Constelación literaria de diciembre


Por Lucas Adur                

¿Quién me presta una escalera para subir al madero

para quitarle los clavos a Jesús, el Nazareno?

 


A los ocho meses, Mora rasguña los libros intentando agarrar lo que ve ahí: gatos, piratas, jardineros, palabras. No se contenta con mirar, quiere intervenir con todo el cuerpo. Rasgar el papel, morderlo, llevarse algo, dejar sus marcas. La miro y pienso: está aprendiendo lo que significa leer.

 


En The Bride of Frankestein (1935), de James Whale, hay un momento en el que la criatura, perseguida y lastimada, vaga por un cementerio y se detiene frente a una crucifixión. En una escena que fue censurada, intenta arrancar a Jesús de la cruz –creyendo reconocer, quizás, a otro hijo abandonado por su creador–. No puede contemplar pasivamente su sufrimiento: se deja conmover por lo que ve y necesita intervenir. En esta película, como en la novela, el monstruo aprende a leer. 


Uno de los ejes de la obra de Borges es, ciertamente, la lectura. Sus relatos, ensayos y poemas despliegan reflexiones sobre los modos de acercarse a los textos que cambiaron la manera en la que leemos –al menos, en la que yo leo–. Borges parece abogar por una libertad casi absoluta para el lector: todos los cruces son posibles, todas las perspectivas válidas, las omisiones y los errores pueden ser productivos. Hay, diría, un solo tipo de mal lector en la obra de Borges: aquel que cree que puede sustraerse de lo que lee. Así Lönrot en “La muerte y la brújula” o Christopher Dewey en “El hombre en el umbral” no entienden que son parte de la historia que están leyendo o escuchando. Ambos terminan mal. Se puede leer en todas las direcciones, pero no se puede leer desde afuera.

J. D. Crossan afirma que algo similar es lo que proponen las parábolas de Jesús. No se trata, como nos enseñaron a veces, de historias con moraleja. Son paradojas en forma de relato, pensadas sobre todo para provocar a la audiencia, para suscitar una reacción, para obligarnos a tomar posición. Quizás eso es lo que cifra la parábola del buen samaritano: leer no es avanzar en línea recta, imperturbable. Es detenerse, salirse del camino, ensuciarse las manos, comprometernos con la historia que nos sale al encuentro. Conmoverse, como el padre que, antes de terminar de escuchar la historia de su hijo, ya lo está abrazando y transformando el final.


Hay un extraordinario relato breve de Lee Child, recogido en No Middle Name, que se llama “No Room at the Motel”. Jack Reacher está, como siempre, vagando por Estados Unidos, recorriendo el país a dedo. Un camionero lo deja en un pueblito. Reacher mira el cielo y nota que se avecina una tormenta. Hay bastante gente dando vuelta, así que se apresura a reservar una habitación en el único motel. Después, se sienta en el diner a tomar café y comer. Desde la ventana contempla el movimiento del pueblo, de los viajeros. Los lee. Enfoca su atención en una pareja. No son del lugar. Ella está embarazada. Hace frío. Los ve entrar y salir del motel, defraudados. Los ve dar vueltas, golpear puertas. Cada vez más desesperados. Entonces, se levanta y sale a buscarlos. Cuando los alcanza, el hombre está reclinado los asientos del auto y apilando mantas, preparando un lugar para que ella pase la noche. El único lugar disponible. Reacher se acerca y les ofrece habitación. Él puede dormir en el auto. Ellos titubean, pero finalmente aceptan. Qué es una noche de frío e incomodidad para un viejo soldado.

El cuento me deslumbró, quizás excesivamente, porque nunca lo había pensado así. Estoy tan acostumbrado a leer: “y María dio a luz a su Hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el albergue”, que nunca se me había ocurrido que las cosas podrían haber ocurrido de otro modo. Podría haber sucedido, por ejemplo, que alguien se apiadara de esa pareja de forasteros a la intemperie y les cediera su cuarto. Un Mesías nacido en una posada rural podría habernos igualmente redimido.

 


Las historias, cuando se cristalizan, corren el riesgo de dejar de decir, de decirnos. De dejarnos fríos, distantes, indiferentes. Hay que leer como Mora, como el Monstruo, como Reacher: conmoverse, meter las manos, dejar nuestras marcas, cambiar de lugar con los personajes. Penetrar en lo que leemos, dejarnos atravesar.

Quizás ese sea, también, uno de los sentidos de la Navidad. No se trata de repetir una vieja historia que sabemos de memoria, sino de tocar algo vivo, algo que irrumpe, algo que nace en la fragilidad y necesita que lo abracemos.

 


Comentarios

  1. El monstruo que se apiada de Jesús me parece una genialidad. Tenía que ser monstruo para apiadarse, muy Rusoniano... ¡Feliz navidad!

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