Dimensión perdida y experiencia religiosa: Tillich–James

 


Por Davinson Correa, sj 

«Ser religioso significa preguntar apasionadamente por el sentido de nuestra vida y estar abierto a una respuesta, aun cuando ella nos haga vacilar profundamente.»

(Tillich, pág.12)

«Existe un sentido, una dimensión, en la que se encuentran absolutamente seguros, en la que todos estamos salvados a pesar de […] todas las apariencias terrenas adversas.»

(James, pág. 243)

Introducción

La obra “La dimensión perdida” de Paul Tillich (1970) ha sido para mí no solo un ejercicio de comprensión lectora, sino también una oportunidad para vincular este aprendizaje con mi experiencia pastoral en el penal de Castro-Castro. De esta manera buscaba alguna motivación personal de encontrar esta relación. Al hacerlo, encontré afinidades con las intuiciones de William James en “Las variedades de la experiencia religiosa”, especialmente en su manera de describir cómo la vida espiritual emerge desde lo más hondo de la existencia humana. Seleccioné las citas pertinentes que me ayudaran a estructurar este escrito y solicité apoyo de la IA para integrar ambas perspectivas en mi reflexión, considero que es un ejercicio un poco arriesgado, pero necesario; espero no fallar en el intento y deseo emprenderlo de la siguiente forma.

Profundidad y búsqueda de sentido

En ese contexto, donde la fragilidad humana se hace especialmente visible, las intuiciones de Tillich sobre la pérdida de la profundidad en el mundo moderno adquieren una resonancia particular. Tal como afirma el autor, el rasgo decisivo de nuestra época es que “el hombre ha perdido la respuesta a la pregunta por el sentido de su vida (…) Estas preguntas no encuentran ya respuesta alguna; más aún, ni siquiera son planteadas cuando se ha perdido la dimensión de profundidad” (p. 12). En el acompañamiento pastoral dentro de Castro-Castro he encontrado, muchas veces, esta imposibilidad de formular preguntas esenciales. La privación de libertad y la precariedad afectan la dimensión de profundidad, no porque la anulen, sino porque la relegan a lo más hondo, como si quedara sepultada bajo capas de dolor, desconfianza y silencio. Por su lado, Tillich observa que nuestra generación “no tiene ya coraje para plantearse tales cuestiones… ni tampoco tiene ya el coraje de escuchar ninguna respuesta” (p. 12). Y, sin embargo, en aquellas conversaciones donde un interno se atreve a preguntarse por el sentido de su vida o sobre su futuro, he percibido una chispa de ese coraje que, aunque debilitado, no está extinguido.

En este mismo horizonte, William James ofrece una intuición complementaria cuando sostiene que “solo reconociéndolas como cuestiones genuinas y viviéndolas en la esfera del pensamiento donde actúan podremos alcanzar la profundidad. Pero vivir así es ser religioso” (p. 235). Esta afirmación ilumina el modo en que la pregunta profunda no es meramente intelectual, sino existencial, un modo de situarse ante la vida con autenticidad.

Dimensión religiosa y transformación

Es en ese punto donde la reflexión de Tillich sobre la religiosidad interior se vuelve crucial. Él sostiene que su intención es clarificar la profundidad humana como su “dimensión religiosa”, entendiendo que “ser religioso significa preguntar apasionadamente por el sentido de nuestra vida y estar abierto a una respuesta, aun cuando ella nos haga vacilar profundamente” (p. 12). Esta definición supera cualquier noción de religión como mero rito o adhesión externa; apunta a la capacidad humana de abrirse a aquello que lo afecta incondicionalmente. En el penal, esta visión me ha permitido descubrir religiosidad auténtica en personas que no necesariamente participan de prácticas explícitas de fe, pero que, en su vulnerabilidad, buscan con sinceridad un nuevo sentido para sus vidas.

Tillich refuerza esta idea cuando afirma que “la verdadera esencia de la religión… es el ser mismo del hombre en cuanto se pone en juego el sentido de su vida” (p. 13). Desde esta perspectiva, la pastoral no es solo transmisión doctrinal o catequética que he venido realizando, sino un acompañamiento desde la profundidad humana. En Castro-Castro he visto cómo, en diálogos sencillos y gestos de escucha, surge la pregunta fundamental: ¿qué significa mi vida ahora?, ¿qué puedo hacer con este tiempo?, ¿cómo puedo reconstruir lo que fue mi familia, mis amistades, trabajo, etc? Esas preguntas revelan, como diría Tillich, que incluso quien se siente ajeno a la religión puede estar “aprehendido por algo que le afecta incondicionalmente” (p. 13).

En estrecha sintonía con esta apertura a lo profundo, James describe que “los límites más alejados de nuestro ser se sumergen, al parecer, en otra dimensión de existencia que no es la del mundo puramente sensitivo y ‘comprensible’, denominada ahora la región mística o sobrenatural” (p. 242). Este reconocimiento de una dimensión más allá de lo visible confirma que la búsqueda de sentido que encuentro en los internos no es ilusoria, sino un movimiento auténtico hacia una hondura que trasciende su situación concreta.

Horizonte de esperanza

Al mismo tiempo, Tillich señala que la conciencia de haber perdido la profundidad puede convertirse en un punto de inflexión: “Quien comprende que se ha separado del sentido fundamental de su vida, hasta cierto punto se encuentra ya muy cerca de él” (p. 23). Esta intuición ha iluminado muchos momentos pastorales, ahora que hago memoria. He observado que, cuando alguien reconoce honestamente su fracaso humano, no queda paralizado; por el contrario, se abre la posibilidad de una transformación. Siento que así la pastoral se convierte entonces en un espacio donde la persona puede reencontrarse con su propia profundidad, no a través de discursos moralizantes, sino mediante un proceso paciente de reflexión personal.

Una dimensión clave que Tillich propone para comprender este proceso es la distinción entre la línea vertical y la horizontal de la experiencia religiosa. La vertical expresa el ámbito del “a pesar”, esa capacidad de sobreponerse a la finitud y al sufrimiento; mientras que la horizontal representa el “para qué”, la dimensión ética de responsabilidad y transformación (Cfr. pp. 36–37; 101). En mi experiencia pastoral, ambas dimensiones aparecen entrelazadas. Por un lado, he podido acompañar procesos de reconciliación interior donde la persona aprende a mirar hacia la profundidad de su vida. Por otro lado, esa mirada interior solo cobra sentido cuando lleva a una transformación concreta como por ejemplo cambios en actitudes, relaciones y decisiones, aun en medio de las limitaciones del contexto penitenciario.

Tillich advierte que la horizontal “se vacía y se corrompe cuando no permanece constantemente vinculada con la vertical” (p. 42). Esta advertencia ha sido especialmente iluminadora para mi servicio; si el acompañamiento se enfoca únicamente en la mejora de conductas, pierde totalmente hondura porque soy consciente que no depende de nuestra condición humana sino también de la gracia de Dios. La unidad entre ambas dimensiones permite que la religión pronuncie, como dice Tillich, una “palabra de esperanza” que no se destruye, porque une el sentido eterno con la responsabilidad histórica (p. 43).

Esta esperanza se vincula con el camino hacia la profundidad. Tillich afirma que llegar a la hondura implica romper la superficialidad y atreverse a un encuentro con la verdad interior: “La verdad está muerta si no existe el camino hacia la verdad” (p. 111). He visto esto en personas que, por primera vez en años, se atrevían a decir en voz alta aquello que les dolía o confundía. Ese paso hacia lo profundo es un acto de libertad interior. Tillich lo expresa con una imagen poderosa: “En la profundidad está la verdad, en la profundidad está la esperanza y en la profundidad está la alegría” (p. 122). Este triple vínculo me ha ayudado a comprender que no basta señalar la verdad; es necesario caminar hacia ella, generando un espacio afectivo donde pueda surgir la esperanza y, con ella, la alegría más profunda.

He comprendido con mayor claridad la unidad pluridimensional del ser humano. Tillich afirma que el hombre “se afana por conseguir una concentración… de todas las dimensiones de su ser” (p. 96), y que la verdadera sanación exige integrar todas esas dimensiones. En Castro-Castro he visto que no basta atender un aspecto aislado de la persona; su sanación espiritual requiere también un proceso emocional, relacional y ético. En este sentido, la visión de Tillich me impulsa a entender la pastoral como un acompañamiento integral, donde la religión no se opone a la cultura ni a la vida concreta, sino que les da su sentido más profundo (Cfr. p. 66).

En esta misma línea integradora, James sostiene que “existe un sentido, una dimensión, en la que se encuentran absolutamente seguros, en la que todos estamos salvados a pesar de […] todas las apariencias terrenas adversas” (p. 243). Esta afirmación resuena hondamente en la pastoral penitenciaria, donde la seguridad ontológica, más que física, se convierte en un ancla interior para quienes viven en medio de incertidumbres y temores.

Conclusión

Llego a la conclusión que la lectura de La dimensión perdida me ha enriquecido profundamente, me ha ayudado a ver que el servicio de la fe consiste en ayudar a las personas a reencontrar su dimensión perdida, a recuperar el coraje de preguntar, la apertura de escuchar y la esperanza de transformar la vida. Mi experiencia en Castro-Castro me confirma que, incluso en los lugares donde la superficialidad parece imponerse como mecanismo de defensa, permanece viva una búsqueda de sentido que, cuando es acompañada con respeto y autenticidad, puede conducir a una renovación interior. Como Tillich afirma, el camino hacia la profundidad culmina en la alegría última (Cfr. p. 122); una alegría que no nace de las circunstancias, sino de reconocer que la vida, incluso herida, puede volver a abrirse a su verdad más honda. James, por su parte, señala que “la religión personal tiene la raíz y el centro en los estados de conciencia místicos” y que tales experiencias profundas pueden hacer que la persona experimente alegría hasta las lágrimas (Cfr. pp. 122, 179), mostrando cómo, incluso desde la indigencia, surge una esperanza para nuestro tiempo y en contextos adversos.

Referencias

Ø  -Tillich, P. (1970). La dimensión perdida: Indigencia y esperanza de nuestro tiempo. Desclée de Brouwer.

Ø -James, W. (1994). Las variedades de la experiencia religiosa. Estudio de la naturaleza humana (J. F. Yvars, Trad.). Ediciones Península. (Obra original publicada en 1902).

Ø  -Use IA para relacionar la selección de citas que me llamaron la atención de ambas lecturas.

 

 

 

 

 

 

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