¿Milei el apóstata?
Por Aníbal Germán Torres (*)
Entre los años 361 y 363 d. C., el
Imperio Romano fue gobernado por Juliano, a quienes los cristianos lo llamaron
“el apóstata”, por renegar de la fe en Jesucristo para intentar volver oficialmente
al culto a las deidades paganas. Más allá que la unión del trono y el altar, o
del Imperio con la Iglesia ha sido problemático (tanto a nivel teológico como
histórico), no menos lo es renegar de la fe que se ha recibido en el bautismo
(en tanto sacramento de iniciación a la vida cristiana e inserción en el pueblo
de Dios), en el ámbito de una comunidad creyente, donde la fe y el servicio
fraterno van unidos.
La Argentina culmina este primer
cuarto del siglo XXI con una relación que, según algunos medios periodísticos,
es “fría” o “distante” entre el Gobierno Nacional, liderado por el Presidente
Javier Milei, y la Iglesia Católica, representada en su faz institucional por
la Conferencia Episcopal Argentina (CEA). No es algo nuevo en nuestra historia institucional,
sobre todo cuando se da un contexto de ajuste brutal en perjuicio del pueblo de
la nación.
No corresponde analizar y juzgar las
convicciones personales del Presidente en su fuero interno. Menos aún cuando en
la Reforma Constitucional de 1994 se quitó el requisito de que el Primer Mandatario
debía ser católico, algo que en aquel contexto la CEA apoyó que sea removido,
según las orientaciones de sana laicidad entre Estado e Iglesia, plasmada por
el Concilio Vaticano II (1962-1965). Sí reviste interés público lo que acontece
en el fuero externo. Aquí resulta al menos llamativo que los hermanos Milei
recibieron educación en un colegio católico del barrio porteño de Villa Devoto pero
en gestos y declaraciones parecen haberse apartado -nuevamente, visto en el
ámbito público-político- de las enseñanzas allí recibidas.
Si el Emperador Juliano mostraba
interés en el dios Júpiter y en la filosofía greco-romana, el Presidente Milei
manifiesta reiteradamente su devoción al "dios" Mercado, a quien le atribuye
todas las bondades posibles. En este sentido, a diferencia de otros análisis,
sugiero que -en caso de haber una apostasía a la fe recibida en los primeros
años de vida- lo es no en favor de un cristianismo en la versión “teología de
la prosperidad” (acaso una forma contemporánea para referirse al análisis que
Max Weber realizó en su célebre estudio sobre la ética calvinista y su vinculación
con el espíritu del capitalismo) ni en favor de ciertas expresiones del
judaísmo.
Un Presidente que de profesión es
economista y que se confiesa admirador de Margaret Thatcher (nombre que en sí
mismo es una afrenta para la causa Malvinas), probablemente tenga muy presente la máxima de la entonces “dama
de hierro”: “la economía es el método, el objetivo es el alma”. De manera
entonces que, a juzgar por la forma de gobernar el país desde diciembre de 2023
(profundizando la caída del nivel de vida de la población, declive que se remonta
a más de una década atrás) y lo plasmado en su primer presupuesto nacional sancionado
en estos días, la única deidad de Milei sería el Mercado, cuyo soporte
ideológico es el liberalismo propietarista o el llamado anarco-capitalismo. Lo
demás -por fuera de algún genuino interés personal en el estudio, por ejemplo,
de textos religiosos-, como la apelación a “las fuerzas del cielo”, suena más
bien a instrumentalización del ámbito de las creencias religiosas. En esto no
hay nada nuevo, pues se remonta a la discusión sobre la llamada teología
política, que -en el ámbito teórico- Carl Schmitt defendió y que Erik Peterson liquidó.
De manera entonces que, según nuestra
comprensión, la fe del Presidente no tendría que ver con lo que sostienen las
religiones históricas-abrahámicas, donde los pobres, las viudas y los extranjeros/migrantes
están en el centro de la contemplación y de la compasión. Si bien es cierto que
de las comunidades religiosas se han desprendido facciones fundamentalistas, que
tergiversan los credos fundacionales, también es verdad que hay expresiones
fanáticas en el ámbito civil. El fundamentalismo de Mercado es una de ellas,
con su propia “dogmática”, como la libre concurrencia de la oferta y la demanda
sin siquiera admitir una noción subsidiaria del Estado, uno de los principios,
por ejemplo, de la Doctrina Social de la Iglesia.
Tal fundamentalismo termina así
justificando una simbología y una praxis cruel, que motosierra en mano (imagen elocuente de una divinidad no compasiva), al
no tener en el centro la infinita dignidad de la persona humana, sacrifica en el
altar del (supuesto) equilibrio de las cuentas públicas, aspectos sensibles
para el desarrollo del país y de su población (salud, educación, trabajo digno,
ciencia y tecnología, cultura, etc.). La propia nomenclatura utilizada refleja
la ideología economicista del Gobierno libertario: no se trata del “desarrollo
social” (sin desconocer las dificultades de gestión de esta perspectiva) sino
del “capital humano”.
Como fuera señalado en el célebre
diálogo entre Jürgen Habermas y Joseph Ratzinger (2004), las religiones
constituyen, junto con la lengua, los fundamentos prepolíticos del Estado de
Derecho (Habermas). De manera que, en este sentido, el Estado Argentino no debe
desandar el histórico aprecio al fenómeno religioso en sus diferentes vertientes
y en sus expresiones públicas. Pero así como el ejercicio del poder debe ser
encauzado por el derecho, entre el ámbito público-político y las religiones
debe darse una “mutua purificación” que expulse todo fundamentalismo y permita
una unidad plural polifónica (Ratzinger).
Como ya fuera dicho, votamos
presidentes que cumplan y hagan cumplir la Constitución, no tiranos que
gobiernan discrecionalmente. Más allá del privado interés o no del Presidente
en la perspectiva trascendente de la vida, desde el Estado se debe velar por
una sana laicidad (no la ideología laicista), con los principios de autonomía,
cooperación y estima mutua hacia la fe de los ciudadanos y sus concreciones
institucionales, teniendo en cuenta tanto la presencia histórica de cada una como
el aporte concreto que desde el ámbito ecuménico e interreligioso se hace al
bien común. Desde aquí se ha venido promoviendo la paz social (junto a otros sectores sociales, como sindicatos, movimientos populares y ONGs), fundamental para que la democracia logre integrar armónicamente la libertad, la igualdad y la fraternidad en una perspectiva trascendente de la existencia.
Tiempo después de Juliano “el apóstata”,
Roma acusará a los cristianos de su ruina. San Agustín salió al cruce con su monumental
La Ciudad de Dios. Allí nos recuerda, entre otras cosas, que del egoísmo
aplicado al ámbito civil (como puede ser la ideología de mercado) surge la
discordia, el crimen, la injusticia. Una lección a tener siempre presente,
sobre todo en tiempos que huelen a apostasía.
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