del artista. Las paredes estaban regadas de carbón; ya más cerca apreciaron que con él habían sido escritas, con suficiente detalle, consignas imposibles de gritar afuera. Hasta los muros de los sótanos denunciaban ese año, 1839, al dictador Juan Manuel de Rosas, proclamado hacía cinco años Restaurador de las Leyes. La cultura de aquella Buenos Aires pintó en uno de sus lienzos el hito romántico argentino de José Mármol, el poeta más célebre de su generación, privado de su libertad por el régimen de la Federación.

            No fue para Mármol un año más. En 1851 eligió el trágico 1839 como fondo para su novela Amalia, su gran romance y probablemente es más importante del siglo escrito en territorio argentino. Así y todo, estando prohibido la novela es publicada en el diario La Semana, de Montevideo. No es un accidente. La conspiración unitaria para horadar el poder de un gobierno argentino acorralado lleva años, y terminaría en 1852 con el triunfo de Urquiza en la Batalla de Caseros.

            Amalia es una obra trasuntada completamente por su tiempo; pesa en ella una masa una presencia inamovible de las intencionalidades políticas e históricas que pugnan por conformar el país. No son azarosas algunas denominaciones del autor para con ciertos estamentos sociales. La pluma tiene tinta infinita para todos los motes posibles que describen a los adherentes más firmes de Rosas: los desposeídos —distribuidos entre los simples pobres materiales y culturales—, los negros  y los indígenas —los aún no criollos, hijos de habitantes pertenecientes a pueblos originarios o mestizos de primera generación—, bien diferenciados entre sí, todos mencionados como “clase abyecta”, en oposición franca con el individuo burgués de la ciudad de Buenos Aires adaptado a la moda europea, más precisamente a la costumbre parisina. Mármol acusa sin metáforas de prebendaria a cualquier otredad no burguesa: toda atención del Estado es para él una dádiva que amordaza la voluntad noble, natural a todo hombre, carácter que exime al prebendado de “ser criatura de Dios”, volviéndose parte de una turba que no reconoce ideas, matices políticos, ni capacidad para el disenso. Es bueno recordar que la monarquía constitucional o parlamentaria es para el pensamiento unitario —y para el de Mármol puntualmente— la mejor forma de gobierno. La Revolución Francesa es valorada por contribuir a la caída de un gobierno que no supo administrar el poder. Así, Rosas equivale para la mirada porteña a un Luis XVI argentino, la masa indistinta de los humildes a los campesinos de la Francia profunda que estaban del lado del Antiguo Régimen, y los unitarios a los revolucionarios ilustrados que desde la capital peleaban a destajo por un estado centralizado atendido en un único sitio, camino emprendido definitivamente en 1852 después de Caseros.


(Arriba: retrato del Brigadier General  Juan Manuel de Rosas, "Restaurador de las Leyes")

            En la novela también se expresa la necesidad de la injerencia externa. En uno de sus tramos centrales Eduardo, enamorado y prometido de Amalia, viaja a Uruguay para reunirse con íconos de la cultura argentina y autoridades francesas que ofician de máquina de desgaste más allá del Río de la Plata. Se reproducen diálogos francos acerca de una intervención francesa entre telones, y de la prosperidad en la que podría nadar el país si el régimen federal llega a su fin con su ayuda, premiada con el acceso a reparaciones legales y económicas. 

            En medio de todo esto, Amalia Sáenz de Olabarrieta y Eduardo Belgrano —supuesto sobrino de Manuel Belgrano— se enamoran cuando una noche, después de un asalto de la Mazorca a una cuadrilla que él integra y que está a punto de embarcar para Uruguay, Belgrano es llevado por su amigo Daniel Bello, unitario infiltrado en las altas esferas federales. Los vestigios de esa noche inevitablemente arrojarán indicios que la mismísima María Josefa Ezcurra seguirá para descubrir al prófugo en la misma casa. La novela culmina con la muerte de Belgrano y un desvanecimiento grave de Amalia, todo a manos de agentes de la Mazorca.


(Arriba: "Soldado de la guardia de Rosas", de Raymond Monvoisin, 1842)

Las descripciones que el autor hace de los individuos de la época llaman a importantes enfoques reflexivos. Desde luego, tratándose de una obra maestra, el primero es el del artista y sus postulados ideológicos abiertamente verbalizados. La pluma no es para nada improvisada: el romance tiene una fuerte impronta europea en cada una de sus cinco partes, en las cuales se narra en perfecto hilado una gran crónica. No queda otro consejo que leerla y disfrutar de su espléndido paisajismo romántico criollo, plagado de un aquí y allá de la trifulca y el asalto, generados por la virulencia política de una época que definió los destinos del país.

Sin embargo, han pasado más de ciento setenta años de Amalia. Probablemente la mirada definitiva sea su mensaje y el tiempo que ha pasado, años y años de un país que parece reeditar todo el tiempo las mismas desgracias. La pulsión de anulación del trabajador a través de un odio emanada desde las vísceras más profundas no parece haber sufrido ningún cambio sustancial; tampoco la demonización de los líderes que les han tendido la mano, sostenida en la limitación de las libertades de aquellos que pueden vivir a expensas de una economía solvente o, en muchos casos, del trabajo que realizan los demás o de fortunas heredadas que, desde hace cincuenta años, son engrosadas por el sistema financiero. A la vez, se enumeran a través de los megáfonos de las corporaciones que sostienen este vaivén que a estas alturas parece cristalizado, que todo lo que vemos es soluble en el aire, que las cosas cambian todo el tiempo y a velocidades que superan la capacidad del entendimiento y la elaboración de la mente humana. No es asunto discutir esto último, aun cuando pueda tener algo de cierto, pero sí es menester la salvedad de que el tiempo no es uno solo. Y hay algunos tiempos, como el de Amalia, que permanecen sólidos, obstinados; ocurre que su composición sufre variaciones lentísimas no ya para nuestra mente, sino para toda nuestra vida. De esta manera, la lectura de este romance tiene una inmensa actualidad —sí, todavía desde la visión del poder que desde 1852, y con algunas interrupciones, rige los destinos de nuestra contrariada nación—; es un túnel trazado que ya abarca tres siglos, cuyo recorrido hace sentir hoy más que nunca el rigor de la ciénaga que es la historia argentina.

            Los tiempos cambian, sí… pero no en línea, ni en todo el cosmos social. Allí está el arte enseñando, gran auxilio para que el choque de corrientes no acabe con una humanidad que cree que tropieza y jamás se levanta. Hay otro tiempo que, por el contrario, parece para todos nosotros casi detenido. Es conveniente estar en pausa silenciosa para sentir su raíz; de otra forma, nunca podremos cambiarlo.         

 

(*) Licenciado en clarinete, magíster en música de cámara (UNR) y docente de historia de la música (Prof. De Música de la ciudad de San Lorenzo)

  

 

       

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