La lección (¿ética-política?) de "Lincoln"
Por
Aníbal Germán Torres (*)
Se
cumplen 160 años de la proclamación de la XIII Enmienda a la Constitución de
los Estados Unidos, que abolió oficialmente y sigue prohibiendo la esclavitud. El
18 de diciembre de 1865, el Secretario de Estado, William Henry Seward,
proclamó la Enmienda por haber sido ratificada por las Legislaturas de
veintisiete de los por entonces treinta y seis estados de la Unión. La XIII
Enmienda es parte del legado del presidente Abraham Lincoln y su lucha por la
libertad. Cabe señalar que hacía más de 60 años que no se sancionaba una nueva
Enmienda a la Constitución. Lincoln lo logró, lo cual fue celebrado.
En
efecto, como dice García de Cortázar: “La fe de Abraham Lincoln en una
humanidad de hombres libres y conscientes, su fe acribillada en una nación
mestiza y sin rencores la cantó, mejor que nadie, el poeta Whalt Whitman: ‘¡Venid!,
tú el negro; tú el rubio; tú el piel roja; ¡vamos!, ¡marchemos! todos a una,
hacia allá... ¡vamos cantando!’”. Más allá del magnicidio que puso fin a la
vida del Presidente, parecía que se concretaba lo que años después dijera
Marguerite Yourcenar en Opus Nigrum: “Algún día, Dios borrará del corazón de los
hombres todas las leyes que no sean de amor”.
Ahora
bien, ¿cómo fue que Lincoln consiguió ese objetivo ético-político? ¿Podemos
extraer de ello alguna lección sobre el funcionamiento de la política, en su dimensión
democrático-representativa contemporánea?
Considero que Mariana Gené responde acertadamente estos interrogantes al comienzo de su libro La rosca política. Con el permiso de potenciales lectores, coloco una cita extensa pero provechosa:
“Hace algunos años Steven Spielberg nos deleitó con su
versión de la vida de Abraham Lincoln, centrada en los debates por la
decimotercera enmienda de la Constitución estadounidense, nada menos que
aquella por la cual se abolía de iure la esclavitud en los estados en
los que aún imperaba. La película fue celebrada por sus virtudes
cinematográficas, así como por mostrar las capacidades de liderazgo y templanza
del bueno de Abe. Muchos críticos magnificaron los conflictos interpersonales
del presidente republicano y su mujer como consecuencia del peso de esa
enmienda, que ponía en juego el capital político de Lincoln antes de las
elecciones. Algunos comentaristas políticos remarcaron sus capacidades de
negociador y se maravillaron frente a la sobriedad con que la película muestra
la trastienda de la que tal vez sea la decisión más importante de la historia
de los Estados Unidos. En este sentido, hay que destacar algo que puede no
parecer medular pero cuya relevancia para pensar la política moderna resulta insoslayable:
para que la esclavitud fuera abolida Lincoln tuvo que negociar con los
representantes de pequeños estados provinciales, a los que les dio concesiones
de distinta magnitud. En algunos casos se trató de puestos en secretarías -repartidos
a futuro y escalonadamente para no llamar la atención-; en otras ocasiones, de
subsidios a industrias provinciales, además de nombramientos directos en cargos
de gobierno.
El personaje de Lincoln tiene como contraparte dramático y
aliado político al líder de la facción de los republicanos radicalizados, Thaddeus
Stevens, quien fuera entonces el presidente del House Committee on Ways and
Means, algo así como quien tenía ‘la caja’ de donde se repartían recursos en la
Cámara de Representantes. Stevens era un ferviente abolicionista -mucho más que
Lincoln-, virtuoso en su definiciones públicas acerca de la esclavitud y al
mismo tiempo quien negoció mucho de los últimos votos que garantizaron que la
enmienda se ratificara. En una escena próxima al final, ese personaje encarnado
por el actor Tommy Lee Jones, le presenta la enmienda a su esposa
afrodescendiente como si fuera una ofrenda o un regalo, y le dice: ‘he aquí
la más importante medida del siglo XIX aprobada gracias a la corrupción, ayudada
e instigada por el hombre más puro de los Estados Unidos’.
Aquellos que los norteamericanos llaman ‘pork and barrel
politics’ (algo así como la política del toma y daca) fue de importancia
mayúscula para conseguir la declaración de la decimotercera enmienda. Y
probablemente haya estado detrás de muchas de las medidas que consideramos
fundacionales, ya por fuera de los Estados Unidos y del siglo XIX, y que
surgieron de una combinación de principios políticos cuasi absolutos (al borde
de la pureza) con políticas que se basan en la negociación y que a menudo se
piensan como espurias. Más aún, uno no puede más que subir la apuesta y decir
entonces que quizás haya otras virtudes políticas tan importantes como las
celebradas por los críticos en el párrafo primero (templanza, convicción, valor),
aunque públicamente más denostadas, como la capacidad de calcular, de negociar,
de comprometer (y comprometerse).”
De manera complementaria, recordemos
que, como insistía Juan Domingo Perón a partir del famoso ejemplo del mariscal
de Sajonia y la mula que lo transportó por años, “la política no se aprende, se
comprende”. Pues bien, si le damos crédito a la película Lincoln (2012),
nos remite a la histórica tensión sobre formas distintas de comprender la
política. Occidente conoce al menos dos: por un lado, la postura que une
política y ética. Se trata de una larga tradición, que se remonta a la antigüedad
clásica y llega hasta autores (neo)contractualistas, pasando por los jurisconsultos
romanos y los teólogos cristianos. Allí no hay duda: la política debe ser
justa, dando así un componente axiológico al derecho. Por otro lado, está
también la posición que, desde el Renacimiento y en una doble operación,
intenta separar a la política de toda ligadura con la ética y la religión, convirtiéndola
en campo autónomo del conocimiento (de “arte”, con principios, a “ciencia”, con
leyes), inspirando una praxis muchas veces reñida con el derecho justo.
Por supuesto que ha habido cruces en el
medio, matizando ambos posicionamientos. Un ejemplo podría ser, en la cúspide
del absolutismo monárquico, el Cardenal-Ministro Richelieu quien, según
comentarios maliciosos, tenía en su mesa de trabajo el Breviario (libro de
oraciones) junto con El Príncipe. Otro ejemplo podría ser, en el auge de
los Estados liberales, el propio Lincoln y, claro está, muchos políticos
profesionales de nuestras democracias.
En todo caso, según mi humilde saber y
entender y de modo complementario a lo señalado por Gené, la lección que deja
el proceso de sanción y proclamación de la XIII Enmienda tiene dos aspectos: por un lado, miseria
y grandeza, barro y gloria, mezquindad y magnanimidad, lo agonal y lo arquitectónico, bien particular y bien
común, son pares constitutivos de la política. Por otro lado, posiblemente no
nos pongamos de acuerdo en lo que significan tales términos. Sé que no digo
nada nuevo con todo esto, pero tal vez sea bueno mantener abierto el debate, lo
cual no es poco cuando acechan los fundamentalismos polarizantes que perjudican la unidad plural de cada pueblo. A diferencia
de Yourcenar, en su breve pero contundente discurso de Gettysburg (1863) Lincoln
se conformaba con pedir lo posible, que “el gobierno del pueblo, por el pueblo
y para el pueblo no desaparezca de la faz de la tierra”. Parecía profetizar las
amenazas que se avecinarían sobre la democracia -con su inestable articulación entre libertad e igualdad- y de las que nosotros, ciudadanos del siglo XXI, somos
testigos.
(*) Doctor en Ciencia Política.
Profesor universitario.
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