Las religiones y la paz en un mundo poliédrico

 


Por Aníbal Germán Torres (*)

 

“En aquellos días, el Señor dijo a Abrán:
«Sal de tu tierra, de tu patria, y de la casa de tu padre, hacia la tierra que te mostraré.

Haré de ti una gran nación, te bendeciré, haré famoso tu nombre y serás una bendición.

Bendeciré a los que te bendigan, maldeciré a los que te maldigan,

y en ti serán benditas todas las familias de la tierra».

Abrán marchó, como le había dicho el Señor.”

(del libro del Génesis)

 

A la par que las tres grandes religiones monoteístas/abrahámicas transitan momentos significativos de sus respectivas espiritualidades (la cuaresma en preparación a la Pascua de Resurrección, en el caso del cristianismo, el bendito mes de Ramadán, en el caso del islam, y la preparación para Pésaj, en el caso del judaísmo), lamentablemente se dan un sinnúmero de conflictos globales, regionales y locales: desde la compleja situación de Venezuela, agravada tras la actuación de Estados Unidos en franca violación del Derecho Internacional, seguidas de las apetencias de Washington sobre Groenlandia y el ahogamiento de Cuba, hasta los intentos de desestabilización del ya convulsionado Irán, con el asesinato del máximo líder religioso del país -enlutando a la nación tras una actuación militar conjunta con su principal socio regional, el Estado de Israel-, lo cual podría derivar en una nueva escalada de enfrentamientos en el siempre frágil Oriente Próximo, donde se sigue sin encontrar una solución pacífica y duradera al drama de Gaza, en el marco del conflicto palestino-israelí.

Al fin de cuentas, se tratan de escenarios donde la geopolítica de las potencias juega una nueva partida de ajedrez, en general a espaldas de los pueblos, sus culturas y sus creencias más profundas.  

En tal panorama, los argumentos de actores políticos, sociales, económicos y comunicacionales no pocas veces apelan al uso y abuso del factor religioso, un aspecto no menor en las relaciones internacionales. Curiosamente, cierta prensa occidental distingue -no pocas veces de manera arbitraria y equívoca- entre "Gobiernos" y "regímenes" al narrar la situación en tal o cual país, en una mirada maniquea y acrítica a la hora de señalar “buenos” y “malos”.

Ciertamente, el componente religioso (entendido esto en sentido amplio, incluyendo la tergiversaciones fundamentalistas de los respectivos credos) no lo explica todo pero ayuda a entender algunas dinámicas de, por ejemplo, el conflicto entre Rusia y Ucrania, o el Estado de Israel y sus vecinos árabes y persas, o la India y Pakistán, etc., e incluso procesos internos en algunos países: desde el avance de sectores cristianos ultraconservadores en Estado Unidos, España y Brasil, hasta viejos-nuevos argumentos antisemitas en Argentina (disparados por el uso indiscriminado que se hace desde la Casa Rosada de ciertas interpretaciones de la fe judía, tanto a nivel retórico como de acrítico alineamiento geopolítico), hasta la islamofobia, que asocia linealmente al ámbito musulmán con la “barbarie”, en vez de advertir la riqueza que hay en la diferencia.      

Así como es un problema cuando el clivaje religioso se activa (por ejemplo, una mayoría de una religión frente a una minoría de otra, o enfrentamientos entre facciones de una misma fe), hay un aspecto propositivo, menos estridente y de amplias miras: me refiero al eficaz aporte que las religiones pueden hacer a la paz local, regional y global, "una paz desarmada y desarmante, humilde y perseverante" (en palabras de León XIV). 

En tal sentido, el diálogo interreligioso propugna la posibilidad de comprensión y estima mutua y de fraternidad entre los pueblos (más allá de lo que hagan los Estados o, en todo, con un juicio ético sobre la actuación de estos), alejando tanto soluciones inmanentistas como fundamentalistas (que alimentan los delirios de líderes mesiánicos), promoviendo una ética del cuidado del otro en tanto otro (con el compromiso activo en la defensa de los Derechos Humanos), de los más pobres y de la Casa Común de la familia humana.

Según lo descrito más arriba, en nuestro mundo las potencias se asemejan a Los Hermanos Karamázov (1880), donde en vez de pelear por una herencia en vida de un (mal) padre, Estados Unidos, China, Rusia y Europa se disputan recursos estratégicos, en desmedro de los pobres y los pueblos pobres del Sur Global. El rol que Dostoievski dio en su última novela-legado al célebre stárets Zosima, es el de intentar reconciliar, con su autoridad moral y espiritual, a una familia dividida por rencillas a causa del vil metal y vínculos tortuosos.

Como expertas en escudriñar los grandes interrogantes del corazón humano, las religiones (en diálogo con otros saberes, tanto ancestrales como científicos) ayudan a un lúcido discernimiento en el gris, o sea, en los matices y las sutilezas. Así, en el diálogo interreligioso hay una instancia (desde luego, no es la única, pues la diplomacia y la alta política tienen un rol relevante aunque no pocas veces ineficaz) donde se puede contribuir a la paz entre los pueblos y al interior de cada pueblo, a partir de una unidad plural o unidad en las diferencias o unidad poliédrica, lo que no supone renunciar a la identidad propia y comunitaria ni caer en sincretismos diluyentes.

En un famoso diálogo-debate en 2004 entre Jürgen Habermas y Joseph Ratzinger, en relación con los fundamentos prepolíticos del Estado de Derecho y el logro de la cohesión en sociedades occidentales cada más diversas, plurales, el entonces Cardenal cerró su exposición reconociendo “nuestro contexto intercultural presente”, agregando a continuación: “Sin duda la fe cristiana y (…) la racionalidad secular occidental son los socios principales en esa correlatividad. Esto puede y debe decirse sin caer en un falso eurocentrismo. Ambos determinan la situación mundial en un grado superior a cualquiera de las otras fuerzas culturales. No obstante, eso no significa que se pueda apartar a otras culturas como una especie de quantité négligeable (cantidad despreciable). Esto constituiría ahora un orgullo desmesurado de Occidente que tendríamos que pagar caro, y que en parte ya estamos pagando. Es importante para los dos componentes de la cultura occidental avenirse a una actitud de escucha, a una verdadera correlatividad también con esas culturas. Es importante atraerlas al ensayo de una correlación polifónica en la que descubran la complementariedad de razón y fe, de tal modo que pueda desarrollarse un proceso universal de purificación en el que finalmente todos los valores y normas conocidos o intuidos de alguna forma por los seres humanos puedan alcanzar una nueva intensidad luminosa, de manera que recobre fuerza efectiva en el seno de la humanidad lo que mantiene el mundo unido”.

Según lo descrito más arriba, en la presente situación geopolítica Europa aparece bastante desdibujada, frente a los liderazgos no humanistas de, por ejemplo, Estados Unidos, Rusia y China. Pero considero que el resto de las palabras de Ratzinger (luego elegido como Papa Benedicto XVI) conservan plena vigencia, en cuanto a la necesaria apertura y al aprendizaje que debe tener Occidente frente a la otredad.    

El Papa Francisco, de feliz memoria, fue un maestro en el arte de forjar la paz, con sus gestos y palabras proféticos ante lo que, desde prácticamente el inicio de su pontificado, describió como una Tercera Guerra Mundial “en pedazos”. Recupero aquí, desde la esperanza contra toda desesperanza, una de sus humildes pero fervientes plegarias a Dios en favor de la paz y la no violencia activa:

"(...)Mantén encendida en nosotros la llama de la esperanza para tomar con paciente perseverancia opciones de diálogo y reconciliación, para que finalmente triunfe la paz. Y que sean desterradas del corazón de todo hombre estas palabras: división, odio, guerra. Señor, desarma la lengua y las manos, renueva los corazones y las mentes, para que la palabra que nos lleva al encuentro sea siempre «hermano», y el estilo de nuestra vida se convierta en shalom, paz, salam. Amén". (**) 

 

(*) Doctor en Ciencia Política. Docente universitario.


(**) Jardines vaticanos, 8 de junio de 2014.

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