Tiempo de Cuaresma: de la rutina a la Gracia
Por
Carlos Ezequiel Cabalero (*)
“El
cristiano debe buscar la santidad,
no en los
placeres del mundo,
sino en
el sacrificio de sí mismo”.
(Leonardo
Castellani, Mística y ascética, 1942)
Otro año
más en el que corremos el riesgo de que la cuaresma vuelva a convertirse
simplemente en un montón de hojas moradas en la agenda católica y no mucho más.
Como todos los años, la Iglesia vuelve a proponernos salir de nuestra tibieza
espiritual: la cuaresma es un tiempo propicio para detenernos a reflexionar
sobre nuestra vida, sobre el sentido que le damos y sobre el llamado profundo
que Dios nos hace.
Cuántas
veces caemos en la idea del sinsentido de la vida y quedamos atrapados en una
rutina que nos aleja de las cosas verdaderamente importantes. Este tiempo litúrgico
y profundamente relacionados con las prácticas de ayuno, limosna, penitencia y
oración (que no son consejos de una vieja literatura piadosa como hoy en día
tiende a pensarse) puede ser la oportunidad perfecta para preguntarnos: ¿Cuál
es la Voluntad de Dios para mi vida concreta? Por esto, el Papa León XIV nos
dice que "La Cuaresma es el tiempo en el que la Iglesia, con solicitud
maternal, nos invita a poner de nuevo el misterio de Dios en el centro de
nuestra vida..." estimulándonos de este modo a romper con la modorra
espiritual y reorientar nuestra existencia hacia el Señor.
Siendo
honestos con nosotros mismos, debemos aceptar también que muchos de nuestros
proyectos de vida, a menudo nacidos de nuestras ambiciones personales, desvían
nuestra atención de lo que Dios tiene proyectado para nosotros; rara vez nos
detenemos a considerar si esos proyectos coinciden con los de Dios. Por eso la
cuaresma es un tiempo propicio para dejarlos de lado por un momento y entregarnos
de lleno al discernimiento espiritual con un acto de confianza en el Señor.
Decirnos con humildad en nuestro interior: "Lo que Dios quiera, como
Dios quiera, cuando Dios quiera", es un gesto que nos lleva a buscar
Su voluntad por encima de la nuestra, es una invitación a salir de nuestro
aplastamiento espiritual y responder con todo nuestro ser al Amor infinito de
Dios.
El
crecimiento en la vida espiritual no se trata solo de grandes cambios, sino de
pequeños hábitos que nos orienten hacia una vida más virtuosa. Quizás podamos
comenzar por identificar en qué aspectos de nuestra vida podemos ser mejores.
No se trata de compararnos con los demás, sino de reconocer lo que nos hace
únicos y poner nuestras cualidades al servicio de Dios.
A veces, puede
ocurrir que no sabemos por dónde empezar o qué hacer, y es entonces cuando
debemos dejarnos acompañar. El acompañamiento espiritual es fundamental para
crecer en la fe y superar las tentaciones. Habrá tentaciones, porque las hay
siempre (pero recordemos que la tentación en sí misma no es pecado, sólo es
nuestro campo de batalla espiritual). Jesús también fue tentado en el desierto,
pero no cedió, no negoció. la clave está entonces en cómo respondemos a esas
tentaciones y de quienes nos rodeamos para no luchar solos: una buena opción
siempre será reconocer que necesitamos de la mirada lúcida y prudente de
alguien idóneo que nos acompañe para fortalecer el discernimiento y crecer en
la Gracia.
Es
importante tener un criterio claro al tomar decisiones espirituales: tanto el
principio, el medio y el fin deben ser buenos. Si alguno de estos elementos
está desviado, algo no está bien. Por ello, ponemos en manos del Señor el
discernimiento, buscando siempre Su luz para guiar nuestras elecciones.
En el día
a día, Dios nos habla a través de nuestra historia. A veces nos cuesta
reconocer Su voz, pero Él se manifiesta en los pequeños detalles, en los
encuentros, en las decisiones que tomamos. Como nos enseña el Papa León en su
mensaje cuaresmal, "Todo camino de conversión comienza cuando nos dejamos
alcanzar por la Palabra y la acogemos con docilidad de espíritu." Por eso,
debemos estar atentos a Su Palabra y, constantemente, preguntarnos: ¿Cuál es la
Voluntad de Dios para mi vida? Mirar la Cruz de nuestro Señor nos ayudará a
discernir esta pregunta y de esa manera, la cruz dejará de ser un adorno
colgado al cuello y se convertirá en el eje sobre el que gira toda nuestra
vida.
A lo
largo de este tiempo de reflexión, recordemos que somos seres libres. Dios nos
respeta en nuestras decisiones, y nos invita a ser responsables de nuestra
libertad. Viktor Frankl, en su testimonio desde un campo de concentración,
hablaba de cómo algunos compañeros elegían vivir como "cerdos",
mientras que otros, en medio del sufrimiento, vivían como "santos".
Esta libertad que nos da Dios no está limitada a las circunstancias, sino que
depende de la manera en que decidimos vivir, de la elección interior que
hacemos de amar, de perdonar, de servir. Como práctica concreta, por ejemplo,
el Papa León nos propone "… esforcémonos, en cambio, por aprender a medir
las palabras y a cultivar la amabilidad... Entonces, muchas palabras de odio
darán paso a palabras de esperanza y paz". Una invitación a dejar de vivir
en la superficialidad y comenzar decididamente a revisar nuestras palabras,
intenciones, hábitos, etc. Porque, en definitiva, la vida espiritual es la puja
constante entre vivir para nosotros mismos o vivir para Dios.
Finalmente,
en este tiempo de Cuaresma, el llamado es a dejar actuar a Dios con su Gracia santificadora
en nuestra pequeñez. Como se dice en la dirección espiritual, “La Gracia no
anula la naturaleza, sino que la eleva”; pero para elevarse primero tiene que
purificarse y la purificación siempre duele un poco, pero ¡bendito dolor que
nos libera de nuestra mediocridad!
Que este
tiempo de cuaresma no sea otro paréntesis piadoso, sino una verdadera
oportunidad para reorientar nuestras vidas hacia Él. Y que al llegar la Pascua
no tengamos solo ritos cumplidos, sino un amor más profundo y una vida más
plena en Cristo. Con la Gracia de Dios les deseo una santa y fructífera
cuaresma a todos.
(*) Licenciado
en Educación Religiosa.
E-mail: carloscabalero@gmail.com
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