Lo que no te mata, te complejiza
Por Franco Caramuto (*)
Una pregunta que nunca me había hecho
En estas líneas propongo realizar una protesta
pero también una propuesta desde los problemas de una vida en vías de
extinción. Y lo hago desde el siguiente disparador: Una vez un profesor de bioética nos hizo una
serie de preguntas: ¿Qué define la vida? ¿Qué es lo propio de la vida? ¿Qué
hace que la vida sea vida? Claramente, una pregunta que nunca me había detenido
a pensar.
Antes de continuar con la lectura, me
gustaría que te tomes un minuto y puedas responder vos también a esta misma
pregunta; ¿qué dirías? ¿Qué es lo esencial de la vida? ¿Qué hace que la vida
sea vida?... Difícil, ¿no? Para eso sirve la filosofía, entre otras cosas; para
ayudarnos a pensar, para detenernos en aquello sobre lo que estamos parados
todos los días, las 24 horas, los 365 días del año, y que, por ser tan
evidente, lo damos por supuesto. Es curioso; lo más importante suele ser lo
menos pensado. Lo que más usamos, menos lo interrogamos.
Para que no te sientas mal, ninguno de
nosotros, tampoco supo muy bien qué responder en ese momento. Y no fue por
falta de inteligencia, sino porque como veremos más adelante, una de las
características propias de la vida es justamente su inefable complejidad y si
dificultad para poder objetivarla.
La vida es una de las cosas más
difíciles de definir. Es como cuando a Agustín de Hipona le preguntaron qué es
el tiempo; y él dijo: “si no me lo preguntan, lo sé; pero si me lo preguntan,
no puedo explicarlo correctamente”. Algo muy parecido nos pasa con la vida. La
vivimos todo el tiempo, pero pocas veces nos detenemos a preguntarnos por qué
estamos vivos y cómo es que la vida sigue viva.
A lo sumo, podemos definirla por su
opuesto. Estamos vivos porque no estamos muertos. Algo que podría decir, en cierta
forma, el filósofo Epicuro. O estamos vivos porque no estamos enfermos. Pero
incluso eso abre más preguntas que respuestas. Porque una persona enferma sigue
estando viva hasta que muere, es decir hasta que pierde la vida.
Entonces, ¿qué es lo que realmente pierde una persona cuando muere?
Relaciones complejas
Para no generar expectativas de
respuestas imposibles de alcanzar, podríamos empezar por una aproximación. Consideramos
que tal vez la vida tiene que ver con dos grandes dimensiones; lo
relacional y lo complejo. O si queremos decirlo de un modo más técnico,
podríamos definir la vida, al menos provisoriamente, como un entramado de
relaciones complejas (¡muy complejas!).
La idea de que la vida es una red de
relaciones no es ni nueva ni mía. Diversos pensadores y científicos han ido en
esa dirección. Edgar Morin habló de la realidad como un tejido complejo;
Humberto Maturana desarrolló la idea de autopoiesis, sistemas vivos que
se producen y sostienen a sí mismos en red; Spinoza planteó una realidad
profundamente interconectada; Martin Buber afirmó que el ser humano existe
en la relación yo-tú; Merleau-Ponty insistió en que estamos entrelazados
con el mundo; Emmanuel Levinas llegó a decir que el otro no es accesorio,
sino constitutivo de mi propia existencia. Y así, podríamos seguir. Pero
el punto es claro. La vida, en su núcleo más profundo, parece tener que ver con
el universo de las relaciones.
Esto que podría parecer una idea
abstracta se verifica en casi todos los ámbitos de la existencia: todo lo que
vive, se vincula; todo lo que deja de vincularse, tarde o temprano, de forma
real o simbólica, termina muriendo. Sin ir más lejos, la palabra vínculo, del
latín vinculum, significa lazo o unión. De modo que, cuando algo se des-vincula,
queda separado; y, en este caso, separado de la vida. Por consecuencia lógica,
todo aquello que se separa de la vida termina muriendo por desvinculación o por
falta de vínculos.
Además de ser una intuición filosófica,
dicha idea, es también un hecho biológico. Una célula aislada pierde su
capacidad de intercambio, deja de nutrirse, deja de comunicarse, y termina muriendo.
Un órgano desconectado del sistema deja de funcionar. El cuerpo mismo es una
sinfonía de relaciones constantes; químicas, eléctricas, energéticas y por qué
no espirituales.
Pero tampoco hace falta ir a un
microscopio ni aun laboratorio para poder entender esto. Lo vemos todos los
días de nuestras vidas. Una persona que se aísla profundamente empieza a
deteriorarse. A nivel psicológico, el aislamiento prolongado genera ansiedad,
depresión, pérdida de sentido. A nivel social, rompe vínculos, erosiona identidades.
Incluso la sociología y la psicología contemporánea lo vienen mostrando desde
hace tiempo; desde Émile Durkheim, que vinculaba el suicidio con la ruptura de
lazos sociales, hasta Viktor Frankl, que señalaba que el sentido de la vida se
juega en la apertura a algo o a alguien más allá de uno mismo, entre tantos
otros que sostienen que el asilamiento es lo que termina deteriorando la salud
mental y psíquica de las personas.
Incluso desde la teología podemos
también ver reflejado algo de esto. La doctrina del pecado (tan gustosamente
difundida) intenta demostrar, que cuando una persona se cierra o aísla del
vínculo con su Creador y con su comunidad, termina cayendo en el pecado,
que no seria precisamente cometer un acto “malo” relacionado generalmente con
la sexualidad (ya que esto sería caer en un reduccionismo salvaje), sino una
vida encerrada en sí misma, totalmente desvinculada de los demás, de la
naturaleza y obviamente de Dios, que termina dando como resultado una persona
plenamente egoísta, apática, aislada y a fin de cuentas, separada de la vida.
El asilamiento te mata y la complejidad
te da vida
Tal vez por eso, podríamos decir sin
exagerar que la muerte no es solo un evento biológico, sino un proceso
relacional. Morimos cuando perdemos las relaciones, cuando nos dejamos de
relacionar. Ahora bien, es cierto también que no todo lo que se relaciona, está
vivo o posee vida. ¿No? Y acá entra el segundo elemento constitutivo para la
vida: la complejidad.
Para que haya vida, no alcanza con que
sola haya relaciones. Tiene que haber relaciones complejas. Un sistema
planetario tiene relaciones. Los planetas giran en torno a una estrella. Hay
interacción, hay dependencia, hay orden. Pero eso no es vida.
La diferencia no está en la existencia
o no de relaciones, sino en el nivel, la cantidad y el grado de complejidad que
esas relaciones poseen. La vida aparece cuando las relaciones alcanzan un nivel
de multidimensionalidad, diversidad y profundidad tal, que logran generar algo nuevo,
que no estaba antes y que tampoco se reduce a la suma de sus partes. Complejidad
no es igual a desorden, caos o enfermedad, como muchas veces se ha creído. Al
contrario de ello, es riqueza, densidad y profundidad. Mientras más complejas
sen nuestras relaciones más hondas y autentica serán. En términos más simples;
a mayor complejidad en las relaciones, mayor calidad y profundidad de vida.
Esta lógica, como algo ya hemos visto,
atraviesa todos los niveles de la existencia: desde lo biológico, donde la vida
de un organismo se sostiene en una compleja red de interacciones celulares;
pasando por lo psicológico, en el que emociones, pensamientos, recuerdos y
vínculos se entrelazan en una dinámica constante; hasta lo social, ámbito en el
que familias, comunidades y culturas se configuran como auténticas tramas de
sentido. Y lo mismo podemos decir, del plano espiritual. En este punto, el
filósofo y teólogo, Raimon Panikkar ofreció una formulación especialmente
iluminadora al comprender la realidad como cosmoteándrica, no como la
suma de tres dimensiones separadas (lo cósmico, humano y divino), sino como una
única realidad relacional en la que esas dimensiones coexisten y se implican
mutuamente, entrelazadas en un mismo tejido de sentido. Por lo tanto, la vida
tiene que ver, no con un universo indiferente, aislado y frio, sino más bien
con un entramado y complejo nudo de relaciones, que terminan formando la aquello
que entendemos por Vida.
Una relación afectiva profunda no es
simple. Es compleja. Implica emociones, historia compartida, lenguaje,
silencios, conflictos, reconciliaciones. Una familia no es una suma de
individuos; sino una red dinámica de vínculos. Un espacio laboral sano no es
solo producción aislada; es interacción, reconocimiento, comunicación, trabajo
en equipo, cooperación. Incluso nuestra propia vida interior es compleja, ya
que fruto de un cúmulo complejo, de memoria, deseos, miedos, esperanza, voluntad,
cuerpo, historia, proyección, heridas… Y todo eso en constante y permanente relación.
Más preguntas
Ahora bien, si aceptamos, aunque sea provisoriamente,
que la vida se configura como un entramado de relaciones complejas, entonces se
vuelve inevitable abrir un nuevo campo de preguntas. Preguntas que ya no son
meramente teóricas, sino profundamente existenciales. ¿Qué ocurre cuando ese
entramado comienza a debilitarse? ¿Qué nos sucede cuando nuestras relaciones se
empobrecen, se reducen o directamente se pierden? ¿Qué pasa cuando la vida, en
lugar de complejizarse, se simplifica hasta volverse frágil, superficial o
incluso vacía?
Tal vez, el problema central de nuestro
tiempo no sea la falta de actividad, sino la falta de profundidad en nuestros
vínculos. Vivimos en una época atravesada por la hiperconectividad, donde las
posibilidades de contacto se multiplican, pero paradójicamente, la experiencia
de soledad se intensifica. Hemos aprendido a estar en contacto, pero
misteriosamente sin tocarnos o generando una nueva forma de con-tacto sin-tacto.
Te pregunto, acá entre nosotros: ¿cuánto hace que no vas a tomar una cerveza o
un café con ese amigo o amiga, que hace mucho no ves y que hace aún más que querés
ver? Si lo hacés, te felicito, eres un subversivo. Pero si no lo hacés y desde
hace tiempo te quedás con las ganas, ¿por qué no vas? ¿Qué estas esperando para
hacer algo gratuito y recreativo para tu vida o la vida de los demás?
La lógica de la productividad, del
rendimiento constante y de la eficiencia, propia de los sistemas económicos
contemporáneos, nos empuja a una carrera incesante. Corremos detrás de
objetivos, metas, resultados, eficacia, que ni siquiera son los nuestros. Intentamos sostenernos, llegar, cumplir. Sin
embargo, en ese mismo movimiento, muchas veces vamos perdiendo algo esencial:
la densidad de nuestros vínculos y la capacidad para mantener la complejidad en
nuestras vidas.
Las redes sociales, que en principio
prometían ampliar nuestras posibilidades de encuentro, no pocas veces terminan
generando fragmentación, comparación permanente, exposición sin intimidad y una
forma sutil de aislamiento. Se multiplican los contactos, pero se diluye el
encuentro. Se intensifica la comunicación, pero se empobrece la escucha. Y en
ese escenario, la pregunta inicial ¿qué es la vida? adquiere un nuevo
espesor y una urgencia distinta. Porque ya no se trata solo de definirla, sino
de reconocer si efectivamente estamos viviendo o muriendo.
¿Es posible que una vida biológicamente
activa sea, al mismo tiempo, existencialmente empobrecida? ¿No corre riesgo la
vida cuando el sistema en el que estamos inmersos (sin necesidad de caer en
miradas conspirativas) favorece dinámicas que tienden a la fragmentación, al
aislamiento y a la desvinculación progresiva? En este sentido, podría decirse
que habitamos una lógica profundamente divisiva. Una lógica que separa
fragmenta, disocia y aísla. Si uno quisiera recuperar una categoría clásica, en
su sentido más originario, podríamos incluso hablar de una dinámica día-bólica,
entendida no en un sentido moralista o religioso superficial, sino etimológico
y teológico, como aquello que divide, rompe, que corta los lazos y que termina
expulsando a la más oscura soledad. Nos separa de los otros, debilitando los
vínculos comunitarios. Nos separa de nosotros mismos, fragmentando nuestra
interioridad. Y, en muchos casos, nos desconecta también de toda dimensión trascendente,
reduciendo la experiencia humana a lo meramente funcional o utilitario, como
único criterio de importancia o peor aún, de verdad: “si soy exitoso es porque
soy bueno”; “si soy rico, es porque soy inteligente”, “si soy famoso y prospero
es porque hice las cosas bien”.
Desde esta perspectiva, la pregunta se
vuelve inevitable: ¿estamos viviendo en un contexto que, lenta y
silenciosamente, va erosionando la vida? ¿O, en cierto modo, somos nosotros
mismos quienes, casi sin advertirlo, participamos de una dinámica que nos
empobrece vincularmente? Tal vez esta clave permita comprender, al menos
parcialmente, algunos fenómenos contemporáneos cada vez más visibles como, por
ejemplo; el crecimiento sostenido de la ansiedad, la depresión y, en
situaciones límite, el suicidio, incluso en edades cada vez más tempranas.
No se trata de reducir estas
problemáticas a una única causa; sería simplificar en exceso; pero sí de
reconocer que el empobrecimiento relacional constituye un factor relevante que
no puede ser ignorado. Algo, evidentemente, está ocurriendo. Y advertirlo es
necesario, pero no suficiente. Porque la mera pro-testa, si no va
acompañada de una pro-puesta, (como diría un querido y sabio amigo)
corre el riesgo de volverse estéril, vacía y hasta en cierta medida, alienante.
De la protesta a la propuesta
Por eso, la cuestión decisiva no es
solo qué está pasando, sino qué hacemos frente a ello. La propuesta, en este
punto, puede formularse de manera sencilla, aunque no por eso menos exigente: volver
a vincularnos. Pero no de cualquier modo. No se trata de aumentar la cantidad
de relaciones, sino de recuperar su calidad, su profundidad y su complejidad. Se
trata de reeducarnos en el bello y complejo arte de vincularnos con nosotros
mismos (reconectando con nuestra propia interioridad), con los otros (desde una
apertura genuina y empática), con el mundo (reconociendo nuestra pertenencia a
un entramado mayor) y con lo Trascendente, cualquiera sea el modo en que cada
uno lo nombre o experimente.
Esto implica también repensar la idea
de comunidad. No toda forma de agrupamiento humano alcanza para constituirla en
sentido pleno. Una verdadera comunidad se funda en la empatía, en la capacidad
de acoger, escuchar y sobre todo de saber acompañar sin juzgar. No anula las
diferencias, sino que las integra en una trama común de sentido. Y, de algún
modo, se configura como un espacio que resiste activamente toda lógica día-bólica
de aislamiento, todo impulso individualista y toda tendencia al encierro en uno
mismo
Soledad y aislamiento
En este punto resulta fundamental
distinguir entre soledad y aislamiento. La soledad, en determinadas
condiciones, puede ser un espacio fecundo de encuentro con uno mismo, de
interiorización y de crecimiento. El aislamiento, en cambio, es ruptura,
desconexión, empobrecimiento. No abre, sino que clausura, encierra, enferma y
mata. De allí que quizás una de las
tareas más urgentes de nuestro tiempo sea volvernos, en cierto sentido, artesanos
o expertos del vínculo. Aprender nuevamente a mirar, a escuchar y a habitar
la presencia del otro sin reducirla a la mera funcionalidad o conveniencia;
sino, en palabras de Francisco de Asís, atrevernos a vivir una auténtica
fraternidad universal, capaz de tejer lazos y vínculos de tal complejidad que
se vuelvan verdaderos oasis y fuentes inagotables de Vida en abundancia.
En definitiva, considero que se trata de
complejizar cada día un poco más la existencia. Pero no en el sentido de
volverla más caótica o pesada, sino más rica, densa, y por ello mismo, profundamente
humana. Porque vivir; si esta intuición aún es válida; no es otra cosa que
entrar, una y otra vez, en la complejidad de las relaciones. Y quizás, en ese
gesto, haya también una forma silenciosa pero potente de resistencia. No contra
un sistema en abstracto, sino contra todo aquello que, dentro y fuera de
nosotros, tienda a reducir la vida a algo menor de lo que verdaderamente puede llegar
a ser.
*
En
memoria de Meli y de tantos y tantas a quienes les fue arrebatado el deseo, o
la posibilidad, de seguir vinculándose en la complejidad de esta vida.
(*) Teólogo.
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