Orar con la Palabra, una relación profundamente sexual

 


Una introducción a la introducción 

Lo que estás a punto de leer es algo realmente hermoso. Y créeme que no lo digo porque yo mismo lo haya escrito, sino porque este texto narra una de las experiencias espirituales y teológicas más bellas de mi vida. Personalmente soy un gran admirador de aquellos autores que se arriesgan a escribir sobre experiencias personales y que hacen el enorme esfuerzo de no solo narrar lo vivido, sino también de ofrecer una hermenéutica de esa experiencia. Y este es, precisamente, el caso.

Resulta que, un domingo sin más, una amiga me reenvió este texto, diciéndome cuánto le había gustado y que cada cierto tiempo volvía a releerlo. La verdad es que yo ya no recordaba demasiado lo que, tantos años atrás, había escrito. Pero al volver a leerlo, se encendió en mi corazón una llama hermosa y sentí muchas ganas de compartirlo nuevamente, así tal cual como fue redactado. 

Hoy ha pasado mucha agua debajo de este escrito. Actualmente tengo 40 años; y ya hace una década que escribí aquello. En aquel entonces, era fraile franciscano y vivía en un viejo convento de Córdoba. Hoy ya no soy fraile y mi realidad es muy diferente a la de entonces; trabajo, tengo pareja y vivo al día, como la mayoría de las personas en la Argentina.

Sin embargo, cuando volví a releer lo que había escrito, algo dentro de mí volvió a renovarse. Por ese motivo quiero compartirlo tal cual fue escrito en aquel momento, con el deseo de que ustedes también puedan sentir y disfrutar algo de lo que yo experimenté tanto en aquel tiempo como en este presente.

Que lo disfruten.

                                       ***

A modo de introducción 

Una pequeña pero necesaria aclaración

Desde hace algún tiempo deseaba poder dejar algo escrito en torno a una situación que me tiene completamente atrapado y ocupado casi las veinticuatro horas del día.

Se trata de mi relación con la Palabra. Entiéndase por Palabra algún texto bíblico, más precisamente algún pasaje de los evangelios.

Pero antes de continuar con esto, me veo obligado a realizar una pequeña aclaración. Tengo el vago recuerdo de que, durante mi bello año de noviciado, allá en el frío y siempre hermoso Tafí del Valle (Tucumán), nuestro maestro nos leyó un texto de lo que creo era un místico judío que hablaba de la Torá, es decir, de la Palabra escrita de Dios.

Las expresiones de aquel relato eran exquisitas, llenas de Dios pero también de profunda humanidad. Recuerdo que trataba a la Torá como si fuera una persona, un ser vivo: por momentos mujer, por momentos hombre, por momentos divina.

Me encantaría saber quién era aquel escritor, para no dejarlo en el olvido y para evitar, sobre todo, el plagio o el robo de una experiencia que no es estrictamente mía, pero que sin duda comparto.

Después de muchos años de haber leído aquella hermosa reflexión, aún hoy sigue teniendo ecos en mi propia experiencia de Dios y de su Palabra. Por eso, lo que voy a redactar a continuación es, antes que nada, fruto del deseo casi salvaje de expresar algo de lo mucho que me provoca el contacto profundo con la Palabra de Dios.

Además, quisiera seguir dejando resonar aquel texto sublime leído durante el noviciado, hace ya más de diez años.

Ahora sí, habiendo aclarado estos matices, me lanzo con confianza a compartir algo del misterio que se produce cuando un ser humano se encuentra verdaderamente con la presencia real de Dios contenida en los textos de los evangelios.


¿Cómo podría definir mi relación con el texto sagrado?

¿Qué expresión sería la más acertada para describir un vínculo tan particular?

Sin pensarlo demasiado, lo primero que se me ocurre es la imagen de una relación sexual.

Sí, exactamente. Quizá sea la definición más precisa: mi relación con la Palabra es, de algún modo, una relación profundamente sexual.

Como sabemos, el sexo —o mejor dicho la sexualidad— es algo así como la totalidad de la persona.

Cuando hablamos de sexualidad, muchas veces hemos reducido el término —y la Iglesia ha sido en parte responsable de ello— al mero intercambio genital. Sin embargo, lo sexual, además de incluir lo genital y su interrelación, abarca la totalidad del ser humano.

Es decir: cuerpo, sentimientos, intimidad, vínculo, afectos, ternura, fuerza, pasión, amor, amistad y, por supuesto, también lo genital.

Desde mi experiencia, con el tiempo he aprendido a comprender la sexualidad como todo aquello que me vincula con otro u otra.

Creo que una verdadera relación se da entre dos personas, no más. Por eso, la relación sexual abre un espacio de intimidad entre dos seres.

Sin momentos de intimidad no puede existir una relación verdadera.

En la intimidad nos encontramos profundamente con el otro. Solo en ese momento preciso puedo decir que me estoy relacionando plenamente con quien tengo delante o a mi lado.

En la intimidad, en su ejercicio y práctica, logro crecer como persona junto con el otro. Solo allí puedo abrir mi ser y entregarlo, y de la misma manera puedo permitir que el ser del otro penetre en lo más profundo de mí.

Por eso digo que la intimidad es el ámbito de la relación sexual profunda, donde lo genital puede estar presente o no.

Algunas intimidades

Para poder entender un poco de lo que estoy diciendo necesito contar algunas intimidades.

En la medida de lo posible, todos los días me levanto bastante temprano, sobre todo cuando apenas está amaneciendo. En invierno, de hecho, me levanto todavía de noche.

Después de lavarme la cara, cepillarme los dientes y preparar el mate, me siento sobre una hermosa silla frailera de cuero, hecha completamente a mano hace más o menos cien años.

Sobre la mesa, delante de mí, solo hay un pequeño velador, la Biblia abierta en algún pasaje de los evangelios, una hoja A4, una lapicera, un resaltador fosforescente, una velita de aceite encendida, un ícono de Jesús y, por supuesto, el mate.

La ciudad, así como el convento, se encuentra en absoluto silencio. La mayoría aún duerme o apenas comienza a despertarse. Y yo ya estoy allí, sentado, en silencio, quieto, como escuchando la noche que está a punto de desaparecer para darle lugar al día.

¿Estoy solo?

No. De ninguna manera.

La Palabra abierta y el silencio me traen la presencia, desde lo más profundo, de Alguien que me estaba esperando.

La sensación es realmente hermosa. Tan hermosa que muchas veces llega a ser excitante, provocadora y tiernamente emocionante.

Sin duda, al leer esto muchos recordarán algunos pasajes donde Jesús se retiraba a orar en plena madrugada, como por ejemplo en Mc 1,35:

“Por la mañana, antes que amaneciera, Jesús se levantó, salió y fue a un lugar desierto; allí estuvo orando.”

O en Lc 4,42:

“Al hacerse de día, salió y se fue a un lugar solitario.”

Es cierto que para orar o encontrarse con Dios cualquier momento puede ser adecuado. Sin embargo, en el instante de la madrugada, en el amanecer, suceden cosas diferentes que no ocurren en otros momentos del día.

Es difícil de explicar, pero es así.

Supongo que Jesús —junto con tantos maestros espirituales que han preferido meditar durante la madrugada— fue consciente de la importancia de este momento del día para encontrarse con Dios.

Lo difícil de explicar se resuelve, simplemente, con la invitación a la experiencia.

No podría afirmar que solo se puede rezar en la madrugada o antes del amanecer —no hace falta caer en semejante absolutización—, pero sí puedo decir que es uno de los momentos privilegiados del día para encontrarse con Dios.

Hace poco leía un texto de Javier Melloni, un jesuita sumamente interesante, donde trataba este tema del Jesús orante durante la madrugada.

Decía algo que me gustó mucho y que puso un poco de contenido teórico a algo profundamente experiencial.

Él afirmaba que Jesús necesitaba rezar en la madrugada porque ese era el tiempo simbólico del origen, de la fuente. Por ese motivo necesitaba estar desde el comienzo del día, incluso antes de que el día empezara, para compartir con la historia y con el cosmos entero su presencia siempre abierta al Padre.

¡Y esto es precisamente lo que se experimenta!

Estar junto a Jesús, a su Padre Dios y al Espíritu en el momento exacto antes de que todo comience.

La oración silenciosa de la madrugada trae consigo el inmenso regalo de ser conscientes —aunque sea por unos minutos— de la intimidad trinitaria, del momento preciso de la creación permanente.

Y de algún modo, participar de ella.

La Palabra que me seduce

Recordemos aquí el hermoso texto del profeta Oseas donde Dios le dice a su pueblo:

“Yo te seduciré, te llevaré al desierto y te hablaré al corazón” (Os 2,14).

En esta expresión, Dios aparece como un amante apasionado y eternamente enamorado que busca seducir una y otra vez a su pueblo.

Lo mismo podríamos decir de cada uno de nosotros: Dios no se cansa de atraernos hacia sí, seduciéndonos desde lo más profundo del corazón.

La Palabra tiene esa misma característica divina.

Es, por naturaleza, profundamente seductora.

Cuando nos dedicamos a leer detenidamente un texto bíblico en un verdadero clima de oración —más aún en la madrugada— descubrimos que hay palabras o expresiones que tocan directamente nuestro deseo profundo.

Por ejemplo, en aquel llamado vocacional narrado en Jn 1,38, cuando los discípulos se acercan a Jesús y le preguntan:

“Maestro, ¿dónde vives?”

El texto dice que Jesús se volvió, los miró fijamente y les preguntó:

“¿Qué buscan?”

Solo esa escena ya es increíble.

La imagen de un Jesús que se da vuelta, mira a los ojos y pregunta “¿Qué buscan?” mueve los deseos más profundos del corazón humano.

Seduce hasta el punto de querer seguirlo sin importar nada más.

Porque de eso se trata la seducción.

Quien es verdaderamente seducido sigue al seductor sin hacerse demasiadas preguntas. No calcula, no teme, no mira hacia atrás.

Simplemente camina detrás de aquel que lo ha cautivado.

En este caso, Jesús.

La Palabra que se me esconde

La espiritualidad cristiana es, a veces, un poco extraña.

Por momentos es profundamente encarnada y humana.

¿Por qué digo esto?

Porque, nos guste o no, nuestra fe se sostiene sobre la austera base de un sepulcro vacío.

Como relata el evangelio de Juan, el discípulo amado creyó al ver el sepulcro vacío.

No necesitó esperar las apariciones de Jesús.

Le bastó aquella ausencia.

Seguimos, en cierto modo, a un Dios que no está.

O dicho de otro modo, seguimos a un Dios que vive desde la ausencia.

Un Dios que se esconde.

Los Padres del desierto ya lo decían: Dios es un seductor que se muestra… y que también se oculta.

La Palabra, por ser resonancia de Dios, participa del mismo misterio.

A veces es clara, directa, seductora.

Y otras veces se vuelve oscura, distante, silenciosa.

Pero eso no debería sorprendernos.

Porque la Palabra es una presencia viva.

Y las presencias vivas, como las personas amadas, a veces se muestran y otras veces se retiran para volver a seducir.

La Palabra que me transforma

Y finalmente esto.

Después de tanto amar y de tanto esperar, en aquellas mañanas silenciosas, frente a aquella amada hecha Palabra, sucede algo.

Un crujido en lo más profundo del corazón.

Una presencia dulce en las entrañas.

En el pecho.

En las manos.

Algo que no sé bien qué es, pero que intuyo debe ser Dios revelándose en letras que parecían muertas, pero que están vivas.

La Palabra finalmente transforma.

Siempre transforma.

Sana y abre.

Consuela y llama.

Satisface… y al mismo tiempo deja el deseo herido, con ganas de más.

Mucho más.

Así de bella es la Palabra.

***

Ya se escuchan los pájaros cantar con más fuerza.

La vida alrededor comienza a despertar.

Los autos arrancan.

Los hermanos salen de sus habitaciones.

Todo vuelve a ponerse en movimiento.

Y yo sigo allí, en silencio, junto a ella.

Distinto.

Transformado.

Más vivo.

Un poco más resucitado.

Tomo el último mate.

Doy gracias a Dios por haberse hecho presente una vez más.

Dejo la Palabra abierta, para poder mirarla cada vez que vuelva a mi cuarto y para que me recuerde durante el día lo que hoy hemos vivido juntos.

Finalmente apago el velador.

Apago la vela.

Y ahora sí, desde esta relación íntima con ella, me levanto de la silla y comienzo el día en paz.


Cordoba, 14/05/2016

Franco Caramuto

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