Constelación literaria de diciembre
Por Lucas Adur
¿Quién me presta una escalera para subir al madero
para quitarle los clavos a Jesús, el Nazareno?
A los ocho meses, Mora
rasguña los libros intentando agarrar lo que ve ahí: gatos, piratas,
jardineros, palabras. No se contenta con mirar, quiere intervenir con todo el
cuerpo. Rasgar el papel, morderlo, llevarse algo, dejar sus marcas. La miro y
pienso: está aprendiendo lo que significa leer.
Uno de los ejes de la obra de Borges es, ciertamente, la lectura. Sus relatos, ensayos y poemas despliegan reflexiones sobre los modos de acercarse a los textos que cambiaron la manera en la que leemos –al menos, en la que yo leo–. Borges parece abogar por una libertad casi absoluta para el lector: todos los cruces son posibles, todas las perspectivas válidas, las omisiones y los errores pueden ser productivos. Hay, diría, un solo tipo de mal lector en la obra de Borges: aquel que cree que puede sustraerse de lo que lee. Así Lönrot en “La muerte y la brújula” o Christopher Dewey en “El hombre en el umbral” no entienden que son parte de la historia que están leyendo o escuchando. Ambos terminan mal. Se puede leer en todas las direcciones, pero no se puede leer desde afuera.
J. D. Crossan afirma que
algo similar es lo que proponen las parábolas de Jesús. No se trata, como nos
enseñaron a veces, de historias con moraleja. Son paradojas en forma de relato,
pensadas sobre todo para provocar a la audiencia, para suscitar una reacción,
para obligarnos a tomar posición. Quizás eso es lo que cifra la parábola del
buen samaritano: leer no es avanzar en línea recta, imperturbable. Es
detenerse, salirse del camino, ensuciarse las manos, comprometernos con la
historia que nos sale al encuentro. Conmoverse, como el padre que, antes de
terminar de escuchar la historia de su hijo, ya lo está abrazando y
transformando el final.
Hay un extraordinario
relato breve de Lee Child, recogido en No
Middle Name, que se llama “No Room at the Motel”. Jack Reacher está, como
siempre, vagando por Estados Unidos, recorriendo el país a dedo. Un camionero
lo deja en un pueblito. Reacher mira el cielo y nota que se avecina una
tormenta. Hay bastante gente dando vuelta, así que se apresura a reservar una
habitación en el único motel. Después, se sienta en el diner a tomar café y comer. Desde la ventana contempla el
movimiento del pueblo, de los viajeros. Los lee. Enfoca su atención en una
pareja. No son del lugar. Ella está embarazada. Hace frío. Los ve entrar y
salir del motel, defraudados. Los ve dar vueltas, golpear puertas. Cada vez más
desesperados. Entonces, se levanta y sale a buscarlos. Cuando los alcanza, el
hombre está reclinado los asientos del auto y apilando mantas, preparando un
lugar para que ella pase la noche. El único lugar disponible. Reacher se acerca
y les ofrece habitación. Él puede dormir en el auto. Ellos titubean, pero
finalmente aceptan. Qué es una noche de frío e incomodidad para un viejo
soldado.
El cuento me deslumbró,
quizás excesivamente, porque nunca lo había pensado así. Estoy tan acostumbrado
a leer: “y María dio a luz a su Hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo
acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el albergue”, que
nunca se me había ocurrido que las cosas podrían haber ocurrido de otro modo. Podría
haber sucedido, por ejemplo, que alguien se apiadara de esa pareja de
forasteros a la intemperie y les cediera su cuarto. Un Mesías nacido en una
posada rural podría habernos igualmente redimido.
Las historias, cuando se
cristalizan, corren el riesgo de dejar de decir, de decirnos. De dejarnos
fríos, distantes, indiferentes. Hay que leer como Mora, como el Monstruo, como
Reacher: conmoverse, meter las manos, dejar nuestras marcas, cambiar de lugar
con los personajes. Penetrar en lo que leemos, dejarnos atravesar.
Quizás ese sea, también,
uno de los sentidos de la Navidad. No se trata de repetir una vieja historia
que sabemos de memoria, sino de tocar algo vivo, algo que irrumpe, algo que
nace en la fragilidad y necesita que lo abracemos.
El monstruo que se apiada de Jesús me parece una genialidad. Tenía que ser monstruo para apiadarse, muy Rusoniano... ¡Feliz navidad!
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