Por Aníbal Germán Torres (*)
"¿Seremos entregados a los bárbaros fieros?
¿Tantos millones de hombres hablaremos inglés?
¿Ya no hay nobles hidalgos ni bravos caballeros?
¿Callaremos ahora para llorar después?
He lanzado mi grito, Cisnes, entre vosotros
que habéis sido los fieles en la desilusión,
mientras siento una fuga de americanos potros
y el estertor postrero de un caduco león…"
(fragmento de "Los Cisnes", de Rubén Darío)
En un nuevo rapto de aspirante a "emperador", Donald Trump se jactó ante algunos presidentes latinoamericanos: "¡No voy a aprender su maldito idioma!". Incluso se vio al Secretario de Estado, Marco Rubio (hijo de cubanos exiliados), pedirle permiso para dirigirse en español a los medios de prensa hispanos, interesados en cubrir el encuentro donde participaron mandatarios ideológica y geopolíticamente afines al titular de la Casa Blanca. Además de ser un comentario despectivo y carente de la cortesía más elemental (esperable en alguien de su rango, pero hoy -con algunas excepciones- las elites son más bien incultas), el exabrupto revela que el llamado "Corolario Trump" a la "Doctrina Monroe" tiene aspiraciones no sólo geopolíticas sobre el hemisferio occidental, sino también culturales (por otra parte, nada nuevo en la perspectiva de la "república imperial", como le llamara el sociólogo francés Raymond Arón).
Recordemos que desde hace tiempo la población "hispana" viene creciendo en Estados Unidos, alcanzando una presencia de del 35% (aproximadamente). Y los migrantes (tan detestados y maltratados por la Casa Blanca), desde que el mundo es mundo, portan consigo muchas cosas además de su corporalidad: costumbres (danzas, comidas, formas de vestirse, etc.), valores, creencias, idioma, incluso nostalgia. No es casual que el inglés, que nunca había sido declarado idioma oficial de la potencia del Norte, pasó a serlo en la administración del olvidable George Busch (h).
El comentario insultante de Trump llega en un momento en cual pareciera que los "latinos" (esa categoría vaporosa y discutible, que tanto gusta y disgusta a propios y extraños) se autocomprenden como hispano-hablantes, tal como mostró Bad Bunny, devenido en "Benito, el Conejo malo", que alcanzó el cenit en el mediático "Super tazón" (Super Bowl). Pero no todos los "latinos" lo ven y lo sienten así.
Contaba Carlos Fuentes que cierta vez, dando un curso de posgrado en una prestigiosa universidad norteamericana (creo que era Berkeley), se daba cuenta que la mayoría del auditorio era hispano/latino. Ante esto, el gran escritor mexicano hizo la pregunta de por qué no hablaban en español. Un estudiante respondió: "porque es una lengua de esclavos" (sic). Impresionado por lo que escuchaba, Fuentes arremetió: "¡¿de esclavos la lengua de Cervantes?!", tratando de que los muchachos y las chicas tomaran conciencia de la enorme herencia y el gran potencial cultural de su lengua materna.
A lo largo de los siglos, en el idioma de Castilla "la vieja" (sistematizado gramaticalmente por Nebrija) se ha pensado, hablado, escrito, cantado y rezado. En ella se ha polemizado, discutido, satirizado, y también se ha amado. Un dato interesante: contando desde 1901, el premio Nobel de Literatura ha recaído, entre otros autores y autoras, en 11 escritores y escritoras cuya obra mayormente está en español (6 latinoamericanos y 5 peninsulares).
Junto con eso, y como suele decirse en ámbitos expertos en el tema (no es mi caso), la renovación de la lengua española vino de América Latina: el nicaragüense Rubén Darío en la poesía y Jorge Luis Borges en la prosa. El notable autor argentino, que reconocía que el futuro, probablemente, sería de dos lenguas (el inglés y el español), no obstante, y a pesar de resistirse a la incorporación de localismos en el diccionario cada vez más abultado de la RAE, diría que su "destino" era "la lengua castellana / el bronce de Francisco de Quevedo..." Una declaración no menor en alguien como Borges, quién prácticamente toda su vida estudió idiomas: desde el islandés al árabe, pasando por el francés y el alemán, aunque lamentaba el olvido del latín.
A pesar de los Trump y de sus lacayos serviles al neo-coloniaje que avasalla la soberanía política, económica y cultural de los pueblos, proclive a un esquema esférico informante, en vez de poliédrico, , siento que -sin olvidar la riqueza de nuestro pasado y presente multicultural-, ese destino es, orgullosamente, también el nuestro.
(*) Doctor en Ciencia Política. Docente universitario.
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